lunes, 1 de junio de 2015

Novela: Aquellos A Quien Dios Mira ©


TITULO:

Aquellos a quien Dios mira ©


AUTOR:

Alicia T. Boardman Iranzo


CAPITULO I


Entró en el bar porque llovía.

Como ella, otras personas lo hicieron. Una lluvia torrencial descargó sobre la bahía de Palma sorprendiendo a los viandantes que corrieron en busca de refugios.

No pensaba pedir nada porque no llevaba dinero y albergaba la esperanza de que  no reparasen en ella.
.
De pronto el camarero tuvo mucho trabajo. Todos pidieron a la vez. Verónica se sentó en una mesita en un rincón, casi en la puerta de los lavabos. Apoyó su caballete portátil en la pared y dejó su estuche de lápices y barras de pasteles sobre la otra silla a la espera de que amainase. Observó la lluvia a través de los cristales. Así estuvo durante unos minutos hasta que la espesa cortina de agua distorsionó las imágenes hasta anularlas. Pasaron minutos. El ajetreo del principio fue aplacándose. Todos se dedicaron a sus consumiciones y comentarios.

 El camarero la vio entonces.

Cuando se acercó la sobresaltó. Había estado ensimismada como si la lluvia se la hubiese llevado lejos. Verónica dijo que de momento no tomaba nada pues esperaba a alguien. Lo dijo con tanto apuro que ella estaba segura de que se le había notado que mentía. En esa desapacible tarde no había hecho retratos a los turistas y por tanto no había recaudado dinero.

Quizás transcurrieran otros tantos minutos cuando el camarero, que no le quitaba ojo, volvió a acercarse para ver si, en la espera, decidía tomar algo. Rehuyendo la mirada y agachando la cabeza, Verónica volvió a repetir que aún no tomaría nada pues seguía esperando. El camarero se alejó sin tenerlas todas consigo.

Alguien la había estado observando; primero sin reparar mucho en ella pero luego fijándose mejor. Al final, esa persona se levantó decidida hacia la mesa de Verónica. Esta la vio venir no sin sorpresa. Sorpresa porque veía acercarse a una desconocida derecha a ella. Si fuera al lavabo no la miraría ni le sonreiría.

-¿Me puedo sentar? -preguntó Julia amablemente.
Verónica no contestó con espontaneidad. Lo hizo con reflejos tardíos y le autorizó a sentarse cuando Julia ya  lo había hecho. Con decisión se había sentado dejando en el suelo varias bolsas de compras que traía consigo.

-¿Estás esperando a alguien?- preguntó- a lo mejor te molesto...
-No; no... espero a nadie; - contestó Verónica con inseguridad -quiero decir que si espero a alguien pero que no me molestas.

-Bueno, seré breve. Es que he visto el caballete y he sentido curiosidad. Tú eres la que hace los retratos en el Paseo Marítimo y en las playas, ¿verdad?

Verónica sonrió entre vergonzosa y aliviada por que se tratara sólo de eso.

-Fíjate si soy tonta- continuó Julia- que muchas veces he pasado por delante de ti pensando que quería un retrato y luego....¡¿por qué seré tan tonta?!
Verónica sonrió.
-Me daba corte sentarme ahí a posar como una turista. Pasaba de largo y me decía: la próxima vez; pero la próxima vez no parecía encartarse por una cosa o por otra. Y ya ves, ahora....al menos ya me he dirigido a ti.

-Sí aunque este no es el mejor momento para posar. Estamos algo apretujados aquí y la luz no es buena...- objetó Verónica tímidamente.

-Sí, ¡claro! para que veas; ¡cuando me decido, no puede ser!- rió Julia.
-No te preocupes que ahora, cuando te vea pasar por la calle, seré yo quien te llame para hacerte el retrato-le animó Verónica.

-¿Van a tomar algo? -las interrumpió el pertinaz camarero.
-Sí, yo me tomaré otro café con leche, aquí los hacen muy buenos- dijo Julia con la decisión que la caracterizó desde el principio. Verónica esbozó una sonrisa forzosa. Se encontraba en el mismo compromiso de no pedir nada.
-¿Y tú qué vas a tomar?, te invito- se ofreció Julia.
Verónica se encogió de hombros. No sabía si aceptar la invitación. No quería aprovecharse de la amabilidad de una desconocida. Pero Julia pasó de sus prejuicios y decidió por ella.
-Mire, dos cafés con leche y dos ensaimadas de esas, de crema, que he visto antes en el mostrador- seguidamente se dirigió a Verónica, - Te gustan, ¿no?
Verónica asintió con su sonrisa tímida. Tenía hambre.
El camarero se alejó y Julia recapacitó. -¡Ay, perdona! Estabas esperando a alguien en cambio te he invitado a merendar. No sé si....
-No importa, creo que ya no vendrá.

Siguió diluviando y ambas chicas charlaron y charlaron mientras merendaban.
-Por cierto, me llamo Julia- se presentó la hasta entonces desconocida, después de un rato de amena conversación. Verónica sonrió por lo de la presentación tardía aunque ella tampoco se había presentado.
-Yo soy Verónica.
-Quizás conozcas la casa Claramunt. Es que soy Julia Alentorn Claramunt, ¿la conoces?
-Pues..no..
-Habrás pasado muchas veces por delante. Lavamos y planchamos desde hace muchos años; la ropa de los hoteles; ya sabes. Pero a mi no me va eso de la plancha. Quisiera tener tus aptitudes. ¡Lo tuyo sí que debe ser interesante! ¡pero planchar! ¡Toda mi familia plancha! ¿En tu familia son todos artistas?
-No. Sólo yo pinto. De hecho no tengo mucha familia.... vivo sólo con mi padre...-explicó cohibida; no queriendo explicarlo pero haciéndolo ya que no sabía disimular ni inventarse cosas interesantes.
-¿Tus padres están separados?- le preguntó Julia con respeto y no sabiendo si hacía bien en preguntarlo.
-Si..bueno, no; bueno, a la fuerza. Mi madre murió, en un accidente de coche, cuando yo era muy pequeña. Mi padre quedó muy afectado desde entonces.
-¡Cuanto lo siento! Ya ves, yo me quejo de mi familia, ¡me agobian tanto! en cambio la tengo siempre conmigo....¿No tienes hermanos?
-No.

Siguieron charlando de camino a casa. Había dejado de llover hacía rato. A pesar de llevar su caballete y su maletín, Verónica quiso ayudar a Julia llevándole una de las bolsas con las que ésta cargaba. Julia había visitado un centro comercial y buena prueba de ello eran las bolsas de grandes dimensiones que contenían cajas que aunque no pesaban sí abultaban. Después de hablar de las compras se pasó al asunto del diseño y del diseño al arte y del arte al criterio de cada uno con respecto al mismo y a otras muchas cosas. Ambas chicas se sorprendieron al ver que coincidían en tanto.

- Pero yo creo que no tendría que ser así...-opinaba Julia. -Pero tú, mejor que nadie, sabrás lo hipócrita que es la gente. Uno ha de comprarse lo que realmente le guste y no decir que como no entiende.....Si a mí no me gusta un cuadro, digo que no me gusta y no que no entiendo. ¿Es que se ha de entender de amor? ¿Se ha de entender de caprichos? ¿de gustos? Cuando te gusta alguien, te gusta y si no te gusta, no te gusta y punto; no puedes decir: no mire, ese señor no me gusta pero como yo no entiendo.....El arte es algo muy personal y yo soy de la opinión de que te ha de  entrar a la primera sin razonamientos ni análisis previos. Los análisis pueden venir después. Si una obra no te gusta, si no te llega ni te llena, por mucha técnica que tenga no está cumpliendo su misión principal. Yo creo que las cosas, el arte, todo, debe conectar y debe hacer sentir. Si te es indiferente no es arte precisamente; es algo pero no arte, y hoy en día hay mucha mediocridad; mucha cosa rara que pasa por artística porque la gran mayoría de cobardes no se atreve a admitir la verdad. Si dicen que no lo entienden pasan por tontos y por no pasar por tontos lo aceptan sin más. No hay personalidad y todo ello se traduce en todo lo que se hace.

-También ocurre lo contrario- opinó Verónica. - Cuando algo es bueno, a lo primero se desprecia; se le hace el camino más difícil al artista hasta hacerle desistir y yo creo que por miedo. Si aceptan que algo que es bueno lo és, todos esos vividores del cuento tendrían el listón más alto y ha de quedar establecido que lo bueno es la mediocridad, lo que llega fácilmente a las masas gracias a un buen marketing. Entonces pueden colocar cualquier bodrio que puedan manipular fácilmente.
-Me alegro de que pienses como yo- dijo Julia.
-Yo puedo hablar así porque no soy famosa y puedo ser sincera. Y precisamente creo que no podré llegar a ser famosa porque no sé seguir el juego ni reírle las gracias a nadie. Sólo sé trabajar bien; pero claro; mi concepto del “buen trabajo” no será el mismo que el de los críticos “versados” buscando nuevas tendencias; ellos opinarían que mi trabajo es muy academista; muy encorsetado; no respira espontaneidad, soltura, que no habla de nada nuevo, que no rompe, en fin....

-Es verdad. La fama en vida es cuestión de venderse bien. Tu obra, por muy academista que fuera, sería considerada como la más innovadora  si te supieras vender bien. Podrías pintar una manzana hiperrealista y dirían que no tiene nada que ver con una manzana de verdad. Sé que lo bueno siempre acaba por prevalecer pero quizás ha de pasar más tiempo. La mentira se desvanece y todo aquello que no tiene nada sólido detrás desaparece sin dejar rastro. Aunque no estoy muy puesta en arte, tengo una opinión muy firme.
-¡Sí, ya lo he notado!- reconoció Verónica. Julia rió.
-Todo el mundo debería tener opiniones firmes- continuó Verónica-. Serían menos manipulables y se andarían con menos tonterías. Cuánta gente ha llegado al altar sin estar muy convencida, por ejemplo; sólo porque la cosa ha ido tan lejos que no saben dar marcha atrás. Con lo fácil que es hablar claro cuando se está a tiempo!
-Hay muchos intereses. Pensamos en muchos intereses externos cuando nuestro principal interés está en nosotros mismos. No de una forma egoísta sino de saber primero qué somos, cuál es nuestro sitio, qué buscamos, qué necesitamos y qué somos capaces de hacer y de ofrecer.... Una vez que uno ha encontrado su identidad y su lugar ya puede pensar en lo demás.
-Estoy de acuerdo.
-De todas formas, es difícil. Es difícil tener una conciencia clara de uno mismo. Yo creo que casi todos tenemos una visión algo deformada de nosotros por mucho que nos esforcemos en ser objetivos. Es...es como mirarse al espejo. Si uno se mira cada día al espejo no nota cambios. Se acostumbra a verse, a estar consigo mismo; quizás no ve sus defectos que se convierten en algo natural, cotidiano. Sólo el que viene de afuera y te ve, tiene una visión objetiva y perfectamente clara. Recibe una impresión sin ninguna influencia o referencia.
-Si! la vida es compleja! Si pudiésemos vernos desde afuera, de una forma objetiva, podríamos corregirnos!
-O estaríamos satisfechos de ver que no somos el desastre que imaginamos ni que estamos tan gordas como pensamos!
-¡Qué engañados vivimos!- bromeó Verónica.
-Si...

Continuaron un tramo sin hablar. Luego, Verónica dijo a modo de confesión:
-Realmente no esperaba a nadie en el bar.
-¿No?
-La verdad es que me cogió el chaparrón y no tenía donde meterme. Me metí en el bar y luego recordé que no llevaba dinero. Hoy no he hecho nada y tengo lo justo para el autobús de vuelta. Si no llegas a sentarte en mi mesa me habría tenido que ir- recordaba ahora divertida. -El camarero no me quitaba ojo de encima y claro, no voy a estar ocupando una mesa para no tomar nada.
-Bah! porque ocupes una mesa....
-No, pero tienen razón. Imagínate que la gente entra porque tiene frío, porque necesita ir al lavabo, porque llueve, pero nadie tiene intención de pedir nada...
-Sí...mirándolo así....
Julia se aproximaba a su domicilio.
-Mira, ¿ves ese rótulo amarillo?- le indicó a Verónica.
-Sí.
-Allí vivo yo. Estoy muy cerca del Paseo Marítimo. ¿Vives por aquí?
-Sí, vivo en Santa Catalina- mintió Verónica.

-¿Ves? Casa Claramunt desde 1964 -señaló Julia. -Mi abuela empezó con esto de la plancha aprovechando el boom turístico y aquí estamos. Primero planchaba camisas y trajes para la calle y luego se dedicó a  ropa de hostelería y retaurantes. Tengo un tío propietario del hotel Constelación, ¿has oído hablar de él?..
-Puede....
-Pues mi tío nos envía ropa de su hotel; también recibimos de otros. Supongo que esperan que yo coja el relevo del negocio pero no sé.....de momento estoy estudiando turismo, inglés y alemán. Si no me meto en el negocio familiar, puede que me vaya al hotel de mi tío o a cualquier otro aunque mis padres esperan que me quede en el negocio.

Julia subió el escaloncillo del portal contiguo a la entrada del comercio que permanecía cerrado por ser domingo.
-Bueno, ya sabes donde tienes tu casa para lo que puedas necesitar. Me ha encantado hablar contigo- se despidió Julia.
-A mí también. Muchas gracias por la invitación y ya sabes que queda pendiente un retrato- se despidió Verónica.

Ambas chicas se separaron. No anduvo mucho Verónica cuando se dio cuenta que aún llevaba la bolsa de Julia. Volvió atrás y llamó. Una mujer contestó a través del portero electrónico.
-Si, mire, tengo una bolsa de Julia, que se la ha dejado.
-¿Una bolsa?
-Si, es que veníamos juntas y le he llevado una pero no me he acordado de devolvérsela...

Se oyó un zumbido eléctrico y la puerta se abrió. Verónica entró dejando la puerta del portal entreabierta. Subió las escaleras hasta la puerta de la vivienda que ya estaba abierta.
-¿Se puede?- preguntó tímidamente.
Una señora mayor le salió al encuentro.
-Pasa, pasa, -le pidió cuando Verónica pensaba sólo en entregar la bolsa e irse.
-Niña, ¿qué hora és?- le preguntó la señora, dándole la espalda sin coger la bolsa que Verónica le tendía.
-Son las seis pasadas- contestó Verónica sin saber si seguirla o esperar en el recibidor.
-¡Uy! los caramelos!- recordó la mujer deteniéndose y quedándose pensativa. Luego, como recordando donde los tenía, continuó por el largo corredor al final del cuál debía hallarse el comedor. No llegó hasta el mismo sino que se metió en una habitación justo antes. Salió de la misma con una bolsa de caramelos y se metió en la  habitación contígua a la de la entrada.
Verónica, que estática observaba, oyó voces infantiles venir de abajo de la escalera y un “¡hasta mañana!, y un “¡cuidado con los escalones!”, y un  "¡Que mañana no será a las seis, será a las cinco, acordáos!", y la despedida de una mujer.

 Cuando se dio cuenta, dos niños de muy corta edad, casi la atropellan metiéndose como flechas en la primera habitación, contígua a la que había entrado la señora.

Verónica avanzó tímida y al llegar a la altura de la habitación, donde habían entrado los niños, los observó. Habían dejado la puerta abierta y se habían puesto a rezar ante la figura de una Virgen sobre una cómoda. Poco después, por el ventanuco que comunicaba ambas habitaciones, justo por encima de la Virgen, empezó a caer caramelos.

-¡Mira, la Virgen nos contesta!- le dijo muy contenta la niña, llamada Claudia a su hermanito, llamado Roberto; y ambos empezaron a recoger caramelos dándole gracias a la Señora. Iban a salir corriendo cuando recordaron santiguarse ante la imagen. Acto seguido corrieron al comedor con las manos y los bolsillos repletos.
Verónica sonrió. La señora, que era la abuela y se llamaba Rosa, salió de la habitación de al lado y estuvo por Verónica.
-¡Lo que hay que hacer para mantener la ilusión de los críos!- suspiró. -Anda, pasa, pasa, no te quedes ahí.
Sin esperar a que Verónica le dijese nada, se encaminó al comedor diciéndole mientras esta le seguía:
-Crío se és sólo una vez y si entonces no se viven las ilusiones y la magia, ya no se viven nunca. Ya tendrán tiempo de desengañarse cuando crezcan!

Muchas personas halló Verónica en el acogedor comedor. A muchas menos a Julia. Verónica se sintió cohibida por invadir la intimidad de aquel hogar en el que habían tantos miembros. Los niños, entusiasmados, enseñaban los caramelos diciendo que la Virgen les agradecía que le rezasen al llegar a casa.
-¡Me parece que esta Virgen no rige muy bien!- se quejó precisamente el padre de los niños llamado Joaquín- !Habrá pensado en vuestras almas pero no en vuestros dientes!¡Pedidle que os tire billetes!¡que eso de tirar caramelos es muy fácil!
-¡Anda que tú también!- se quejó la abuela Rosa. -¡Bien educas a los niños! ¡Si por ti fuera serían unos herejes, unos anarquistas sin darle más valor a las cosas que el material!
-¡Que és el que ha de tener! ¡Qué caramba! ¡En la vida, todo lo que nos rodea es materia; nosotros mismos estamos hechos de materia y si no tienes dinero nadie te mira a la cara!-le argumentó Joaquín.

-¡Anda, so bestia! ¡No nos quieras comparar con una piedra o con un animal!-protestó la abuela. -¡Estamos hechos de algo más que materia y si la gente fuera menos materialista habría más justicia en el mundo!

-¡Ahora nos dirás que tenemos alma y que nos vamos al Cielo cuando nos morimos!
-¿No nos vamos al Cielo?-preguntó Claudia con decepción.
-¡No le hagas caso a tu padre!-le contestó Rosa y dirigiéndose luego a su yerno le contestó con desprecio:
-¡Bien enseñas a tus hijos!¡A los niños hay que inculcarles valores positivos e ilusiones por algo; y por algo edificante, noble, alto y no sórdido! El materialismo es desgracia. Nada más que acaparar y acaparar para demostrar que se es más que el vecino y consumir y consumir..-Rosa se volvió a Verónica y señalándola como ejemplo, dijo con desprecio:-¡Como esta desgraciada!- Verónica puso cara de susto.-¡Que se va olvidando las bolsas por ahí y se las tiene que traer la amiga!-Evidentemente se refería a su nieta Julia como "desgraciada" y no a Verónica.-¡Ya me parecía a mí que Julia venía con muchos paquetes y encima se había dejado otro más! ¿Esto te parece bien? ¿que el único objetivo de tu hija en la vida sea ir de compras? ¡Como si aquí sobrase el dinero!esto es lo que le has inculcado: ¡el consumismo!-remató la abuela.
-Yo no soy una rata como tú..! Aquí no vivimos del maná, no nos cae nada del cielo y bien que te comes los filetes que bien consistentes son..- se defendió Joaquín quedando su defensa amortiguada por la intervención de Conchita, la madre de Julia.
-¿Otra? - dijo sorpendida al descubrir que aún había otra bolsa.
-Eh...si...yo le traía esta bolsa....-dijo Verónica extendiéndola para que alguien se la cogiera de una vez pero Cobchita apenas la escuchó y continuó. -¡Y encima se las va dejando por ahí! ¡Julia!- la llamó de un grito dirigiéndose al corredor al que daban las habitaciones.
-A ti no te había visto antes- intervino entonces un señor mayor, muy menudito y delgado, el abuelo de Julia, y marido de Rosa, llamado Benjamín. Verónica sonrió sin saber qué decir. Luego se le ocurrió:
-Es que hace poco que nos conocemos....
-Ah, claro, porque no te había visto antes....¿y pintas?
-Ah...¿lo dice por el caballete?...sí, pinto.
-Siéntate, hija- le pidió Rosa.
-Estaré poco; sólo he venido a....
-Yo también pinto- no le dejó acabar Benjamín .
-¡Tú que has de pintar!-le rebatió Rosa, su mujer.
-¡Anda esta! Me dirás que todos los dibujos que guardo los ha pintado el gato!
-¡Eso no es pintar ni es nada!

-¡Hola Verónica!-, la saludó Julia quien, viniendo de la habitación, entraba en el comedor con su madre detrás. -¡Qué cabeza la mía!¡Has tenido que molestarte en subir!
-No estaba muy lejos- la tranquilizó Verónica.
-¡Ay, gracias, chica!- dijo cogiéndole la bolsa al fin. -Mira, precisamente aquí tengo el jersey, ese de angora que me he comprado; mira que esponjoso, que mullido, no pesa nada ¡y lo que calienta! su tacto parece una caricia- dijo sacándolo del envoltorio y pasando una manga por la mejilla de Verónica que sintió cosquillas.
-¿Cuánto te ha costado, por cierto? - inquirió su madre- ¿No sabes que esos géneros son como un niño tonto? Vas a perder más tiempo en cuidarlos que en lucirlos.
-Sí, luego se cansará del jersey, dirá que deja pelusa por todas partes ¡y a otra cosa, mariposa!- intervino Elena, la tía de Julia y hermana de Joaquín, su padre.
-Y a donarlo nuevo- continuó la madre. -¡Venga dar ropa nueva, como las marquesas!
-¡Es como si repartieras billetes!- añadió la tía Elena.

Pero Julia seguía contenta sacando prendas de los envoltorios y mostrándoselos a Verónica.

-Pero siéntate, hija- insistió ahora Joaquín.
Verónica se sentó a una silla que le proporcionó otro señor mayor, de sedoso y cano cabello aunque más corpulento que Benjamín. Se trataba del cuñado de Benjamín, Tomás y hermano de Rosa.

-¿A dónde vas?- le inquirió Rosa a Benjamín el cuál salió del comedor para encaminarse, ágil como un ratoncillo, al corredor.
El anciano no contestó. Julia se le adelantó en el pasillo hacia su habitación para sacarle más cosas, de las que había comprado, a Verónica.
-¡No se te ocurra sacarle los dibujos que la chica tendrá que hacer!- le advirtió Rosa a su marido, adivinando sus intenciones. Este no respondió.

-¿Cómo?- preguntó Verónica al ver que hacían referencia a ella.
-¿De qué os conocéis?- la abordó por otro flanco Tomás mientras Rosa se levantaba de la mesa para ir en busca de su marido que de seguro iba a su habitación a sacar algún dibujo.
-¡Te he dicho que no saques nada!- se oyó corredor abajo- ahora vas a enredarlo todo para sacar unos dibujos mugrientos! ¡Tendrás que sacar la maleta, los paraguas, los chubasqueros, el ciervo de escayola....!- continuaba ella.
-¿Y para qué los guardas tanto, si para encontrarlos tenemos de sacar la casa entera?!- se quejó el abuelo desde el cuarto.
-¡Anda, déjalo que los enseñe!¡ también tú!- se quejó Julia quien, de regreso al comedor con las bolsas de la compra, se tropezó con la abuela en el pasillo.

-Nos conocemos de vista y hoy hemos merendado juntas- contestó Verónica a la pregunta de Tomás.
Un gato, como si la conociera de toda la vida, se le subió a la falda de un brinco. Verónica apartó las manos de su regazo sobresaltada pensando que le iba a morder.
-¿No habéis ido de compras juntas?- se extrañó Tomás sin reparar en la libertad que se había tomado el gato.
-Nosotros somos de Tarragona- intervino Ernesto, el hermano de la tía Elena-..aunque hace muchos años que estamos aquí.
-No te asustes; el gato no hace nada-la tranquilizó Elena.
-Está capado- explicó Ernesto.
-¡No hace falta que des detalles! No hace nada porque es un buenazo; no por otra cosa! -pareció molestarse Elena.- ¿Qué le importa a la chica cómo esté el gato?
-¡Lo capamos precisamente para que fuera manso! Ahora da gozo verlo; mira que gordo!-insistió Ernesto.
-¡Está gordo porque lo infláis a rancho de ese para gatos regalados, además de las magdalenas, quesitos y los caprichitos que pilla por ahí! ¡y es manso porque lo tenéis tonto de tanto mimo!- rebatió Elena.

-¿Qué te parece esta falda?- le preguntó Julia extendiendo una ante la mirada de Verónica. -Ahora se llevan largas, queda elegante, ¿verdad? y me quedará muy bien con estas botas- añadió soltando la falda sobre el gato el cuál quedó cubierto, y desliando la caja donde estaban las botas. -Ahora que viene el frío....
La tía recogió la falda. No para destapar al gato sino para observarla.
-¡Pues hija, vaya falda más triste!- la critió.
-¡Ay, tía, ahora se llevan estos tonos!
-¡Estos tonos! Además te dejará el culo plano!- continuó con su crítica.
-¡Quita!- le dijo Julia arrebatándole la falda -¿para qué quiero que se me note el culo? Además irá con el jersey, ese largo de angora.
-No, si a gustos...¿Y para qué te has comprado unas botas tan bonitas si con la falda larga no se te verá la caña?- preguntó la tía.
-¡Tú, con tal de fastidiar!
-¿Esta no es la que lleva la artista esa? ¿Esa que hizo lo del tío ese, de la pajarita, que se tira de un avión y que no sé qué anuncian?- preguntó Ernesto.
-Sí, la del champú ese que parece que tiene un orgasmo cada vez que se lo mete por la cabeza- le ayudó Tomás.
-¡Hala, hala!-dijo Elena escandalizada.
-Es que hasta los anuncios están envilecidos-denunció Ernesto.
-Tú no hagas caso, hija- le aconsejó Elena. -Y cuanto menos veas la tele, mejor.
-....Las llevaré con otras faldas...Son bonitas, ¿verdad?...-continuó Julia con respecto a las botas paralela a la conversación de los tíos. Verónica las examinó no viéndole la utilidad de los adornos en la caña si no iban a verse. -Pues sólo me han costado 15.995 pts.!
-¡Dieciséis mil pesetas! -aclaró la tía.-¿Pero tú estás bien de la cabeza?, ¿Pero has oído esto, Conchita?!
-¡Ay, desde luego! ¡Qué ganas tenéis de fastidiar!- se quejó Julia- ¿Qué te parecen, Verónica?- le preguntó pasándole las botas.
-Están muy bien- dijo Verónica devolviéndoselas a Julia para que las metiera de nuevo en la caja.

La madre de Julia las interceptó por el camino para examinarlas antes de que llegasen a su destino no sin decir:
-A ver, trae esto que lo vea. Las vas a llevar dos días y te vas a cansar. El empeine es muy bajo, el plantar muy arqueado, la puntera muy estrecha, el tacón, tan fino es inestable. No te veo yo con este tacón. Pero yo te digo una cosa: que no te compras nada más hasta navidades.
-¡O hasta Reyes!- dijo Rosa.
-¡Si, o hasta el día del Juicio Final!- se burló Julia.

Conchita se fijó en una camisa recién sacada de su envoltorio que colgaba del respaldo de una silla.
- ¡Pero hija! ¿para qué te compras camisas de algodón? con lo que cuesta plancharlas! ¡Y con este color! En cuanto las pongas en agua caliente ¡adios color!
-¡Pues la lavaré en agua fría!- respondió Julia más que harta.

-¡Ella dirá si son buenos o no!- venía diciendo Benjamín, por el pasillo, con respecto a su carpeta de dibujos que llevaba bajo el brazo.
-¡Pues qué te ha de decir; ¡que sí! ¡Por educación te dirá que son buenos!- le contradecía su mujer.
-¡Dirá que son buenos porque lo son! ¡Soy un talento malogrado!
-¡Todo tú eres un mal logro!- se burló su mujer.

-Mira, nena, mira- llamó su atención Benjamín entrando en el comedor y anteponiéndo la carpeta a otra prenda que desplegaba Julia ante la invadida vista de Verónica.
La nieta se apartó a guardar su despliegue de cosas mientras Benjamín, abría la gastada y mohosa carpeta de dibujos.  Verónica, quien no  pudo ni moverse por tener el gatazo en la falda, se dispuso a observarlos. Al desatar los lazos de la carpeta, una de las tapas cayó sobre el gato el cuál ni se inmutó. La abuela se metió en la cocina diciendo que iba a vigilar la chocolatera por no ver más a su marido.
Benjamín fue pasando los dibujos y todo el mundo empezó a hablar y a opinar a la vez, incluyendo a los niños que también querían enseñarle sus dibujos a Verónica. Ésta no sabía a quién atender ni qué decir ni dónde mirar y sonreía apurada aprobando lo que pasaba ante sus ojos sin apenas tiempo a verlo bien de lo rápidos que Benjamín los pasaba.

Tanto revuelo de voces y risas se armó, que hasta los periquitos en sus jaulas empezaron a saltar, a columpiarse, a mover las campanitas y a chillar excitados.
Julia se fue a su cuarto a dejar sus cosas nuevas y la madre le preguntó a Verónica si se quería quedar a merendar.
-No, gracias; ya he merendado y mi padre me estará esparando.
-Ah, bueno; pues otro día.
La abuela Rosa, sacó a la mesa una gran y humeante chocolatera. Julia entró en el comedor anunciando que ella no merendaba pues ya lo había hecho. Se oyeron quejas y reproches. Que si Verónica ya había dicho que había merendado....que si por aquí....que si por allá..... Ignorándolos, Julia se dirigió a Verónica:
-No dibuja mal el abuelo, ¿verdad?

-Abuelo, ¿me dibujas una jirafa?- le preguntó el pequeño Roberto a su abuelo mientras casi le metía el lápiz por un ojo para que se la dibujase.
-¿Y a mí una princesa?- le pidió la pequeña Claudia.
-No, ahora no que no llevo las gafas de cerca. Otro día, otro día..-se excusó Benjamín quitándoselos de encima.
-Si quieres te las traigo...-se ofreció Roberto.
-¡Que te he dicho que otro día! ¿Que no ves que estoy ocupado?
-Abuelo, me va a hacer un retrato. Verónica hace retratos a los turistas, ¿sabes?-le explicó su nieta Julia.
-¿Ah si? pues eso sí que es difícil! hacer retratos al momento y sacar la expresividad del sujeto- se admiró Benjamín. -Algunas veces he visto retratistas en la Via Roma , en la Plaza Mayor y en el Paseo Marítimo.
-Ella se pone allí pero más cerca de las playas- le dijo Julia.
-Ah, por eso no te he visto; no voy hasta las playas; queda muy retirado.  ¿Y te lo va a hacer ahora?
-No abuelo; ahora no es momento. Me lo hará otro día.
La luz empezó a parpadear como si quisiera irse.
-Pues ya me lo enseñarás- dijo Benjamín mientras las mujeres comentaban el fastidio de los cortes de luz que habían sufrido durante la tarde a causa de la tormenta.
-¡Claro que sí! lo enmarcaré y lo colgaré aquí- dijo Julia refiriéndose al retrato y señalando el lugar en donde iría.

-Una vez quise hacerme un autorretrato....-empezó a explicar Benjamín.
-¡Pero luego no lo encontró!- apuntó su mujer mientras vertía el humeante chocolate en las tazas. Los pequeños corrieron a la mesa entusiasmados mientras Rosa proseguía con mofa -Yo creo que es que no se reconoció. Cuando fue a buscarlo para llevarlo a enmarcar dijo: ¡anda! ¿qué hace ahí ese tío?

-¡Abuela!- le llamó la atención Julia mientras el abuelo remugaba.
-Bueno, ya te dije que a veces me siento agobiada por mi familia -le participó Julia a Verónica. - En fin, esta es mi familia casi al completo- continuó no sin satisfacción.
-¿Aún faltan más?- se asombró Verónica.
-Bueno, esta es la familia con la que convivo. Tengo más familia con la que no convivo pero a la que veo.
-Claro...
-Ya has conocido a mis abuelos...-dijo señalándolos mientras los presentaba , -Benjamín y Rosa;  mi madre Conchita,  mi padre, Joaquín;  mi tío Ernesto,  mi tía Elena, y al hermano de mi abuela, Tomás. Mis hermanitos Roberto y Claudia, son mellizos, tienen cuatro años; van a P4. Tengo otro hermano mayor que está estudiando en los Estados Unidos, por eso no lo has visto. Mira, aquí está su foto -dijo buscándola y acercándosela luego a Verónica quien aún no se había podido levantar.
-Se llama Joaquín, como mi padre.
Le pasó la foto a su tía Elena quien la dejó de nuevo sobre el aparador.
-¡Bueno! y te falta Michi, el gato que seguro se habrá presentado él solo.
-Si -, respondió Verónica divertida y con menos reparos.
-Le pusimos Michi porque de pequeño le quedaba bien. Era muy chiquitín. Ahora le llamo Nosferatu porque es como un monstruo; un muerto no muerto. Está pero es como si no estuviera.
-¡Claro, al estar capado!- recordó Ernesto.
-¡Ya sabemos que está capado, Jesús! ¡No hace falta que lo repitas!- se quejó de nuevo Elena.-Pondremos un letrero en la puerta que diga: “Gato capado”.  Así no lo tendremos que andar explicando a los que vayan llegando.
-¿Qué es capado, papá?- preguntó la pequeña Claudia intentando dibujar en la mesa mientras tomaba chocolate.
-¡Que lo han operado de las anginas!- fue lo primero que se le ocurrió a Elena.
-¡Desde luego, qué tonta que eres! Contigo siempre hay que ir con pies de plomo!-le reprochó Ernesto.

Verónica y Julia se reían. Julia tomó al gato para liberar a Verónica de su asedio.
-Ven aquí, Nosfe. Mira, ya te ha llenado de pelos y eso que en esta estación no pierde tanto- le supo mal a Julia.
-No importa. ¿Y se lleva bien con los pájaros?
-Sí, con tal de no esforzarse no salta ni a las jaulas.
-¡Si no estuviera capado ya saltaría!- no pudo reprimirse Ernesto.
-¡Y dale! -dijo Elena con fastidio.
-¿Qué pasa, es que en mi casa me he de morder la lengua? ¿que no queda fino capar al gato?
-Se dice esterilizar; y si a nadie le importa, no se dice nada.
-¿No se estira las uñas en el sofá? -preguntó Verónica para desviar la tensión.
-Le pusimos una tabla vieja de planchar para que se las estirase..-dijo Tomás.
-Pero un día se le vino la tabla encima. Creímos que se le había partido la cabeza, pero le quedó entera, mira- explicó Benjamín agarrando el cabezón del gato para mostrárselo a Verónica.
-¿Y no trepa por las cortinas?- preguntó esta.
-¡Uy!, ¿este? ¿con lo que pesa? Habría que subirlo con un grua!- dijo Elena.
 Los niños rieron.
-¡Si no estuviera capado ya verías que ágil subía!- se le escapó a Ernesto.
-¡Es que..! ¡Si tuviera una plancha a mano te la tiraba!- se enojó Elena -¡Basta que te digan que te calles...!
-No sólo lo diré tantas veces como quiera, sino que lo voy a pregornar. ¡Ya verás tú!
Se dirigió a la ventana, la abrió de par en par y empezó a gritar a la calle que habían capado al gato.
-¡Pues qué bien!- contestó un transeúnte que pasaba.
-¡Tío, por favor!- le pidió Julia avergonzada.
Conchita corrió a cerrar la ventana reprochándole.-¡Desde luego, qué ganas de dejar a tu sobrina en ridículo!¡Un día que viene una amiga....!
Verónica se aguantaba la risa para no ofender a su amiga.
-No le hagas caso, Verónica- le pidió Julia.
-Descuida,- contestó Verónica dejando escapar incontrolados espasmos de risa. Julia lo notó y le dio risa también. Ambas se pusieron a reír y poco después todos reían.
-En vez de "casa Claramunt", en el letrero pondremos "El gato capado"- se le ocurrió a Julia provocando nuevas risas.
-A un amigo de mi clase también lo han capado- intervino entonces espontáneo el pequeño Roberto.
-¡Roberto!- se escandalizó Rosa, la abuela.
-Eso no es posible- le aclaró Tomás.
-Sí porque lo operaron de las anginas- contestó el niño muy firme.
-¿Ves lo que consigues?- le reprochó Elena a Ernesto.
-¡¿Yo?! ¡Pero si eres tú la que te has inventado todo eso de las anginas! que con tus prejuicios disfrazas las cosas como la tontería esa de la Virgen y los caramelos!
-¡Eres un hereje! ¡Un ateo!¡Ya me dijo mi madre que los de tu calaña no cambian! - se despachó Elena.
-¿Qué es un hereje?- preguntó Roberto.
-¿La Virgen hace tonterías?- preguntó Claudia.
-No, las tonterías las hace vuestro tío!- les contestó Elena.
-Roberto, no digas nunca que han capado a tu amigo. A las personas se les sacan las anginas y a los gatos se les capa, pero no al revés- le explicó Julia a su hermanito el cuál asintió.
-Bueno, debo irme- convino Verónica antes de que la cosa familiar fuera a mayores.- Ha sido un placer conocerles a todos.
La luz volvió a parpadear y por unas fracciones de segundo fue oyéndose algún que otro vocativo.
-Esperamos verte más por aquí- dijo Benjamín con la esperanza y la ilusión de retomar su vocación olvidada estimulada por la presencia de Verónica.

Las mujeres besaron a la chica como si la conocieran de toda la vida y los hombres le dieron un apretón de manos. Cuando le tocó el turno a Benjamín, fue Verónica quien prefirió no encontrar su mano sino que besarle en la mejilla. Benjamín se alegró mucho.
-Te acompaño a la puerta- se ofreció Julia. -No será muy tarde, ¿no?
-No, vivo aquí cerca.
-Me gusta esa chica- confesó Benjamín cuando esta ya no le oía.

Ambas amigas se despidieron y Verónica retomó su camino sola caminando un largo trecho hasta coger el autobús que la conduciría a casa.



Esperó en la parada de autobús solitaria y fría. El trayecto en el fue sombrío y silencioso. Aún le reconfortaba el calor de aquella familia dicharachera  que acababa de dejar y cuyo recuerdo le arropaba. No los conocía de nada pero le parecía como si los conociera de toda la vida. Aquellos del autobús, que tampoco conocía, sí le parecían anónimos. Pensaba que aunque quisiera, jamás llegaría a conocerlos. Rostros sombríos de trabajadores del sector turístico y la construcción que regresaban de sus trabajos, algunos de ellos habiendo desempeñado duras e ingratas tareas, otros ni eso; no habiendo podido traer un jornal a casa por no tener ni una triste ocupación.
Verónica vivía en una especie de descampado a varios kilómetros de allí entre Son Moix Negre y Son Rapiña; en la Cruz de Son Serra, entre el Camino de Los Reyes y la Cuesta de Zaragosa, una zona que entonces empezaba a poblarse sin orden. Allí, gente muy humilde y de bajo extracto social, se asentaban construyendo sus casas que techaban con uralitas y  cercaban con tela de gallinero o sumieres. Las calles sin asfaltar se convertían en fangales cuando llovía y el poblado entero se confundía en una gran e indefinida masa parduzca.

Ahora es un lugar próspero y ordenado pero entonces era un barrio sin personalidad, sin tradición, sin identidad, donde quien se quedaba era a la fuerza por no tener otra opción. Donde nadie lo arreglaba porque pensaban que no se quedarían lo suficiente; donde el odio al mismo hacía que lo degradasen; donde se destinaban pocos fondos por creerlos malas inversiones; donde se estudiaban planes de rehabilitación y acondicionamiento cuando llegaban las elecciones pero que con ellas se iban, dejando el barrio para el final ya que al no tener identidad tampoco tenía cara ni boca por donde protestar. Era una especie de Nosferatu; un barrio no barrio, lleno de muertos no muertos.

Su casa no era mejor. No habían periquitos tocando campanitas a su regreso. La casa estaba fría, oscura, silenciosa. Verónica sintió un escalofrío al entrar. Este era el recibimiento de siempre. Encendió luces a su paso. Con la luz, la casa pareció ganar algo. Las paredes cobraron vida y de ella resurgieron bonitos cuadros y retratos pintados por Verónica y admirados sólo por ella y a veces por su padre.

-¿Papá?- le llamó sin obtener respuesta.
Miró en la cocina, en el cuarto de baño, luego en la habitación. Allí halló a su padre, tirado  en el suelo, boca abajo. Pero Verónica no se alarmó ni corrió a socorrerlo. Se acercó a él y lo volteó. El hombre balbuceó algo. Estaba lleno de vómitos y apestaba a orines y a alcohol.

Poco después y con gran esfuerzo, le quitó la ropa y lo lavó. Con el agua reaccionó soltanto quejas inconexas, insultos y algún que otro  manotazo con poco acierto. Ayudó a su padre a meterse en la cama. El padre pareció quedarse dormido. Aguardó durante unos minutos a la cabecera de la cama como la madre que observa a su hijo dormir. Por la respiración le pareció que dormía y con cuidado salió de la habitación. Iba a cerrar la cortina que hacía de puerta cuando oyó:
-..hija...
-Duerme, papá- le respondió esta.


Su padre se llamaba Enrique. A pesar de su abandono, aún era atractivo. Había sido un hombre que había cortado la respiración de muchas mujeres. Corpulento, de abundante cabello ondulado, labios sensuales, mandíbula fuerte, cuello robusto, mirada socarrona, muy seguro de sí mismo y con mucha labia. Cantaba, pues tenía buena voz y quienes le escuchaban le pagaban con copas. La gente no solía mofarse de él pues, en lugar de parecer un pobre diablo, su aspecto físico rememoraba a un caballero de porte altivo aunque venido a menos. Quien tuvo retuvo y ese refrán parecía personificarse en él. Pero Enrique no había sido así siempre. Había sido un hombre respetable. Su mujer murió  trágicamente siendo Verónica muy pequeña y él no pudo soportarlo. Su modo de escapar de aquella angustia que le consumía fue beber. La euforia le hacía creerse algo. Habría podido superarlo con los años pero no tuvo a nadie a tiempo. Su hija era muy pequeña como para ayudarlo y el terror que la responsabilidad de criarla le suponía, hizo que se refugiara en la bebida hasta esclavizarse. Agarrado lo tenía ahora y Verónica tendría que librar una gran batalla para recuperar a su padre.

Éste ya dormía, y Verónica se preparó un vaso de leche caliente. Mientras la bebió paseó pensativa por el comedor. De cuando en cuando se sonrió recordando su visita en casa de Julia. Se sentó a la mesa y dejó el vaso para coger un lápiz y un trozo de papel. En la mesa del comedor tenía su arsenal. Realmente aquello no era un comedor sino un estudio. Rollos de papel Canson  y  Guarro para los retratos. Cajas de colores pasteles, con barras enteras y restos de estas; sprays de fijador nuevos y viejos, lápices de carbón, lápices grasos, tintas, pinceles, sanguinas, tubos de óleos, de acrílicos, trapos, envases de flanes, de huevos,  de mantequilla, cualquier envase de plástico donde hacer las mezclas; esencias de trementina, disolventes, barnices.....No podría precisarse donde comía aquella familia.

Empezó a hacer algunos esbozos sobre un papel blanco.  Levantaba la cara del papel y miraba al infinito abstraída. Pensaba en la familia de Julia y sonreía. Entonces se imaginó la distribución de aquella casa y dibujó un plano. Dibujó el recibidor, el comedor, la cocina y el pasillo al que daban las habitaciones. Se imaginaba por allí, recorriendo por el pasillo, entrando y saliendo de los cuartos, arreglando cosas, sacando la ropa de invierno y guardando la de verano. Buscando los dibujos de Benjamín de debajo de la maleta, del chubasquero, del paraguas.....
Se imaginaba un escritorio donde guardárselos con una lámpara de flexo para cuando quisiera dibujar. Luego intentó recordar el comedor dibujándolo de memoria. Dibujó el aparador con la foto del hermano de Julia, los sillones, la mesa, la abuela sacando la chocolatera......dibujó las jaulas con los pajaritos y a Nosferatu sobre una de ellas. Realmente vivía sus dibujos. Cuando dibujaba entraba en otros mundos y necesitaba muchos escenarios en los que verse viviendo. Escenarios confortables, acogedores....A veces dibujaba mercados con sus paradas llenas de frutas.... Los bodegones se le daban muy bien y tenía colgados por las paredes como si fuesen ventanas a esas otras vidas que Verónica anhelaba.
Pero luego hizo otro dibujo.
Sin darse cuenta bosquejó un rostro que descubrió que era aquel rostro inacabado que siempre le salía sin saber por qué. Una cara que siempre emergía de su interior como si éste, no queriéndola contener más, la regurgitara. Era aquella que al no pertenecer a nadie no podía irse con nadie y siempre quedaba atrapada en la mente de Verónica esperando a que alguien se la llevase algún día. Pero Verónica no sabía a quién pertenecía ni a quién entregársela ni por qué precisamente ella era  depositaria de aquel rostro.
¿Cómo llegaría hasta ella? ¿Por qué vivía tan estrechamente con ella? Cuando surgía en el papel, imponiéndose a lo que quiera que dibujase, parecía que estuviese a punto de hablarle, de revelarle algo. Jamás llegaba a hacerlo, no obstante; le faltaba algo para acabar de definirse, de identificarse, de hablar. Al fracasar en cada intento, la cara no podía más que seguir hostigando a Verónica y resurgir una y otra vez de su interior pidiendo a gritos que le hallase la identidad; que la devolviera a quien pertenecía. Y Verónica lo intentaba una y otra vez siempre pensando que ya casi lo tenía, que le faltaba nada para saber al fin a quien pertenecía, pero siempre se quedaba en el camino de conseguirlo.

Ya eran las doce y media. Los ojos empezaron a picarle. Estaba cansada. Se los frotó. Guardó sus dibujos en la carpeta y se acostó.











CAPITULO II

El tiempo no era muy apacible. Los benévolos días de verano se habían acabado. La estrategia de trabajo de Verónica cambiaría y de la captación de clientes en la calle pasaría a hacerlo a través de los comercios donde habitualmente exponía su reclamo. “Se hacen retratos por encargo, al carboncillo, pastel o al óleo. Razón aquí”.
Entró en la tienda de fotos donde tenía expuesto en un caballete, el retrato de un niño muy risueño. En el ángulo inferior del retrato al pastel se hallaba la fotografía de la cuál se había sacado. El parecido era tan grande, que aquel retrato parecía una ampliación fotográfica salvo por los trazos de lápiz  que revelaban que era un dibujo. A veces, de diversas fotografías, de diferentes tamaños y color, juntaba a los miembros desperdigados de una familia hasta reunirlos a todos en un sólo dibujo.
Preguntó si había algo y la propietaria del establecimiento le entregó la fotografía de una niña para dibujar.
Al salir de allí se dirigió a la Filatelia. Allí también tenía expuesto otro reclamo. “Se hacen escudos heráldicos por encargo”, “Conozca el origen de sus apellidos”.
Allí también recogió un encargo. Se trataba de dibujar un escudo doble. Dos novios habían encargado el escudo de sus apellidos en un solo pergamino.
Verónica se dirigió hacia la biblioteca central. Allí pidió por el libro que siempre consultaba. Un antiquísimo y pesado volúmen que recogía los orígenes de todos los apellidos con sus correspondientes escudos, figuras y colores. Ya que el libro era muy valioso no se lo dejaban sacar ni fotocopiar . Transcribía el texto y dibujaba en una libreta el escudo correspondiente anotando los colores que siempre eran los mismos combinados de diferentes formas. Tenía mucha imaginación para complementar el adorno exterior de los escudos. Cuando eran dobles, un dragón se encargaba de unirlos con sus alas sagitales. A la vez que los mostraba parecía protegerlos con su cabeza amenazante sobre los escudos. A veces eran dragones bicéfalos que entrelazaban sus largos cuellos quedando las cabezas separadas e inclinadas hacia el escudo que protegían. Sus colas sagitales también se entrelazaban o a veces se separaban para reposar al pie de cada escudo, o se enredaba con la hojarasca sobre la que se apoyaban estos. Utilizaba un papel que imitaba el pergamino. Escribía a mano alzada letras góticas en tinta y sin plantilla. Las plantillas resultaban caras y siempre se gastaban las mismas letras quedando las otras intactas. Siempre había tenido que comprar más aún sin haber gastado las anteriores. Así que se aprendió la caligrafía gótica y siempre la hizo a mano. Envejecía el papel imitando la pátina y las manchas del tiempo. Dibujaba las puntas abarquilladas y las pintaba de un color amarillento ahumado, como quemado por el transcurso de los años.

Cuando hubo obtenido la información que precisaba sobre los apellidos, se fue a casa.

Con su carpeta bajo el brazo cruzó el paseo. Este se veía triste, como asustado.  El sol protector se iba y los días se encogían con temor. Parecía que fuera de su protección no se atreviesen a asomarse, a estirarse; parecía que se echasen para atrás y se mostrasen a medias, buscando donde refugiarse, intentando camuflarse con las nubes, con el horizonte gris, con el silencio. Este temor se apropiaba de todos los habitantes y parecía que nadie tenía tanto entusiasmo para hacer las cosas. Los días no invitaban.
Pasó  por delante de la cafetería donde el día anterior se había refugiado a causa de la tormenta. Le vino un agradable recuerdo. Si no veía a Julia por ahí pasaría en algún momento por su casa para hacerle el retrato o al menos, para devolverle la invitación a merendar.

Cuando fue a cruzar la calle una furgoneta casi la atropelló. Frenó en seco. Verónica siempre iba muy distraída y pensó que seguramente no se había fijado en el semáforo. Pero al hacerlo vio que ella tenía preferencia y volvió a mirar al conductor. Este le hizo gestos de disculpa y Verónica no le dió más importancia. El conductor la observó cruzar. Esperaba que se le hubiese encarado y le extrañó su aptitud tan pacífica e incluso pasiva.

Poco después la furgoneta se detuvo en el vado contíguo a la Casa Claramunt. Esta pertenecía al Hotel Constelación y llevaba la ropa sucia para lavar y planchar. El conductor descendió y se dirigió a la puerta lateral del vehículo para extraer las bolsas industriales que contenía la ropa.  Se trataba de Ramón, el hermano menor de Conchita y el propietario del hotel cuyo logo figuraba en la furgoneta. Habitualmente no era él quien se encargaba de estas tareas. Tenía gente para ello. Otras veces era Joaquín quien iba allí a recogerla o a entregarla. Pero cuando tenía que tratar algo con su hermana, venía él personalmente. Estaba próximo el cumpleaños de Julia y Ramón no quería que le pasase como otros años. Este cumpleaños era muy especial ya que Julia cumplía 18 años.
Al entrar en el establecimiento, se oyó la campanilla de la puerta  pero nadie se preocupó en saber quién entraba.

-¡Hola, Conchi! ¡Hola a todos!- saludó Ramón.
-¡Hola, Ramón!- contestó Conchita levantando la cabeza de su plancha.
-¿Traes más?- preguntó Ernesto, quien se encargaba de las lavadoras.
-Sí, están en la furgoneta- contestó Ramón.

Ernesto salió. Ramón se aproximó a su hermana y la besó. También besó a Rosa y saludó con la mano a Benjamín que estaba más retirado leyendo el periódico.

-Siempre os digo que os vendáis esto y os vengáis al hotel. Los sótanos están habilitados para una lavandería incluso más espaciosa que esta- repitió por enésima vez Ramón a su hermana.
-Pero tendrías que hacer una inversión- le contestó ésta sin convencerle la idea.
-La instalación ya está preparada. Podemos poner estas mismas máquinas, si queréis. No es tan complicado.
-Estas máquinas ya son viejas, cualquier día...
-Más fácil me lo ponéis. Tarde o temprano tenéis que renovarlas y hacer una nueva inversión. Podemos adquirir otras más eficientes y con mayor capacidad. Hasta ahorraríamos dinero. Iríais más descansados. El personal del hotel podría encargarse de las máquinas y vosotros supervisar. El hotel no tendría porqué absorver vuestro negocio.
-No sé...siempre hemos estado en este barrio. También hacemos cosas para la calle, para clientes de toda la vida. Tenemos la casa arriba y mayor comodidad.
-Pero trabajáis muchas horas. En el hotel podríais hacer un horario; ya digo que dispongo de personal que podría dedicarse a ello.
-Más sueldos...
-Les pago igual y no tendríamos que desplazarnos con la ropa. Además quedarían compensados ofreciendo nuestros servicios a otros negocios e incrementando nuestros ingresos.
-Eso si...aunque...tendríamos que desplazarnos nosotros cada día para...ir a fichar...
A Ramón le hizo gracia lo de fichar e hizo un gesto como descartándolo. -Podríais vivir en el hotel, en el anexo; es una vivienda perfectamente habitable.
-¡Sí, hombre! dejar yo mi casa y mezclarme con los turistas!
Ramón rió de nuevo.-De todas formas vosotras podríais dedicaros a vuestros clientes de siempre, si lo preferís así, aunque más bien os entretienen con sus menudeos.
-Los pequeños nos hicieron crecer. Ahora no vamos a dejarlos.
-¡Sois unos sentimentales sin visión empresarial! pero para esos estoy yo- dijo divertido.
-Pues no nos ha ido nada mal hasta ahora- valoró Conchita.
-Y mejor os podría ir- insistió Ramón.
-Hija, tú haz lo que quieras, pero al  menos a los viejos déjanos aquí donde hemos vivido siempre -intervino Rosa.
Ernesto entró con algunas bolsas y avisó de que Julia  llegaba.
Julia se alegró mucho de encontrar allí a su tío al cuál besó.

-¿Qué tal Julia?- la saludó este.
-¡Muy cansada!-contestó ella -¡Encima el autobús no llegaba nunca! He tenido que coger otro, que no me lleva al Paseo Marítimo, sino que me deja detrás y he tenido que caminar un buen rato!
-Necesitarías un coche- dijo su tío.
-¡Sí, métele pajaritos en la cabeza! ¡otro gasto para la señorita! y no es sólo la inversión de la compra sino el mantenimiento...que si seguro,que si impuesto de circulación, que si combustible, que si reparaciones...-objetó Conchita.
-¡Ay, mamá! ¡Siempre poniendo pegas! ¡Si por tí fuera no llevaría ni zapatos!-protestó Julia.
-¿No te gustaría tener un coche?- le preguntó Ramón con segundas.
-¡Claro! pero ¿cómo me lo compro? yo no trabajo aún y en cuanto a mis padres...
- Te lo regalaría yo para tu cumpleaños- soltó Ramón.
-¿Tú? -repitió Julia abriendo bien los ojos con expectación.
-¿Y el carnet qué?-objetó de nuevo su madre rompiendo el encanto que parecía haber hechizado a Julia por unos instantes.
-¡Quita, quita! esta alocada con un coche!- desestimó Rosa casi solapando a Conchita.
-¿Qué pasa? ¿por qué no puedo tener un coche?- se revolvió Julia.
-¡Por que no tienes carnet ni falta que te hace!
-¡¿Tú qué sabes lo que me hace falta?!
-¡No le compres nada! ¡Que se lo gane!- intervino Elena. -El Señor dijo: te ganarásel pan con el sudor de tu...
-¡Déjame del Señor y el Señor!-le cortó Julia viendo como le arrebataban un regalo tan suculento.
-Precisamente he venido aquí para hablar contigo de este tema- le dijo Ramón a su sobrina.
-Pues aquí no vamos a poder hablar..- dijo Julia fastidiada. Ramón rió.
-No te preocupes- la tranquilizó-, tendremos mucho tiempo para hablar de ello. Este será el regalo de tu cumpleaños.
-¡No le vayas a regalar un coche que aún no tiene el carnet!- Intervino entonces Benjamín.
-¡El otro!- se quejó Julia -¡lo vais a repetir hasta la extenuación!
-¿De verdad me comprarás un coche cuando me saque el carnet?-volvió a preguntar Julia pasando del estado colérico al de chispeante entusiasmo.
-¡Claro!
-¡No le hagas caso a tu tío!-le pidió Conchita a su hija. Luego se dirigió a su hermano para decirle otro tanto con respecto a Julia-Si quiere algo que aprenda a ganárselo; que aquí todos hemos aprendido a sacrificarnos.
-¡Eso ya lo ha dicho la tía Elena!¡Que parece que habéis comido ajos!-protestó Julia.
-Bueno; de momento dime qué te parece la idea o si prefieres otra cosa...-le propuso Ramón.
-¿Ves tonta?...el otro día te gastaste una fortuna en vestuario- le reprochó Conchita a su hija-. Pues podías haber dejado algo para tu tío.
-¡No compares eso con un coche!
-¿Por qué no me dijiste que necesitabas ropa?-le preguntó Ramón.
-Tenía mucha prisa la señora, y no podía esperar. Incluso una amiga tuvo que traerle un paquete que se había dejado olvidado. ¡Mira que valor le da a las cosas! por eso tú no debes alentarla a que todo sea tan fácil.
-¡Ya la haremos trabajar! ¿verdad Julia?-acordó su tío.
-¿En tu hotel?- preguntó Julia esperanzada.
-Quien sabe....Primero esfuérzate en los estudios...
-¿Y la lavandería?-preguntó Conchita.
-¿Pues para qué estudio? ¿para acabar almidonando cuellos y puños?- contestó Julia provocando la risa de su tío.
-¡Ríele las gracias!- Conchita riñó a su hermano.
-¡Me casaría contigo si no fueras mi tío!-corrió a decirle Julia provocando de nuevo las risas de su tío.
-¡Que cosas tiene esta!-dijo la abuela.
-¡Claro, como la engatusas tanto!- le reprochó Conchita a su hermano.
-¡Ah! y no te olvides que haremos una gran fiesta en el hotel con orquesta y todo y tendrás que lucir un vestido de gala.
-¡Jesús!¡Más vestidos!-exclamó Elena.
-¡Pero qué rácanas sois!- protestó Julia colgándose a continuación del cuello de su tío, prodigándole de besos y "gracias".





***







Cuando Verónica llegó a su casa su padre no estaba. Verónica se puso enseguida a trabajar. Encendió la radio. Le gustaban los programas de tertulia sobre política y temas de actualidad que antes de distraerla la acompañaban y hasta le divertían.

Pasadas unas horas interrumpió su trabajo para prepararse un bocadillo y un café y no lo volvería a interrumpir hasta la hora de cenar.

Eran ya las ocho de la tarde cuando viendo su trabajo avanzado, pensó que era hora de descansar un rato. A veces lo hacía para tomarse un café, salir al patio y despejarse o incluso dar una corta vuelta. Tantas horas dibujando le agotaban la vista y llegaba un momento que ya no sabía distinguir nada. Al regresar de su vuelta recibía una impresión nueva del dibujo y podía valorar mejor las imperfecciones o aciertos. Pero esta vez pensó en su padre. ¿Qué hacía tantas horas fuera de casa? No había venido a comer y no podía pasarse todo el día bebiendo sin parar. Seguramente estaría por ahí tirado.

Salió a buscarlo.

Se metió en cada uno de los bares de la zona preguntando por él. En todos había estado; de paso algunos propietarios le recordaron que había una cuenta pendiente y que de no saldarla le retirarían el crédito. Verónica pensó que mejor. Mejor si le cerraban las puertas aunque sabía que sería inútil. Su padre se iría más lejos; donde no le conocieran.

Verónica estaba muy molesta. Pocas veces había salido en busca de su padre y no quería que se convirtiera en una costumbre. Hasta ahora éste solía estar más tiempo en casa. Salía... entraba....pero en todo el día no lo había visto y temía que llegara la noche sin tener noticias de él. Había preguntado en un bar del camino vecinal de La Vileta y allí alguien le indicó que su padre había dicho de irse a Es Fortí, un barrio de Palma, próximo al centro. No solía irse al centro pero en vista del poco crédito que empezaban a otorgarle por su zona, emigró. Verónica sospechó que su padre podría estar pidiendo aunque no era su costumbre. A veces cantaba en los bares para que le pagasen copas y no se le daba mal. Tenía mucha gracia para cantar y el alcohol no parecía haberle atrofiado el duende y el don de gentes que le caracterizaba siempre fuera de casa.
Eran casi las diez de la noche cuando lo localizó y no en Es Fortí sino a la entrada de unas galerías comerciales, en la Avenida Rey Jaime III, mendigando. Esta vez no cantaba. Su escenario para cantar eran los bares. La gente de la calle no le parecía un público adecuado. Tenían demasiada prisa; despreciaban al artista; estaban en otra onda y a él no le gustaba cantar para las paredes. No vio llegar a su hija. Esta lo agarró por un brazo asustándolo. El hombre no ofreció resistencia.
-¡No sé como no te da vergüenza!- le recriminó ésta por lo bajo para no llamar la atención.
El balbuceó algo. Apenas se tenía en pie.
Ella tiró de él y emprendieron dificultosamente la marcha.
-Te has pasado el día fuera de casa ¡y suerte que te he encontrado! Imagínate que se hace más tarde y te quedas por ahí tirado, ¿qué hago yo?
-..si yo ya venía...-replicó él con su lengua encorchada.
-¡Si, sí!  Ya venías....He tenido que ir por todos los bares. Pero esto se va a acabar. Yo no me evidencio más por ahí por tí.
-No tienes que salir a buscarme, que yo ya sé volver...
-¡Y no quiero que mendigues! Si quieres dinero, trabaja; que aún eres joven y fuerte.
-¡Si ya estoy trabajando!-afirmó él con convicción- ¿Es que esto no es trabajar.....estar aquí de plantón, aguantando al personal y esperando que te echen unas pesetillas?
-¡Menudo trabajo!
-¿Que no es un trabajo? -acto seguido hurgó en sus bolsillos. -¡Mira cuanto dinero he hecho! ¡Hoy volvemos en taxi! - dijo sacándolo y cayéndosele parte del mismo por el suelo. -¡Ay, mi dinero!
Al agacharse para recoger el dinero se cayó, quedando tendido en el suelo y rompiendo a reír seguidamente. Verónica le ayudó a levantarse haciéndole reproches por su comportamiento.
-¡Papá, por favor!¡Todo el mundo nos mira!¡Haz el favor de comportarte!¡Pareces un gusano arrastrándote por el suelo!¡por favor, ten algo de dignidad y ponte en pie!-le pidió muerta de vergüenza.
-Mira, hoy me han enseñado una canción nueva...-obtuvo por toda respuesta de su padre. Este empezó a canturrear algo ininteligible y confuso.
-¡Cállate, por favor, que nos miran!-le pidió su hija mientras intentaba llevárselo de allí a paso ligero.
-¡Como me cuidas!-dijo el padre con orgullo.-¡Esta es mi hija!- anunció orgulloso a los transeúntes con los que se cruzaba evidenciandola más.- ¡Ha venido a buscarme porque se preocupa por mí!
-¡Papá, por favor!
Verónica, cabizbaja e intentando salir de aquella zona lo antes posible, no se dio cuenta de que Julia la observaba. Acababa de salir de la academia de idiomas, en la misma avenida pero en la acera opuesta, cuando creyó reconocerla. Tuvo que mirar insistentemente para asegurarse de que era ella la que iba al lado de aquel hombre que no se tenía en pie de tan ebrio como iba. Precisamente, su estridente verborrea fue la que captó su atención haciéndole mirar y descubrir a Verónica.

Enrique continuaba locuáz insistiendo ahora en invitar a cenar a su hija.

El camino a la Plaza Pio XII, ahora Rei Carles I, lo hizo Enrique cantando fragmentos de la Traviata, Tosca y Carmen. Verónica condujo a su padre hasta la fuente central para remojarle  la cara y despejarle  pero su padre empezó a chapotear y a reír como un niño pequeño llamando más la atención. Como pudo, Verónica lo alejó de la fuente y Enrique empezó a abordar a la gente para participarles cosas espontáneas y sin sentido. Algunos lo ignoraron, otros le sonrieron compasivos, siguiéndole la corriente para quitárselo pronto de encima. Verónica se sentía muy humillada.
-¡Que no me salgo de la pista, ¡oiga! aunque lo parezca no me salgo! ¡¿Qué se creen, que porque he entrado con el paso cambiado no puedo coger el ritmo?!- Empezó a dar unos pasos de baile con cierta gracia -¡Mi gato está acurrucado, quién lo desenladrillará..!-canturreó.
-¡Papá, ya está bien!- le gritó su hija.
-¡Segundo movimiento!- continuó Enrique. -¡Las mandíbulas quietas!¡Los relojes en hora!¡todos en sus posiciones que nos vamos a Santander, Santandeeeeer!¡Que me voy a Santander, Santandeeeer!¡Que me voy a Santander!¡Que me voy a Santander! ¡Ay, que me voy a sentar, que me mareo!
-Papá, ¡deja de hacer el imbécil y compórtate!- le suplicó su hija.
-Hija ¿y el conejo?..- pareció recordar con sobresalto mientras se palpaba- ¡Que el mago me mata!¡que no se me ha escapado, que me lo han quitado!- corrió a preguntar a los que pasaban. -¿Ud. lo ha visto?....¿Ud. ..? ..¡Está en el abrigo de esa señora!-gritó. La señora a la que señalaba se asustó.
 Verónica detuvo a su padre del amago de registrarla.
Una calesa se aproximó.
-¡Mira! ¡sin bufanda!-señaló Enrique- ¡Eeehhhh! !Hooooo!
Enrique la detuvo colocándose ante el caballo sin ningún cuidado. El animal se asustó y el conductor tuvo que ser muy audaz para esquivarle.
-¡¿Está loco?! ¡¿Pero es que quiere que le mate?!Maldita sea!-gritó el cochero renegando a continuación.
-¡Venga, papá; vámonos, que ya falta poco; que ya llegamos!-le arrastró Verónica.
-¡Taxi!- gritó Enrique escapándose del asedio de su hija y plantándose ante de uno.
-¡Papá, que te atropella!-le gritó Verónica corriendo hacia él.
-Mira, se ha parado- se asombró Enrique.
-¡Pero qué hace chalao!- le gritó el taxista emprendiendo la marcha antes de que Enrique consiguiera abrir la puerta.
Al poco se aproximó otro a quien Enrique levantó la mano. Este se detuvo a pocos metros y cuando vio de qué forma caminaba Enrique, se alejó.
-¡Eh, otro cabrón!-protestó Enrique- ¿Por qué no para nadie?
-Porque estás borracho, papá.
-¿Borracho yo?- dijo Enrique en tono desafiante.-¿Ud. cree que yo estoy borracho?- le preguntó a uno que pasaba.
-Nunca lo diría- se burló éste.
-¿Has visto?
-¡Se están burlando de tí!

-¡Miradme! ¿Estoy borracho? ¿Qué borracho haría esto?- gritó plantándose de nuevo en medio de la via- ¡Ninguno, porque un borracho no hace esto y yo no lo estoy! ¡Vosotros sí que estáis borrachos que hacéis eses!
Pero realmente los coches hacían eses para esquivarlo. Con un capote imaginario, Enrique empezó a torearlos. La hija lo sacó de allí a empellones, no sin arriesgarse y sintiendo más de un claxon y un insulto.

Después de caminar un tramo fue Verónica quien detuvo un taxi.
-Por favor, mi padre no se encuentra bien. No bebe nunca. Hoy ha bebido y le ha sentado mal. Quiero llevarlo a casa. Le prometo que no tendrá problemas.
Al taxista le dió pena la carita de apuro de Verónica y accedió con una condición que Verónica aceptó. Pagaría un suplemento si vomitaba ya que él tendría que dejar de trabajar para limpiar el coche. Verónica pensó que con el dinero que había obtenido su padre habría suficiente.

El taxi los dejó sin percances en la Cruz de Son Serra, y el corto tramo a casa lo harían a pie. Enrique se había dormido en el coche y el taxista tuvo que sacarlo y zarandearlo para que despertara. Verónica le dejó propina. Enrique se vanaglorió luego de haber llegado a casa en taxi como los señores, y quería demostrar al adormecido vecindario que él viajaba en taxi mientras los otros se desgastaban las suelas yendo y viniendo. Se oyó un "!Cállate, borracho!" y luego Enrique cambió de tema.
-¡No pisaré más sus baruchos!-pareció decirse para sí. -¡Son unos ladrones! ¿Sabes cuanto dinero me deben?-alzó más el tono de voz para que su hija lo oyera. - ¿Sabes cuanta clientela les he traído cantando?
-Se ríen de tí; papá; tú cantas, y los que quieren reírse de tí te pagan las copas .....
Enrique, ofendido, le dió un empujón a su hija. -¡Tú eres como todos ellos!¡Me desprecias! ¡No crees que realmente cante bien! ¡Aparta de mi lado!¡Nadie se ríe mí!
Un perro que andaba errante, empezó a ladrarle. Enrique le dió erráticas patadas que le hacían perder el equilibrio. Finalmente cayó y su hija corrió a ayudarlo mientras él maldecía al animal.

Dentro de casa Enrique lloró. Esta vez volvió a abrazar a su hija sintiéndose muy desgraciado.
Enrique era una persona cariñosa. Cuando se le pasaban los efectos del alcohol y se daba cuenta de lo que había hecho, se sentía terriblemete avergonzado y profundamente arrepentido prometiéndole a su hija que cambiaría; que iba a cambiar por ella. Verónica ya no lloraba como antes. Al principio le conmovían sus palabras y creía en los firmes propósitos de enmienda de su padre. Mientras le escuchaba se le formaba un nudo en la garganta y a veces habían acabado llorando juntos el uno abrazado al otro. Pero ya se había acostumbrado a sus infinitas promesas y ahora ni se inmutaba. Su padre era como un niño que igual lloraba desesperadamente que cantaba y reía eufórico. Parecía que las emociones y los propósitos no calaban en él, y si lo hacían era por muy poco tiempo. Enseguida se esfumaban y todo era confusión y caos. Igual que un niño pequeño, su hija tendría que inculcarle hábitos. Su padre, como todo el mundo, necesitaba hábitos y costumbres y cuando lo metiera en  la senda de la rutina ya no sabría salir de ella. Sin hábitos estaba perdido. Hay gente que no puede ser libre. No sabe organizarse ni administrar sus horas ni tareas ni marcarse pequeños propósitos. Era un hombre que cuando estaba libre se desorientaba, se perdía.  Había nacido para ser esclavo. Tanto como se anhela la libertad y  la libertad para Enrique era el andar a la deriva. Verónica lo volvería a esclavizar. Antes que esclavizarse a la botella lo esclavizaría a tareas útiles y constructivas. ¡Pero era tan difícil sacarlo del hábito de la bebida y el desorden y meterlo en el hábito del orden! Verónica pensaba que tenía que haber un modo.
Cuando al fin acostó a su padre, se echó sobre la cama  permaneciendo largo rato despierta.
Pensó en dónde encontrar un centro de esos de desintoxicación. Quizás hablando con el médico, con algún asistente social, con el ayuntamiento o en las páginas amarillas ....... Su padre no cotizaba desde hacía mucho, no constaba como desempleado ni como nada; no había solicitado ayudas sociales, de hecho, hacía años que había expirado su carnet de identidad y no sabía si aún mantendría el seguro médico.... La luz la pinchaban de un poste y el agua la sacaban de un algibe del que disponía la casa de arreos que ocuparon.Verónica no sabía exactamente en qué situación se encontraban. Hacía muchos años que no iban al médico, que no pagaban impuestos ni facturas. Hacía muchos años que parecían estar desconectados de una vida regulada. Lo miraría, aunque ello le quitara horas de trabajo.

Tan tensa se sentía que tuvo que levantarse. Se preparó, como de costumbre, un vaso de leche caliente y se lo bebió a sorbitos mientras paseó  pensativa por el comedor. Cuando acabó de beber se sentó a la mesa y recordó que Roberto le pidió a su abuelo que le dibujase una jirafa. Rememorándolo sonrió. Cogió su papel  y dibujó una muy rápidamente que coloreó después. Cuando visitase a Julia le entregaría el dibujo a Roberto y éste se alegraría mucho. En la siguiente página quiso dibujar algo para Claudia. No sabía el qué, ¿una princesa?, no estaba segura si eso es lo que ella había pedido a Benjamín. Empezó por una cara femenina que al final se transformó en aquella otra cara que siempre resurgía y que no sabía a quién pertenecía. Cuando se dio cuenta de que era la otra cara la que le salía, su sonrisa se truncó y la dejó sin acabar; es más, la garabateó molesta por haberse superpuesto a la de la pretendida princesa. Arrugó el papel, lo tiró al suelo y se fue a acostar.

Su sueño fue inquieto y al cabo de un rato de moverse intranquila, soñó que andaba por las calles en busca de su padre. Todo estaba muy oscuro y tenebroso. No había gente; tan solo algún que otro vagabundo apoyándose en la pared para ayudarse en su incierto paso. Verónica los volvía para comprobar si alguno de ellos era su padre, pero ninguno lo era. Verónica continuó caminando sin ninguna dirección y sin apenas luz que dibujase las formas. El camino se fue haciendo angosto y oscuro; la calle se fue estrechando de una forma irreal. La ausencia progresiva de luz así lo inspiró y de pronto, al final de la misma, divisó un débil destello. A medida que se acercó, la luz fue descubriendo las formas de un edificio muy viejo. Aun así el edificio no quedaba  muy bien definido sino que sus contornos continuaron difuminados dándole un aspecto vaporo y fantasmal.  En el momento que Verónica traspasó el cerco de luz, que en su sueño era pegajoso y denso, como una tela de araña que se adhiere al cuerpo y lo presiona, se encontró dentro de un gran salón; el salón de esa casa por cuya puerta no recordaba haber entrado. Este estaba tenuemente iluminado o tal vez lo hacía que sus paredes, tapizadas con tonos oscuros y agresivos, se comieran la luz. Aunque grotesco, respiraba elegancia; una elegancia que te decía “cuidado”. Caminar por allí le suponía un desafío a Verónica y más cuando la atmósfera se iba condensado como para impedirle avanzar sin fatiga. Entonces se detuvo. Quizás le faltara aire, quizás por eso sintiera su pecho oprimido. Detenida, miró a su alrededor. La curiosidad le podía más y a su izquierda descubrió un larga mesa vestida para una cena. Iban a cenar chocolate caliente ya que una gran chocolatera, como la que vio en casa de Julia, aguardaba sobre la misma. No habían llegado aún los comensales. ¿O tal vez había llegado el único para el que se había dispuesto todo? Los candelabros encendidos no daban más luz. Todo estaba como falseado; la perspectiva, las formas, la luz, que siempre sería la misma por más que se aumentara o disminuyera el caudal. Las sombras no correspondían con los lados que no alcanzaba la luz, y el volumen, formado exclusivamente por la luz y la ausencia de la misma, adolecía de esta ley física. Verónica, que entendía muy bien de luces, volúmenes y perspectivas, lo notó enseguida. Pero había algo que tenía luz propia desvinculándose del resto; como esos cuadros tan expresivos cuyas pinceladas intencionadas y magistralmente dirigidas arrancan toda la fuerza en un solo trazo separándolo del resto.

Había un hombre. Un hombre muy quieto, sentado en un  sillón. Esperaba. Vestido de forma antigua,  sonreía. Su sonrisa había dado la orden de que la atmósfera dejase de ser opresiva y la densidad se disipase. Aire fresco corrió libre y Verónica, aliviada, decidió aproximarse a su anfitrión. Èl, permaneciendo sentado, tenía que mirarla desde abajo, y aunque su mirada era dócil, Verónica no se sintió más tranquila por ello. Parecía intuir la verdadera esencia de ese ser; una esencia tan poderosa que escapaba por sus poros, derramándose fuera y tiñéndolo todo. Tal vez por eso parecía iluminado por sí mismo. Su mirada, de tranquila y apacible,  se intensificó progresivamente hasta el punto de parecer lastimar los ojos de Verónica. Entonces su sonrisa pareció esconder algo. Verónica estuvo a la espectativa, como si una vocecita dentro de ella, esa que discretamente le decía las cosas, hubiese empezado a gritarle.
-Tú eres...-empezó a balbucear ella lentamente, a medida que lo iba reconociendo.
-Sí...yo soy...-confirmó él sin dejarle acabar la frase. -Pero nunca me acabas....
-..No..puedo...no puedo abarcarte; no...no sé como eres...no te he visto antes.
-Sí me has visto ... y nunca me has olvidado; me has  atrapado dentro de ti y no puedo salir. Cuando me acabes saldré para siempre. Dibújame esta noche y me liberarás.
Verónica se sintió aturdida.
-No....no  puedo esta noche; he de encontrar a mi padre.

El sonrió completamente escéptico.-Si ahora que me has encontrado no me acabas, ¿Cuándo lo harás?
-Me acordaré de ti. Lo haré por retentiva. He hecho muchos trabajos por retentiva.
-Pues mírame bien- le dijo imperativo.

Por unos segundos, Verónica se fijó mejor en su rostro. Primero sereno, limpio, apacible, invitándola a observarle. Después enturbiándose, obligando a Verónica a mirarle con más intensidad. Parecía que se indefinía, como si a través de él emergiesen otras imágenes; quizás pasajes de su vida; pasajes turbios. Sus pupilas parecieron convertirse en dos túneles a través de los cuales Verónica se metía. Al mirar fijamente a sus pupilas creyó ser absorbida  y arrastrada por una fuerza desconocida dentro de ese ser que  la engullía. La velocidad que la succionaba fue aumentando progresivamente hasta que Verónica sintió vértigo e instintivamente intentó agarrarse. Pero sus manos estaban atrapadas, aseguradas. El hombre las sujetaba fuertemente mientras seguía repitiendo “mírame bien”. Verónica ya no quería mirar, apartaba la vista pero seguía viendo; cerraba los ojos con fuerza pero seguía viendo; imágenes inconexas invadían su mente, la inmensidad del universo, la fuerza de un mar embravecido. “Mírame bien” oía sin cesar mientras Verónica empezó a gritar que la soltase, que la dejase marchar.

Y gritando se despertó.



***





CAPÍTULO III

Aquella mañana salió de casa con un propósito firme. Llovía. El día había amanecido triste como presagiando sombríos augurios. Parecía querer transmitirle a Verónica su apatía, parecía quererla relegar en casa e impedir que esta buscara “la solución”, “la salida”; esa que su padre decía que el destino le escondía.

Verónica se metió en el primer ambulatorio que encontró a su paso le perteneciera o no. Preguntó en el mostrador, y después de medio responder a preguntas que le incomodaban y esquivar alguna que otra propuesta,  la remitieron a algunos centros, entre ellos alcohólicos anónimos.
Se puso roja como un tomate cuando,  en el centro facilitado, empezó a explicar su caso. Se sintió culpable por tener ese problema. Se sintió como si fuese portadora del virus del alcoholismo; como si lo llevase escrito en la frente. Uno siempre se siente culpable cuando va a pedir ayuda. Culpable por no saber solucionar sus propios problemas  y tener que recurrir a otros; culpable por haberlos generado con o sin conciencia de ello; culpable, como se lo siente la víctima de maltratos creyendo que realmente se los merece; que se los ha buscado porque ha hecho algo mal. Incluso en los casos de violación la víctima se siente culpable por creer haberlo propiciado, haber dado la oportunidad al agresor al estar ahí en aquel momento.

En cambio, quienes la atendieron le hicieron sentirse confortable y poco a poco Verónica fue dejando su tensión y  recobrando la confianza. Aquella gente no estaba allí para juzgarle ni a ella ni a su padre,  ni para sacar valoraciones ni conclusiones ni recriminar; estaban allí únicamente para ayudarle en un problema que después de todo era bastante común. Le explicaron en que consistía su programa de rehabilitación y qué pasos debía dar; con qué equipo médico y psicológico contaría, cuales serían sus actividades, le hablaron de sus logros y también de sus fracasos. Uno de quienes la atendían era un ex-alcohólico rehabilitado. Eso animó mucho a Verónica que al salir del centro miró al plomizo cielo como diciéndole airosa que no se había salido con la suya; que aunque el horizonte era gris, el de la vida de Verónica parecía estar iluminado.

En la calle, camino a la filatelia a hacer una entrega, pensó en como se las arreglaría para llevar a su padre al centro de rehabilitación. Le acababan de decir que para que un paciente se curase lo más importante es que éste quisiera hacerlo. Sabían que era muy difícil que uno se rehabilitase por si mismo y que el apoyo de los demás era muy importante; pero siempre tenía que primar la voluntad del paciente. El principal interesado era quien debía dar el primer paso y Verónica no veía a su padre con voluntad para nada; ni siquiera sabía como lo arrastraría hasta el centro. Allí le habían dado un folleto que Verónica dudaba si mostrar a su padre.

Enfrascada en sus pensamientos, se pasó de largo la filatelia y tuvo que retroceder. Entregó unos escudos que le habían encargado con anterioridad y le dieron el encargo de preparar un pergamino conmemorativo con el que obsequiar a un miembro honorífico de una asociación, y otro que un grupo de compañeras de trabajo querían entregar a otra compañera que se casaba. Verónica tenía varias plantillas de encabezamientos y decoraciones ornamentales para este tipo de documentos; todos los diseños eran suyos al igual que la diferente caligrafía que utilizaba, siempre a mano alzada. Le entregaron el texto que debía transcribir junto con los datos de las personas a quienes iban destinadas. En la filatelia sabían que habían patrones standard para estos trabajos pero en los de Verónica se veía artesanía, entretenimiento y siempre quedaba mucho más personalizado. Al día siguiente estarían acabados.
De camino a casa compró un periódico. Le interesaba saber el pronóstico del tiempo para el fin de semana. Si el tiempo era soleado, podría apurar algún retrato en la calle.


***




Verónica estudió la ocasión en que abordar a su padre con lo de la rehabilitación. Pensó que el momento más apropiado sería cuando se levantase de dormir su mona. Entonces, al despertar, deambulaba por la casa  taciturno, pensativo, como midiendo con sus pasos el alcance de sus acciones; como planeando su  próxima y previsible acción que postergaba en un débil intento de permanecer firme. Pareciera que al invertir su energía deambulando intentase ganar tiempo. Más tiempo lúcido para pensar mejor. Mientras duraba su pulso con el tiempo parecía  más receptivo y comprensivo, intentando ocupar su mente interesándose por cualquier cosa, incluída su hija. Luego, acabado su interés  y sus tribulaciones, se resolvía. Su resolución era siempre la misma. Siempre en la misma resolución concluían sus pasos. Unas veces duraban más, otras menos pero en la puerta de la calle acababan como si una fuerza mayor lo arrastrase. Afuera se desplegaba más vasto territorio sobre el cuál deambular y más tiempo para pensar bajo la inmensidad del mundo. Pero por el camino se entretenía ¡ tan largo era este!; y como los niños de los cuentos, a él también se le echaba la noche encima sin haber conseguido su propósito.

-¿Que has hecho qué?- se puso en guardia Enrique cuando oyó lo de la rehabilitación.
-Papá, nadie va a obligarte a nada. Sólo te pido que vayamos y veas como és. Que hables con ellos. Hay mucha gente que le ha pasado como a tí y lo está superando. Yo creo que es bueno que  hables. Allí nadie obliga a nada y si no te gusta, te vas y en paz- intentó convencerle Verónica.
Enrique, que se había detenido al oírlo, volvió a caminar nervioso por el comedor.
-¡Que no! ¡Que me conozco a esa gente! ¡Que eso es como una secta! ¡Que controlarán mi vida!
-¿Y no la controla ya el alcohol? ¿Es vida lo que vives ahora?
-¡Pero, ¿tan mal estoy?! ¿Qué crees?, ¿que tu padre es un borracho? ¿Eso es lo que vas diciendo por ahí? ¡Mira que ir a preguntar a mis espaldas!
-El problema es que no sabes como estás. He visto a gente que....mira, el mismo que coordina el Centro es un ex-alcoholico. Todos los que tienen este problema se reúnen y hablan. Todos allí son iguales. Nadie está por encima de nadie ni nadie es peor o mejor que nadie. Ellos te animarán a dejarlo pero nadie te obligará a hacerlo; siempre serás tú quien decida porque....
-¡Ni hablar! Yo no tengo ningún problema que hablar con nadie. ¡Yo bebo porque quiero! ¡No porque lo necesite! ¡Cuando quiera puedo dejarlo!
-Papá, te estás engañando. Estás enganchado al alcohol. ¿Por qué no te enganchas a la vida? Sólo te pido que te pases por allí y lo veas. Hay gente con serios problemas que están saliendo adelante. Sólo hay que desearlo.
-¡Pero yo no lo deseo!
Hubo una pausa tras la cuál Verónica le preguntó desconcertada:
-¿Realmente no deseas una vida más digna?
-Ya nada vale la pena, hija....-dijo él con abatimiento.
-¿Y yo? ¿Qué significo yo para tí? ¿No vale la pena vivir la vida al menos por mí?
-!Ya estás hablando como esa gente! ¡Ya te han metido cosas en la cabeza! ¡No sé por qué te has de meter en mi vida!
-¡Porque tú te metes en la mía! ¡Me haces muy difícil vivirla! No sólo he de sobrevivir para salir adelante sino que he de cargar contigo. Me siento como el que se ahoga,  lucho por salir a la superficie pero tú me arrastras al fondo. ¡Y yo no me merezco esto!
Enrique no escuchó más y se fue. Quizás a pensar bajo la inmensidad.




***


Mucho pensaría pues le ocupó todo el día. Pero ¡que lástima! el día no le cundió. Se entretuvo. Tanto, que pensó que ya pensaría otro día. Le faltanban siempre horas para sus pensamientos, siempre turbios y enmarañados. Sin alcohol no podía pensar bien y cuando bebía ya no le hacía falta pensar pues el problema había desaparecido. Pero algo sí le había alcanzado a pensar en la barra del bar ¡Conque su hija se estaba ahogando por su culpa! !Su hija no se merecía tener un padre como él!  Le ofendió y pensó en no regresar más. En perderse de vista para siempre del horizonte de su hija y quitarle el problema. Al principio se preocuparía pero luego empezaría a olvidarlo y a emprender una nueva vida sin él porque sin él es como únicamente podía emprenderla.

Empezó a lloviznar y a formarse pequeños charcos como caprichosos espejos delatando a pedazos la presencia de Enrique. Este los pisó para no verse y su imagen, al hacerlo, ondeó hasta enturbiarse. Pero desaparecer no era tan sencillo como pisar charcos. Para todo había que poner coraje y luchar; pero Enrique poco tenía de las dos cosas y poco le ayudaba su apellido de Guerrero. ¿Pero quién lo había metido en el mundo? ¡con lo bien que él estaba donde quiera que estuviese antes de nacer! Una vez metido en el mundo era como estar en la pista de baile. Una vez dentro se tenía que bailar y él no podía coger el paso. Quería salir, ¡pero todo era tan complicado! No haría nada; que lo sacaran. Se dejaría llevar y allá él con su destino.

Había estado caminando muchas horas cruzándose con gente que pasaron por su lado como ráfagas de aire. Estuvo oyendo ruidos del mundo, voces, sonidos, transmitiéndole el latido de la vida. A veces había envidiando esas vidas con las que se cruzaba; le parecía que esos sonidos eran tan propios y tan justificados! Oía el claxon de una furgoneta tras algún vehículo obstruyendo el paso y le parecía que aquel conductor estaba más vivo que nunca, sintiéndose con más derecho que nunca a pedir  paso pues se lo obstruían y su vida, por ello, estaba justificada. Sí, estaba irritado pero estaba vivo y reivindicaba con insistencia su derecho. Parecía que las cosas le pasaban a los otros para que pudieran gritar, legitimar, reivindicar, demandar, excitarse y vivir; y luego contarlo en casa como una simple anécdota. A él no le pasaba nada; parecía que las cosas no fueran para él y se las tuviera que inventar para que vieran que también le pasaban. Pero ni siquiera lo que él se inventaba encajaba con las vidas de verdad y se veía adrede. Los demás siempre acababan notando que la vida de Enrique era artificial. No tenía que correr a un puesto de trabajo ni tenía que defender unos derechos, ni los conflictos nacionales iban con él, ni siquiera la climatología. ¡Qué importaba si nevaba o  llovía! él no tenía que hacer nada. Qué importaba el cambio de horario de verano y de invierno, qué importaban las vacaciones, qué importaba la subida del petróleo, del IPC; él no compraba; qué importaban las cotizaciones en bolsa, las oscilaciones del mercado, los cambios de ministros; el euríbor; qué importaba siquiera quién ganaba la liga de futbol....Y la gente por la calle de eso hablaba; entusiasmada o encendida; maldiciendo por los impuestos, los recortes sociales, o sorprendidos por los avances tecnológicos, médicos, científicos,  los  estrenos de cine.... las canciones de moda.......El baile era para ellos.

A Enrique le habían empujado a la pista a bailar cuando no se lo esperaba y no atinó a sincronizar sus pasos en frío con los de aquellos en caliente. Pero lo cruel de la vida es que no  había precalentamiento, no se podía ensayar previamente; llegabas a la vida y desde el primer día tenías que sincronizarte con ella y bailar. O lo hacías el primer día o ya no lo hacías nunca. Y ahí quedaban los personajes acreditados para la vida y los que no quedaban acreditados permaneciendo al margen como lastre de la sociedad que, además de batallar por sus vidas, tienen encima que acarrear con las de estos otros.

Sí, Enrique los había envidiado; había envidiado a esa señora que en el mercado se quejaba con propiedad de la subida de un producto y comparaba precios en otras paradas. A la señora que fregaba el portal y se quejaba porque se lo pisaban y a la que admirablemente, a la hora de entrar o salir, todos respetaban como reina en su feudo. Al cliente que iba a su entidad bancaria a reclamar un trato más favorable por su fidelidad esgrimiendo las infinitas ofertas de la competencia.  Los había envidiado tal como se los encontraba al azar; todo el mundo tenía algo que contar, algo que explicar, algo que denunciar y algo que celebrar, pero ahora ya no tenía fuerzas ni para envidiarlos; un sentimiento lo ocupaba casi por completo. La desolación, el abatimiento, el vacío.

Se dio cuenta que estaba cruzando un puente. Miró hacia abajo y comprobó que había una considerable altura. ¿Y si acabase ya con todo? Enrique dudó. Él no era de tomar decisiones; a él se lo tenían que hacer todo. Si viniera uno por detrás y lo empujase....pero esa mano firme empujando su espalda no apareció. ¿Quién se iba a meter en un lío por él? Enrique sólo pudo llorar impotente; eso sí podía hacerlo él solo. Dar un paso definitivo y tirarse por el puente, no iba con él. Si le faltaba coraje para dar un definitivo paso hacia adelante en su vida, ¿cómo lo iba a tener para dar otro igual de considerable? Claro que dar el paso hacia la vida era más complejo porque se tiene que dar uno tras otro durante todos los días de la existencia mientras que para acabar con ella con un sólo paso basta. Pensó en como caería, en si sentiría algo al llegar abajo, pensó en si no se mataba y quedaba mal, pero luego pensó que con aquella altura y las piedras abajo no podía quedar vivo.

 Se tiraría de cabeza. Su hija lo echaría en falta, llamaría a la policía, lo encontrarían, ella se llevaría un disgusto pero luego.....sería libre para siempre. Sería una mujer libre sin más agobios ni ataduras. Puede que alguna vez se acordase de su padre aunque suponía que no se merecía que nadie lo recordara.
¿Era justo que Verónica perdiese a su padre tan trágicamente cuando ya había perdido a su madre de igual modo? ¿podía hacerle eso a su hija? ¿tenía derecho a hacerle sufrir tanto aunque ya fuera la última vez que tuviese que sufrir por él? Por unos segundos se debatió. Quería tirarse pero no sabía si tenía derecho a hacerlo. Los demás no le importaban, ni siquiera su propia vida, pero su hija.....parecía ser que sí.

Aguardó la mano que lo empujase con decisión y oyó pasos. Eran unos pasos raros como si alguien caminase a saltitos, con pasitos cortos y con punteras metálicas pues se oía un click, clack sobre el suelo adoquinado. Apartó la vista del vacio y se volvió. De pronto vio a un perro acercarse. Era feo y rechoncho, de patas cortas pero el animal le miró con mucha circunstancia. Enrique se había cruzado con mucha gente pero nadie le había mirado, pasando de largo y dejando atrás la sombra que suponía aquel hombre que ya mas verían. En cambio aquel perro le miraba; alzaba su cabecita tomando consciencia de Enrique, importante para él hasta el punto de detenerse y mirarlo. ¡Parecía que hasta un animal tenía más conciencia que una persona! ¿por qué me mirará?  se preguntó Enrique y luego pensó que quizás le miraba porque también estaba solo, porque tal vez estaba perdido, abandonado. Puede que alguno de esos, que tan bien llevan el paso en la pista de baile de la vida, encajando formidablemente en una sociedad para gente perfecta, se hubiese deshecho del perro imperfecto, por pertenecer a ese otro grupo marginal y dependiente como llegan a formarlo los animales, los viejos, los niños pobres, los enfermos y los borrachos como él. Nunca había visto tanta dulzura en unos ojos como los de aquel animal y pensó que en cuestión de sentimientos, pertenecer al género humano no acreditaba a nada. Le hizo gracia que un perro tan feo pudiera mirarle tan dulcemente. Parecía que le hablara. Seguro que le hablaba sin importarle que fuera una persona de segunda clase.

Luego se dio cuenta de que el perro le había distraído de su dilema de si tirarse. Entonces se sintió molesto; ¡ahora que estaba casi decidido a suicidarse! Quiso asustar al animal, hacer el amago de una patada para que se apartara y se fuera. El animal se apartó defraudado; en sus ojos se leyo la decepción, la tristeza. Enrique caminó. No podía estar ahí parado debatiénose en si tirarse o no sabiendo que un perro le estaba mirando. Ya hallaría otra salida. Al poco, volvió a oir a su espalda ese ruido de las punteras y se dio cuenta de que se trataba de las uñas de las pezuñas del perro . Se volvió. El perro, al ver que Enrique se giraba, se detuvo temeroso. Enrique no le dijo nada y continuó. Oyó el sonido del claqué reanudarse; primero timido y luego mas seguro y  contínuo y Enrique  sonrió.  En todo el mundo, su hija y un perro se preocupaban por él.

Aquella noche la pasaron bajo un puente. Seguía lloviznando. Enrique estaba determinado a desaparecer de la vida de su hija aunque no de una forma tan trágica. Sabía que le dolería pero que con el tiempo sería un alivio para ella no saber de su padre. El perro estaba junto a él, en contacto con su cuerpo y recibiendo su calor. Ninguno tenía nada que echarse a la boca pero parecía que eso no preocupaba al perro a quien le era imperioso la compañia. Dos almas solas y abandonadas se habían unido para hacer su viaje más llevadero. Empezó a llover con más fuerza pero aún no hacía frío. Enrique se preguntaba si su hija habría salido a buscarlo por las calles. Quisiera haberle evitado eso pero no podía avisarla de que no se preocupara; que él había decidido no volver. ¿Llamaría a la policía cuando viera que no llegaba? Quería evitarle también eso pero no podía. Se imaginaba como la angustia se iría apoderando de ella, como no dormiría aquella noche y como no podría trabajar al día siguiente. Luego quería tranquilizar su conciencia pensando que sería un dolor pasajero, como el de un parto para dar a luz la libertad de su hija. Buscarían en hospitales, depósitos, beneficiencia, pero no le hallarían. Al no encontrarlo se olvidarían. No creía que la policía lo encontrara fácilmente y le obligara a regresar a casa. El dolor de su hija sería pasajero y luego....la libertad.

Pero a medida que avanzaba la noche, Enrique sentía remordimientos. Veía en su cabeza la película entera. Aunque también se preguntaba ¿Y si pasara de él?,¿ y si se alegrara de que no volviera?
Intentó dormir en el pedregoso lecho. Cerró los ojos. Cuando él lo hizo también lo hizo el perro imitando a quien ahora sería su amo. Enrique pensó en cómo se las arreglaría para beber. Estaba acostumbrado a su reducido público de taberna que le pagaba las copas por oirle cantar o por reírse de él, a veces. Sí, su hija tenía razón: se reían de él. Pero si volvía por su barrio y la policía lo buscaba pronto daría con él y Enrique no tenía ganas de buscarse nuevos emplazamientos en nuevas localidades en donde sería un perfecto desconocido. Enrique era hombre de costumbres y rutinas y además, aquel lecho de piedras, ya le estaba tocando las narices.
Se reincorporó. El perro abrió los ojos expectante. Enrique pensó que ¡a hacer puñetas! que otro día, con más calma, ya se plantearía lo de desaparecer de la vida de su hija; que no se podían tomar decisiones precipitadas.



***



Eran las 4 de la mañana cuando llegaba a su casa. Halló a su hija despierta, sentada en el comedor en una posición rígida ante un reloj y sin dibujar. Cuando Verónica lo vio se puso en pie. Enrique, con su sobriedad y su perro, la miró como un niño pequeño que ha hecho una travesura. Luego, al unísono, ambos se abrazaron.

-¡Perdóname, perdóname, Verónica, perdóname!- le pidió su padre entre sollozos.
-¡Lo que he hecho es imperdonable! ¡He estado a punto de tirarme por un puente pero no lo he hecho porque no puedo vivir sin tí!¡Perdóname hija mía. Iré a a ese Centro, te lo juro. Me rehabilitaré y emprenderemos una nueva vida. Te compraré todos los lienzos del mundo para pintar. Te buscaré las mejores salas de exposiciones y viviré sólo para tí!
Verónica reparó en que un perro los observaba asustado.
-Papá, se nos ha colado un perro.
-No, ha venido conmigo- explicó algo apurado. -Me ha estado acompañando todo el tiempo y eso que me lo he querido quitar de encima. De tanta gente como hay en las calles, sólo se ha fijado en mi un triste perro porque en mí ha visto a un igual. Él me ha comprendido y me ha acompañado en mi soledad. Si no fuera por él....¡quién sabe dónde estaría ahora!
-Osea, que te has traído un perro- dijo ella con menos romanticismo en su voz.
-Sí. Se llama Fred Astaire. Parece que baile claqué cuando camina.
Verónica miró al perro sin saber qué decir. El perro, con los ojos bien abiertos, observó a Verónica. Sabía que hablaban de él pero no sabía si lo aceptaban. Parecía aterrado.
-Ponle algo de comer, anda. Seguro que tiene hambre; y ponle agua- le pidió Enrique.
-¡Mira que traer un perro!- dijo Verónica encaminándose a la cocina. -¡Una boca más que alimentar! ¡No me traerás un fajo de billetes!

Enrique llamó al perro con su nuevo nombre. El perro se acercó moviendo el rabo. Enrique le hizo fiestas y le dijo lo bien que estaría en aquella casa.



***



Aquella noche le oyó hablar en su cuarto. Verónica se levantó de la cama. Le pareció que su padre pedía auxilio pero a medida que se acercó a la habitación se dio cuenta de que soñaba. Tenía pesadillas y en sus sueños repetía el nombre de su esposa Victoria. Entre balbuceos Verónica creyó entender algunas palabras.
-¡No....déjala....a ella no; ...no la toques!  ¡Victoria, corre, vete, huye! ¡Llévate a la niña! ¡Victoria, la niña! ¡Victoria! ¡Victoria! ¡Noooooo!

-¡Papá, despierta!- le pidió Verónica zarandoándolo.
Enrique abrió los ojos que clavó en los de su hija como si viera a un fantasma.
-¡Victoria!¡Has vuelto!¡Has vuelto!¡Estás viva!
-¡Papá, soy yo, tu hija!
-¡Victoria!- repitió él aferrándose a su hija.
-¡Soy Verónica, tu hija! Despierta, papá ¡Despierta!- insistió esta.
Enrique pareció tomar conciencia de la realidad, de la habitación y de su hija. Su respiración exaltada recobró regularidad.
-Papá, has tenido una pesadilla. ¿Qué soñabas? Llamabas a mamá, ¿qué pasaba?
-N..no..no, nada...-respondió como no queriendo recordarlo pero luego sintió curiosidad.
-¿Qué decía?-preguntó.
-Pues...le decías que huyera y que me llevara con ella. ¿De qué tenía que huir?
-¿Y dije algo más? -este interés inquietó a Verónica.
-No se te entendía muy bien. Papá, ¿qué le pasó a mamá?
-Ya lo sabes, tuvo un accidente..-contestó algo evasivo.
-Pero nunca me has querido explicar como fue. ¿Tú estuviste allí?
-No, yo no estuve allí. Si hubiese estado.....-pareció reprocharse-; no quiero hablar de esto ahora, hija; déjame descansar.
-Muy bien, papá. ¿Te traigo una tila?
-Sí, hija.


En los pocos días que Fred Astaire llevaba con ellos, ya se sentía un perro muy feliz . A veces Verónica tenía que resarcirse de él, engañarlo o darle esquinazo, para que no la siguiera cuando salía a entregar y recoger encargos. Desde el autobús lo veía quedarse atrás con cara tristona por no haber podido subir con ella. Muchas veces corría tras el autobús  y hasta que este no se perdía de vista, Fredy no se detenía. Ese día, como otros, Verónica iba al centro de la ciudad a entregar el trabajo. Con el dinero que le pagasen compraría material que necesitaba.

Con la entrega hecha y el material ya comprado, Verónica se dispuso a regresar a su casa. Pasando por la Plaza Mayor, decidió que tomaría un café con leche en una resguardada terraza de una cafetería. Esta vez sí le llegaba el dinero para detenerse en un bar y tomar algo caliente. No estaba muy acostumbrada a bares ni cafeterías pero era un pequeño lujo que empezaba a permitirse durante sus recorridos profesionales.

Sentada en la terraza observó a la gente. Hacía rato ya que se había acabado su café con leche pero relajada se recreaba en sus propios pensamientos y planes. De cuando en cuando sonreía a medida que una idea se iba consolidando en su cabeza.  Consultó su reloj para ver si podría llevarla a cabo y le pareció que aún disponía de tiempo. Se puso en pie resuelta. Se iba a visitar a los Claramunt.


Verónica miró a través de los cristales de la lavandería.
Tímidamente entró.
-Hola, buenos días- saludó.
Conchita levantó la vista de la americana que planchaba y su rostro se iluminó.
-¡Verónica! ¡Como se va a alegrar Julia, precisamente hoy!-. A pesar de los temores de Verónica, Conchita la reconoció y la recordó.
-Hola hija -se alegró Rosa-, nos preguntábamos qué era de ti.
 -Hoy mismo le ha preguntado Benjamín a Julia que cómo un día como hoy no te había invitado....Ella decía que no tenía tus señas, pero ya vemos que de algún modo te ha localizado- continuó Conchita.
Verónica no entendió muy bien eso de la invitación pero sinió que debía justificar su visita.
-Síi....dije que pasaría. Hay un retrato pendiente y además...quería saber cómo seguían ustedes....Y ya veo que siguen bien.
-¡Claro, hija! Yo, con mis achaques; pero aún en activo- dijo Rosa.
-Julia está arriba. Se va a alegrar de verte- dijo Conchita.
-Pues subo a verla. Y me alegra de haberlas encontrado tan bien- se despidió Verónica.

Julia le abrió la puerta.
-¡Verónica! ¿cómo lo has sabido?-se sorprendió gratamente al verla.- He intentado localizarte pero no he sabido cómo. Ya no pintas en la calle, ¿verdad?
-Cuando viene el mal tiempo ya no salgo tanto.
-Pero, ¿cómo lo has sabido?
-¿El qué?
-¡Que hoy es mi cumpleaños!
-No lo he sabido ha sido una casualidad.¡Felicidades!
-Pero entra, entra....¡Eso es que tenemos telepatía! Yo pensaba en ti y tú en mi. Quiero que conozcas a alguien. A alguien muy especial para mí y a quien quiero mucho.

Verónica siguió a Julia hasta el comedor donde se encontraba Benjamín y un desconocido para ella. Ramón y Verónica se miraron. A Ramón le sonó su cara y por unos instantes buscó en el archivo de su cabeza. A Verónica le ocurrió igual y Julia los miró algo extrañada aunque no le dió gran importancia.
-Este es mi tío Ramón. A pesar de estar tan ocupado no se pierde ni uno de mis cumpleaños. Cosa que le agradezco. Tío Ramón, esta es mi amiga Verónica, la pintora. Me va a hacer un retrato.

Ramón recordó. Recordó a la chica con la carpeta bajo el brazo que casi atropelló. Mientras recordaba, Benjamín se le adelantó.
-¡Hombre, Verónica! ¡Ya era hora de que volvieras por aquí!¡Tenía ganas de verte!-dicho esto, Benjamín la besó.
-¡No sabes lo que me ha estado preguntando! Olvidé pedirte el teléfono-dijo Julia aliviada por haber dado con Verónica al fín.
Ramón estrechó la mano de la chica con firmeza.

-¡Me ha despertado la vena artística!- le confesó Benjamín a Ramón.
-Creo que te he visto- se vió en la obligación de decir Ramón.
-¡Seguramente!- supuso inocentemente Julia sin dar tiempo a Veróncia a contestar- En verano hace retratos en el Paseo Marítimo. La habrás visto un montón de veces.
-Sí, eso debe ser- convino Ramón sabiendo que ese no era el caso. -Conque pintora, ¿eh? Me has de enseñar lo que haces. Me gusta mucho la pintura; incluso estoy reuniendo todas las obras que puedo de pintores modernistas catalanes, valencianos y mallorquines. Me gusta mucho ese período. ¿Qué estilo tienes o en cuál estás interesada?
-Figurativo, realista. Aunque me gusta mucho el impresionismo, también; lo que pasa es que de momento me he centrado mucho en el realismo. Pero quisiera experimentar otros estilos. Supongo que aún no he definido mucho el mío.
-Eres muy joven. Tendrás tiempo.
-Un día tiene que enseñarte su colección- le dijo Julia a su amiga refiriéndose a su tío.- Él va a muchas exposiciones, conoce a galeristas,  críticos,  tasadores y se relaciona bastante con los artistas.
-Ya tenemos algo en común- le dijo Ramón a Verónica.
-Verónica va a hacerme un retrato- le dijo Julia a su tío.
-Ese sí que es un buen regalo de cumpleaños- estimó éste.
-Esta noche vamos a celebrarlo en el hotel y desde luego tienes que venir-le animó Julia a Verónica a la cuál no le apeteció mucho esa inesperada invitación y quiso disculparse.
-Es...que....- empezó a titubear cuando Julia la interrumpió.
-¿Sabes cuál és el hotel?- le preguntó entusiasta- Es el Constelación. Seguro que has pasado por delante. Vamos a celebrar mi cumpleaños a partir de las ocho y media. El recepcionista ya te dirá que salón es.¡Habrá una orquesta!¡Tendrás que ponerte bien guapa y bailar!
-Creo que no....mi padre no se encuentra muy bien....-se disculpó Verónica.

Julia recordó entonces la escena en que vio a Verónica con su padre ebrio.
-¿Estás segura?...- preguntó algo decepcionada y sabiendo cuál sería la respuesta- podrías ver la colección de mi tío...y te llevaríamos a casa....
-Te lo agradezco pero...en otra ocasión- declinó Verónica.
-¡Que lástima! Nos lo pasaríamos tan bien...-se lamentó Julia.
-Además...habrá mucha gente...tendrás otras amigas que no conozco....-continuó objetando Verónica para justificarse mejor.
-Sí, tengo otras amigas. Pero no son artistas y tú me caes mejor que nadie y no es peloteo para que me dejes bien en el retrato.
Verónica sonrió por la sinceridad de su amiga.
-De todos modos, podemos quedar ya para hacértelo- le propuso Verónica.
-¡Sí!- pensó muy rápidamente-...¿Qué tal este sábado? podemos quedar por la tarde....
-Sí, creo que sí....Supongo que mi padre ya estará mejor.
-De todos modos, déjame un teléfono y yo te daré el mío.
-Bueno...el caso es....que hace poco que nos hemos mudado y aún no tenemos línea....-le mintió Verónica para salir del aprieto.
Julia corrió a la mesita del teléfono a coger un pequeño block de notas donde anotar su número.
-Bueno, pues yo te dejo el mío por si no pudieras venir- dicho esto arrancó la hoja y se la dio a su amiga.



***







A veces Fredy, conociendo a que hora llegaba Verónica a casa, la esperaba en la parada de autobús. El mismo lugar desde donde la había visto partir. Ese artefacto que se la llevaba junto con otra gente y se la devolvía siempre. Verónica miraba por la ventanilla al llegar a su parada, a ver si veía a su feo y fiel perrillo.
No lo vio.
Pero no le dio gran importancia. Llegando a su casa lo vio a lo lejos pero Fredy, antes de venir a recibirla, parecía que la rehuía. A Verónica le extrañó y empezó a llamarlo. El perro se detuvo y cuando Verónica estuvo cerca echó a correr de nuevo y a ladrarle como queriendo llamar su atención.
-¡Papá!- le vino a la mente a Verónica albergando la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo. Siguió a su perro. Cruzó algunas calles de La Vileta y de pronto lo perdió al llegar a la  calle que lindaba al bosque. Verónica supuso que este habría continuado hacia el bosque y avanzó. Continuó hasta detenerse ante un gran  caserón abandonado. Verónica lo observó. Apenas llevaba un año viviendo en aquella zona y hasta el momento no había sabido del mismo. Oyó de nuevo los ladridos. Su perro apareció para llamar la atención de su ama e instarla a proseguir en su aventura. Corrió de nuevo hacia el caserón, se introdujo por debajo de un zarzal, que arrancaba de uno de los muros, y desapareció.
Verónica se acercó hasta quedar ante el zarzal. Con curiosidad  y cuidado separó las espinosas y enredadas ramas y descubrió una abertura accidental en la pared. Observó que la tierra estaba escarbada como si su perro, en su intento de agrandar el paso y colarse, lo hubiese ocasionado. Ello significaba que su perro frecuentaba ese lugar, ¿qué le atraería allí? Mientras eso se preguntaba, su perro ladró de nuevo desde el otro lado y Verónica recordó el cuento de Alicia en el País de las Maravillas la cuál, persiguiendo al conejo blanco, se metía en una cavidad y luego caía por un túnel al País de la Fantasía. Quizás algo así le ocurriera a ella y entrase en otra dimensión al traspasar aquel muro.
Se echó al suelo y se arrastró como una serpiente hasta cruzar  y verse al otro lado. El otro lado era un jardín que más bien parecía una selva por su abandono y deterioro. Gigantezcas enredaderas caían a plomo sobre ranqueantes y podridas pérgolas. Los árboles se habían apoderado del cielo con sus copas apenas permitiendo el paso de aventurados rayos de sol. Jazmines, lilares y bogambilla parecían reñirse espacio en aquel interregno donde prevalecía el más fuerte. Habrían hasta entrado en la casa para invadirla si desvencijadas puertas y contraventanas no se hubiesen interpuesto con sus castigados cuerpos de centinela.
Sumido en un aletargado sueño parecía aquel jardín, demasiado profundo, demasiado pesado para despertar y volver a la realidad; la realidad que suponía aquella visitante de este tiempo caminando por él. Quien sabe si algún miembro de aquel universo vegetal no habría advertido la presencia de Verónica rozando levemente con sus hojas la cabeza de la niña al pasar. Quién sabe si alguno no pretendería levantar sus pesados párpados ante aquella intrusa e intentar incorporarse comprobando con estupor la mala postura que habían adquirido durante tantos años de abandono. Verónica dio un rodeo a la casa sin imaginarse que quizás, a sus espaldas, esos ramificados centinelas cuchichearían con leves batir de sus hojas la novedad.
El perro no aparecía aunque Verónica lo llamó. Sospechó que había entrado a la casa pero, ¿por dónde? Lo llamó repetidas veces hasta que este le salió al encuentro saltando torpemente por una ventana y asustándola. La ventana había perdido los listones del cuarto inferior de la contraventana lo mismo que el cristal. Introduciendo la mano, Verónica pudo abrir. Al empujar, las bisagras parecieron lanzar un quejido de dolor. Subiéndose a una jardinera justo debajo, entró en la casa seguida de su perro, con la ligera sensación de que la silenciosa vegetación se agolpaba en el marco de la ventana para espiarla en su recorrido interior.

El aire estancado fue el primer ocupante de aquella casa a quien la intrusión de Verónica sorprendió. Tanta frescura llevaba ella consigo,  que este pareció quedar contaminado al instante de su aire puro y saludable. Desde sus polvorientos puestos, intentaron tomar posiciones los alterados elementos. Todo pareció quedar suspendido aún más, si cabe, contenidos los alientos, agudizados los sentidos y expectantes las formas.
Verónica pareció rasgar la rancia y densa atmósfera a su paso, asemejándose más a un amarillento sudario envolviendo aquel osario.
No obstante el abandono y la decadencia, aquella casa mantenía aún latentes vestigios de la opulencia que una vez poseyó.  Había pertenecido a una prestigiosa cantante de ópera de la que nada o poco se sabía entonces. Parecía como si unas manos invisibles hubieran arrancado a Verónica de su tiempo para meterla en este otro que no le pertenecía dejándole saborear aquellos días de gloria que se habían entumecido, embotado y marchitado hasta caer en un mortífero letargo. ¿Esperarían su beso para despertar? ¿Esperarían que Verónica les otorgase un poco de su vitalidad para reanimarlos? Parecía como si algo, en su codicia de perpetuar esos clamorosos días, los hubiese robado de su propia época, aquella con la que debieron morir, para perpetuarlos y confinarlos en aquel mausoleo.

Aún le parecía que  veía a quienes una vez la moraron. Tuvo esa extraña percepción. Parecía que los oía...Todos aquellos suntuosos muebles, aquella ricas y polvorientas tapicerías, aquel rancio oropel, parecían traerle fragmentadas visiones del pasado aún latente. ¡Qué quieto y sombrío se había quedado todo ahora! qué mudo el piano que con tanta armonía se había expresado. Sus amarillentas teclas parecían los descarnados dientes de un viejo animal. Presionó alguna y un escabroso sonido surgió como el del moribundo, el cuál habiendo creído alcanzar la paz de la muerte, se ve obligado a regresar al ser reanimado.
¡A qué llegaba todo! Todo desaparecía en la vida. Las mujeres más hermosas se marchitaban, los bienes más suntuosos, objeto de luchas, intrigas y crímenes,  se convertían en despojos sin más valor a veces que el histórico; las mayores fortunas se esfumaban, se transformaban o se destruían. Ninguna de ellas pudo jamás comprar la eternidad a quienes las poseyeron. Todo se acababa, todo desaparecía. ¿A dónde iba esa energía que una vez les perteneció? Ya que la energía no se acaba sino que se transforma, ¿a dónde había ido a parar?
Viendo la casa ahora, parecía que alguien le hubiese robado el alma. Seguro que el tiempo, el olvido......que es lo único que tiene poder sobre la tierra.

Se imaginó vestida de largo paseando majestuosa por esos salones apoderada de una punzante fascinación en la boca del estómago. Se imaginó suntuosos invitados admirándola y solicitando su compañía,  y enfrascada en sus pensamientos pronto reparó en los cuadros que colgaban de las paredes. A pesar de la poca luz que entraba por los rotos listones de las contraventanas, pudo observarlos. Se trataba de paisajes mallorquines de un autor llamado Rafael Armengol, para ella desconocido. Almendros, olivos centenarios, ermitas, el mar.......Todos los cuadros que alcanzó a ver pertenecían al mismo autor y Verónica se imaginó que la cantante de ópera fue su mecenas. Quizás el joven pintor llegase a ser su amante y la cantante retirase su protección cuando descubriese alguna traición. Y quizás allí terminase la carrera del prometedor artista; entre las paredes de aquel viejo caserón.

Pero ese caserón no estaba tan muerto como parecía. Ese caserón reservaba experiencias inolvidables para Verónica como si quisiera agradecerle, compensarle, que su alma de artista le dedicase tantas horas. Con su presencia parecía dotar con un poco de vida a todos los componentes de esa casa que tanto lo necesitaban. Ella traía visiones de afuera, vivencias, noticias, perspectivas nuevas, esperanza; ese aire fresco y renovador con el que parecía rociar a todos a su paso. Ella amaba esa casa y la casa parecía percibirlo y compartir la felicidad que Verónica sentía en ella. A veces Verónica dibujaba; subía al mirador de la casa, el único espacio iluminado por luz natural cerrado con cristaleras y sin contraventanas, que le ofrecía la claridad suficiente. Incluso descolgó algunos de los cuadros de los pisos inferiores para observarlos mejor a la luz natural. Pensó que indagaría sobre ese pintor para saber qué fue de él. Y la casa mientras tanto la fue arropando descubriéndole sus secretos, sus rincones, su historia, sus peculiaridades; hablándole de otras épocas, otros mundos; mundos a los que ella podría acceder alguna vez. Y aunque Verónica vivía en una barraca, sabía que también poseía un palacio, su castillo particular, su fortaleza sólo para ella y eso la hacía muy feliz.




CAPÍTULO IV

-¡Listo!-dijo Verónica al acabar el retrato de Julia.
Julia, que estaba impaciente por verlo, saltó de la silla para comprobar al fin el trabajo.
-¡Si soy yo!- exclamó gratamente sorprendida.
-¡Claro, no será la vecina!- bromeó Verónica.
-¡Me has sacado igual!-continuó Julia con su entusiasmo.
-Por eso es un retrato....
-¡Me has sacado mejor que en las fotos!
-Por que yo voy más allá. Yo atravieso las caras.

Julia besó impulsivamente a su amiga.
-¡Cuando lo vea mi madre, cuando lo vea Benjamín!-dijo Julia.
Y diciendo esto abrió la puerta de su cuarto, donde habían estado encerradas, para tener más privacidad y tranquilidad. Al hacerlo, sus hermanitos Claudia y Roberto casi cayeron dentro. Habían estado espiando tras la puerta como si el retrato fuera algo sonoro que pudieran seguir a través de su realización.
-¡Papá, mamá, abuela!-les llamó Julia en su camino al comedor.
-¿A ver? ¿A ver?- sintieron curiosidad los gemelos quienes corrieron hacia el dibujo para soltar elogios.
-Gracias, pero ahora apartáos que voy a echar más fijador- les  pidió Verónica a punto de perpetuar su obra con el spray.
-¿Que vas a echar, qué?- preguntó Claudia.
-Fijador. Que es como pegamento. Para que el dibujo no se corra ni se emborrone.
-¡Anda!- se admiró Roberto.
-Pero no os acerquéis que no es bueno que lo respiréis- les previno Verónica.
El primero en entrar en la habitación, para ver la criatura, como si de un parto se tratara, fue Benjamín.
-Es ella...Es ella....¡Es admirable!- dijo al ver el resultado.
Seguidamente entró Conchita, Julia y la abuela.
-Hazme un retrato a mí, Verónica-le pidió Claudia.
-¡Claudia!-le llamó la atención Julia.
-¡Yo quiero uno!- insistió la pequeña.
-Cuando sea tu cumpleaños te haré uno- le prometió Verónica.
-¡Mamá! ¿cuando és mi cumpleaños?-quiso saber esta.

Conchita no le hizo caso a Claudia pues su atención estaba puesta en el dibujo el cuál elogiaba también.
-¡Pero que bien que estás, Julia!-se admiró Rosa.
-¿Cuando és mi cumpleaños?- insistió Claudia.
-¡Que te calles! ¡Anda, largáos de aquí!-se cansó Julia.
Claudia se puso a llorar.
-¡Mamá, llévate a esta tonta, anda!- le pidió Julia a su madre.
-¡Venga, vosotros, dejad de enredar!-les pidió la madre a los pequeños.-Y vosotras...-a su hija y a Verónica-...venid a merendar.
Conchita salió de la habitación con los niños que no paraban de protestar.
-Quédate a cenar, Verónica- le pidió Benjamín a Verónica.
-No..que...no he avisado a mi padre....
-Pues ven mañana, domingo, a comer- le propuso entonces Julia.
-No sé si....
-¡Anda, no seas tonta, ven!

***


El retrato de Julia fue la puerta que se abrió a una nueva y definitiva etapa en la vida de Verónica. Seguramente el destino así lo quiso; decidiendo echarle una mano y desvelar el enigma que se encerraba en ella; o quizás fuese esa inquebrantable ley del cosmos que hace que la verdad prevalezca y ocupe su lugar para así continuar el orden establecido, y la mentira, no concebida para el orden, no perdure.

Transcurridos unos meses, la vida de Verónica pareció cambiar a raíz del retrato que le hiciera a  Julia.  Los vínculos amistosos se fueron estrechando y fortaleciendo hasta llegarle a Verónica la posibilidad de trabajar en la empresa familiar de los Claramunt como planchadora. Su incorporación posibilitaría ingresos estables y más durante los meses de invierno cuando su volúmen de trabajo, como retratista callejera, disminuía considerablemente. Verónica dedicaría las mañanas a la plancha y las tardes a sus dibujos. Esta no sabía planchar pero su función era bien sencilla. Tenía que encargarse de mantelerías y sábanas las cuales pasaban por grandes rodillos calientes sin necesidad de habilidades.  Ese era un trabajo sencillo, aunque tedioso para el alma de un artista. Poca inspiración recibía de los vapores de los rodillos o las planchas y menos cuando las manos se le hinchaban , las fosas nasales se le resecaban y las piernas  le molestaban por tantas horas en pie.

Poco a poco Verónica pasó a ser como un miembro más de la familia Claramunt con la misma naturalidad como encuentra su sitio la verdad. Para la familia de Julia, Verónica fue a ser como una hija más y aunque sospechaban  su drama familiar, no se atrevieron a preguntarle esperando que con la confianza lo participase algún día. Ramón vio el retrato de Julia y le gustó. Desde entonces se interesó por esa joven pintora recién incorporada a la empresa, y como aquel que dice, a la familia.


Enrique estaba celoso ante la nueva etapa en la vida de su hija. Se la estaban quitando. No conocía aún a esa gente que se la arrebataba y le molestaba que Verónica no lo compartiera con él. Verónica le decía que no estaría mucho tiempo allí. Que su relación de trabajo con ellos era algo esporádico. Pero Enrique no se lo creía. La veía más contenta. Más distraída y ya no salía a buscarlo por las calles. Enrique sabía que su hija se estaba involucrando mucho con la familia Claramunt y hasta empezaba a encontrar entre sus cosas programas y catálogos de exposiciones, subastas, seminarios culturales y artísticos y sospechaba que detrás de las nuevas actividades estaba Ramón. Incluso encontró un voluminoso tomo de pintores españoles contemporáneos cuya dedicatoria rezaba así:
"A la gran artista que se está gestando para la humanidad, Ramón".

Ramón conocía a mucha gente de otro nivel social. Les había hablado de las aptitudes artísticas de Verónica; algunas personas los habían visto juntos y por nada del mundo quería Verónica que la relacionaran con su padre; que la vieran por la calle con él en el estado en el que estaba la mayor parte del tiempo.

-Ya no sales a buscarme- le reprochó Enrique a su hija una noche en la que tuvo que volver solo a casa.
Era ya algo tarde y Verónica apuraba el tiempo para acabar un escudo heráldico que tenía que entregar al día siguiente. Con la plancha no le quedaba mucho tiempo.
-Ahora tengo más trabajo- respondió esta.
Enrique, que acababa de llegar, se dejó caer en el sofá notando que se había sentado sobe algo. Se removió en su asiento hasta que descubrió un bote vacío de fijador que arrojó al suelo de mala gana. De este modo demostraba a su hija que estaba disgustado.
-¿A dónde vas cada día?-preguntó.
-Ya lo sabes, a trabajar- contestó Verónica.
-A casa de esos mojigatos.
-Pues gracias a esos mojigatos tengo un empleo sin dejar lo mío. Lo que gano no es mucho pero me pagan la seguridad social y tengo seguro médico en el que te he incluído.
 contestó Verónica de corrido.
-¡Si se piensan que te van a apartar de mí....!
Verónica no contestó.
-¡Tú tienes que estar aquí, con tu padre!¡Ya estabas bien dibujando!
-Pero no me podía pagar el autónomo, mis ingresos no eran regulares.
-¿Y por qué has de ir  los domingos a comer allí? ¿Es que eso también entra en el contrato?
Verónica no contestó.
-A ver, ¿por qué no me invitan a mí?- prosiguió indignado- ¿Que no saben que tienes padre? ah, ya sé; les has dicho que soy un impresentable.
-No les he dicho nada de tí- dijo finalmente Verónica.
-¡Claro! ¡Para qué!-a Enrique le parecía todo mal-. ¡Pues ya es hora de que me vayan conociendo!¡Porque lo que es tener...tienes padre!

Hubo una pausa que presagiaba más argumento.
-¿Cuánto te pagan?- quiso saber Enrique.
-Lo suficiente- repuso su hija.
-¿Y cuánto és lo suficiente?- insitió su padre pero Verónica no le contestó.-¡Se están aprovechando de tí! ¿Y dónde  lo guardas ?-quiso saber él.
-En la cartilla- contestó Verónica.
-¿Has abierto una cuenta?- se extrañó, - No me habías dicho nada.....¿y dónde está?- quiso saber él.
-Es igual, papá; sólo está a mi nombre; no podrías hacer nada con ella.

Enrique se levantó del sofá para hacer más notoria su autoridad.
-¡A tu nombre!¡Y yo qué! ¡Yo con el perro ¿no?!Además....tu no puedes....
-¡Claro que puedo, tengo 20 años.
-Pero, ¿por qué no me has incluído en la cartilla?- parecía no entender- ¿Y si te pasa algo? Mañana mismo vamos al banco a poner mi nombre en la cartilla!
-Mañana es sábado -le cortó su hija.
-Pues el otro.
-El otro es domingo- le recordó.
-¡Pues el otro! ¡Joder! algún día se podrá ir!-dijo sintiéndose como el tonto que su hija le hacía sentir.
-¿Y para qué quieres tú disponer del dinero?- preguntó su hija impasible- ¿Te falta algo? Tienes lo que necesitas: comida, ropa, calzado, barbero....¡hasta médico! Sabes que estoy ahorrando para irnos de aquí y vivir como peronas. Y ahorrar es eso: guardar.
-¡Quiero disponer del dinero porque para eso soy tu padre!- dijo golpeándose el pecho con orgullo patriarcal.
-¡Bien andaríamos si administraras tú el dinero! Ya tienes bastante con que te cuide.
-¡Claro, como al perro! ¡Si quieres echarme algo me lo echas y yo a esperar! Llego a casa y no hay ni una triste botella de vino,  ¡ni siquiera anis! ni agua del Carmen, ni de Garaballa, ni quina....!¡Ni siquiera colonia! ¿Es que no te pones colonia?- empezó a refunfuñar Enrique- ¡Aquí, la que manda eres tú!, después viene el perro y después yo; ¡Pero todo eso te lo han metido en la cabeza esos beatos!¡Los voy a dejar bien almidonados a esos!¡Te han dado vuelo y te has visto las orejas y te crees que te vas a comer el mundo con tu padre dentro!

Dicho esto Enrique se dirigió a su cuarto.

-Tienes la cena-, le avisó su hija.
-¡No quiero cenar!-dijo él desde su habitación- Ya he comido por ahí ¡Quiero mi vino y...el miércoles....el jueves...el de eso; el lunes, vamos al banco los dos.


***



Pero las precauciones de Verónica para mantener a Enrique alejado de aquella familia, no sirvieron de mucho.
Enrique se las arregló para presentarse un día en el establecimiento donde ella trabajaba. Llegó a averiguarlo. Revolvió los papeles de su hija y halló la última nómina en la que constaban los datos del empleador.

Todos le conocieron aún sin presentaciones. Todos supieron que ese hombre, en tan lamentable estado de embriaguez, era el padre de Verónica. La chica se quedó más blanca que las sábanas que sostenía y no consiguió sacar a su padre del establecimiento aunque se lo rogó.

Nadie allí supo cómo reaccionar de tan inesperada y violenta que resultó la visita. Enrique no se mostró agresivo al principio sino al contrario, sentía curiosidad por saber donde trabajaba su hija y se mostró hasta amable y simpático aunque nadie se atrevió a reírle las gracias permaneciendo expectantes.
Enrique quiso dar efusivas gracias por haber colocado a su hija, la que hasta entonces sólo había estado perdiendo el tiempo con dibujitos. Pero poco a poco su tono fue cambiando. Si al principio se mostró amable luego, el temor a perder  su hija, fue aflorando culpabilizando finalmente a la familia por pretender apartarla de él.

-Nadie le quiere quitar a su hija.....-le aseguró Conchita.
-¡¿Que no?!- puso en duda Enrique.
-¡Papá, vámonos!-le pidió Verónica tomándole del brazo.

Enrique la empujó tirándola casi de espaldas y a Ernesto le sentó muy mal el gesto. Decidido se acercó a Enrique.
-!Oiga Ud., no consentiré que en mi casa venga pegando voces ni maltratando a mis empleados!
Verónica, conociendo a su padre, le pididó a Ernesto que no interviniera. Pero la petición llegó tarde y Ernesto se vió agarrado por el cuello de la camisa mientras Enrique casi le escupía en la cara:
-¡Mi hija no es la empleada de nadie ni lo va a ser de Uds.! ¡Aún tenemos dignidad!
Verónica le pidió a su padre que soltase a Ernesto y recibió otro empujón por respuesta. No llegó a caer porque otro cuerpo la amparó. Ramón acababa de entrar y sin mediar palabra se apresuró a separar a Enrique de Ernesto.

-¡Pero qué pasa aquí!- preguntó Ramón no comprendiendo.

Y Verónica le pidió entre lágrimas que dejara a su padre. Entonces Ramón se dio cuenta de que se trataba del padre de Verónica y eso le contuvo de ser más enérgico con él. Debilidad que aprovechó Enrique para darle un puñetazo mientras decía:

-¡Con que este es el famoso Ramón!

Las mujeres se asustaron y Conchita, vistas las circunstancias, decidió llamar a la policía.
-¡No, la policía no!- le pidió Verónica.-¡Papá, ya está bien, si querías humillarme ya lo has hecho!-se dirigió seguidamente a su padre.
-¡Pero qué le pasa a Ud. ¿es que se ha vuelto loco? ¡qué quiere!-seguía preguntando Ramón mientras se recuperaba del golpe.
Enrique volvió a abalanzarse contra Ramón mientras decía que nadie le iba a quitar a su hija pero esta vez Ramón no se contuvo. Enrique empezó a insultarlo y a jurarle que aunque tuviera dinero no iba a comprarla.

-¡Su hija vale demasiado como para tener un padre como Ud.!-Le contestó Ramón con desprecio después de lo cuál lo arrojó a la calle con la ayuda de Ernesto.
El hombre cayó al suelo como un fardo.

-¡Haga el favor de marcharse si no quiere que llame a la policía!- le pidió Ramón -¡Y preocúpese más de su hija en lugar de tenerla abandonada y de humillarla en cuanto tiene ocasión!

Enrique intentó ponerse en pie revolviéndose como un animal mal herdido.
-¡Sois unos hijos de puta! ¡Os voy a matar a todos y os voy a quemar el local! ¡Ladrones! ¡Fachas! ¡Sinvergüenzas!- empezó a injuriar desde el suelo mientras que algunos transeúntes se quedaban mirando asombrados el denigrante espectáculo.
Un agente de tráfico, que andaba por la zona, se acercó.

-¿Qué pasa aquí?- preguntó.
-¡Este hombre! ¡...que ha entrado aquí a armar un escándalo!-explicó Ramón desde la puerta.
-Y encima nos ha agredido- añadió Ernesto .
-¡Si, sí; que venga la policía que también habrá para ellos!-les amenazó Enrique.
El agente pidió refuerzo.
-¿Quieren presentar una denuncia?-preguntó seguidamente. Pero Ramón no quería perjudicar a Verónica y lo desestimó.

Con el revuelo nadie advirtió que Verónica había salido del establecimiento corriendo sin poder contener el llanto.


Ahora su drama ya era conocido. Con esta etiqueta jamás podría aspirar a una condición social mejor. Ya había nacido con la marca; esa que la delataría siempre cuando estuviese a punto de conseguir algo. ¡Y quería ser famosa! ¡Se había atrevido a aspirar tan alto pensando que en el mundo todos nacemos iguales! No; ella no era igual a Julia ni a otras tantas jóvenes que podrían abrirse paso en la vida tanto si querían como si no. Si Julia no quería estudiar ya tenía un negocio próspero esperándola. E incluso no haría falta que se dedicase de pleno al mismo; con que contratase a alguien que se lo llevase, sería suficiente. No se consideraba inferior pues sabía que tenía un don artístico y se valía muy bien por sí sola; pero sabía que estaba por debajo de casi todo y esperaba que los demás no lo notasen al acercarse a ella. No le hacía mucha gracia que la vieran dibujando por la calle. Era como mendigar, esperar que alguien te alquile por media hora. Ella quería pintar lo que le gustase, no lo que le encargasen; y mostrarlo al mundo a través de galerías importantes para que lo admirasen y cotizasen. No pensaba que mucha gente podía envidiar su don artístico ni tampoco pensaba que ni todo el oro del mundo es capaz de comprar la facultad con que la Divinidad dota a un artista, ni la inspiración que a él le llega. Quizás el artista sí puede ser libre y volátil, muy fuera de este mundo, conectado con otras esferas. Su visión del mismo es muy diferente a la del resto de mortales y sus intereses también. La verdadera marca de Verónica, la marca con la que había nacido, era la de un artista; la de un ser libre aunque ella no lo supiera.




***




Verónica ya no apareció por la casa de los Claramunt. Quiso esconder su vergüenza. Imaginaba que habría perdido puntos ante aquella familia. Verían que no era la gran cosa que se habían imaginado sino que una pobre arrabalera intentando camuflarse entre la gente de provecho. ¿Cómo se presentaría de nuevo al trabajo? ¿Con qué cara la mirarían? Quizás ya con una idea muy determinada; quizás el desprecio empezaría a asomar a sus ojos o lo que es peor: la indiferencia.

Anochecía cuando Fred Astaire, imaginando donde podría encontrarla, fue en su busca. Se coló en el interior de la casa abandonada, le hizo algunas fiestas a su ama a la que halló abatida en un sillón y le arrancó una sonrisa.
-¡Ay, pobre perrito feo!- suspiró Verónica -¡Tú también has sufrido! ¡También estás marcado como yo!¡Tonta de mí! creía que me escapaba de la mano del fado porque tengo aspiraciones, pero no; la vida no respeta las aspiraciones, sólo busca a sus marcados. Ya puedes disfrazarte de lo que quieras que el infortunio siempre encuentra las marcas que le pertenecen. ¿Qué he hecho yo para llevar una marca que no quiero?

Verónica acarició a su perro que con interés la escuchaba.

-¡Que vergüenza! No puedo volver a ver a esa gente- se dijo con determinación.
Verónica hizo otra pausa tras la cuál prosiguió:
-Puede que ya se hayan formado una idea de mí. Y Ramón......Pero..¿cómo se me ocurrió pretender....?- se rió por lo absurdo- Yo, como tú, pertenecemos a otro mundo....

Pero su vida realmente le reservaba grandes cosas; todas ellas llenas de intensidad, de profundidad, de riqueza personal y de drama.

***

Su padre la echó de menos  cuando lo soltaron del cuartelillo y corrió a casa para no encontrarla. Salió por las calles en su busca. Ahora era él quien salía a por ella y sin saber ni por dónde empezar se puso a gritar su nombre a los cuatro vientos. Los vecinos ya empezaban a hartarse de él.
Sin rumbo caminó pero no muy lejos. Estaba  cansado. Pensó que su voz ya correría por él y gritó aún más para enviarla más lejos.
Fredy le avisaba de que sabía donde estaba Verónica. E incluso corría en dirección al caserón para que él le siguiera. Pero Enrique era un poco duro de percepciones y arremetió contra el chucho que con sus ladridos solapaba sus gritos.


***


Los Claramunt echaron de menos a Verónica y más cuando los días transcurrieron sin tener noticias. Temiendo que algo le hubiese ocurrido, Ramón se personó en la dirección que constaba en el contrato laboral de Verónica. Allí nadie la conocía.
Aquella dirección no era correcta. La pregunta fue por qué Verónica les daría una dirección incorrecta. Conchita la había sacado de su carnet de identidad pero era evidente que aquella  no era la dirección actual. ¿Por qué les ocultaría  donde vivía? Aquello desconcertó a Ramón.
El vecino que  atendió a Ramón, en la casa donde pretendía encontrar a Verónica, creía recordar que antes que él había habido un pintor, o algo así. Ramón le preguntó si era propietario o si estaba de alquiler. El vecino no era propietario y Ramón le pidió si le podía facilitar las señas del propietario o el administrador de la finca. Al día siguiente, el administrador le confirmó que allí habían vivido un padre y su hija. La hija pintaba pero fueron desahuciados y ya no sabía de ellos.
Ramón estaba desconcertado pero a Julia se le ocurrió algo. El padre de Verónica mendigaba por la ciudad y con un poco de seguimiento seguro que darían con él. Podrían seguirlo y dar con la vivienda. Era un trabajo pesado pero podía dar resultado.

Ramón se hizo cargo personalmente y no tardó en localizar a Enrique. Enrique estaba a la entrada de los grandes almacenes y Ramón, medio camuflado, esperó pacientemente a que Enrique regresase a su casa después de su errático itinerario.
Al fin sabía Ramón donde vivía Verónica y con profundo pesar observó aquella vecindad.

***



Al día siguiente Verónica decidió salir de la casa . Había pretendido morir de inanición allí pero finalmente pensó que ya se había cansado de andar escondida y que debía volver a retomar sus tareas y su vida cotidiana.
Ya había anochecido y salía de la casa junto a su perro cuando oyó  ruido de petardos. El perro se asustó y se fue corriendo con el rabo entre las patas. Desapareció de la vista de Verónica pero luego lo oyó ladrar insistentemente. Se guió por los ladridos y lo localizó aún en la zona boscosa.

-¿Qué pasa, Fredy? -se extrañó Verónica intentando ver algo en la oscuridad. Con temor se aproximó.
-Pero, ¿qué te pasa Fredy? ¿Qué bicho has visto?

En efecto, se oyó algo; como un quejido, un movimiento entre las hojas; ¿algún animal herido o abandonado? Seguro que los petardos que había oído no habían sido más que disparos de un cazador. Pero el quejido la sobrecogió pues era un quejido humano y pensó que quizás se tratase de su padre. Corrió a ver y mientras lo hacía oyó algo ininteligible.
-¿Papá?- preguntó ella.
-Por favor, ayúdame- le pidió una voz que no era la de su padre.
Al acercarse  comprobó que se trataba de un extraño y dudó si atenderle. Al final le dio una patada a su perro para que dejase de ladrar de una vez. El perro se calló pero no se fue.
-Por favor...-insistió la voz desfalleciendo.
Se trataba de un hombre pero con la oscuridad Verónica no distinguió gran cosa de él.
-¿Qué le ha pasado?- preguntó ella manteniendo la distancia.
-Ayúdame...-repitió él.
-Llamaré a un médico, espere- decidió.
-¡No! sácame de aquí, !escóndeme! ayúdame a levantarme, estoy bien. Sólo ayúdame.

Verónica se acercó. El desconocido le tendía una mano para que Verónica le ayudase a levantarse.
-Pero, ¿qué le ha pasado?- insistió esta mientras le ayudaba. Él se levantó penosamente.
-¿Se ha roto algo? Aunque no quiera, tendría que verle un médico. Sé dónde hay uno. Será cosa de un momento.
-No, no- se negó él apoyándose sobre Verónica.
Al apoyarse en ella, Verónica notó algo húmedo descubriendo que se trataba de sangre. Se asustó.
-No, no es nada; me han atracado- aseguró él.
-¡Claro, eran disparos! ¡Le han disparado! Hay que avisar a la policía.
-No, no; la policía no.
-¿Por qué no?
-Si realmente quieres ayudarme, escóndeme; pueden volver.
Por unos segundos Verónica no supo qué hacer; luego se le ocurrió que podía esconderlo en el caserón.
-Conozco un sitio. Le llevaré a una casa que...
-No, no me lleves a ninguna casa.
-Está abandonada; nadie sabrá que está allí ¿Podrá agacharse? Hay que pasar por el boquete que hay en una pared.
-Lo intentaré.

Una vez dentro, el herido parecía peor por el esfuerzo que había realizado para llegar hasta allí. En la oscuridad Verónica tuvo más problemas de los habituales para conducirlo al interior de la casa y acomodarlo. Lo puso sobre un diván y acto seguido fue en busca de los candelabros.
-¿Tiene cerillas o un mechero? a mi se me han acabado las cerillas-  preguntó Verónica al herido.
-Si-dijo él buscando dificultosamente en el bolsillo de su americana.

Verónica encendió los candelabros que acercó al desconocido. Al hacerlo su rostro se iluminó. De pronto Verónica creyó estar sobre la mesa de dibujo esbozando algo hasta que repentinamente aparecía aquel mortificante rostro que dominaba su mano; pero no estaba en la mesa de dibujo. Contuvo el aliento. No sabía si estaba soñando. De reojo miró al sillón donde había estado sentada anteriormente por si se había quedado dormida y aún permanecía allí pero el sillón estaba vacío. No se había quedado dormida como esperaba ni soñaba, aunque el personaje de su sueño, ese que la hostigaba para que acabase su retrato, de algún modo se había metido en su mundo real en busca de ella y lo tenía delante.

El desconocido observó como ella le miraba atónita pero no le dio importancia pensando que estaba impresionada por la sangre. Aunque ambas miradas quedaron clavadas por unos instantes, el agotamiento hizo que él pronto cerrase los ojos. Quizás por unos minutos; minutos que a Verónica le parecieron eternos y entonces, como el que roba sin ser visto, aprovechó esos instantes para escudriñar sus facciones e intentar arrancarles la verdad de aquel enigma.

Aquel era el propietario del rostro que nunca podía acabar como si hubiese salido del interior de Verónica para materializarse ante ella y recordarle que tenía que acabar su retrato. Le pareció una visión, como si aquella casa,  puerta a otros mundos fuera de los confines terrenales, los hubiese emplazado a ambos. Ella, mecánicamente abrió la boca como para contestarle. Contestarle a su eterna pregunta de cuando lo acabaría. Pero su pregunta no llegó. Los labios del hombre, que yacía en el diván,  no se movieron. Como si, aún sin verla, adivinase lo que Verónica pensaba, ésta creyó verle sonreír. Y creyó ver la misma sonrisa que en  sueños  le había dedicado aquel desconocido. Creyó ver sus mismos labios, sus mismas arrugas gesticulares, sus mismos ojos, el mismo brillo cuando ambos se miraron, sus mismas sienes, su cabello........ Le parecía que su sonrisa era socarrona y que taimadamente le hablaba en el silencio de aquel mundo particular. Creía adivinar que le decía hasta donde estaba dispuesto a llegar para que ella acabase por fin su retrato. Entraría en su vida real y no sólo la hostigaría en los límites de los sueños sino que en los de su vida, apareciendo en cualquier rincón en cualquier momento. No tenía escapatoria. ¡Cuantas preguntas le hizo Verónica en fracciones de segundo! ¿Quién eres realmente? ¿De dónde has salido? ¿Por qué me persigues? ¿Formas parte de mi vida sin que yo lo sepa?..... Pero no abrió la boca. Con sus ojos debió decirlo todo a aquel, que aunque ahora no la veía, parecía conectar con ella.
Pero no necesitaba respuestas. Una voz dentro de ella, esa que nos esforzamos en no escuchar, se las gritaba repitiendo que lo había encontrado; que el destino había hecho muy bien su trabajo trayéndole a ese hombre; a ese hombre que formaba parte de su vida. Y que cada vez que ese hombre la mirase con sus ojos golpearía una puertecita en el interior de Verónica que hacía tiempo se había cerrado sin poderse abrir. Quizás la vetusta madera crujiese a cada golpe incapaz de reaccionar y girar sobre sus desvencijados goznes para así desvelar el secreto sepultado en ella.

Saliendo de su abstracción, se dio cuenta luego del alcance de las heridas de ese hombre. Se puso muy nerviosa. Tanto, que no tuvo más remedio que exclamar para sí con voz ahogada:
-¡Se morirá!
Pero él no moriría. No tenía que morir. Sin saberlo, había vuelto para abrir esa puerta, pesada como una losa, que sepultaba parte de él dentro de Verónica. No podría irse de este mundo; no, dejando una parte de sí. Si se iba, tenía que llevárselo todo y eso había venido a buscar.

-Gracias por los ánimos- se atrevió a bromear él débilmente sobresaltándola y haciéndole dar un paso atrás. Él, notando el sobresalto, abrió los ojos y volvió su rostro hacia ella.
Ella no dijo nada. La visión de un fino reguero de sangre cayendo sobre la alfombra la hizo reaccionar.
-No para de sangrar.
-La herida es superficial; lo que pasa es que la sangre es muy escandalosa. Búscame algo para tapar la herida.

-Sí, claro- dijo ella alejándose y llevándose consigo uno de los candelabros. Subió al piso superior, abrió los cajones de una cómoda y sacó unas sábanas que bajó inmediatamente. Una vez junto al herido, las rasgó en largas tiras. Le quitó la americana y sin quitarle la camisa, le rodeó el tórax con varias vueltas.
-No hemos pensado en desinfectar- cayó seguidamente en la cuenta. -En la bodega hay licores que podíamos haber usado.
-Es igual- dijo él respirando profundamente.
-Tráeme agua- le pidió al poco.
Verónica pensó. No sabía de dónde sacar agua pero luego recordó.
-La que yo traía ya se me ha acabado pero hay un aljibe y ha estado lloviendo.
Él sonrió -Tráeme también licor. Dices que en la bodega....
-Si.
Verónica se alejó. Fredy se quedó allí, con cara de pocos amigos,  vigilando al extraño. El hombre no se fijò en el perro. Echó la cabeza hacia atrás de nuevo y cerró los ojos. El perro aprovechó para acercarse y olisquear. No se oyeron sus delatadoras pezuñas sobre el suelo por interponerse una alfombra. Olió su mano que colgaba. De pronto la mano, que detectó el húmedo hocico, le acarició y el perro se echó para atrás.

Cuando Verónica regresó con el agua y los licores, el hombre dormía. Ella le habló pensando que descansaba pero él no le contestó. Se acercó con precaución para saber si respiraba. Aún vivía y respiraba regularmente. Dejó lo que le había traído sobre el velador junto al diván y luego volvió a observarlo de nuevo junto con su perro.

Miles de preguntas atravesaron su cabeza. Se fijó en su americana echada a un lado del diván. Con temor y sigilo la cogió. Quería saber quién era ese hombre. Quizás hubiese algún documento que lo identificase. Halló una billetera y fue a buscar su carnet de identidad. Vio que había bastante dinero. Eso no concordaba con su versión de que había sido atracado. Otro nuevo enigma. Aquel hombre no había sido atracado; alguien había querido acabar con su vida seguramente en un ajuste de cuentas. Por eso no quería que avisase a médicos ni policía; por eso le pidió que lo ocultara temiendo que sus agresores volvieran. Su sentido común le decía que al salir de allí diera parte del suceso; pero algo dentro de ella le decía que esperase. Se fijó luego en su identidad. Se llamaba Mauro Reinard. Tenía cuarenta y tres años y era de Palma. Su dirección constaba en El Molinar pero ya que su carnet estaba caducado, dudaba si esa sería su actual dirección. Se fijó en su estado civil. Constaba como soltero. Lo guardó todo de nuevo para irse. Se marchaba cuando pensó que quizás, durante la noche, sintiese frío. Salió de la estancia y volvió con una colcha. Lo cubrió y le dedicó otra mirada como no creyéndose aún que ese fuera el hombre que había habitado dentro de ella  tanto tiempo. Ahí  lo tenía, ante sus ojos; pero Verónica temía que no lo tuviera por completo.


***



Al regresar a casa su padre no se encontraba en ella pero a Verónica ya no le inquietó. No tenía ganas de encararse a él ni de oír sus disculpas entre desconsolados sollozos. Sin cenar se echó sobre su cama y estuvo largo tiempo reviviendo la escena vivida. Llena de confusión aún, no sabía qué hacer con aquel hombre. Regesaría a la mañana siguiente para ver cómo estaba y le traería comida y según lo viese, daría parte o no.

Cuando finalmente se durmió tuvo sueños confusos e inquietos. Entre esos sueños apareció Mauro, el rostro que ahora ya tenía nombre. Pero el escenario era otro. Se hallaban en una iglesia y Mauro vestía un cleryman.  Ella observaba los retablos, los frescos y los bajorrelieves de la iglesia. Se fijó en la talla de la Virgen Dolorosa con los puñales clavados en su corazón.  De pronto vio a Mauro a su lado. Repentinamente dio un paso hacia adelante, subió hasta el pequeño altar de la capilla, se acercó a la Virgen y sacó uno de los puñales que atravesaba su corazón. Se volvió hacia Verónica levantándolo aunque no amenazante.  Ésta se apartó temerosa, en cambio él la rebasó y continuó su camino con el puñal en alto. Los bancos habían desaparecido y en medio de la nave diáfana había un caballete con un gran lienzo cubierto. Ella le siguió. Mauro retiró la cobertura y en el cuadro apareció un retrato al óleo de la madre de Verónica. Entonces, con furia, empezó a rasgar el lienzo hasta que el retrato quedó irreconocible. Mauro se volvió hacia Verónica con una sonrisa de satisfacción. Había destruido el cuadro pero al ver la calma en el rostro de la joven entendió que no se había salido con la suya. Se volvió hacia el cuadro y el retrato seguía allí, intacto. Mauro se asustó. Entonces dejó caer el puñal que al llegar al suelo se convirtió en un paquete de pasta alimenticia. Un paquete de macarrones que al chocar contra el suelo rebentó esparciéndose su contenido. Verónica se asustó mucho. Se apartó para que la pasta no alcanzara sus pies y empezó a gritar horrorizada hasta despertarse.
Aquello sí había sido una pesadilla. Verónica tenía una extraña fobia. Un horror inexplicable se apoderaba de ella cuando algún paquete de pasta se rompía y su contenido se desparramaba. Nunca pudo saber  por qué pero cuando alguna vez le había ocurrido en un supermercado o en  casa, una indescriptible sensación de terror se había apoderaba de ella.








CAPITULO V

Lo primero que hizo al levantarse fue volver al caserón. Lo hizo temprano para que su padre no la viera. Este debía dormir en su habitación, aunque ya no se acercó a comprobarlo.
El sol de invierno fue apareciendo lentamente. Todo empezó a ponerse en marcha con lentitud; con una lentitud hermosa y a Verónica aquella mañana le pareció más hermosa aún por cobijar bajo sí a ese hombre. Ese era un día que había nacido para ellos dos y el resto del mundo no lo viviría. Estaba segura que los demás vivirían una mañana, un despertar bien diferente. Incluso si ella les llegase a preguntar, nadie podría precisar como había sido su nuevo día. Sintió que caminar por ese nuevo día era como caminar por la página de un cuento que acabada de abrirse. Había saltado del mundo, de la vida ordinaria, a la página que se abría ante ella. Todo se veía diferente a lo de siempre: las formas, la luz, la atmósfera, la presión, la humedad, el aire....incluso el paisaje, que siendo el de siempre ya no era igual. Todo, a su paso, quedaba dotado de un espíritu especial como si ella portase una gracia consigo que transmitiera. La gracia de la magia o aún más, del amor; eso que a veces se percibe en alguien y que todo el mundo quisiera poseer. Ella no sabía qué era; era algo poderoso que todo lo transformaba; incluso el viejo y agrietado portón que siempre viera al salir de su casa, incluso los palés y sumieres oxidados que hiciesen de verjas cercando las casas de su vecindad, incluso el camino pedregoso que, flanqueado por cardos y restos de escombros, ella siempre anduviera.....
No notó contraste entre su barrio y las bonitas y cuidadas casas de la Vileta, tan opuestas a pesar de hallarse a escasos centenares de metros.  Todo había quedado cubierto por ese manto mágico que se descorría por donde quiera que Verónica pusiera sus ojos. Una sutil neblina le avisó que se aproximaba a la zona boscosa evocándole esos bosques encantados albergando castillos ocultos a donde sólo llegaban los elegidos por mucho que los demás pasasen próximos.
Jamás antes había sentido esa sensación de “elegido”; de que algo ocurría especialmente para ella. Todo había sido siempre para los demás; cosas de las que ella se apoderaba a hurtadillas. Las cosas bonitas expuestas en los escaparates, los hermosos jardines de las otras casas, las familias paseando los domingos por la ciudad, aquellas otras disfrutando de sus vacaciones en la playa, las luces que colgaban en navidad.....todo era para los otros aunque ella se aprovechase. Ahora era al revés. Ese nuevo día era para ella exclusivamente y los demás lo pasarían sabiendo que no les pertenecía y que lo disfrutarían gracias a esa persona “elegida” para la cuál se había desplegado.

Entró con miedo en la casa. Temía que él se hubiese ido. No pensó en si podía haber empeorado. Lo encontró durmiendo en el mismo lugar donde lo dejase. Silenciosamente dejó los alimentos con los que se había pertrechado y se sentó cerca de él. Lo contempló durante largo rato.

Los ladridos de Fredy lo despertaron. Verónica hizo un gesto de fastidio. Fredy la había seguido. Mauro abrió los ojos  como si le hubiesen pinchado. De un brinco se incorporó poniéndose en guardia pero viendo a Verónica recordó. Verónica le sonrió. Mauro se sintió a salvo. Miró a su alrededor para asegurarse de que realmente estaba a salvo en aquella casa.
-¿Has avisado a  alguien?- aún así preguntó con recelo.
-No- contestó Verónica tranquila.
Él acabó de sentarse descubriendo que aún sentía molestias además de un fuerte dolor de cabeza. Se llevó las manos a la misma como intentando mitigar el dolor. Permaneció así unos segundos.
-¿Le duele la cabeza?- se interesó Verónica.
Él la levantó para contestarle.
-Sí...no sé..estoy como mareado.
-¿Ha tenido fiebre?
-Si...
-¿Y ahora, aún tiene?
-No sé lo que tengo.
Ella se fijó en el agua que le había dejado para la noche y comprobó que se la había acabado.
-¿Qué hora és?- preguntó él.
-Es muy temprano.
Él miró su reloj pero había poca luz y no distinguió bien la hora. Verónica se levantó a descorrer los cortinajes y a abrir las contraventanas. Entró la suficiente luz para que Mauro comprobase la hora y reconociese mejor las formas de aquel salón.
-Como supuse que tendría fiebre, he traído aspirinas y un antitérmico- le explicó ella acercándose.
Mauro sonrió. -Miraré como tiene la herida. No tenía antibióticos en casa para la infección....si es que la hay....seguramente la habrá pues si tiene fiebre.....pero podría traerlos.
-¿Eres enfermera?
-¿Yo?¡Que va!
Un nuevo ruido sobresaltó a Mauro. Se trataba de Fredy que lo provocó fortuitamente.
-¡Ah! es mi perro. Siempre me sigue. Puede que alguna vez venga sin que esté yo. Seguramente lo hará pues para él Ud. es un intruso y querrá tenerle controlado.
Mauro sonrió de nuevo.
-Le he traído un termo con café con leche caliente y un bocadillo.
-Gracias.
Verónica acercó el velador a Mauro. Lo despejó y de su mochila sacó el termo y el bocadillo envuelto en papel de periódico.
-Tómeselo ahora mismo; está caliente.
-Gracias.
Verónica vertió el café con leche en la taza del termo y se lo pasó. Luego sacó el antitérmico y las aspirinas.
-Tómese la aspirina también. Yo iré a por más agua.
-Gracias.
Verónica se alejó. Fredy la siguió pero antes de abandonar el salón dudó, miró hacia Mauro y prefirió quedarse a vigilarlo. Mauro comió y bebió con avidéz sin reparar en el estrecho seguimiento que el perro hacía de él.
Mauro, después de unos cuantos bocados, se fijó en el periódico donde había venido envuelto su bocadillo. Con una mano alisó las arrugas para intentar leer algo. No es que ningún titular captase su atención pero sintió curiosidad. Era de hacía una semana. Veróncia regesó.
-¿Has traído el periódico de hoy?- le preguntó Mauro.
-No, ¿lo quería?
-Bueno....lo preguntaba por si tenías costumbre de comprarlo.
-No tengo costumbre. Sólo lo compro los sábados donde vienen las exposiciones y todas las actividades culturales y artísticas, pero puedo traérselo cada día.
-Bueno, no quisiera molestarte con eso....
-No es molestia; puedo hacerlo.
-Pues te lo agradezco. Pero no me llames de Ud., me hace sentirme muy mayor. Sé que lo soy pero no  me gusta que me lo vayan recordando. Por cierto, me llamo Mauro.
-Yo me llamo Verónica.
-¿Sólo lo compras los sábados por las exposiciones...?
-Sí, me interesa el arte.
-¡Ah! una artista...
Verónica sonrió.
-¿Pintura?
-Si.
-Me gustaría tener un don como tú.
Verónica sonrió de nuevo con modestia.
-Sí, lo digo en serio. Me gustaría tener algo en mí que valiese la pena.

Pero a Verónica le parecía que todo él valía la pena sin necesidad de dones ni gracias adicionales.

-Me he pasado la vida dando tumbos y.....aún no he encontrado mi camino.....-continuó él. -Y luego ves a alguien como tú....que surge de la nada, apenas ha empezado a vivir  y ya sabe cual és su camino.
-Todo el mundo busca su camino.
-¡Qué empeño este! Sí ya es difícil para los que más o menos están encauzados, imagínate para mí que estoy tan apartado que no veo por donde retomarlo.
-Un día aparecerá de golpe y dirás: !ahí estaba! y no te lo pensarás más. Las cosas en la vida son así: un día, de repente, aparece lo que estabas buscando, y ya está. Muchas veces el camino ya está ahí, sólo que no sabemos verlo.
Hubo una pausa tras la cuál Mauro dijo:
-Me gustaría ver tus cuadros.
Verónica recordó sus sueños en los que Mauro le pedía que acabase su retrato.
-Puedo hacerte un retrato- le propuso esta.
-¡¿Un retrato a mí?!- preguntó con ironía rompiendo luego a reír. Verónica no comprendió qué era tan gracioso. La gente se hacía retratos y ya se veía que él no. Mauro sintió una punzada de dolor y dejó de reír.
-!Mi retrato¡-repitió para sí aún divertido. -Perdóname, pero no me considero tan importante como para tener mi propio retrato. En realidad tengo la autoestima muy baja.
-Pues muy mal hecho. Pienso que si quieres que los demás te valoren primero te has de valorar tú mismo. Si tú no te respetas los demás no lo harán. La gente hace lo que tu les pides; si les pides que te desprecien, te desprecian. La gente percibe todo eso y pagan el precio que tú mismo te pones.
-¡Vaya! pero si tenemos a toda una psicoanalista aquí. Ahora sí que me has hecho un retrato.
-Te reirás pero después de haber hecho tantos retratos, sé cómo es la gente en cuanto la veo.
-¿Y cómo soy yo?-la retó.

Verónica dudó. No porque no lo supiera sino porque no sabía si debía ser tan franca.

-Has llevado una vida muy dura. Sí, la vida te ha atrapado pero tú también te has dejado llevar por ella. Por la forma de tus labios y tu barbilla, te dejas abatir; es como si no tuvieras mucha voluntad. Perdona que sea tan franca.
-No, no te preocupes.
-En tu mirada veo frialdad, desencanto, rencor, también crueldad, te sientes estafado, engañado por la vida y deseas vengarte- Mauro dejó de sonreír a medida que la oía. -Pero tú no eres así. No eres de esa condición y te das cuenta que tu pesar se hace grande y grande hasta que no puedes cargar con él. Si sigues dejándote llevar te va a arrastrar hasta lo más bajo y tú lo sabes. Buscas tu camino pero es muy difícil cuando se está tan perdido y se está solo. Estás solo porque quieres.. Hay gente que nace para ser carne de cañón, lo lleva escrito en la frente y como los iguales se atraen, siempre hay un cañón para ellos; si no lo hay, lo encuentran. Pero hay otra gente que no sé por qué circunstancia empieza a caer cuando no les tocaba hacerlo. Es como si la desgracia se encaprichase de los que no le pertenecen y se los arrebatase a la fortuna. Los desgraciados, ya los tiene asegurados; aunque no hayan nacido en tal circunstancia, siempre acaban regresando con la desgracia, pues forman parte de ella. Tú no formas parte de la desgracia, en cambio...te atrapó; puede que de una forma tonta, fortuita, pero entonces, en los comienzos, tú no luchaste y ahora crees que es tarde.
Mauro no sabía si sonreír de nuevo o permanecer tan absorto como lo estaba. Verónica se sintió algo violentada.
-Perdóname, a lo mejor te he molestado.
-Me has dejado asombrado. Los retratos te deben salir estupendos.
-También veo otras cosas. Por eso digo que a ti no te tocaba y la desgracia te atrapó. Y digo que a tí no te tocaba porque también posees un don que te aparta de toda mediocridad y vileza. Ahora no puedo saber cuál és pero por la forma de tu cráneo y tu frente sé que hay algo elevado en tí que no sabes fomentar.
-Me estás asustando diría que eres bruja.
-Quizás tengo más sensibilidad para detectar las cosas.
Mauro sacudía la cabeza asombrado. -Eres la primera persona que me habla así y que ve algo bueno en mi.
-Lo hay.
-¡Y que me lo digas tú!
-Ahora que lo sabes, sácalo adelante.
-La lucha no sirve de mucho en mi caso.
-Todo sirve si uno se lo propone. La desgracia también tiene puntos débiles, vulnerables por donde atacarla.
Mauro suspiró diciendo con cierto abatimiento:
-Sí, pero a veces uno se queda tan vacío, tan seco por dentro, que no es capaz de sentir nada ni por sí mismo y no es capaz de proponerse nada. Creo....que necesitaría a alguien como tú.....alguien que fuese capaz de reconstruirme.....de hacerme creer en mí mismo....... Se lucha mejor cuando se tiene a alguien como tú al lado.

Verónica se sintió algo avergonzada por haber ido tan lejos y por la rotunda conclusión de Mauro. A través de ella le manifestaba el aprecio por sus palabras.


***



Aquella semana Verónica vivió en otro mundo. El mundo que le proporcionó el caserón a través del cuál creía estar en otra dimensión viviendo una vida paralela a la de allá afuera; viviendo su verdadera vida por primera vez. Cuando abandonaba el caserón su sueño se desvanecía pero siempre podía recuperarlo. Siempre podía regresar a la casa donde su sueño la esperaba.

***


Verónica regresó al día siguiente con la velocidad con que lo hace el que estando bajo el agua asciende rápidamente en busca del aire. Al traspasar el muro de aquel caserón le pareció que ya respiraba pero contuvo luego el aliento cuando no halló a Mauro en el interior de la casa.
Recorrió los salones, luego las habitaciones sintiendo una opresión en el pecho, como una punzada por la idea de que quizás se hubiese ido, pero pronto oyó un ruido en el piso superior. Recobró el aliento albergando la esperanza de que hubiese subido hasta el mirador. Allí lo halló observando los cuadros que Verónica subió en su día para verlos a la luz del día. Al encontrarlo sonrió aliviada.
-¡Pensaba que te habías ido!- le dijo a modo de saludo.
-¿Te habría apenado?- preguntó él en tono algo burlón.
Verónica pensó qué contestar. De no haberlo pensado habría contestado con un sí rotundo pero después de no haberse precipitado, su “si” y el planteamiento que acompañó resultó más lógico.
-Si, aún no estás bien del todo y habría sido un disparate ponerte en marcha.
-Claro.
-He traído antibióticos, alcohol y vendas- dijo sacándolo de la bolsa de plástico que portaba.
-¿Más cosas?- se asombró Mauro.
-Abajo ya me dejaste todo un cocktail de medicamentos- bromeó.
-Bueno, sólo las aspirinas y el antitérmico.
-Y el antinflamatorio ¿ te parece poco? ¡Estoy bien! ¡de verdad!
-Ayer no te miré la herida. Las vendas que te improvisé estarán ya muy sucias y la herida se puede infectar. Las vendas que te he traido están esterilizadas.
Mauro sonrió. Le hacía gracia aquella personita revoloteando a su alrededor con gran preocupación.
-¡Va! no te rías! Vamos a mirar esa herida- insistió ella.
-Está bien- consintió divertido acercándose a ella la cuál lo llevó al ventanal. -Haré de conejillo de indias.
-Si te estás calladito me ayudarás mucho- bromeó ella.
Entre comentarios desenfadados, Verónica lo despojó de la improvisada venda que con las prisas y el temor a que se desangrase le había aplicado sobre la camisa. Estas últimas se habían quedado enganchadas en la crosta de la herida y al intentar sacarlas volvió a abrirse.
Mauro exageró sus quejidos apropósito desconcertando a Verónica que no sabía si realmente le lastimaba o no. Luego Mauro rió y Verónica se sintió estafada. De hecho la herida, al tirar de la ropa, volvió a abrirse aunque no sangró demasiado. Verónica limpió la herida con alcohol tanto como pudo para seguidamente aplicarle las vendas nuevas.
-Bueno, y ahora qué...¿me dejas así desnudo?- preguntó Mauro quien se quedó con el torso vendado al aire.
-Aquí, en la casa, hay ropa de hombre.
-Ah.
-No sé si te gustará pero de momento puedes llevarla. No te creas, el género es bueno; puede que no esté muy a la moda pero ¿quién te va a ver aquí?
-¿No estará apolillada? Las polillas son muy listas y siempre van a atacar los géneros naturales, no los sintéticos.
-No sé como está esa ropa pero un agujero más o menos...
-Sí, quién me va a ver aquí.....

Verónica no tardó en vestir a su paciente y la verdad es que la ropa no le quedó nada mal. Le encontró una camisa de algodón y un jersey azul marino de lana aunque la olor a naftalina fuera insoportable. También le comentó que habían pantalones, incluso zapatos y ropa interior que podía utilizar si lo deseaba.

Poco después los dos tomaban café con leche y galletas en el mirador. Verónica no había desayunado y lo hacía con él. Charlaron sobre los cuadros y lo que Verónica pensaba acerca del desconocido pintor, autor de los mismos, que suponía amante de la propietaria.

-¡Que imaginación! ¿no podía ser un sobrino o incluso un hijo?- preguntó Mauro.
-No he visto ninguna foto de ningún hombre en la casa. Si hubiese sido un familiar, habría alguna. Cuando se trata de amantes, al romper, siempre se intenta acabar con todos los recuerdos.
-Menos estos- dijo Mauricio señalando los cuadros.
-Son obras de arte. Estas no pueden quedarse limitadas a las historias que les  rodean. El arte trasciende. La propietaria de esta casa era una artista y lo sabía. No conservó al amante pero sí su obra.
-Buena deducción.
-Me gustaría quedármelos.
-Quédatelos. Si este pintor llegase a cortizarse en un futuro, serías propietaria de toda su obra o gran parte de ella.
-Pero sacarlos de aquí sería como robarlos.
-Robárselos, ¿a quién? Están abandonados. Yo no me preocuparía. Imagíante que la propietaria murió sin herederos y que el estado se hace cargo de esta casa. Sacaría a subasta todos los cachivaches que hay por aquí o los llevaría directamente al trapero. Los cuadros irían rodando por ahí hasta que a alguien se le ocurriese indagar sobe su autor, los catalogase y los cuadros empezasen a cotizarse. ¿Para qué tendrían que beneficiarse otros?
-Quizás este pintor sí tiene descendencia pero ignora donde están los cuadros o siquiera si ha habido cuadros.
-Yo me los llevaría.
-¿Y si regresa algún heredero y los echa de menos? si descubriesen que yo los tengo me acusarían de robo.
-Esto es como un billete de lotería. El beneficiario es quien lo posee. No hace falta ni que expliques de donde los has sacado. Incluso puedes decir que te los encontraste en el rastro.
-Mirándolo así......Pensaba pintar aquí- cambió de tema Verónica mirando con ensoñación la lejanía a través de las cristaleras. -Pero, ¿cómo sacaría mis cuadros? tendría que sacar los lienzos del bastidor y enrollarlos para pasarlos por el boquete y luego volver a clavarlos en los bastidores y tensarlos con las cuñas ¡un lío! pero no estaría mal. Aquí tengo mucha luz, espacio y silencio. Puedo ver la lejanía, el paisaje, las montañas, el bosque......las estrellas por la noche....
-Sí, sería un atelier perfecto.
-¡Podría empezar contigo!- dijo Verónica volviéndose hacia Mauro.
-¿Empezar el qué?
-¡A pintarte!
-¿Con esta barba de dos días? ¿con estas ojeras? ¡No estoy presentable!
-¡Es verdad, la barba!- cayó Verónica en la cuenta. -Quería traerte una maquinilla de afeitar y no me he acordado.
-Bueno, al menos sí tengo la loción que me has traído- bromeó él.
-¿Qué loción?
-¡La de naftalina que me está asfixiando!
-¡Ah! ¡lo siento! o ibas desnudo o ibas perfumado. Pero bueno, una vez que estés “presentable” haré tu retrato. Tengo que aprovechar la ocasión de tener a un “modelo” a mi disposición las 24 horas del día.....
-¡Vaya un modelo!
Verónica guardó silencio y luego dijo a modo de confesión:
-De hecho ya había empezado a hacer tu retrato hace tiempo...
Mauro arqueó una ceja.
-Sí, había empezado a hacer tu retrato- le repitió Verónica.
-¿Y eso? ¿eres adivina o algo así? Ya me parecía que eres un poco bruja....
-Yo ya te conocía.
-¿Nos hemos visto antes?- preguntó Mauro esforzándose en recordar. Le molestaría haber conocido a Verónica y no recordarla.
-No nos hemos visto físicamente pero yo ya te conocía.
-Pues explícamelo porque yo no soy un personaje célebre al que todo el mundo conoce.
-No tiene explicación. No nos hemos visto antes en cambio ya te conocía y por que te conocía siempre empezaba a hacer tu retrato pero nunca podía acabarlo. Me faltaba reencontrarte para hacerlo.
-¡Me tomas el pelo!- dijo incrédulo y divertido.
-No, es verdad; ya digo que ni yo misma le encuentro explicación pero es así. Puede que fuera una premonición. Quizás mi subconsciente se avanzaba a los hechos; a veces ocurre. Yo te soñaba y en mis sueños me pedías que acabase tu retrato, pues siempre me quedaba a medias.
-¡Seguro que eres bruja! el otro día me sorprendiste haciendo un análisis de mi personalidad o mejor dicho, de mi circunstancia personal. Me hiciste pensar seriamente en cosas que antes no me había planteado. Es curioso, he conocido a mucha gente y  a muchas mujeres pero ninguna de ellas me ha dejado pensativo como lo has hecho tú. Has...has aparecido en mi camino como una luz . Me has salvado la vida; sí, no te rías; y además has rescatado mi alma.
Yo....pienso que tiene que haber un camino y quiero encontrarlo....y parece...que tú me lo acercas. Hablaste de que debía valorarme a mi mismo. Nadie me pondrá el precio más que yo pero a veces uno no sabe lo que vale realmente hasta que aparece alguien que le hace sentirse, digamos..  valorado....que vale la pena...y..todo cambia.
Verónica se sentía un poco apurada pues Mauro hacía bastantes referencias personales que la joven no sabía muy bien como interpretar.
-Me alegra haber contribuído en algo.
-¿En algo? ¡Si eres el detonante!
-¿Crees que algo puede cambiar en tu vida?
Mauro suspiró hondamente. -Me lo he propuesto infinidad de veces. He querido llegar a lo más alto pero quizás....¡bueno! -sacudió la cabeza resuelto-..no importa....
-Sí importa.
-Uno piensa....que ha de desprenderse de según que cosas para conseguir sus propósitos; ....al empezar a desprenderse de ellas uno empieza a equivocarse...
-Hay un refrán que dice: lo cortés no quita lo valiente. No sé si en este caso se puede aplicar pero creo que se puede llegar a lo más alto conservando todos los valores íntegros. No tienen porque perderse por el camino y si llegar a la meta supone desprenderse de la mitad de lo que a uno le hace persona, ¿vale la pena ese esfuerzo? Cuando has llegado arriba, ¿qué queda de tí? ¿Crees que los pintores famosos han sido todos unos sinvergüenzas y por eso han llegado a la cúspide? Al contrario; ha quedado lo más valioso de ellos para la posteridad y precisamente por eso ha perdurado; porque es auténtico. Buscamos la supervivencia pero ante todo buscamos  la verdad y cuando la reconocemos la valoramos más.  Supongo que el problema inicial está en saber qué se persigue; qué se quiere.... Muchas veces crees firmemente que quieres una cosa cuando realmente no la quieres tanto...; es muy complejo.... Supongo que hay gente que cuando está consiguiendo lo que perseguía se da cuenta de que algo va mal. De que están perdiendo lo más valioso por el camino; de que el precio que están pagando es muy alto.  Eso también debe estar escrito en los genes ya que instintivamente tendemos a buscar el equilibrio en nosotros mismos y en nuestro entorno.
-Me asombro de oírte- se admiró Mauro sacudiendo de nuevo la cabeza.
Ambos se quedaron mirándose por unos instantes. Quizás ya no hacían falta más palabras. Al final, como si el hechizo se rompiera, Mauro desvió la mirada, la bajó y como si se confesase, dijo:
-Tú no sabes realmente quien soy yo.
-Pero he visto algo y si lo he visto es porque lo hay- afirmó Verónica apretando seguidamente  los labios por haber ido tan lejos en su sinceridad; al fin y al cabo Mauro no dejaba de ser un desconocido. No obstante prosiguió con su sinceridad al no poder contenerla. - Mauro, hay algo en tí que vale la pena. Eso que he visto me gusta ¿Por qué....por qué no potencias eso precisamente y dejas de lado todo lo que hasta hoy te ha entorpecido?

Mauro volvió a guardar silencio mirando de nuevo a los ojos de Verónica, asomándose a  ellos, intentando atisbar aquello tan remoto de lo que ella le hablaba. Seguro que Verónica lo había visto. Sus ojos, los de una artista, no podían pasar por alto los valores de las personas y las cosas por muy ocultos que estos estuviesen. Los artistas rescatan las cosas, le encuentran el alma a todo; saben localizarla y destacarla. Quizás el resto de mortales, no habituados a encontrarle el alma a nada, pasasen por alto esos valores silenciosos aunque latentes, pero no un artista.

Verónica veía en él algo más; algo oculto y por ello no menos hermoso; el germen de algo esperando ser alimentado para crecer. Mauro sólo tenía que escuchar y alimentar ese germen para encontrarse así mismo metido ya en su camino. Este sintió un ligero temblor, un hormigueo en su sangre como si las palabras de Verónica le corriesen por dentro activándolo por primera vez después de mucho tiempo.
-¿Dónde has estado todo este tiempo?- le preguntó a Verónica más bien como si se lo preguntase así mismo.
Verónica sonrió algo avergonzada, encogió un hombro y con un gesto humilde contestó:
-Cerca de tí porque yo ya te conocía.
Mauro sonrió y acarició la cabeza de Verónica como se acaricia la de los niños, casi despeinándolos.


***





Enrique comprobó que Veróncia no estaba en casa. Hoy tampoco había tocado ninguno de sus dibujos a medias. Es más, el perro tampoco daba señales de vida; otro traidor. Pretendió esperar a que ella llegase pero iba tan bebido que se quedó dormido  a la mesa con la cabeza sobre sus brazos cruzados. Verónica regresó cubriéndose con un grueso chaquetón que debió sacar del caserón. Llovía. Al regresar Verónica vio a su padre pero no lo movió para meterlo en la cama como otras veces había hecho sino que sigilosa se metió en su cuarto.

A la mañana siguiente cuando Verónica se levantó, comprobó que su padre ya no estaba durmiendo a la mesa. En cambio no quiso ir a la habitación a ver si dormía.  Se metió en la cocina a preparar un nuevo termo de café con leche,  bocadillos y fruta que llevar al caserón. Comprobó como aún llovía y no se sintió reconfortada; es más, un ligero escalofrío la avisó de malos augurios. Cuando se dispuso a salir su padre le barró la puerta y sorprendentemente sereno le preguntó:
-¿A dónde vas?
Verónica lo miró asustada.
-A trabajar.
-¿Dónde trabajas ahora?
-Donde siempre.
-¡Mentira!
Verónica se quedó tan parada que no replicó.
-Hace días que no vas por allí. Cuando ibas tenías las tardes libres para dibujar y no has tocado ningún dibujo que tienes a medias, ¿qué haces pues y qué llevas ahí? ¿Para quién preparas eso?
-Déjame pasar- le pidió su hija desafiante.
-¡No hasta que me digas qué te traes entre manos!- le dijo agarrándola de un brazo cuando ésta intentaba abrirse camino.
-¡No te importa! ¡Nunca te ha importado nada de lo que hago!-le contestó su hija.
-¡Soy tu padre y tengo derecho a saber por donde andas!-se impuso éste.
-¡Nunca has sido un padre para nada!-dijo ella revolviéndose.

Enrique le dio una torta. Verónica corrió al comedor y se sentó a la mesa aunque sin derramar una lágrima.
-No vas a salir de aquí hasta que no me lo digas- le dijo su padre sentencioso.

-Muy bien,-convino Verónica con bastante sangre fría. -¿Qué harás, me vigilarás? para vigilarme tienes que estar aquí dentro y si estás aquí no puedes estar afuera bebiendo. Veremos quién aguanta más.

A Enrique, de momento, no pareció preocuparle eso. Se había propuesto salirse con la suya y lo haría porque por algo se lo había propuesto. Pero ¿qué eran los propósitos para él? Verónica conocía la débil voluntad de su padre y lo efímero de sus resoluciones.

Transucrrió el tiempo sin mediar  palabra oyéndose tan sólo la lluvia de fondo. Verónica se mantuvo muy entera, en cambio su padre empezó a cansarse evidenciándolo con movimientos y cambios de postura en su silla. Cruzaba y descruzaba las piernas, se frotaba las manos, suspiraba, miraba a los lados.

-¡Qué mierda de día!- se quejó.

Aguantó un poco más la bomba contenida. La presión empezaba a escaparse por sus poros. Verónica podía percibirlo. De un momento a otro iba a estallar y al final se puso en pie.
-¡Me cago en la hostia!¡Ya me cansé!-bramó.-¡Me vas a decir a dónde vas porque yo me tengo que ir!
Enrique agarró a su hija y empezó a zarandearla mientras le gritaba.

-¡No te vas a burlar de mi con tu sangre fría! ¡Dime a dónde vas o te mato aquí mismo!
-¡No te lo diré aunque me mates!-le contestó ella desafiante.

Fredy, que no entendía la escena, empezó a ladrar. Padre e hija se gritaron y Enrique golpeó de nuevo a su hija la cuál se defendió. Fredy empezó a morder la pernera a Enrique cosa que lo distrajo y le ofendió tanto que la emprendió contra el perro.

-¡Me cago en el perro de los cojones!¡Para eso recojo yo a una mierda de perro!¡Para que se ponga contra mí como mi hija!¡Te voy a partir el culo! ¡Te voy a descalabrar! ¡Traidor! ¡Todos estáis en mi contra!¡Hasta el perro! ¡A quien se lo diga! ¡Ahora mismo te ato una piedra al cuello y te tiro por el mismo puente donde te encontré!¡Vas a saber quién soy yo! ¡Aquí nadie me respeta! ¡Y si no me ha de respetar ni mi perro acabo con todos y en paz!

Fredy no esperó a que acabase el repertorio de elogios sino que se escabulló a esconderse donde le diera lugar. Enrique corrió tras él hasta que el bicho se metió debajo de la cama de Verónica. Enrique se agachó pero muy a cubierto estaba el animal como para intimidarle las amenazas de su amo por lo que este optó por agarrar una escoba y con el palo golpear los bajos de la cama. Pero habían tantos trastos debajo que salió de todo menos el perro.Cajas de zapatos a propulsión, zapatillas, libros, revistas, envases alimenticios para mezclar la pintura y cachivaches inverosímiles. Todo menos el perro. Mucho tiempo perdía Enrique con el can dejando a su hija descuidada. Cuando cayó en la cuenta, corrió al comedor y Veróncia ya no estaba. Enrique salió a la calle. La vio aún cerca. Ella caminaba a paso ligero con sus bolsas. Enrique corrió tras ella. Con la lluvia, sus pasos quedaron amortiguados  y su hija no lo advirtió hasta que prácticamente lo tuvo encima. Veróncia se giró y al ver a su padre echó a correr. Este corrió más y al final se lanzó sobre ella cayendo ambos en el suelo enfangado.
Allí forcejearon mientras se proferían injurias y maldiciones hasta que Enrique metió a su hija en casa a rastras quedando las bolsas y su contenido esparcido por el suelo.
Seguidamente cerró la puerta con llave pero sabiendo que su hija tenía la suya propia, decidió atrancar la puerta por fuera. Agarró un sumier  que hacía las veces de verja y lo inclinó bajo la manecilla quedando atrancado por el lado contrario en una irregularidad del suelo.

Enrique se fue. Verónica corrió a por sus llaves. Intentó abrir, y aunque las llaves giraban, la puerta no cedía. Verónica se imaginó que su padre había atrancado la puerta y corrió a las ventanas por si había alguna posibilidad. Su vivienda había sido una caseta para guardar los arreos de labranza cuando todo aquello había sido campo de cultivo y las ventanas no eran más que ventanucos con un barrote en medio. Verónica supo que estaba atrapada hasta que su padre quisiera y desesperada corrió a su cuarto a llorar. Al cabo de poco Fredy salió de debajo de la cama, arrastradito, con el cuerpo pegado al suelo y con precauciones por si le caía algún palo.

Jamás sintió Verónica tanto odio hacia su padre. Estaba furiosa. Pensó en destrozar cosas pero ¿qué iba a destrozar? por no tener no tenía nada entero que romper, todo estaba ya destrozado y no había allí  nada de valor excepto sus dibujos. Continuó llorando hasta que no le quedaron lágrimas y así permaneció todo el día hasta que finalmente oyó la puerta.

Su padre volvía y lo hacía cantando. Venía bebido como siempre. Enrique se extrañó de encontrar el sumier de muelles atrancando la puerta. Verónica oyó ruido metálico estamparse contra algo. Enrique entró remugando algo sobre el sumier. Ya no se acordaba de nada y no buscó a su hija. Verónica, desde su cama, se puso en guardia. Lo oyó enredando por ahí, luego el ruido de una botella caer y hacerse pedazos y el ruido sordo de su padre caer a plomo. Luego.... no oyó más. Salió de su cuarto y se acercó. Su padre estaba en el suelo como muerto. Se acercó más. Parecía que ni respirase. Fredy lo olisqueaba. Quizás hubiese entrado en un coma etílico como ya le había ocurrido otras veces. Entró en la habitación y regresó con una manta para cubrirle.
Cogió cuatro cosas de la cocina y corrió bajo la lluvia hacia el caserón. No permitió que Fredy la siguiera. A pesar de cubrirse con el chaquetón, se empapó y se llenó de barro al pasar por el boquete. Entró en el salón donde impaciente le esperaba Mauro. Al verla la abrazó. Ambos se abrazaron con fuerza como si hubiesen estado siglos sin verse. El corazón de Verónica se disparó sintiendo algo extraño que jamás antes había sentido. Muchas veces había abrazado a su padre y sentido la fuerza y el calor de su cuerpo pero nunca sintió ese fuego que parecía emanar del interior. De pronto él la separó de sí y la miró de arriba abajo.
-¡Estás empapada!- exclamó y a pesar de alegrarse de verla, se vio en su derecho de reñirla.-¿Cómo has venido con este tiempo?¿Estás loca?¡No debías haber venido!
-No podía dejarte solo. Además, no tienes qué comer.
-¡Te vas a resfriar! y me haces sentirme responsable.
-Es igual, ya estoy aquí.
-No negaré que me alegra que hayas venido, pero no debes ser tan imprudente. ¿Cómo vas a volver a tu casa así?
-Me quitaré la ropa.
-¿Te quitarás la ropa?
-La que vivía aquí dejó un gran guardarropa. Puedo ponerme cualquier cosa mientras mi ropa se seca.
Verónica avanzó hacia el centro del salón para coger uno de los candelabros y acto seguido subió las escaleras a la habitación de la dueña.

Su tiempo se tomó en cambiarse pues su tiempo le tomó elegir qué ponerse. Desde que descubriese el guardarropa, siempre había deseado enfundarse en uno de esos vestidos aunque jamás se había atrevido. Esa noche lo hizo y recogió su cabello mojado en un improvisado moño. Ahora que estaba metida en otro traje, se sentía otra, como si hubiese mudado su piel y bajo esta, su personalidad. Se puso unas medias de seda y calzó unos zapatos a juego con el vestido de terciopelo azul marino. Los zapatos no eran de su número pero metió algodón en las puntas y aunque el vestido le venía un poco grande se arremangó las mangas para disimular la diferencia de talla y  se lo ciñó a la cintura anudando un pañuelo de cuello negro. Cuando se contempló al espejo de luna para asegurarse de que había quedado bien, el estruendo de un trueno la sobrecogió. Sintió un poco de frío y se cubrió con una colcha de ganchillo que había en el sofá de la habitación.

Descendió las escaleras pero no vio a Mauro. Le llamó pero este no respondió. Al cabo de un tiempo de plantón, esperando a que apareciese, fue en su busca. Volvió a los pisos superiores. Buscó por las estancias de la casa sin más respuesta que algún que otro trueno como acudiendo a su llamada. Hasta le parecía que fuesen capaces de resucitar a aquellos fantasmas con los que aún no se había tropezado pero que presentía cerca. Temía que al abrir alguna de esas puertas, una incorpórea mano la sujetase para retenerla en las tinieblas en las que todo parecía sumido. Jamás había sentido miedo en esa casa. Jamás se figuró que algo pudiese caminar a su espalda acechando cada uno de sus movimientos y ocultarse cuando ella se girase suspicáz. Pero jamás había visto la casa en esas circunstancias y aún sabiendo que Mauro se hallaba en ella, no podía evitar sentir un escalofrío y notar la presencia de algo sutil casi rozarla. Quizás le reclamaban el vestido. Otro relámpago la sobrecogió pero esta vez trayéndole una imagen turbadora en el fugáz intervalo de luz; la silueta recortada de uno de esos fantasmas.
-¿Vamos a la ópera?- dijo el fantasma.
Verónica reconoció esa voz.
Una chispa apareció y una llamita luminosa se movió hasta ir a detenerse al cordel de una vela que Mauro sujetaba ¡pero que transformado estaba este! vestía de frac, cubierto por una capa y tocado por un sombrero de copa!
Verónica sonrió. -¡Pero de donde has sacado esto! ¡estás impresionante!
-Lo encontré en un baúl....¿o sería un sarcófago?....la verdad es que se lo tuve que quitar a  un tipo anoréxico que parecía dormir muy profundamente. Y no veas que polvorienta estaba la ropa! En fin, con un par de sacudidas.....no ha quedado mal, ¿verdad? -bromeó. -Pero, ¿qué hacemos aquí hablando? ¡Nos están esperando!
Se acercó a Verónica y le ofreció su brazo ceremonioso. -Permíteme que te diga que estás espléndida con este manto de armiño- bromeó de nuevo.
-Gracias. -respondió Verónica tomando su brazo también ceremoniosa. Caminaron hasta el pie de la escalera y justo cuando iban a descender Mauro le pidió que le esperase.
-¡Oh, se me olvidaba dar las instrucciones debidas!-fingió recordar Mauro- Espérame aquí.

Diciendo esto bajó rápido las escaleras y desapareció. Verónica esperó que no volviera a ausentarse por largo espacio como ya había hecho. Aunque oía algún que otro sonido, no pudo ver lo que hacía pero le reconfortaba saber que no estaba lejos. Este se había metido en una estancia que no habían utilizado situado en la parte derecha del hall y que conocían como el comedor. Enseguida Verónica vio un resplandor provenir de allí. Se quitó la colcha de ganchillo que dejó descuidadamente sobe la barandilla y bajó las escaleras a curiosear. Asomó su cabecita por el dintel de la puerta y observó. Había una mesa vestida para la cena cuyas velas Mauro encendía. Verónica entró entre divertida y tímida. Mauro canturreaba algo que murió en sus labios cuando al levantar ocasionalmente la vista se encontró con la imagen de Verónica aproximándose lentamente. Una emoción lo embargó no permitiéndole reaccionar, ¿pero aquella era la chiquilla con la que había estado jugando? Sacudió violentamente su mano cuando notó sus dedos quemarse por la cerilla que aún sostenía. A Verónica le entró risa. Pero Mauro no rió, aún la contemplaba absorto.
-¿No te gusta?- preguntó Verónica refiriéndose a su vestido al comprobar su grave expresión. -Todos los trajes eran oscuros y grandes....-continuó -¡como no me hubiese vestido de walkiria o de romana! ¡Y con estos zapatotes!...me parece que camino como una oca.
-Es igual- dijo él aún con gravedad -iremos a la ópera en coche.
-¿Te imaginas que volviese así a mi casa?- comentó ella divertida.
Pero él no se imaginaba nada. Tan sólo veía lo que tenía ante sí; demasiado poderoso como para poder ver otra cosa.
-Alguna vez me compraré ropa así y la luciré en sitios elegantes- dijo ella.
-Necesitarás dinero....-observó él.
-Lo ganaré; haré lo que sea; he estado luchando mucho para salir adelante y nunca acabo de conseguirlo. Ganaré dinero, pero de verdad. No viviré como lo ha hecho mi padre.

Mauro hizo una mueca irónica. Quizás ni necesitase trabajar. Seguro que aparecería alguien que se lo proporcionaría todo pero Verónica, ilusionada y revelada a la vez, habló del éxito que le esperaba en su vida. Tenía mucha fe en su carrera artística y lucharía para hacerse un nombre. Él no había conseguido el éxito aunque había luchado mucho más duro de lo que jamás ella pudiera imaginar. Pero, para él, ella era una de esas personas que no necesitaban esforzarse mucho en la vida. Nacían con una especie de pasaporte que les abría las puertas. Eran como ciudadanos de otra clase; de una condición de la que ni siquiera eran conscientes. A Verónica le iría bien aunque sus comienzos hubiesen sido duros.
-¡Como te has esmerado! está todo perfectamente colocado- el comentario de Verónica con respecto a la mesa, sacó a Mauro de sus pensamientos. -¿Todo esto lo has preparado mientras te esperaba en la escalera?.
-Lo preparé antes; mucho antes.
-¿Y si no hubiese venido?
-Sabía que vendrías.
-¡Vaya! y en cambio me has reñido porque lo he hecho ¡Hay flores frescas!- se alegró Verónica al descubrirlas.
-Son del jardín.

Estas, rebosantes de vida y aroma, conservaban aún las gotas de lluvia en sus pétalos.
Pero, ¿qué cenarían, a todo esto? ....vino no faltaba. Mauro descubrió una bandeja que había colocado en medio de la mesa y de allí salió el embutido y el queso, las manzanas y el racimo de uva que Verónica había traído. Levantó otra servilleta que descubrió una canastilla de mimbre conteniendo el pan.

-¡No te has olvidado de ningún detalle!- se admiró Verónica.
-He sido camarero- reveló éste.
-Es verdad, nunca me has hablado de ti. No sé a qué te has dedicado. ¿Has sido siempre camarero?
Mauro soltó una carcajada ¡si Verónica tan solo hubiese sospechado que tipo de vida había sido la suya!
-No, no lo he sido siempre. En realidad he sido muchas cosas. Demasiadas como para recordarlas todas. Y ahora, sentémonos a disfrutar de estos manjares.

Verónica se sentó a la mesa y observó de nuevo la perfecta colocación y composición de los cubiertos y la vajilla sobre un mantel de hilo bordado aunque la mano del tiempo hubiese dejado impresos sus cercos amarillentos.

Una vez acomodados ambos comensales, Mauro levantó su copa y propuso un brindis por ellos dos; los dos únicos supervivientes que quedaban en el mundo; al menos, en aquel mundo particular.
Verónica no había bebido nunca y dudó antes de acercarse la copa a los labios. Mauro advirtió su vacilación y ella, al notar como él la observaba, se apresuró a demostrar que era lo suficientemente adulta y madua; aunque nadie le obligaba a acabársela; un brindis podía hacerse con un simple sorbo.
-Siento no poder poner a tu disposición muchas más cosas pero he dado el día libre al servicio y me las he tenido que componer solo.
Se excusó Mauro mientras Verónica sonreía divertida.
-Era una deuda que tenía con el servicio. -continuó- Verás, mi amigo el Conde, cuando se encontraba en su residencia de verano con su séquito de caza dispuesto a disfrutar del deporte cinegético, se vio en la emergencia de alojar a un séquito real, el cuál sufrió un pequeño percance de camino a presentar sus credenciales al recién nombrado monarca del país vecino. Me envió un mensajero para que le prestase parte de mi servicio ya que con el suyo no daba abasto. Mi servicio trabajó durante setenta y dos horas ininterrumpidamente por tanto, en contrapartida, les prometí un día libre y.....he querido ser justo y ofrecerles su merecido descanso.
-¡Qué rollo me has soltado!- rió Verónica. -Eres un noble muy considerado.
-Nobleza obliga.
-Entonces...¿no ha quedado nadie en la casa? ¿ni el ama de llaves?
-Ni el gato que caza los ratones.
-¿Y quién nos llevará a la ópera?- siguió la broma Veróncia.
-Yo mismo.
-¿Y qué dirán  al verte conducir el coche?
-Dirán que hemos ido a menos.
-¿Y te parece bien que saquen esa conclusión?
-Me importa más bien poco.
-¿Y qué obra vamos a ver?
-El Fantasma de la Opera.
-Ah, muy apropiado para esta noche. ¿Conoces esa obra?
-Si, te la tocaré al piano.
-Ah, también tocas el piano.....-valoró ella divertida e incrédula.
-También- contestó él con la misma ironía.
-Yo no conozco El Fantasma de la Opera; bueno, en realidad no conozco casi nada. No he ido a ningún concierto, ópera, representación, ni siquiera al teatro.....si el cine te sirve...
-¿No dices que serás una mujer importante?...no te preocupes; ya tendrás ocasión de conocer todo eso.
-Conozco la historia de un pintor llamado Mestre Cabanes a quien le encargaban los decorados del Teatro del Liceo de Barcelona. Vi parte de su obra en una exposición y también en revistas y de verdad que es algo impresionante. ¿Te imaginas pintar los decorados del Liceo? ¡Que integración más fascinante del arte!
-Tienes toda la vida por delante....
Verónica suspiró.
-Brindemos de nuevo por el éxito, por el que te espera en la vida- propuso él.

Pero Verónica, muy dentro de ella, advertía que ya lo había conseguido. El éxito de mañana no existía como tampoco existe el mañana. Hoy ya había alcanzado el éxito y eso era lo que contaba. Reconocía que en ese momento lo tenía todo. Estaba sentada a una mesa exquisitamente preparada, con un montón de mudos testigos que complacientes iluminaban sus rostros, acomodaban sus cuerpos, reconfortaban sus vistas y les transmitían bienestar. Estaba allí con ese hombre a quien miraba a hurtadillas y que le parecía la obra más perfecta; anónima para el resto, jamás ovacionada, pasando inadvertida o indiferente..... Miraba su boca, sus ojos, su pelo, su piel.....todo en perfecta armonía que alguien estuvo a punto de destruir. Pero allí estaba; viviendo aún. Viviendo ese instante para ella. Si eso no era éxito......¡Como le reconfortaba su risa, como la alimentaba! Él le regalaba cada momento con su persona; esa persona que el resto del mundo no llegaría a disfrutar. ¿Qué parte de él habrían conocido aquellos con los que se hubiese tropezado durante su vida?  Seguro que esta no; seguro que toda esa gente de ahí afuera, más poderosa e importante que Verónica, ni con todo su dinero habrían tenido al Mauro que ahora ella tenía.
Mauro advirtió como le observaba y creyó adivinar lo que cruzaba su mente aunque enseguida lo desestimó. No podía ser verdad que él despertara el más mínimo interés en nadie y pasó por alto la atención que Verónica parecía dispensarle. Continuó con sus comentarios desenfadados que arrancaban sonrisas y hasta carcajadas de Verónica y acabada la ligera cena se levantó de la mesa pidiendo a Verónica que de nuevo aguardase. Pronto regresó con una bandeja y un servicio de té para dos.
-¿Qué es eso? -preguntó ella.
-Es té.
-¿Té?
-Encontré té verde en un frasco. Estaba herméticamente cerrado y al abrirlo enseguida me llegó un aroma muy fresco, como si lo acabasen de envasar.
-¿Y en dónde has calentado el agua?
-En la chimenea.
-¿Has encendido la chimenea? ¿Y si ven el humo?
-¿Con este tiempo? Yo mismo he comprobado que el humo no se ve. Todo el bosque está sumido en una espesa niebla. Y ahora que pienso, estamos desperdiciando un fuego muy bueno. Tomemos el té en el salon. Estaremos más calentitos. Ah, y si quieres puedes poner tus ropas a secar allí.
Dicho esto y sin haber depositado la bandeja en la mesa, Mauro se dirigió de nuevo al salón, contiguo al comedor, que sin duda sería el salón de las sobremesas. Este parecía haberse transformado con la luz y el calor proveniente de la chimenea ante la cuál tomaron el té entre bromas y chistes. Una vez acabado, Mauro se puso en pie y alejándose hasta perderse en una ángulo oscuro dijo: -Bien, querida, ahora démonos prisa sino no llegaremos a tiempo a la Opera.
-¿Pero adónde vas?- preguntó Verónica.
-¡A la Opera!
De pronto se oyó música de piano. Sonaba la apertura del Fantasma de la Opera.
-¡Mauro, ¿y eso?!- se sorprendió ella alcanzando la vela de un candelabro y acercándose al ángulo oscuro donde él había desaparecido. La luz fue dibujando las formas hasta descubrir a Mauro tocando el piano de la casa.
-¡Mauro, tocas el piano!- se asombró ella.
-Ya te lo he dicho.
-¡Pero tocas de verdad!- insistió ella sin salir de su asombro.
-Claro, porque, de mentira, a mí no me sale.
-Creía que era otra de tus bromas.
-Yo no bromeo nunca- bromeó.
-Si este piano sonaba fatal.
-Lo afiné y ahora no suena tan mal.
Acto seguido tocó fragmentos más populares del Fantasma de la Opera y luego los acordes cambiaron aunque Verónica no lo distinguió muy bien.
-Ahora estoy tocando Tannhäuser- le informó.
-¿Ya no tocas el Fantasma de la Opera?
-No.
-¿Por qué?
-Porque ya no sé más.
Continuó con Tanhäuser y después, como poseído por alguna entidad desconocida, saltó del piano, se aproximó a ella y tomándole la mano con arrebato empezó a declamar:
-Stets soll nur dir, nur dir mein Lied ertönen!
Gesungen laut sei nur dein Preis von Mir!
Dein süsser Reiz ist Quelle alles Schönen,
un jedes holde Wunder stammt von dir.
Die glut, die du mir in das Herz gegossen,
als Flamme lodre hell sie dis allein!
-¿Qué estás diciendo?
-Yo soy Tanhäuser y tú Venus.
-¿Y te lo sabes de memoria?
-Sólo algunos fragmentos de escenas de algún que otro acto.
-¿Te gusta mucho esa  música?
-Sí, me gusta Wagner en general. Muchos de los decorados que pintaba ese Mestre Cabanes, del que hablabas, eran escenarios wagnerianos. La obra del compositor es profunda, romántica, melancólica. Se inspira mucho en la mitología popular evocando al caballero comprometido con sus propios ideales que antepone a cualquier interés material. Antes me sentía como ese caballero andante maltratado al que el destino dejaría de hostigar cuando renunciase a sí mismo- explicó sentándose de nuevo al piano.
-¿Y qué pasó?
-Que renuncié a mi mismo, pero no me fue mejor. Me faltó mi musa, mi dama; la energía para continuar luchando. Porque la lucha de un caballero es siempre por amor; el más valioso de los tesoros.

Volvió a tocar. Ahora Claro de Luna de Beethoven y con la música, el latido del mundo pareció detenerse...... ¡Que poder la de aquel hombre que podía hacerlo! ¡Qué poder adquirimos los mortales súbitamente! Aparecemos toda nuestra existencia arrastrándonos como seres derrotados,  desesperados, negados a cualquier posibilidad, a cualquier esperanza, penando en nuestro tránsito y de pronto alguien hace algo: canta, baila, escribe un poema.......y entonces vemos el germen de la Divinidad a través de ellos y creemos; creemos en algo superior porque lo estamos viendo. Lo encontramos todo; el camino, la Verdad,  las explicaciones a tantas preguntas......siempre tan cerca de nosotros y nosostros sin verlas......Somos los elegidos de Dios aunque no lo parezca. Aunque nos creamos los despojos de lo acabado, somos aquellos a quien Dios mira y de pronto aparece su aliento en nosotros y hacemos cosas magistrales.

Aquel ya no le pareció a Verónica el hombre de carne y hueso con el que había estado hablando y riendo. Sus venas habían sido invadidas por un fluido mágico que le quitaba toda impureza material; como si él y la música fuesen un UNO no distinguiéndose donde empezaba uno y donde acababa el otro. Esas manos, que obraban tal milagro, jamás se perderían bajo la tierra. Con la muerte no desaparecería aquella esencia encarnada en hombre. No podría la muerte con él; no con ese fluido que lo hacía sublime y absoluto y que se reuniría con quien lo creó.


Mauro se volvió lentamente y al verla, sus manos se fueron deteniendo. Ambos se miraron por largo espacio. El silencio que sobrevino fue aterrador y hasta pareció cortar esa conexión que los unía a ambos. Mauro sonrió.
-Acércate, no muerdo- la invitó.
Verónica se acercó hasta quedar justo a su lado. Notó a Mauro más nervioso; quizás turbado.
-¿Conoces a Chopín?-  preguntó él.
Verónica asintió.
-Tocaré un nocturno. El Opus Nueve, empezando por el movimiento número uno- le explicó con voz mudada.

Mauro tocó de nuevo magistralmente y de Chopín pasó a Mahler tocando los fragmentos más populares de su Quinta sinfonía. Verónica permaneció enmudecida, deslumbrada, cegada temporalmente, viendo algo tan inmenso que sus sentidos, incapaces de asimilarlo, parecían que se hubiesen colapsado quedando anulados transitoriamente.
Mauro acabó de tocar pero, como si aún el espíritu de la música lo retuviera, no reaccionó hasta que otros sonidos empezaron a hacerse patentes ahogando cualquier sutileza y adueñándose de  la casa con sus hoscos sonidos.  Mauro, con su cabeza bajada, como el títere cuyos hilos han dejado de ser mov:idos por la divinidad, reaccionó lentamente.  No al insistente sonido de la lluvia, que invadió el espacio no queriendo dejar lugar a lo sublime, sino  al tacto de la mano de Verónica en su nuca. Ella no sabía por qué había empezado a acariciar su nuca. No lo sabía; y él activado por algo que ya conocía y temía, volvió la cabeza hacia ella con una mirada inquisidora. Verónica le contestó con la suya y sin mediar palabra Mauro rodeó su cintura, se la acercó y la apretó contra sí. Verónica, entonces, pareció asustarse pero no por lo que significaba aquel contacto físico sino por lo que había trás él; como si Mauro fuese una simple pantalla; la antesala de algo tan inmenso que su magnitud inspirase terror. Verónica se horrorizaba de ver que anhelaba y a la vez temía su contacto, demasiado abrasador como para que su cuerpo lo resistiera. Se fundiría bajo el mismo sin oportunidad a combatirlo. Sentía que su cuerpo respondía a la demanda de Mauro escapándosele a todo control, perdiendo dominio sobre el mismo incapaz de detener lo imparable. Este se puso en pie para estrecharla con todas sus fuerzas  y Verónica creyó fundirse en su abrazo.




***


CAPÍTULO VI


El mundo...... ¿dónde quedaba el mundo?.... las horas.......¿cuántas habrían transcurrido?.....El día, la noche....todo se fundió en uno sin distinguirse donde empezaba y donde acababa nada. Todo estaba paralizado, suspendido, sumido en el sueño profundo del amor. El amor y la música, cuyos compases sonaban en el espíritu narcotizado de Verónica sin abandonarla jamás.
La vida con su paso implacable, empezó a reclamar a la Bella Durmiente la cuál abrió los ojos y empezó a pensar. Pensó en qué existía un día y una noche, que estos se sucedían allá afuera sin ella y que seguramente la estarían echando de menos en ese mundo que poco le importaba. Pensó que no quería salir; que allí dentro el tiempo no transcurría y afuera sí. Que no quería salir y correr a alcanzar las horas que le llevaban ventaja. ¡Que siguieran sin ella!. Echando cuentas, creía haber estado allí dos días o tres días, ¿o tal vez más? pronto empezarían a tener hambre y tendría que salir como salen los animales de su guarida para comer. ¡Maldito materialismo! ¡Salir y alejarse de aquel hombre que lo era todo para ella! Entonces pensó en él como no había pensado antes. ¿Qué haría él? ¿Se quedaría a vivir allí para siempre? Lo dudaba.....Ese pensamiento la inquietó muchísimo. ¿Qué haría él? En algún momento tendría que irse......¿Y si no se fuera? ¿Y si decidiese vivir siempre con ella? ¡la realidad de la vida se le venía encima! Se acordó de sus problemas, su padre, su situación. No podrían vivir en una casa que no les pertenecía arrastrándose por el suelo para entrar y salir de ella. Y pensó más: pensó que realmente no conocía a Mauro. Recordó su herida de bala. Recordó la noche que lo encontró con el argumento de que le habían atracado pero sin deseos de denunciar ni visitarse en un hospital. Tuvo un extraño presentimiento que oprimió su pecho.
Él se volvió hacia ella, en la cama, con un gesto cariñoso.
-¿En qué piensas?- le preguntó al verla concentrada en sus pensamientos.
-En nada- dijo tranquilizándolo. -Bueno....pensaba....que tendré que irme a mi casa algún día y pensaba....que no quiero irme.
-Pues no te vayas. Quédate aquí para siempre- pareció bromear.
-Tendrás hambre, ¿no?
-Si, tengo mucha hambre y me voy a comer unas cuantas arañas y moscas que rondan por la casa-. Pero Verónica no le rió las gracias. Continuaba pensativa.
-Tambien pensaba......en lo que harías tú....
-¿Lo que haría yo?
-Si. Supongo...que decidirás irte...
Mauro no contestó.
-...a tu casa....a tu trabajo...con tu familia....¿tienes familia?
-No
-¿Y trabajo?
-No. Aunque tengo algo pendiente.
-No quiero que te vayas.
Mauro no contestó.
-¿Quieres que me quede aquí para siempre?...-preguntó luego divertido- ¿vendrás cada día a "echarme de comer"?
Verónica sonrió.
-No quiero que nos separemos- le pidió esta.
-Nunca nos separaremos. Puede que me vaya unos días a solucionar mis cosas, pero volveré a encontrarme contigo.
-¿Y si no vuelves?
-¡Quién sabe lo que nos espera ahí afuera!
-¡No te vayas, yo cuidaré de tí!
A Mauro le hizo gracia.
-¿Y quién cuidará de ti?- preguntó él. -Seguro que tus padres te están buscando. Imagínate lo siguiente:- dijo en tono más serio y incorporándose en la cama para ello-Tus padres han avisado a la policía y nos encuentran aquí. ¿Qué edad tienes?
-¡No te preocupes, no soy menor!.
-¿Seguro?
-¡Que sí!
-Imagíante que me detienen por corruptor de menores; por haberte retenido aquí durante todos estos días.
-¡Que no soy menor! Me he quedado aquí por mi propia voluntad y además.....sólo vivo con mi padre y.....no creo que me busque.
-¿No? ¿por qué?
-Es...alcohólico y no se preocupa por mí; ni siquiera sabe en qué día vive y a veces ni en dónde. Suele desaparecer durante días.
Eso entristeció a Mauro.
-Verónica, debes volver. No quiero meterte en problemas. Debes salir y si todo va bien para ti ahí afuera, vuelve cuando quieras. Yo puedo cuidarme bien solo. Me encuentro bien. Puedo salir y buscarme la vida.
-No, no salgas; yo te traeré lo que necesites.
Mauro sonrió irónico.
-Verónica, no puedo vivir prisionero en esta casa. He de salir en algún momento....
-No lo hagas esta noche. Yo...saldré pero volveré y quiero encontrarte aquí cuando lo haga. ¿Me estarás esperando?
Mauro susurró que sí en su oído mientras la abrazaba tiernamente.

Pero Veróncia ya no lo halló a su regeso.

Al salir del caserón volvió la vista atrás queriendo asegurarse que ese sueño no se esfumaba tras ella. Corrió a su casa pensando que a qué iba; su vida no era aquella. De camino pensó también en Julia, en Conchita, y eso le animó un poco. Seguro que ellos sí la estarían echando de menos. Debía darles una explicación, debía pasarse por el establecimiento y tranquilizarlos. ¡Pero todo se le hacía tan cuesta arriba! Y a cada paso que daba alejándose de la casa, le parecía que perdía a Mauro para siempre.

Y tal como se temió al regresar al caserón ya no halló a Mauro. La había dejado, la había abandonado esperando la más mínina oportunidad para hacerlo y se sintió tan desesperada que empezó a gritar su nombre por todas partes. Lo buscó en cada rincón con voz desgarrada hasta que los sollozos inundaron su boca. Quizás fue sólo un momento de desesperación, algo que podría superar de esperar un poco más; algo a lo que podría encontrar una explicación. Pero ese momento de desesperación para Verónica fue eterno. Parecía que sin Mauro el mundo se le perdía de vista. No era capaz de ver un horizonte, un mañana; todo se había acabado hasta que los frascos de medicamentos, aún sobre el velador, entraron en su campo de visión. Una fulminante idea cruzó su mente. Guardó silencio mientras la acariciaba. Y la verdad es que no pudo pensar mucho más allá del momento inmediato. Cuando uno está desesperado no puede pensar en un después; en un nuevo día. Se encuentra en una trampa de la que necesita una salida inmediata; se encuentra en un “ahora” del que quiere salir desesperadamente y aquella le pareció la puerta abierta a la salida que urgía.

***


Pero Mauro regresó. No pudo dejarla atrás, no podía separarse de ella drásticamente. Aunque la idea de vivir con ella era un disparate y no existían proyectos que llevar a cabo juntos,  el “ahora” de Mauro era ella y el mañana no existía.  Regresó para verla una vez más, cinco minutos más; luego ya se vería. Regresó para oir su voz, sus risas, sus planes, y estar a su lado sin decirse nada; solo estandoel  uno junto al otro.... luego ya se vería. Entrarían...saldrían...se verían...quizás, llevados por las obligaciones de cada uno, se irían distanciando...ya se vería....el trauma de una separación, tan en vivo, no sería tanta. Pero el panorama que se encontró fue muy diferente. La halló tendida en la alfombra, al pie del diván donde lo acomodase la primera noche. No entendió qué le ocurría. Se arrodilló y la movió pero pensó que algo grave debía ser ya que no reaccionaba. Miró a su alrededor y vio los frascos abiertos con gran parte de su contenido vacío. Enseguida comprendió. Empezó a zarandearla, a llamarla por su nombre y a preguntarle por qué. Por qué una persona tan equilibrada, tan consecuente con las cosas, tan fuerte como para levantar a los demás, con tantas visiones positivas y planes de futuro tomaba aquella drástica determinación. Entendió por qué y sintió terror. Puso su oído en su pecho pero no creía oír nada. Se llevó sus dedos a la carótide pero no creyó advertir nada. Sin perder tiempo la tomó, cogió los envases de los medicamentos y se los metió bajo el jersey, la tomó en brazos y salió de la casa. La arrastró por el boquete y luego corrió con ella hacia las primeras casas donde empezó a pedir auxilio. Los vecinos, alertados, salieron. Mauro les pidió que llamasen a una ambulancia. Un vecino entró a hacerlo mientras que otros se agolparon sobre Verónica  la cuál Mauro depositó sobre la acera. Al oir la sirena de la ambulancia, Mauro pensó que debía irse. Le harían preguntas, le tomarían los datos y darían parte a la policía.  Aprovechó el revuelo de vecinos para escabullirse y desaparecer para siempre del escenario de Veróncia; del bonito escenario wagneriano que quizás jamás volviese a ver.


***




El caserón aparecía como una imágen distorsionada, emborronada, vaporosa a punto de desvanecerse como el humo de un cigarrillo. Se alargaba, se ensanchaba, se deformaba, parecía que se desintegraba pero volvía a recobrar su forma por escasos segundos resistiéndose a desaparecer. Quizás danzaba al son de la música que constantemente sonaba. Música de Chopin,  Mahler,  Wagner... entremezclándose, luchando por prevalecer uno sobre el otro pero confundiéndose al fin, distorsionándose, ahogándose.....como la casa. Se oían sollozos, quizás la casa lloraba y Verónica quería agarrarla con sus manos para no perderla pero ésta, como el humo, se enredaba entre sus dedos y se escabullía.
Así uno y otro día, como en un ciclo sin fin. Reviviendo una y otra vez lo mismo y sin poder salir de aquella pesadilla. Al final, Verónica abrió los ojos y los sollozos continuaron allí, habiéndoselos traído.
El primer rostro que vio fue el de un hombre pero no el de su padre o más lejos aún el de Mauro. Era el rostro de Ramón. A su lado estaba Julia y algo más apartada Conchita,  llorando. Si Verónica estaba en el Cielo se había encontrado con sus amigos pero no con Mauro. Pero no podía haberse ido al Cielo habiéndose suicidado y por tanto debía continuar en ese estado tormentoso en el que estaba atrapada pero ¿qué hacían allí sus amigos?. Los tres, al verla abrir los ojos, se abalanzaron expectantes. Le hablaron, hablaron entre sí, llamaron a una enfermera. Verónica aún no sabía donde estaba.

“Nos la llevaremos" Creyó reconocer la voz de Conchita. "Por culpa de Ud. casi la perdemos. Está visto que no puede hacerse cargo de su propia hija”.
Enrique lloraba amargamente repitiendo: “yo quiero a mi hija”
“¿Y todos esos moratones? ¡Bien lo ha demostrado!”.
“No me la pueden quitar. ¡Yo quiero a mi hija!”.
“Ella decidirá con quien se queda". Dijo Ramón terminante.

Estos habían tomado una determinación que luego Verónica sabría. Se la llevarían. Se la llevarían con ellos ya que responsabilizaban directamente a su padre de lo  ocurrido.Verónica cerró los ojos mareada, aturdida.




CAPÍTULO VII



El verano descubrió a una nueva Verónica. Mejor....peor......diferente. El trabajo artístico ocupó su mente y en él pareció refugiarse. En casa de los Claramunt, donde se había instalado definitivamente, repartió sus jornadas entre la plancha y los lienzos. Ya no hacía retratos por la calle sino que en su tiempo libre pintaba lo que quería. Deseaba estudiar arte; adquirir más conocimientos, acabar de pulir su formación autodidacta y dedicarse a la restauración.
Había transcurrido más de un año desde su percance durante el cuál no quiso mirar atrás, no quiso recordar: ni siquiera analizar lo que había ocurrido. Como si hubiese cerrado los ojos a su pasado, su tarea diaria era la de mantenerlos cerrados, mirando hacia adentro de sí como si ya nada más le interesase ver. A veces una ligera brisa de curiosidad se colaba por alguna esquirla de su mente para susurrarle maliciosamente: “¿Qué debe ser de él?” pero Verónica también se tapaba sus oídos internos y no quería siquiera pensar remotamente que estuviera bajo el mismo cielo que ella.
Dejó de hacer retratos para sí. No habría soportado que al esbozar el primer encaje apareciese la cara de Mauro como le estuvo ocurriendo antes.
Ahora estaba en aquella casa, donde había anhelado vivir y cuyo anhelo plasmó en aquellos primeros dibujos que hiciese al regresar a casa y que aún conservaba. Ahora estaba con aquella familia que ella tanto había deseado tener como propia, en cambio, a pesar de sentirse a gusto y arropada en aquel hogar, no era tan feliz como lo hubiese sido de no haber conocido a Mauro. Si antes de conocerle pudo vivir sin él, ¿por qué no iba a poder continuar haciéndolo ahora? Pero es que ahora ya llevaba el germen de Mauro, el estigma; y le parecía más duro seguir sin él. Le parecía que le habían dado la vida para quitársela. ¿Por qué no la habían dejado como estaba? No hacía daño a nadie y ya se había conformado a vivir sin un Mauro que no conocía. Quizás eso contribuyera a la riqueza personal y espiritual de cada persona. Quizás la huella que deja el que perdemos nunca es tan grande como la que dejó al conocerle. Quizás, precisamente esas huellas, son las que nos hacen persona y no un simple vegetar por la existencia.


Sentada estaba, aquella mañana de domingo, sobre la blanca arena de la playa. Era muy temprano, había salido a buscar el pan mientras casi todos dormían, y no resistió la tentación de acercarse al mar a contemplarlo ahora que aún no había nadie. Miraba el inmenso mar con su vista en el horizonte pero sin fijarla en él; mirando a la nada y a la totalidad a la vez,  nutriéndose de la inmensidad de la naturaleza. Albergó pensamientos que no quiso del todo pensar pero que ahí estaban. Estaban como una nebulosa a su alrededor; como unos satélites en su órbita y de la cuál no pueden salir; estaban pero Verónica miraba al mar. Donde ella miraba pensaba no encontrarlos. Si lo analizaba friamente había ganado mucho. Tenía la familia de la que careció toda su vida, tenía trabajo, planes para su futuro artístico y tenía aún su vida para llenarla de todo ello y más. Una nube de duda pasó ante ella. ¡Su vida! ¿Quién la encontró y la llevó al hospital para que no la perdiera? Nadie sabía donde estaba excepto......Pero ya que no podía recordar dudaba si fue ella misma quien encontrándose mal saliese a pedir auxilio. Se puso en pie y se dirigió a casa. No quería pensar más. El problema de contemplar el mar es que te despertaba muchas sensaciones y pensamientos profundos y por muy lejos que se apuntase la vista, ahí estaban para bien o para mal.

Julia dormía aún y Verónica no pudo resistir la tentación de entrar a despertarla. Le gustaba chincharla en las mañanas de domingo y junto con los gemelos  la asediaban. La pobre Julia desconocía que cuanto más se quejaba más les invitaba a chincharla.
En el comedor Conchita acababa de preparar la mesa para desayunar. El teléfono sonó.
-¡Ya va!- dijo Conchita como si este pudiese oírle y esperar a que le atendiera. - ¿pero quién llamará a estas horas?
Conchita descolgó el auricular.
-¿Si?........¿qué pasa? ¿arde el hotel?......ah....bueno.....bueno....que yo sepa, no;......pues ya se lo diré. ¿Y a qué hora  dices?.....bueno, bueno......vale...hasta luego.
Conchita se dirigió a Verónica para darle el recado. Era Ramón que decía que quería presentarle a alguien  importante.
-Algún novio que te habrá encontrado....-supuso Rosa.
-Parecía algo más importante....-estimó Conchita.
-¿Más importante que un novio?- se extrañó Rosa.
-Para un novio no habría llamado a las ocho y media de la mañana. Ha llamado con tiempo para que no haga planes. Me ha olido a trabajo.
-¿En domingo por la mañana?¿no podía esperar al lunes?
-Tal vez tiene a algún pájaro importante que se le puede escapar....Bueno; ya saldremos de dudas. Luego se dirigió a Verónica -Dice que vayas al hotel allá a las 12.

Ramón, con gran habilidad, fue reconduciéndo a Verónica a su cauce artístico. No de una forma artificial. Sabía que el arte sería la mejor terapia pero no quería ocuparla con tonterías como las limosnas que entretienen al necesitado. La quiso tratar como a una profesional a quien no se le ofrece caridad sino que se le confía un trabajo. La recomendó para las ilustraciones de una publicación en proyecto. Se trataba de un trabajo literario que la diócesis planeaba editar y cuyo autor era un religioso licenciado además en sociología y psicología, llamado Genís de Pablos y conocido de Ramón. Se trataba de un trabajo en el cuál se recogían los pensamientos y meditaciones de una vida; trabajo especialmente dirigidos a los jóvenes, quienes al inicio de las suyas empiezan a tener dudas y a hacerse preguntas. El trabajo estaba compuesto por sencillos y cortos relatos en los que se plantean diversas situaciones que aunque fabuladas y recreadas, guardaban gran paralelismo con la vida real. Pensaban que acompañaría muy bien a cada relato una o varias ilustraciones sencillas a plumilla.
A tal efecto la convocaba Ramón aquella mañana de domingo. Allí le presentó a Genís de Pablos y después de algún preámbulo, se pusieron en materia.
La reunión tuvo lugar en el piano bar; lugar desde el cuál se divisaba el mar a través de los grandes ventanales.

-Ya tenía ganas de conocerte. Ramón me ha hablado mucho de tí- le confesó mosén Genís a Verónica.
-Me he tomado la libertad de enseñarle algunos de tus dibujos- le dijo Ramón.-Verás, mosén Genís, gran amigo mío, está preparando un trabajo literario dirigido a los jovenes- empezó a explicarle. -Había pensado que para hacer su trabajo más gráfico podrían intercalarse ilustraciones.Y mira por donde...hablando....
Mosén Genís intervino -Le expliqué el contenido y el público a quién iríra dirigido y estuvimos barajando la posibilidad de ilustrarlo. Normalmente trabajo con un portadista, bueno; no es exclusivamente un portadista sino un colaborador que hace un poco de todo: de redactor, de documentalista, de maquetista....y en más de una ocasión me ha resuelto las portadas o me ha suministrado material gráfico. Pero no quiero ilustrar este nuevo trabajo con fotografías. Quiero personalizarlo y que las ilustraciones hagan alusión específica al texto. He pensado que ilustraciones a plumilla quedarían muy propias.  Ramón me habló de ti y de tu experiencia y pensamos que quizás podría interesarte colaborar en este proyecto- añadió mosén Genís.
-Talento no te falta- remató Ramón.

Algo abrumada por oir todo aquello casi de carrerilla, Verónica guardó silencio. Los dos hombres, después de haberlo expuesto, aguardaron la reacción de Verónica.
Verónica se pronunció al fin con su característica modestia- Bueno, me deja parada con esta propuesta... Me alegra mucho que haya pensado en mí...aunque nunca he hecho ilustraciones para publicaciones....en este sentido no tengo experiencia....
Ramón resaltó -Dominas muy bien la plumilla; he visto los escudos heráldicos que haces. Tienes mucha imaginación. Haces buenas composiciones....¿qué problema puedes tener?
-Supongo que ninguno es...sólo la novedad...
-De todas formas creo que lo mejor sería que le echaras un vistazo al trabajo para ver qué te parece y qué te inspira- convino mosén Genís.-Se trata de un trabajo de narrativa que recoge relatos cortos a través de los cuales intento dar respuesta a las preguntas que surgen durante nuestra adolescencia -explicó.
-La idea me parece muy interesante y estaré encantada de leer su trabajo-dijo Verónica.
-No se trata de nada complejo perdiéndose en profundas meditaciones  -continuó mosén Genís,-  sino en hechos y circunstancias recreadas con las que nos podemos encontrar durante nuestra vida y que provocan dudas y preguntas. Pienso que podríamos ilustrar cada relato con un sólo dibujo. Dos, si el relato se extiende. El trabajo consta de 50 relatos,  más o menos de la misma extensión: de tres a cinco páginas, en los que se habla de la amistad, la solidaridad, la pérdida de seres queridos,  los hábitos que nos hacen evolucionar o que nos retrogradan. La libertad;  esa palabra tan abanderada por la juventud y que a veces es la mayor losa que acarrear;  la búsqueda de la Libertad que mal interpretada puede llevarnos a la exclavitud; la violencia, la crueldad.  En el libro también se habla de la sesxualidad, el trabajo, la vida en familia, la enfermedad; enfín, todo con lo que hemos de enfrentarnos en nuestras vidas.
-Creo que es un trabajo muy apropiado para la juventud que parece tan desorientada por la falta de valores -opinó Ramón dándole una palmadita a su amigo.
 -Bueno; Ramón te pasará una copia del trabajo. Ya me confirmarás si te encargarás de los dibujos y en caso de que vayas a realizarlos ya me elaborarás un presupuesto. Si quieres también puedes incluir la portada- concluyó mosén Genís.
-Bueno, pues, muy bien. Le quedo muy agradecida por haber confiado en mi. Enseguida le diré algo- le prometió Verónica.
-Quién sabe, Verónica; puede que hasta te hagas famosa como ilustradora y los editores se peguen por contratarte -bromeó Ramón.



A Verónica le apeteció hacer el trabajo. Era algo distinto a lo que había estado haciendo. Nunca había trabajado para una obra editorial y le pareció interesante. Podría sentar un precedente para futuros trabajos. Hacía mucho tiempo que no hacía nada a plumilla fuera de textos conmemorativos y escudos heráldicos; la gente no le encargaba trabajos artísticos a plumilla ni ilustraciones más propias de editoriales y ella no había tenido contacto con editores.

Ramón le proporcionó una copia del texto de algunos de los relatos para inspirar su trabajo. Ella haría algunas pruebas que presentaría antes de arrancar con el proyecto. Después le proporcionarían el resto del material.
Cuando Ramón le presentó las pruebas a mosén Genís, éste quedó altamente impresionado. Tanto, que insistió en reunirse lo antes posible con Verónica para felicitarla y meterse ya en materia. A Verónica le alegró saber que sus pruebas habían sido aceptadas y que podía continuar, para lo cuál Ramón concertó la primera entrevista entre todos los implicados en la obra.

Quizás en esa obra Verónica encontró respuestas también; respuestas que, al no ser buscadas y aparecer, las recibió como un regalo y las aceptó mejor. Allí habían planteamientos que ella había estado viendo de otra forma y habían puntos de vista y reflexiones que le hacían comprender y ver otras alternativas. A medida que fue leyendo la obra se fue sintiendo más implicada en el trabajo, y ese período de tiempo le sirvió para, poco a poco, ir levantando la cabeza y mirar hacia adelante. Para ella fue como una tregua, una bocanada de aire fresco a su compungido ser.


Mosén Genís, durante su última reunión con Verónica para hablar sobre los detalles finales del libro, halabó su trabajo comentando lo bien que había quedado en conjunto y lo bien que quedaba el libro.
-¿Ya ha salido?- se sorprendió ésta.
-No, sólo hemos hecho una maqueta- dijo Víctor, el maquetista. -Hace un rato la hemos visto. Tendrías que verla tú también y darnos tu opinión.
-También quisiéramos saber tu opinión sobe la portada. Tenemos algunas dudas -explicó Alfonso, otro de los colaboradores. -¿Por qué no nos acompañas al impresor, que está aquí cerca y así, mientras le pasamos los CD’s para una preimpresión, ves el trabajo? -le preguntó.
Verónica, que estaba ansiosa por ver el resultado final, accedió.

Por el camino Verónica quiso dar su opinión sobre el trabajo que había leído de mosén Genís para inspirarse y que le había parecido tan acertado; y la conversación, en la que intervinieron todos, se fue haciendo muy amena y distendida. Empezaron a barajar posibilidades para el futuro. Habían diferentes proyectos en los que Verónica podría colaborar. Les intresaba conocer sus posibilidades como ilustradora no sólo a plumilla sino con diferentes técnicas. Mosén Genís quería conocer su obra pictórica. Verónica le dijo que dominaba casi todas las técnicas con las que había trabajado y que le mostraría; e incluso había hecho algo de restauración aunque no se había especializado. Se estaba planteando iniciar cursos sobre restauración pero ya vería. Estaba muy animada barajando las posibilidades de trabajo de futuro cuando algo apareció en su campo de visión. Algo que la entristeció sumamente y apagó el entusiasmo en su voz. Su padre estaba en la calle mendigando y tenían que pasar por delante de él. Verónica no podía cambiar de acera bruscamente. Le dolía tener que mirar a otro lado y fingir que no conocía a ese hombre. Por otro lado no podía detenerse a hablar con él y que éste la pusiera en evidencia delante de aquellas personas que nada sabían. Cuando casi estuvo a su altura, Enrique la vio. Verónica no tuvo valor de apartar la mirada y negar a su padre. Enrique la miró sorprendido, con los ojos abiertos preguntándose a donde iba con todos aquellos tipos raros y locuaces. Fredy se alegró mucho y moviendo su rabo se acercó a ella. Verónica lo acarició de refilón. Mientras lo hizo, mossén Genís le echó una moneda a Enrique mecánicamente. Verónica se sintió muy violenta y caminó rápido. Afortunadamente, la gente que le acompañaba apenas reparó en la fugáz caricia que Verónica dedicó al que aún era su perro y quizás lo vieran como un gesto de humanidad rematado por el mossén. Fredy la vio alejarse. Su rabo dejó de moverse. No se había quedado con él; Fredy no lo entendió muy bien. Regresó cabizbajo junto con su amo. Enrique permaneció mudo por la inesperada sorpresa  y tan sólo pudo seguir con la mirada a su aturdida hija mientras se alejaba. Verónica no pudo resistir mirar atrás para ver si su padre aún la miraba y sintió un dolor muy hondo. Aquel hombre y aquel perro formaban parte de su vida y sintió que dejaba algo muy suyo tirado en la calle.


***

Era ya la noche cuando Verónica llamaba a la puerta de la que había sido su casa.

Después de ver al impresor, estuvo dando vueltas por ahí. No regresó a casa directamente y se debatió entre si hacerlo o volver al lugar donde encontrara a su padre para ver si aún continuaba. No lo encontró y después de algunas vacilaciones se montó en un autobús.

Cuando su padre abrió y vio que era ella no se lo pudo creer.
-¿Has vuelto a casa?- preguntó apenas sin voz pero sí con gran esperanza.

-He venido a saber de tí. Si no lo hacía ahora no lo haría nunca. No sabía ni si te encontraría -le contestó su hija.

Pareció que Enrique fuera a decir algo pero el hombre agachó la cabeza dando la impresión de que lloraba. Su voz entrecortada así lo confirmó.
-Pensaba que te había perdido para siempre.
-Pese a todo sigues siendo mi padre.

Aquello emocionó más a Enrique. Fredy, que desde dentro reconoció la voz de Verónica, salió a recibirla por entre las inestables piernas de Enrique. Fredy estaba muy contento. Verónica no los había abandonado después de todo.

Padre e hija se abrazaron aún en la puerta.

-No llores más, papá- le dijo entrando en la casa.
-Gracias por haber venido. Ya ves, aquí estamos los dos solitos....sin ti....echándote en falta en cada rincón. ¡Es insoportable! ¡Ya perdí a tu madre! ¿por qué he de perderte a ti también?
-Papá, las cosas son como son. Tú has tenido tu oportunidad,  pero no has puesto nada de tu parte. Ni siquiera has podido coger una escoba estos días y ponerte  a barrer ¡es que no puedes ser tan abandonado!  Piensas que llorando se arreglará todo pero las cosas se arreglan poniéndose a arreglarlas.

Enrique casi se echó a los pies de su hija y Fredy se asustó al ver tanto drama y tanto revuelo sin estar muy seguro de si correr a meterse debajo de una cama o  esperar acontecimientos.
-¡Tienes que volver con nosotros! ¡sin ti voy a morirme! Si vuelves voy a trabajar de firme para rehabilitarme- le suplicó y le prometió Enrique a su hija.
-Pues hagamos una cosa-  le propuso su hija. - Primero dame muestras de tu voluntad de rehabilitarte y luego decidiré si vuelvo. Es más: como ahora tengo unos ingresos fijos, aparte de mis dibujos, he decidido buscar una casa para nosotros y sacarte de esta pocilga.
- Llevame contigo lejos; a la luz, a la vida. Ahora, más que nunca, necesito tu ayuda. Sí, sácame de aquí; de este ambiente, de esta tumba donde muero lentamente.

Y Verónica lo sacó. De momento al bar a cenar y luego más adelante ya vería. Estaban en el bar Manolo, donde solía acercarse su padre a beber y en donde más de una vez le habían retirado el crédito. No sabía Verónica como estaban las cuentas ahora pero sí sabía que lo que allí consumiensen lo pagarían.
Eran las 10 de la noche y en el mugriento bar cenaban bocadillos de tortilla. Fredy, debajo de la mesa, comía la casquería que había sobrado del día.

Enrique, más sobrepuesto, comía con avidéz mientras hablaba:
-Quienes eran esos con los que te vi?
-Son....bueno; estamos preparando un libro. Uno de ellos era el autor. Ibamos a ver al impresor. Yo me he encargado de las ilustraciones- le explicó su hija.
-Ah,...vas prosperando ¿y te han pagado bien?
-Sí.
-Te harás famosa....
-¡Quién sabe!
-...Y ya no te acordarás de mí...
-¿No estoy ahora contigo? ¿Por qué me he de olvidar de tí?
-Si eres famosa no querrás que nadie sepa que tienes un padre alcohólico.
-Ya estarás rehabilitado y si aún no lo estás haré todo  lo posible por que lo estés. Si eres un buen padre, te esforzarás. Tendré dinero y podré pagar los mejores especialistas y los mejores centros.
-...¿Estás bien...ahí..donde estás?...- preguntó Enrique con cierta vacilación.
-Sí; estoy muy bien- contestó su hija.
-Esa sí que és una verdadera familia..¿verdad?-adivinó con amargura.
-Ahora que pienso....he de avisar que estoy contigo- recordó Verónica y poniéndose en pie le preguntó a Manolo, el propietario, si tenían un teléfono. Este le indicó donde estaba y Verónica marcó.
-Conchita...Conchita soy Verónica......estoy......Sí, estoy bien pero estoy.............estoy con mi padre -dijo finalmente.
Conchita tardó en reaccionar, no obstante preguntó con un sonoro "¡¿Cómo?! ¿Con tu padre?" para asegurarse de que era cierto lo que acababa de oir.
-Sí.........No- continuó Verónica,- volveré;...........en autobús; ...............no; no le molestes;.............que no le molestes, mujer; bastante trabajo tiene Ramón........¿pero cómo le vas a hacer venir a estas horas?.......Si ya sé que vuestra furgoneta está en el taller.....¡Bueno, cabezona! Estoy en un bar que hace esquina con la carretera de la Vileta y la Cuesta de Zaragoza. El bar se llama "Manolo".


Eran las once menos cuarto cuando Ramón, quien venía a buscarla, llegó. Verónica lo vio a través de los mugrientos cristales del bar.
-Debe ser Ramón -le anunció a su padre.
-¡Ya veo que te cuidan con chofer particular y todo!- dijo su padre con resentimiento. -Yo no quiero hablar con él- avisó.

Verónica le salió al encuentro.
 -Desde luego, ¡como se preocupa tu hermana! Seguramente que estabas haciendo algo y te ha hecho dejarlo todo para  venir a buscarme. ¡Si yo ya estoy acostumbrada a andar por ahí denoche!
-No ha sido ninguna molestia; lo hago con mucho gusto- dijo Ramón, quien advirtió a Enrique en la mesa y le hizo un tímido gesto con la mano a modo de saludo. Enrique hizo un amago de algo que no podría precisarse y que Ramón quiso interpretar como contestación al saludo.
-Espérame en el coche; ahora vengo- le pidió Verónica a Ramón el cuál asintió.
Verónica se reunió con su padre.
-Bueno, papá. Me tengo que ir. Volveré a verte y adecentaré un poco la casa.
Seguramente que en estos meses que he estado fuera ni te has alimentado como Dios manda. Te traeré cosas que necesites.
-Te necesito a ti- le contestó él resentido.
-Siempre estaré a tu lado. Aunque no quieras creerlo, estas personas se han portado muy bien conmigo y lo harán contigo si tú te dejas. Necesitas mucho apoyo pero has de querer recibirlo. Papá, las cosas saldrán bien.

Dicho esto besó la mejilla de su padre y se dirigió a la barra a pagar lo que debían. Fredy salió de debajo de la mesa, tras ella. Verónica dejó una buena propina a Manolo, quien se lo agradeció; acarició la cabecita del can, a modo de despedida y se reunió con Ramón.

Enrique lo observó, a través del ventanal sintiéndose mal por no ser él quien le ofreciese esa protección a su hija. Observó el coche del que había triunfado; del que había salido aprobado con un excelente en la pista de baile de la vida donde él no tenía forma de dar un paso entero.

Enrique los vio partir. En el fondo no podía saber si se alegraba de que alguien velara por su hija y tuviera lo que se mereciese o si prefería que continuase con el desamparo que sólo su padre podía ofrecerle.

-¡Mírala!- le dijo a Fredy con pesar,-Se va como una reina. Jamás la habría podido yo llevar en  coche. Me la quitan, Fredy; me la quitan.¡Y encima va a publicar un libro! Allá afuera va a tener todo lo que yo no he podido darle.  ¡Menos mal que te tengo a ti! Ni toda esa gente junta hacen un Fredy entero!¡Menos mal que te tengo a ti y a la copa de coñac! Si vas a mirar....sois los que siempre respondéis.
Pero la copa de coñac no estaba en su mesa.
-¡Manolo, ponme una copa de coñac!-pidió al camarero.


En el coche Ramón y Verónica permanecieron en silencio largo rato. Verónica se sentía extraña junto a él a esas horas de la noche. Lo había visto siempre rodeado de gente, de luz, en lugares espaciosos. Ahora ambos estaban en un habitáculo reducido, solos y a oscuras. Verónica sintió la proximidad de cuerpo, su respiración.... Sin mirar, percibió sus manos firmes sobre el volante, sus muslos moviéndose con suavidad cada vez que pisaba  los pedales. Parecía que el silencio evidenciaba los pensamientos de ambos, acaso turbados, por lo que Verónica decidió romperlo para ocupar sus mentes con otros asuntos.

-Os preguntaréis por qué he decidido visitar a mi padre...-tomó la iniciativa.
-Sí, me lo he preguntado pero me he respondido que por eso; porque es tu padre.
El silencio volvió a reinar por unos instantes.
-Pienso...-empezó él algo dubitativo, -pienso....-pero no acabó.
-¿Qué piensas?- preguntó ella con curiosidad.
-No, nada- desestimó él.
-Venga, dímelo- insistió ella,  empujándole suavemente el brazo como si se tratara de un juego. Como Ramón retirase el brazo repitiendo divertido que no se lo decía, Verónica le agarró por la mano cuando esta se dirigía al cambio de marchas. Su sorpresa fue que esa mano en cambio agarró la suya con fuerza; con una fuerza desconocida, como si hubiese deseado hacerlo desde hacía tiempo. No obstante, Verónica no quiso dar muestras de asustarse como una chiquilla y permitió que Ramón mantuviese su mano sujeta mientras decía divertido:
-No era importante lo que pensaba; por eso no he continuado. De hecho, ya no me acuerdo de lo era.
-No te creo- replicó Verónica intentando liberarse discretamente de esa mano que no la soltaba.
-Bueno....sí que era importante....al menos, para ti- continuó soltando la mano suavemente.
-¿Ves como si te acordabas?
-Pensé, que debería hacer algo con tu padre-, Veróncia dejó de sonreír como si aquello ya no fuera más un juego.
-¿Mi padre?
-Sí, sé que te hace desgraciada y que le quieres. Pienso que tendría que pensar seriamente el modo de ayudarle. Con ello serías muy feliz y yo quiero que seas feliz.
-Me alegro de que te preocupes tanto por mi.
Ramón sonrió y ya no dijo nada más hasta al cabo de un rato.
-¿Sabes? He hablado con mosén Genís.
-Ah...
 -Está buscando algún local adecuado donde hacer la presentación del libro y he pensado que mi hotel sería el lugar indicado para acoger a los invitados.
-Me parece muy bien.
-También convocaremos a la prensa. A la vez que damos publicidad a la obra, tampoco le vendrá mal a mi hotel que se le mencione.
-No pierdes el tiempo.
-Soy un hombre de negocios.
Ramón hizo una pausa tras la cuál continuó:
-Quiero que estés muy guapa pues te harán fotos.
- ¿Fotos?¿Qué fotos?
-Pues las fotos del acto. Los periodistas harán fotos....normalmente las hacen...
-Pero no a mi. Yo no soy la autora ni el alma del proyecto.
-No digas tonterías. Has intervenido en el mismo. Tendrás que aguantar mecha junto con Genís.
-¡Oh, no! ¡qué vergüenza!
-¿Cómo que qué vergüenza?- dijo él dándole una cariñosa sacudida sobre la mano sin retirarla luego de la suya. -Yo estaría muy orgulloso de haber trabajado en una obra de gran interés social como lo es esta; además tendrá bastante repercusión por tratarse de una persona muy conocida y también se le hará una buena promoción que és lo más importante. El 60% del presupuesto va a promoción. Sin promoción no hay ventas.
-Lo que no sepa la iglesia...No tengo ropa que ponerme- dejó escapar Verónica sus pensamientos en voz alta.
Ramón soltó una carcajada.
-¡No te rías!- le recriminó Verónica. -¿Y qué hago con mi pelo?
-Hay unos sitios que se llaman peluquerías. No sé si habrás oído hablar de ellas.
-¡Tonto!
-....aunque con lo guapa que eres no necesitarás grandes transformaciones -concluyó.
Veróncia sonrió vergonzosa.
-¿Guapa yo? ¿estás de guasa?- repitió divertida.
-Sí, lo eres; lo que pasa es que no te has dado cuenta- dijo él muy serio.
-¿Y tú sí?- preguntó ella riendo.
-Estoy acostumbrado a tratar con mucha gente y sé ver esas cosas enseguida. Hay gente que intenta realzar lo que no tiene a través de sofisticados medios y cuando no hay, por mucho que se intente, no hay. Cuando no hay clase, elegancia, saber estar, ninguna ropa de ningún modisto famoso ni ningún calzado ni peinado te lo da aunque te aproxime. Tú tienes eso que a muchos les falta y lo tienes innato. Lo que pasa es que no lo has descubierto; no has podido; nunca te has podido dedicar a ti misma.

Verónica escuchó asombradísima. Sus palabras la halagaron. Una vez Mauro también le habló de algo parecido; también le vio ese encanto del que Ramón hablaba. Debía tenerlo y quizás ya iba siendo hora de que Veróncia empezara a creer más en ella misma y en el mundo que podía conquistar.

La noche estaba muy bonita. A medida que se iban adentrando en Palma más y más luces aparecían como saludándolos  y dándoles la bienvenida con su cálido palpitar de una ciudad viva. De la oscuridad emergían terrazas de cafeterías, escenarios de ocio llenos de colorido y movimiento  poniéndose todo en marcha y llenando la atmósfera de alegres compases y risas. Todo parecía despertar en medio de la noche. Hasta las lucecitas que engalanaban las embarcaciones a lo largo de la bahía, parecían danzar mecidas por el suave vaivén del mar.
-La noche está preciosa-  se admiró Ramón.
-Sí, la gente sabe divertirse; míralos.
-La noche invita. Parece estar llena de magia. Nunca has salido denoche, ¿verdad?-le preguntó.
-¿Y a dónde iba a ir?
-Esta noche será tu primera noche.
-¿Qué quieres decir?
-Esta noche vamos a salir y a disfrutarla.
-No sé si debo....¿Y Conchita?
-La avisaremos. Pero no te asustes; no te llevaré a ningún lugar extraño. Nunca has estado en mi hotel, ¿verdad?, me refiero divirtiéndote.
-Siempre que he ido me lo he pasado bien...-dijo ella con cierto compromiso.
-Ya sabes a lo que me refiero. Esta noche serás tú la protagonista. Te invito a que lo conozcas y lo disfrutes e incluso te invito a que decidas en cuál de los salones haremos la presentación del libro.

Ramón aparcó en el jardín de su hotel. Verónica descendió del coche algo cohibida. Para entrar, tenían que pasar por la terraza del restaurante situada en el jardín y repleta de gente.  Algunos conocidos, que en ella cenaban, saludaron a Ramón mientras miraron indiscretamente a Verónica.

-¡Enseguida me reúno con vosotros!- les prometió Ramón mientras subía apresurado los escalones que conducían al hall. Verónica pudo notar sus miradas cuando Ramón tomó su mano para ayudarla.

Ramón cruzó el hall decidido hasta donde arrancaban las escaleras a las plantas. De camino a las ellas saludó al recepcionista, al encargado de seguridad, a personal que entraba y salía....Verónica se sintió algo incómoda consigo misma por encontrarse en aquel lugar a esas horas y sólo para divertirse. Le parecía que por tratarse de un acto frívolo era por ello más reprobable.
-Ahora te enseñaré los salones para que decidas cuál ves más apropiado para el acto -le comunicó Ramón mientras descendían al sótano.
Al llegar al piso de abajo, caminaron por un ancho corredor a donde daban varias puertas de grandes dimensiones.

-Aquí se hallan los salones de batalla y les llamamos de batalla porque se destinan a trabajo y cosas como conferencias,  ponencias, seminarios, ruedas de prensa, presentación de candidaturas,  reuniones de empresa, sindicato- patronal, y no te creas, que más de una vez se ha desatado una verdadera batalla campal. Son salas diáfanas de decoración aústera y práctica. Sus vistas no son muy bonitas por lo que las cortinas no se descorren.También son los más resguardados. En verano son más  frescos y en invierno más templados.  En el lado opuesto hay otro de iguales caracterísiticas. Tambien hay dos discotecas de ambientes distintos.  Pero claro, no vamos a hacer la presentación en una discoteca - le explicó Ramón.
-Claro.
A una de aquellas puertas se dirigió Ramón. Abrió una de las dos hojas de las que se componía, y tras ella apareció un gran salón. Al enceder las luces este pareció recobrar dimensiones. Hizo lo mismo con el salón opuesto tras lo cuál sugirió subir a la primera planta donde se hallaban los otros salones.

Tomaron el ascensor hasta la primera planta donde se encontraban los salones de convenciones. En aquella planta habían tres de estilos y estructura diferente, además del despacho de Ramón contíguo al pequeño apartamento donde vivía. Allí, en los salones, poseía Ramón parte de su colección de cuadros que los invitados podían admirar. Los presentes cuadros pertenecían a autores desconocidos en cuya obra ya se reconocía la maestría. Ramón sabía que con el tiempo se cotizarían pero de momento,  podía exponerlos sin temor. Ramón era muy persuasivo con el arte y lentamente iba reuniendo importantes  colecciones de  pinturas que hallaba en casas de empeño, en desalojos, en subastas de embargos, incluso en subastas de decomiso policial, en mercadillos o incluso visitando pueblos donde  las nuevas generaciones se deshacían fácilmente de las reliquias heredadas o adquiridas en la transacción. Ramón viajaba también fuera del archipiélago buscando siempre aquella obra de arte arrinconada en un sótano, olvidada, pasada por alto y despreciada por ignorancia. Ramón sabía, como lo sabía Verónica, que el arte tenía valor por si mismo. Ese valor era constante; se cotizase o no; lo conociera la gente o no. Y el buen versado que lo reconocía lo apreciaba y sobre todo lo disfrutaba. Luego viene el valor añadido que se le da a partir de que alguien reúne y cataloga la obra de un autor y la difunde para conocimiento del mundo. Ramón disfrutaba lo que adquiría sabiendo que en el futuro poseería una de las grandes colecciones formada en gran parte por pintores desconocidos o poco estudiados. Un día saltaría la chispa, en todo el mundo empezaría a hablarse de esa obra y por consiguiente a cotizarse y a codiciarse. Quizás gracias a él se divulgase. De momento ya lo hacía pues por sus salones pasaba todo el mundo.

Verónica admiró los tres salones los cuales vio más adecuados para la presentación del libro. Eran más confortables y acogedores. Indiscutiblemente escogería un salón de arriba aunque no pudo determinar cuál.
-Tú sabrás mejor que yo cuál irá mejor para la ocasión- acabó declinando al fín la decisión en Ramón quien, como si se lo esperase, sonrió taimado. - Tienes más experiencia. Además no sé cuantos invitados habrán...
-Yo creo que el salón Luna será el más adecuado.
-¿Salón Luna?
-Sí, todos los salones que has visto tienen nombre.
-¿Y cuál de ellos es el salón Luna?
Ramón la condujo hasta el mismo. Empujó de nuevo sus puertas y aunque Verónica ya lo había visto, le pareció como si lo viese por primera vez.
-Los salones de esta planta son: Mercurio, Venus y Luna. Nombres simples, cortos y con encanto. Este se llama Luna porque....porque desde aquí se ve mucho mejor la luna que desde los otros salones.
Dicho esto, que sonó a socorrida ocurrencia, se acercó a Verónica, la tomó suavemente por los hombros para conducirla hacia uno de los balcones y mostrarle su teoría desde allí.
-¿No se ve desde aquí mejor?
-¿El qué?
-¡La luna!
-¿Qué luna? ¿Dónde está la luna?
- Se me olvidó decirte que se ve mejor cuando hay luna, claro.  
Verónica se puso a reír.
-¡No te rías, tonta!
-Supongo que utilizaréis este salón los días de luna llena porque si no......¿No es verdad ángel de amor que desde esta apartada orilla más clara la luna brilla y se respira mejor?
Ramón volvió a reír.
-¿Y qué me dices del salón Saturno?
-¡Mercurio!- rectificó Ramón.-  Desde luego, no le pusimos Mercurio porque desde allí se viese mejor ese planeta. Le pusimos Mercurio  porque generalmente es el salón de los negocios y Mercurio es el planeta que rige los negocios. Allí solemos hacer las comidas y cenas de empresa. Venus, en cambio es el planeta de la belleza, la seducción. Allí se destinan las bodas.
-¿Y por qué nombres de planetas y satélites?
-Porque este es el hotel Constelación, ¿recuerdas?- respondió él como harto evidente.
-Ah, sí; ¿Y por qué éste es el salón Luna? y no me me vengas conque la luna se ve mejor desde aquí. ¿Reunís aquí a todos los lunáticos, acaso?
Ramón rió de nuevo. -No, porque la luna es un satélite con gran influencia sobre la tierra y sobre las personas. Influye sobe las mareas,  las cosechas, la gestación,  el estado de ánimo... tiene relación con la fertilidad  y además el amor;  por algo los recién casados se van de luna de miel.
-Entonces también celebráis banquetes de bodas en este....-dedujo Verónica.
-También...y bautizos.
-Ya entiendo, el libro será el recién nacido que se presentará y festejará- dedujo ella.
-Claro, ya te he dicho que la luna tiene que ver con la fertilidad; también con la literatura y el arte;  la luna evoca a los artistas; les inspira....Además desde este salón llega el aroma del jazmín  y las flores de los setos justo abajo. Por la corriente de aire que aquí se genera, en verano y debido a la orientación,  la estancia en el mismo resulta muy agradable. También me gusta la disposición de las cosas,  la decoración, incluso las balconeras. Los otros salones también tienen balcones pero al estar orientados al Oeste, desde el mediodía hasta el atardecer resultan más calurosos y la luz molesta de tal modo que deben correrse las cortinas. En cambio, en invierno, se agradecen. En fin, todo tiene su pro y su contra.
-Entonces te has decidido por este...¿y Mercurio?- se interesó Verónica por agotar todas las posibilidades.
-Parecerá que el libro es un puro negocio y Genís  no necesita hacer grandes negocios precisamente, ni que sus trabajos lo parezcan.
-En cambio queréis recaudar mucho..se trata de un negocio..
-Se trata de muchas cosas pero el autor suele ser la persona más alejada de la idea pura del negocio. Siempre ha sido así. No creo que Genís pensase precisamente en números cuando escribía su libro. Nadie compone una canción o pinta un cuadro pensando exclusivamente en el negocio. El negocio siempre se les ocurre a los que rodean al artista. Los que ven la forma de dar salida y explotar ese potencial hasta exprimir el torrente de creatividad.
-¿Qué día se hace la presentación?
-Aún no está decicido.
-Era para mirar en el calendario como estaría la luna.
Ramón rió de nuevo.
-Ahora te enseñaré algo que poca gente ha visto- le comunicó. -Antes debo hacer una cosa; ven -recordó.
-¿Otro salón?
-No, mi despacho. He de avisar a mi hermana sino es capaz de llamar a la policía por si nos ha pasado algo con el coche.
-¡Ah, si!
Ramón caminó por el pasillo hasta la puerta de su despacho seguido por Verónica. Buscó la llave en su bolsillo y abrió. Entró el primero y fue encendiendo luces a su paso. Verónica se quedó en la puerta.
-Anda, pasa...-la invitó Ramón.
Verónica entró tímidamente. Ramón llamó y avisó a su hermana de que Verónica llegaría más tarde a casa y que mejor que no la esperasen.
Conchita se quedó pensativa al colgar el auricular. En el comedor de la casa, donde hacía rato que habían acabado de cenar, las preguntas se sucedieron.
-¿Qué ha pasado? ¿por qué no llegan ya?- preguntó Rosa que estaba echando la partida de cartas con su marido y Tomás.
-Se ve que se van a quedar en el hotel con unos amigos.....-dijo Conchita.
Rosa se rió por lo bajo.
-¿Y tú de que te ríes?-le preguntó su marido suspicáz.
-Yo ya sé de qué me río.
-Sí, madre; y yo también- añadió su hija.
-Pues si es una treta para distraerme y ganarme la  mano vas lista porque ya la tienes más que perdida -le avisó su marido.
Este puso las cartas sobre la mesa y se llevó una decepción cuando la mano de su mujer las superaba.
-¿No sabes el dicho ese de que el que ríe el último ríe mejor?
Benjamín refunfuñó hasta que Tomás le vino a aclarar:
-Que no, tonto; que se ríe porque se lo ve venir, lo de Verónica y Ramón....
-¡Otro que me quiere distraer!-insistió Benjamín sin cogerlo. - Oye Conchita,  ¿y por qué no llegarán ya Verónica y Ramón? Anda, llama, a ver que pasa.

Ramón se encaminó entonces hasta su apartamento mientras le explicaba a Verónica:.
-Has visto mi colección de cuadros de pintores mallorquines desconocidos pero no has visto la que guardo sobre pintores ya consagrados. Evidentemente esta no está al alcance de todo el personal que se reúne en los salones de convenciones.  Como ya sabes, esta colección privada la guardo en mi apartamento.
Ella le siguió con cierta desconfianza que él percibió.
-No te creas que es una excusa para meterte en mi apartamento y seducirte. Si quieres puedes entrar a admirar esos cuadros y si no quieres damos media vuelta y bajamos a reunirnos con mis amigos.

Verónica tardó un poco en decir: -No;  ...me interesa ver tus cuadros.

Ramón abrió la puerta de su apartamento. Encendió la luz del recibidor y cuando Verónica entró Ramón cerró la puerta tras ella. No quiso decirle nada, para ver si ella reconocía los cuadros y a través de ellos a sus autores. Lo primero que Verónica detectó en el recibidor fue un pequeño cuadro cuyo estilo llamó su atención. Se aproximó comentando:
-Por las manchas de color tan intenso y espontáneo y las tonalidades rojizas, yo diría que parece a un Mir.
-Es un Mir- confirmó Ramón.
En él aparecía un vendedor de naranjas vestido como lo hacían los habitantes de la Albufera.
-Pero no recuerdo haber visto este cuadro; bueno, tampoco los conozco todos. Conozco un “Vendedor de naranjas” de Mir pero ese, si mal no recuerdo, estaba en el museo Buxeres de Barcelona.
-Estás muy bien informada. Este es otro vendedor de naranjas; el no oficial. La verdad es que no sé cuál es su título ni creo que esté catalogado- le confesó Ramón.
-¿Lo has comentado a los propietarios de la colección por si podíais averiguarlo?
-No.
-¿Y de dónde lo sacaste?
-Lo he visto toda la vida. Mi abuelo ya lo poseía. Mi abuelo era de Vilanova i la Geltrú. Sé que allí se estableció el pintor cuando se casó y mi abuelo solía hablar de que conocía a un pintor que le regaló un cuadro en pago a un banquete que le arregló. Mi abuelo tenía una fonda.
-Caramaba, qué interesante.
Verónica continuó observando, caminando ya con toda libertad por el apartamento.
-¿Coll Bardolet?- preguntó al ver un cuadro en el saloncito.
Ramón asintió.
-Conozco la Granja de Esporles pero no este cuadro- observó Verónica.
-Pero has reconocido su estilo. Este cuadro también pertenece a los que dedicó a la Serra de Tramuntana Mallorquina. Además de escultor fue un gran paisajista. Me gusta mucho sus contrastes intensos y sus colores encendidos. La Granja de Esporles es muy bonito.
-Antoni Gelabert...- continuó enumenrando Verónica. -Anglada..Moreno Gimeno...- continuó al observar un gran lienzo donde aparecía un paisaje de un jardín con unas enormes hortensias rosas en primer término -..un bodegón de Nonell, - continuó al mirar más allá -¿me equivoco?
-Nonell- asintió Ramón.
-No todos son mallorquines.
-No creas que sólo colecciono pintores mallorquines; también estoy interesado en Rusiñol, Casas, Mir, Nonell, Llimona, Meifrén, Canals, Sorolla....todos ellos estuvieron vinculados con Mallorca y en general con el mediterráneo. En él  y en su luz inspiraron parte de su obra. Casi todos tienen un estilo muy común: el modernismo y el impresionismo.
-A mí me gusta mucho el modernismo y en general la pintura catalana moderna.
-Estoy buscando algo de Joan Bauzá y Mateo Gallard pero pienso que será más difícil conseguir un retablo por ser estos mucho más antíguos. Quisiera poseer una colección bastante extensa de pintores mallorquines.
-Parece mentira que Mallorca de tantos artistas.
-No es de extrañar; con los paisajes, el clima que nos envuelve y el ritmo conque late la isla.....

Verónica guardó silencio. Recordó aquel paisajista desconocido cuya obra halló en el caserón abandonado. Rafael Armengol. Quizás Ramón supiera algo de él.
-¿Has oído hablar alguna vez de ....Rafael Armengol?- sondeó.
Ramón pensó.
-¿Rafael Armengol?...-buscó en su mente. -Pues no...¿es un pintor?...Espera....si mal no recuerdo.....ese era el joven protegido de una cantante de ópera mallorquina. Ambos se fueron a Italia donde tuvieron un fin trágico; sí, eso és. Pero ¿Cómo lo conoces tú, si eres una chiquilla?
-¿Qué se sabe de su obra?
-No sé si llegó a completar algo. La relación de ambos fue muy tormentosa. La mala suerte se cruzó en el camino de la diva en forma de Rafael Armengol. Él acabó con su carrera cuando ella pretendía apoyarlo en la suya. Fue una historia trágica.
-¿Y si realmente él hubiese reunido una obra?
-¿Ese? si  remotamente la hay, no se sabe dónde está; pero dudo que ese vividor hiciese algo de provecho. Pero ¿por qué me lo preguntas? Tú no has podido oír hablar de él cuando nunca llegó a consagrarse y cuando su relación con Dalila Anglada ocurrió hace ya muchos años; puede que no hubieses ni nacido.
-Simple curiosidad- respondió encogiéndose de hombros y pensando para sí que ella era la única que conocía su obra completa, o parte de la misma y que esta permanecía bien oculta en una casa abandonada. El día que lo descubrieran....Quizás Mauro tuviera razón al decirle que esos cuadros eran como un billete de lotería. No tenían dueño. Alguien los descubriría y los sacaría a la luz beneficiándose.
-¿Rafael Armengol tenía familia?
-No tengo ni idea. No creo que le diera tiempo a formar ninguna. Se sabe como acabó pero no se sabe de dónde surgió ni nada más de él.
-Si realmente hubiese una obra y esta se conservase en algún sitio, ¿a quién pertenecería?
-Tú sabes algo de Rafael Armengol...-sospechó Ramón.
-No, no sé nada; es curiosidad.
-Pues...si hubiese una obra pertenecería a sus propietarios; quienes la adquiriesen en su día.
-Si sus trabajos los hubiese realizado bajo la protección de Dalila Anglada, ¿le pertenecerían a ella y en su defecto a alguno de sus herederos?- barajó Verónica.
Ramón sonrió por la obstinación de Verónica.
-De haberlos tenido sí, pero Dalila no tuvo descendencia y ese parásito de Rafael no llegó a exponer nunca. No creo que hayas visto nada de él.
-Habré visto algo en alguna revista....-disimuló Verónica.
-Lo dudo. No hay nada publicado de él. La prensa de la época quizás sí hiciera alguna mención del pintor y de alguno de sus cuadros pero más bien como acompañante de turno de la diva; pero en todo caso, aunque lo presentaran como pintor, éste se hallaba en los albores de su carrera y dudo que tuviera tiempo a reunir nada. ¡Me sorprende que hayas oído hablar de él!
-Bueno...la verdad es que su nombre me sonaba...aunque no recuerdo donde lo escuché.
-¡No me extraña! pues veo que estás muy informada de todo; no se te escapa una. En fin.....Bueno, ahora que ya has contemplado mi museo particular ya podemos bajar a reunirnos con mis amigos. Se estarán preguntando qué hacemos tanto tiempo dentro ...-bromeó maliciosamente. Verónica sonrió mientras ambos se dirigieron a la salida.
-La verdad...es que me da un poco de no se qué estar con tus amigos; quiero decir, que como no los conozco....
-Pues para eso te los voy a presentar; para que los conozcas y no sean más unos extraños. Aunque, si lo prefieres, podemos ir por nuestra cuenta.
-No, ya está bien así- prefirió Verónica.
Ramón caminó decidido hacia la puerta mientras decía:
-Te los presentaré y ya está; no tienes porque pasar la noche con ellos sonriendo y mostrándote amable aunque estoy seguro de que te conquistarán; serás tú quien no querrá dejarlos. La verdad...no sé si presentártelos....puede que no sea una buena idea.
-¡Va! preséntamelos! - cedió ella divertida al ver la táctica de Ramón. Este cerró la puerta de su apartamento. Un camarero que había atendido la petición de una habitación se sorprendió un poco al ver a Ramón salir de su apartamento con una jovencita. Esta se sintió algo incomodada pero Ramón no le dio importancia y saludó jovial a su empleado el cuál pudo oir parte de la conversación y quizás disipar alguna duda.
-Bueno, Verónica, aunque te parezca que tengo una extensa e interesante colección de arte, esta está incompleta al faltarme la obra más importante de mi vida.
-¿Cuál és, además de Bauzá y Gallard?- preguntó ella inocentemente.
-La tuya.
Verónica no supo como tomárselo.
-¿Bromeas?
En lugar de utilizar el ascensor, sin darse cuenta y conversando, bajaron las escaleras.
-No; hablo en serio; soy un hombre serio. Tienes un gran potencial y no son cuentos de un hombre maduro hacia una jovencita para seducirla. Sé donde hay un artista y tu incipiente trabajo lo anuncia.
-Harás que me ponga colorada.
-Ponte como quieras; es la verdad. Sé que un día, quizás muy cercano, quizás muy lejano, tu trabajo será reconocido y cotizado y yo habré contribuído a ello. En serio Verónica....yo no me equivoco cuando le echo el ojo a un artista.
-Pues sería la primera mujer! Los laureles siempre se los han llevado los hombres..
-No creas hay grandes artistas pictóricas femeninas..
-¿Y por qué nadie las conoce?...enumérame alguna..
 Mientras descendían continuaron enfrascados en su conversación.

Abajo, en la terraza del restaurante, se estaba divinamente. Los amigos de Ramón acababan de cenar y el camarero se llevaba los restos de la paella para traer los postres.  Ramón cogió a sus amigos en el trance de reír a mandíbula batiente y no lo advirtieron. Verónica se sintió un poco cohibida por tener que irrumpir en la estruendosa reunión. Ramón se aseguró dos sillas  que acercó a la apretujada mesa .
Ramón cedió la primera silla a Verónica la cuál quedó sentada al lado de Jaime quien, al volverse y quedar de cara a Verónica, se extrañó por no conocerla. Seguidamente vio a Ramón y comprendió. Todos entonces, parecieron verlo a la vez y a la vez reaccionar.
Jaime Aguiló era un tipo muy expresivo y jovial, de complexión fuerte, de ojos y cabello claro. Poseía una sala de fiestas en la Plaza Gomila en la que muchas veces se reunía Ramón y sus amigos. También poseía varios trotones que competían en las carreras. Él mismo había conducido los trotones en su juventud pero el exceso de peso le hizo retirarse de las carreras para dedicarse a ellas como empresario. Le acompañaba su mujer Genoveva Beltrán. Delgada, enjuta y de piel morena. Su expresión era triste acentuado por el color negro de su cabello. En cambio reía con gran facilidad haciéndole a uno sentirse entre amigos.
Victor Alomar era otro empresario que les acompañaba. Regentaba un restaurante en el Club Naútico y participaba en las regatas que se celebraban anualmente. No era muy corpulento y su aspecto era el de una persona hiperactiva. Cati Ginard Drolsum, su mujer, había sido azafata  y ahora poseía una tienda de marroquinería y bisutería en la Plaza Mayor que atendía junto con su hermana. Cati era algo más alta que su marido, su aspecto era el de una nórdica y no era de extrañar pues su madre era noruega.

-¡Pero preséntanos a tu chica!- le pidió Jaime, a cuyo lado Ramón había sentado a Verónica.
-No es mi chica, es una amiga de  la familia- explicó Ramón.
-Si, sí...-repitió Victor con rentintín, -¡una amiga!
-Es muy jóven ¿no?- observó Cati.
-¡Ay! ¡Que estás hecho un viejo verde!- le echó en cara Jaime mientras reía de nuevo.
-¡Oye, que no soy tan viejo!- se defendió Ramón- Que tengo seis meses menos que tú; y además, ¿por qué no puedo estar entre gente jóven?
-¡¿Pues no nos tienes a nosotros?!- le echó en cara Victor.

Todos rieron ya que sus edades oscilaban entre los 40 y casi 50. En el fondo, aunque bromeasen, todos se preguntaban qué edad podía tener Verónica y que hacía allí, entre aquellos que se la doblaban. No podía ser una última conquista de Ramón ya que este no era un don Juan y pocas veces le habían visto en compañia de alguna mujer. Cuando esto ocurría no solía durar mucho tiempo. Parecía ser que Ramón no era muy afortunado en el amor; puede que no hubiese encontrado aquello que buscaba. El hecho de que un señor tan formal como él se hiciera acompañar por una chica tan joven, tuvo a sus amigos intrigados durante toda la noche.


***



A Verónica le costó conciliar el sueño cuando finalmente se acostó. Relajada pensaba en la velada transcurrida. Aún resonaba en su cabeza la música de la noche, el tintineo de las copas, las botellas de cava descorcharse, la gente reír, aún retenía el aroma de las flores de los arbustos, aún le parecía ver los farolillos de colores balancearse bajo las ramas de los que pendían y aún le parecía sentir la suave brisa marina acariciar su rostro a ráfagas para refrescar sus mejillas acaloradas y confortarla en la cálida noche. Recordaba la diversidad de lenguas que había oído esporádicamente a su alrededor y como, los amigos de Ramón, comentaron algo  respecto a los idiomas y más concretamente al alemán.

-Treppe, sí; escalera en alemán se dice Treppe- explicó Jaime.
-¿Treppe? -repitió Victor divertido.
-Sí, Treppe; trepe Ud. ¿ves como son prácticos? ¿Para qué decir algo tan complicado como "escalera"? ¿qué és escalera? cuando oyes la palabra Treppe ya sabes lo que te están indicando, que trepes por ella pues para eso está. Además, tenemos muchas palabas en común- continuó Jaime.
-¿No me digas? yo pensaba que el alemán no tenía nada en común con el español- se sorprendió Genoveva.
-Sí, fíjate: te voy a decir una serie de cosas en alemán y tú me dirás si no suena igual que en español, además de significar lo mismo.
-Hombre, con tu acento cualquier cosa puede sonar español- dijo Ramón.
-No, en serio, escuchad los ejemplos: por ejemplo...”elegante”.
-¿Elefante?- preguntó Victor.
-¡No, animal! elegante. ¿en qué idioma lo he dicho?
-En español- contestó Victor.
-Pues no; bueno sí; lo he dicho en español y en alemán también. Es la misma palabra para la misma descripción. Por ejemplo, “auto” se dice igual; “ideal”, también; “infantil”, “anís”, “algebra”, “pedal”, “humor”, “irreal”, “propaganda”, “elegante”...
-Elegante ya lo has dicho- le recordó Genoveva.
-¿Y aguante?- preguntó Ramón-¿cómo se dice? ya verás, ya;....- se compinchó con los demás suponiendo que ahí lo pillaría.
Jaime pensó un poco y al final dió con la palabra -!Ausdauer!
-¡Pues no; es Handschuh!- dijo Ramón Victorioso.
-¡Eso es guante!- le rectificó Jaime prevaleciendo sus conocimientos sobre los de Ramón.

Todos rieron por las absurdas y ridículas situaciones y ocurrencias que se dieron durante la noche y que Verónica evocaba complacida. E incluso, antes de acostarse, consultó el diccionario de alemán de Julia para comprobar que escalera realmente se dijera como había dicho Jaime.

Echada en la cama, fue tomando conciencia de que había estado con una compañia con la que jamás antes habría podido soñar y era consciente que por primera vez ella había estado “al otro lado de los sitios” viendo a la gente pasar y mirar dentro. Siempre había sido ella quien al pasar, delante de los lugares de ocio y recreo, miraba al interior queriendo robar una imagen, una sensación, un pedazo de esa atmósfera para llevársela consigo y recreársela una y otra vez. Ahora se habían invertido los papeles y la gente que pasaba volvía su cabeza atraída por las risas y la música seguramente pensando en lo bien que sabían vivir algunos; entre ellos Verónica, por primera vez.
A ese mundo de los que viven bien se había asomado  casi sin querer y ese milagro lo había obrado Ramón, un tipo al fín y al cabo agradable, amable y que parecía haberse propuesto allanarle el difícil sendero del éxito a su joven y artista amiga. De pronto Ramón y sus cuadros aparecieron en su mente como algo muy importante. Recordó cada cuadro que había visto; cuadros auténticos de esos pintores que ella había admirado en las revistas, en los libros. En esos lienzos que Ramón poseía estaban aún sus alientos, el pulso de su corazón a través de las pinceladas, sus días y sus noches ejecutando la obra, sus huellas dactilares.....Era como tener un pedazo de la persona. Ramón los tenía y lo mejor es que también creía en ella y esa fe abría las puertas a todas sus esperanzas.

Por un instante se imaginó qué tal sería su vida con Ramón si hubiese alguna posibilidad de compartirla. Imaginó que no tendría que preocuparse por su substento y que de golpe sería la propietaria de un hotel de cuatro estrellas además de otros comercios que también poseía Ramón. Por medio de él podría consagrar su vida exclusivamente al arte con todos los medios a su alcance. Pero ¿era posible que aquello le pudiese ocurrir a ella? Se sentía como si estuviese borracha y se preguntaba una y otra vez por qué se habría fijado ese hombre en ella, como parecía. Tenía que ser por su don artístico; no podía ser por otra cosa. Fuera de eso, Verónica se consideraba una pobre infeliz sin ningún atractivo a la vista y sin donde caerse muerta. ¿Era ella atractiva? Nunca se lo había querido plantear. Siempre había vestido con mucha sencillez rayando la austeridad, con ropa que resaltaba poco cualquier atractivo natural y su cabello caía descuidado a veces sujeto a su nuca por una goma. Su timidez la hacía distante y a veces seca y con pocos recursos. Aunque se lo sentía, no se mostraba espontánea, ni aguda ni fresca. Siempre había reído con reservas sin saber si debía hacerlo o no. A veces dudaba si molestaba, si caía bien o si debía hacer un comentario u otro. Parecía que no era ella; que lo era sólo cuando pintaba y Ramón, creyendo en ella, le había rescatado esa vida amordazada haciéndole sentirse viva y radiante.
¿Qué habría visto ese hombre en ella? se preguntaba una y otra vez. Ya que no había visto nada físico, ya que físicamente Verónica no se valoraba en nada, el sentimiento de él hacia ella tenía que ser verdadero. Había tenido que mirar muy adentro para ver a la otra Verónica; la que estaba llena de creatividad, de belleza artística. Algo así  había visto también Mauro. ¡Mauro!...Prefirió no enturbiar la nube rosa en la que se hallaba con el recuerdo de Mauro.

Volvió a enfocar sus ojos internos en la fresca imagen de Ramón, ¿No se estaría haciendo ella muchas ilusiones? ¿Quién le decía que Ramón querría algo más de ella? ¿Y si este no quisiera ser más que su mecenas? pero las imágenes de los acercamientos corporales que Ramón había provocado, acudían a ella confirmándole lo contrario. Ramón se sentía atraído por ella; había descubierto su potencial y le había seducido esa niñita a la que deseaba proteger. Había descubierto a la pequeña luchadora contra toda adversidad, encabezada principalmente por su padre; y le seducía ver como ella convertía esa adversidad en algo positivo y productivo. Seria eso, ¿no? ¡Bueno, qué sabía ella! pero fuera lo que fuera ¡era tan bonito lo que sentía! que pensó que ya saldría el sol por donde quisiera.



***





CAPITULO VIII

Julia estaba como loca con la idea de escoger el vestido que llevaría Verónica para la presentación del libro. Parecía que más bien fuese ella quien fuera a estrenar un vestido y no su amiga. Aunque Conchita le había prohibido a su hija que se comprase nada para la ocasión y que utilizase uno de los tantos vestidos que se había comprado recientemente, Julia, con el pretexto de acompañar a Verónica, albergaba otras intenciones. Conocedora de ello su madre, pretendía con poco éxito, que Julia se quedase en casa.

-¡Deja que las niñas vayan juntas, mujer!- intercedió Benjamín en favor de su nieta cuando vio como Conchita se resistía a que su hija acompañara a Verónica.
-He dicho que Julia no va- insistió esta.
-Pero ¿por qué?- se reveló la hija.
-Porque te veo venir, con el cuento de acompañar a Verónica lo que harás será comprarte un vestido para tí y ya te dije que no te comprabas nada más; que tienes un montón de ropa en el armario aún por estrenar; que cuando lo abres se te viene todo encima de tan cargado como está.
-¡Pero mamá! esa es ropa de calle poco adecuada para la presentación de un libro.
-¿Ves como quieres comprarte más ropa? La ropa que tienes es perfecta para cualquier ocasión. Además, tú no tienes nada que ver con ese libro; no has sido invitada oficialmente, el libro es de carácter espiritual, privado y además la presentación es a las cinco de la tarde! Si es que fueras ni si quiera tendrías que ir vestida de gala.
-No, mamá; es a las ocho y la hora requiere otra vestimenta. Además estará la prensa.
-Y te harán fotos sólo a tí, ¿no?
-¡Mamá!
-¡Anda, deja que se divierta la niña!- insistió Benjamín.
-Verónica no conoce las casas buenas, yo puedo ayudarla bastante, puedo orientarla y aconsejarla a la hora de elejir la ropa, las tendencias, los complementos.
-¡Uy, pues si tiene que ir guiada por tí va lista!- ironizó la madre.
-La verdad...-intervino Verónica tímidamente -es que no conozco ningún sitio donde ir. No tengo costumbre...
-¡Claro que no!- reforzó Julia. -¡No se irá al mercadillo a comprarse un vestido!
-Si Julia me acompañase iría mucho más tranquila. Ella entiende más...-confesó Verónica.
-¡Ya lo creo que entiende!- aseguró Conchita con mofa.
-¡Pues claro!- reforzó Benjamín. -Lo más normal es que las chiquillas vayan juntas. Así se entretienen por el camino y van más seguras.
Conchita se miró a su hija recelosa. No se acababa de fiar.
-Si ir, puedes ir;  lo malo es que te compres algo que no necesitas aunque.....si no llevas dinero....dame las tarjetas- le pidió inesperadamente su madre.
-¡Mamá! ¿cómo voy a ir por ahí sin dinero? ¿Y si me pasa algo? ¿y si queremos merendar?
-¡Claro! ¿cómo va a ir sin dinero, mujer?- medió Benjamín.
-¡Con 2.000 pts. ya tiene bastante!- seguró su madre.
-¡Dos mils pesetas!- protestó su hija.
-Bueno, pues prométeme que sales para acompañar y aconsejar a Verónica y nada más- quiso asegurarse la madre.
-Sí.
-¿Si, qué?
-Que sí, que te lo prometo- dijo apresurándose a salir antes de que su madre se arrepintiera. -¡Pero no prometo nada...!-se quiso curar en salud cruzando ya la puerta.
-¡Julia!



***




Verónica estaba un poco mareada sólo de ver como Julia se zambullía en el oleaje de ropa que aparecía  como espectros bamboleantes colgando de sus perchas. Sentía el chasquido de las mismas al correr compulsivamente por la barra cromada y chocar entre sí. Verónica se sentía tan aturdida que no podía decidirse por ningún vestido. Julia se los metía por los ojos sin darle tiempo ni a verlos y apenas había sacado uno que ya le mostraba el siguiente junto con los complementos de más allá. Julia se enamoraba de todo cuanto veía hasta que al final no pudo resistirse por uno que se quedó.
-A mi madre le diré que es uno que ya tenía- le explicó a Verónica la cuál aún no se había determinado por ningún vestido.
-Tu madre no es tonta, ya debe saber los vestidos que tienes- pensó Verónica.
-¡Que va!
-De todas formas, verá que se hizo un cargo a tu tarjeta de crédito el día de hoy y lo relacionará.
-Ya me encargaré de que no le llegue el extracto del banco.  E incluso, si pidiese un duplicado, le diría que te lo pagué,  porque no llevabas suficiente efectivo, y que ya me lo devolverás.
-Eres de miedo.
-¡Me lo llevo!-repitió Julia rotunda.
-¿Se lo quiere probar?- preguntó la solícita dependienta.
-Si, si....-contestó rápidamente Julia.
-Pase por aquí, por favor- le indicó la empleada mostrándole los probadores.
-Ven, Verónica- le pidió Julia a su amiga.
De paso a los probadores, Julia vio un bolso y unos zapatos.
-¡Oh, que monada!- exclamó con arrebato. - ¡Y combina perfectamente con los tonos del vestido!
-¿Tiene del número 37?- le preguntó a la dependienta.
-Creo que sí. Mientras se prueba el vestido le busco el número.
-¡Estupendo!- dijo Julia entrando como una flecha en el probador.

Las chicas continuaron su largo peregrinaje por las tiendas de la ciudad. Verónica, cansada de haber visitado tan sólo la primera , temió visitar las siguientes  y más cuando veía a Julia tan entusiasta; caminando aprisa, como si se le fuesen a escapar las boutiques; a la caza de las presas que tan a tiro se le ponían en cada escaparate. Entraba como un torbellino y hasta que no las dejaba patas arriba, no se quedaba conforme.
En un nuevo comercio se hallaban y era cuestión de comprarle algo a Verónica pues a tal fin habían entrado. Verónica protestaba pues el gusto de Julia era muy atrevido y todo lo que la amiga le proponía no acababa de convencerla.
-Pero es muy ajustado...
-¡Serás tonta!- le recimibana Julia- ¿Es que no piensas llevar un vestido ajustado?
-Quisiera llevar algo sencillo.
-¡Esto es sencillo!
-¡Esto es sexy!
-¡¿Cómo quieres ir, con un sacopuesto?! Tienes una bonita figura, ¿por qué no la realzas con un vestido ajustado?  ¡y digo ajustado,  no ceñido! Ahora, que para llevar este vestido te has de cambiar de bragas!
-¡Pero si me cambio cada día!- aseguró Verónica escandalizada.
-Me refiero a que te has de comprar bragas de esas sin costuras, que no dejan marcas, boba. ¡Ya me imagino que te cambias de bragas!¡y que las que llevas parecen las de tu abuela! ¡Ah, y cambiate de sujetador, también! los que llevas te dejan el pecho aplastado, colgando; han perdido elasticidad;  no te realzan. No sabes sacarle partido a tu cuerpo. No te preocupas mucho por tu aspecto físico.
Verónica encogió un hombro.
-Pues ya va siendo hora. ¡Anda que si yo fuera tú no me aprovecharía ni nada!-le dijo Julia resuelta.
-¿Aprovecharme de qué?- preguntó Verónica inocentemente.
-¡Que tonta eres! ¡De todo! Mira, para empezar, agarraba a mi tío y ya no lo soltaba hasta que no estuviera bien exprimido.
-¡Julia!¡qué falta de respeto!
-A él le caes bien ¡aprovéchate!
-Pero, ¿cómo puedes hablar así? !con lo bueno que és! Ya está haciendo bastante por mí.
-Y más que haría. Tienes cualidades, eres guapa...
-¿Guapa?- preguntó irónica.
-¡Hombre! Así como vas ahora, no; desde luego. Tendremos que ir a la peluquería. Este peinado no te realza. Te maquillaremos.
-¡Uy! ¡Tú me quieres transformar!
-Que me da pena que vayas echa una facha.
-¿Yo, una facha?
-Tú, una facha. Venga, pruébate este vestido y luego miraremos los zapatos.

Afortunadamente, y para alivio de Verónica, llegadas las 9 de la noche, las chicas habían dado por finalizado su recorrido comercial. Por el paseo del Borne caminaban cargadas con bolsas y paquetes.

-¡Estoy rebentada!- le participó Julia dando resoplidos. -Oye, ¿porque no nos metemos en una cafetería y nos tomamos algo? Así descansamos un poco. O mejor pensado, ¿por qué no cenamos por aquí?
-Después de lo que hemos gastado, ¿aún quieres gastar más?
-Será un día completo. Te invito yo. ¡Uf! Tengo ganas de llegar a casa para ponérmelo todo otra vez y ver como me queda.
-¿No dices que quieres cenar por aquí?
-Sí, y cenaremos. Pero también tengo ganas de llegar a casa y ponérmelo todo. Aunque con mi madre....Tendré que esperar a que se acueste.
-¿Y cómo disimularás los paquetes? Si en teoría no te has comprado nada, ¿todo esto me lo he comprado yo? ¿dos pares de zapatos de diferente número? ¿dos vestidos de diferentes tallas?¿dos bolsos diferentes para una misma ocasión?
-Tienes razón. ¿Sabes qué? Lo esconderé en casa de mi tío. Cogeremos un taxi, cenaremos allí, guardaré mis paquetes  y mi tío nos llevará de vuelta a casa.
-¡Mira que eres fresca! Sabes que si cenamos en casa de tu tío no nos dejará pagar la cena y si encima nos ha de llevar a casa......
-Si no nos quiere llevar  podemos ir andando.....está cerca.
Julia vio un taxi y sin pensárselo lo paró.
Ambas chicas subieron.
-Al hotel Constelación- indicó Julia al taxista.

El coche se puso en marcha y el agotamiento hizo que las chicas permanecieran en silencio aunque por corto espacio tras el cuál Julia salió con una pregunta inesperada.
-¿De qué hablasteis?
-¿Qué?- preguntó Verónica no sabiendo a qué se refería.
-Tú y mi tío. Cuando fue a recogerte de visitar a tu padre.
-Ya te lo dije. Elejimos el salón para la presentación del libro y me enseñó su colección de cuadros.
-Si, sí; pero qué más hicísteis?
-¿Qué más íbamos a hacer? Me presentó a sus amigos, tomamos unas copas y bailamos.
-¡Caramba!
-¿En qué estás pensando?-le preguntó Verónica suspicáz.
-Estoy pensando que en cuanto te vea con ese vestido.....¿Te imaginas que te convirtieras en mi tía?
Verónica le pegó un codazo a su amiga. Julió rió.
-¡Tonta!¡Cómo va a fijarse en mí un hombre como él!
-Entonces ¿a qué viene tanto interés?
-Por nuestra gran pasión en común.
-sí, si......pintooor que pintaaas con amooor.......-canturreó imitando burlonamente a Machín.

Verónica le dió otro codazo. Y por cierto, el taxi lo pagó el recepcionista porque a Julia no le llegó ni para eso.



***




Cuando Ramón la vio con el vestido se quedó impresionado. La timidez de Verónica, agachando la cabeza vergonzosa cuando él la miraba, aún le atraía más. Fue tan evidente su reacción que Verónica se sintió hasta incómoda creyendo que se había propasado con su vestuario y que sería blanco de todas las miradas. En realidad no se había extremado. Simplemente había cambiado sus pantalones y jerseys anchos por ropa femenina que realzaba esa silueta que tan camuflada había mantenido. No obstante para ella era un cambio extremo y le parecía que estaba provocando a todo el mundo. Se puso la torera de raso la cuál camuflaba un poco su escote aunque aquel complemento, antes que disimular, no hizo más que realzar su encanto. Toda ella era un encanto a ojos de Ramón y más que nunca deseó proteger a esa perla que empezaba a descubrirse intentando con timidez ocultar los destellos naturales de su ser. Toda ella era un tesoro; su don artístico, su pureza como persona que ha sufrido y que el sufrimiento no ha hecho más que purificar despojándola de la suciedad mundana, la vanalidad, la superficialidad, el egoísmo y las ambiciones absurdas. Su humildad no era más que un reclamo para Ramón y por ello le daba el valor que ella pretendía camuflar. Ella era de las personas que callan y observan; que dejan que los otros se expresen; que aprenden de todas las cosas; que asimila siempre con una mente receptiva, sacando valoraciones reales. Julia la envidió queriendo ser ella quien se sentara en la mesa de los protagonistas asediados por flashes y preguntas. Verónica, por primera vez, era protagonista de algo que había generado tanta espectación y ese protagonismo, aunque la halagaba, le parecía excesivo. Esperaba hacerse un nombre en el mundo de la pintura pero sin tener que pagar el precio de los compromisos sociales aunque era consciente que difícilmente se lograba lo primero sin lo segundo. Las inauguraciones de las exposiciones que ella pretendía, era más de lo mismo y la forma de divulgar estos eventos no podía ser de otra manera que por los medios de comunicación. Verónica percibió como Ramón se sentía muy orgulloso de ella y como era él quien se encargaba de presentarla como si se tratase de algo suyo.
Después de la presentación se ofreció a la asistencia canapés, cava, refrigerios y dulces.  Transcurrido el acto de presentación, Ramón ofreció a los Claramunt quedarse en el hotel y disfrutar de lo que restaba de noche. Conchita prefirió regresar a casa; estaba cansada y le parecía que había bebido algo más de la cuenta. Su marido estuvo de acuerdo igual que el resto de miembros a excepción de Julia a quien aquello le había sabido a poco. Consciente de ello, Ramón propuso a las dos jóvenes que acabasen la noche de aquel sábado en su hotel en su compañía. Ambas asintieron y bailaron al son de la orquesta llamada también Constelación.

Al día siguiente, y ya avanzada la mañana, ambas despertaron en una suite del hotel. Una camarera de habitaciones les subió la prensa por orden de Ramón y poco después, cuando ambas leían el reportaje y reían, como si de artistas de cine se tratara, un camarero les subió el desayuno. Cuando se fue el camarero rieron de nuevo. Todo aquello les parecía muy divertido y volvieron a ojear el reportaje y las fotos, donde aparecía Verónica junto a Genís de Pablos en el momento de la presentación.  Sorprendentemente también aparecía una de Julia quien se supo colocar estratégicamente a la hora de fotografiar a parte de la asistencia. Julia se había salido con la suya. Aunque la foto era más general, allí se la apreciaba de cuerpo entero luciendo su vestido y su calzado. Julia echaba chispas de alegría.
Alguien más también se enteró de aquella noticia pero no porque comprase la prensa.

-Oye, ¿esta no es tu hija?- le preguntó a Enrique  Manolo, el del bar, pasándole el diario por encima de la barra.
-¿Qué ha hecho? ¿Ha atracado un banco?- ironizó Enrique.
-Yo diría que algo mejor....No sabía que tu hija fuera tan importante. Ha hecho un libro. ¡Cuanta gente! Oye, cuando sea famosa ya te acordarás de nosotros, los que te estamos aguantando -le dijo Manolo que ya había leído la noticia.
-Ya veremos si ella ni se acuerda de mí.
La página donde aparecía su hija ya estaba seleccionada. Enrique puso atención en las imágenes y luego leyó los titulares.
-Coño, no sabía que conociérais a gente tan importante- se admiró Manolo.
-Eso mi hija. Ya me dirás a qué gente importante conozco yo.
-¡Coño, pues a mi! Para mi madre, mi mujer y mis hijas,  soy la persona más importante. Y para tí también. Y eso es lo que más me importa. Lo demás, me la suda.
-Yo ni eso.

***



Enrique caminó silencioso por las calles con su inseparable Fredy. Se sintió incómodo por el éxito de su hija. No porque no la quisiera; él siempre había querido que triunfara pero le parecía que empezaba a triunfar separada de él; alejada de él y eso le entristecía. Se la quitaban. Alguien o algo. Quizás el destino, como también le quitó a su mujer. Recordaba vagamente que le había mencionado algo de un libro pero ¡caray! ¿por qué no le invitó a la presentación? ¡era su padre! Pero junto a su padre jamás habría triunfado; los hechos demostraban que sólo podía hacerlo lejos de él.






CAPITULO IX




Un año después, en un atardecer, Ramón y Verónica salían de la iglesia. Acababan de casarse en un 23 de junio de 1994.

Verónica se instaló definitivamente en el hotel y desde el principio se involucró en el funcionamiento del mismo integrándose en la nueva vida en la que había entrado.
Un años después, Verónica era perfectamente capaz de ayudar a su marido en los asuntos de la empresa, ahora también la suya; aunque Ramón se resistía y prefería que dedicase todas sus energías al arte.

La camarera llamó a su habitación aquella mañana del 23 de Junio víspera de San Juan, anunciando que ya eran las ocho de la mañana. Verónica se despertó. Buscó a su marido a su lado pero no lo halló. No era de estrañar pues muchas eran las veces que madrugaba. Recordaba que le dijo que tenía que ir al aeropuerto muy temprano.
-Adelante- respondió Verónica con voz adormilada y Remedios, la camarera que normalmente la atendía, penetró portando un gran ramo de rosas.
-Buenos días, Verónica. Mire lo que traigo.
Remedios era una mujer de unos cincuenta años, algo gruesa muy alegre y dicharachera. Se encargaba también de la limpieza del apartamento que el matrimonio compartía pero por mucha familiaridad que adquirió con Verónica, esta jamás le permitió que hiciera limpieza en su estudio situado en uno de los áticos del hotel.
-¿Flores?- se extrañó Verónica -¿quién las envía?
-No sé; lea la nota.
Reme, como así la llamaban todos, descorrió las cortinas para que entrara luz. Verónica, rascándose la cabeza, leyó la nota.
-¡Ramón!- leyó alegre. -Es nuestro aniversario de boda.
-¡Ah! felicidades. Y además esta noche es la verbena de San Juan- le recordó Remedios.
-¡Un año ya!- suspiró Verónica .
-¡Pues cuando lleve los treinta que llevo yo!
-¡Treinta años! ¡no puedo ni imaginármelo!- dijo intentando hacerl sin conseguirlo. -Ramón ha querido organizar la verbena de esta noche. Quería hacerlo yo pero no me ha dejado. Supongo que me reserva una sorpresa. El año pasado lo hizo así. Para pedir mi mano me regaló un anillo en un estuche muy peculiar. ¿Se acuerda como se rió cuando se lo expliqué?
-¡Ay, sí! ¡tiene cada cosa su marido!¡Mira que meter el anillo en un bloque de hielo! ¿Cuánto tuvo que esperar hasta que se derritiera?
-No lo sé, pero se me hizo eterno. El caso es que en el hielo yo veía una caja de cerillas y mientras se deshacía me preguntaba qué diantre sería todo aquello.
-¿Qué se le ocurrirá este año?
-No sé; ya puede contar....¿sabe Ud. algo?
-¡¿Yo?!- se puso Reme a la defensiva, -¡A mi no me dice nada!
-¿No se ha enterado de nada...en alguna conversación perdida....?
-No. Ni siquiera me ha querido decir nada sobre esta noche. Ya sabe; era para ir preparando algo.....porque yo a las seis me voy.....Luego que no me venga conque Reme, esto; Reme, lo otro;....que yo me voy....
-¿Han hecho planes para la verbena de esta noche?
-Ya le he dicho que no.
-Me refiero a Ud. y su marido.
-¡Uy! ¿Yo y ese?
-¡Vaya unos ánimos que me da! ¿Pensaré yo igual al cabo de treinta años?
-¡Espero que no! Ahora, que no hay punto de comparación entre el Sr. Ramón y mi marido.
-Entonces, ¿por qué se casó?
-¡Yo que sé, hija, mía! Porque no era bueno que una mujer se quedase sola....porque cuando una es joven todo es muy bonito. Todo se afronta mejor.  Se hacen planes, todo se recuerda, todo se celebra.... Pero cuando van pasando los años y uno está agobiado de obligaciones y más obligaciones, el trabajo, los hijos y el poco respaldo que recibes de tu marido,...las celebraciones se van olvidando...y yo creo que todo.
-Espero que a nosotros no nos ocurra eso...
-A Uds. no les ocurrirá. Uds. son de otra manera.
-No se crea. En mi casa jamás celebrábamos nada. Yo apenas sabía lo que eran celebraciones hasta que me casé con Ramón. Bueno, miento; hasta que conocí a su familia.
-Son muy buena gente y nada estirados. Y eso es lo que me gusta también de Ud., que no es una persona estirada.
-Porque mi origen es humilde.
-¡Esos son los peores! los humildes que llegan a tener dinero; la mayoría de las veces son los peores y los más exigentes.
-Ser estirado no sirve para nada. Hay que saber estar en su sitio y saber estar en cada ocasión. Odio a esos nuevos ricos que porque han subido en el escalafón social ya se creen con derecho a despreciar a todos los que están como ellos estaban antes. No se dan cuenta que cuando rascas un poco siempre sale el latón que hay debajo. Son muy fáciles de detectar y no dejan de ser unos nuevos ricos. Enseguida se les cala y al final se les da de lado en según que círculos.
Remedios, que había ido al cuarto de baño a llenar un jarrón con agua, se reía al oirla.

Llamaron por teléfono. Verónica respondió. De la recepción le avisaban que Benjamín la estaba esperando en el hall.
-Dígale que suba a mi casa-le pidió al recepcionista. Éste, pasado el mensaje, le transmitió el deseo de Benjamín de no molestar.
-Páseme a ese señor.
Al cabo de unos segundos, Benjamín se puso al aparato.
-¿Cómo que no quieres subir?......¡que no, hombre!....Sube y desayunaremos juntos. Ya me imagino que ya has desayunado pero como yo aún no lo he hecho, era para no hacerte esperar.......Bueno, pues te espero.

Colgó el auricular.

-¡Madre mía, sí que madruga este hombre!- se exclamó.
Remedios salía del baño y se disponía a colocar las flores en el jarrón.
-¿Qué ocurre?
-Es Benjamín que me espera para pintar.
-¡Ay! que gracia me hace ese abuelete. Mire que le ha dado fuerte con la pintura.
-Sí, una vez le prometí que pintaríamos juntos y desde entonces no se ha despegado de mi. ¡Si viera lo que disfruta! ¡parece un niño!
-¡Eso que se lleva! ¿Y Ud. qué va a llevar hoy?
-¡Déjelo!- le pidió Verónica amablemente. - No estoy acostumbrada a tanta asistencia. Ya me buscaré yo la ropa. Benjamín va a subir a desayunar,  ¿por qué no prepara café también para él?
-¡Claro! Ahora mismo lo preparo.


El estudio de Verónica estaba en el ático del hotel dando a una amplia terraza desde la cuál se divisaban magníficas vistas. Desde allí podía apreciarse toda la bahía de Palma hasta que se perdía de vista. Por la noche miles de luces la iluminaban dándole un aspecto mágico. En lo alto de la colina, presidiendo la bahía, se recortaba la silueta del castillo de Bellver que al iluminarse parecía despertar a la vida después de su profundo sueño durante el día. Y compitiendo con este, se erguía  la catedral de Palma, cuyos reflejos ondeantes en el agua asemejaban fieles vasallos bailando serenamente a los pies de su señora. Ese era el palacio donde pintaba ahora Verónica, la cuál no dejaba de admirarse por el privilegio de ocupar aquel rinconcito tan cerca del cielo que casi podía coger la inspiración con la mano y meterla dentro.

Al mediodía solía comer con Ramón en la intimidad de su apartamento  pequeño y acogedor aunque abarrotado de cuadros. El matrimonio solía comer y cenar en la terraza bajo una gran carpa blanca,  rodeados de plantas y flores y disfrutando de las vistas. Aquel mediodía del 23 de junio, como lo venían haciendo desde que llegara el buen tiempo, el matrimonio comió en la terraza mientras charlaron.

-¡Ah, es una sorpresa!- le dijo Ramón a Verónica para que no continuara insistiendo sobre el tema del aniversario. - No lo sabrás hasta la cena de esta noche. Recuerda que aún no es el aniversario de nuestra boda. Lo será a partir de las ocho de la tarde.
-¿Y las flores de esta mañana? ¿No eran un avance?
-Las flores eran simplemente una muestra de mi cariño.
-Ah, pues ha coincidido con nuestro aniversario.
-Simple coincidencia. Dime, ¿qué has hecho hoy sin mí?
-¡Morirme!
A Ramón le pareció divertido.
-Hoy he tenido que ir temprano al aeropuerto ¡Y hemos tenido un follón allí! No sabía si podría venir a comer.
-¡Si no llegas a venir te mato!
-Espero que no lo hayas pasado muy mal sin mí.-comentó en tono burlón- Dí, ¿qué has hecho, además de esperarme devotamente?
-He estado con tu padre.
-Ah.
-Pinta conmigo, en el estudio. Está entusiasmado ¡si lo vieras!
-¿No te resulta molesto, ahora que quieres preparar la exposición?
-¡No, que va! Me deja trabajar. Se fija en lo que yo hago, pero me deja hacer. Alguna vez le doy algún consejo y se imbulle tanto en su trabajo que yo creo que vive otra vida cuando pinta. Mientras pinta es otro hombe; sin edad ni condición; es eternamente joven; se traslada a un mundo superior....no sé como explicarlo. Yo creo que está alargando su vida y no sólo su vida sino que su calidad de vida.
-Es una buena terapia.
-¡Si a mi padre le gustase pintar!-suspiró Verónica.
-Le gusta cantar....
-Sí, pero no se lo ha tomado nunca en serio. Lo de mi padre es diferente. Cantaba para que le invitasen. No le he visto escuchar canciones de sus cantantes predilectos ni ir a conciertos o recitales,  ni intentar aprender a tocar un instrumento.
-¿Sabes? Está encantado con Mario.
-¿Si? Papá no me habla mucho de él.
-Tu padre es muy reservado. No habla de Mario porque  no considera que  ejerza ninguna terapia sobre él. Lo considera un conocido con el que a veces queda.
-Seguro que si supiera que todo está, digamos, programado, no querría saber nada de Mario.
-Mario ha sido muy astuto. De hecho es un hombre que ha corrido mundo. Se le ve curtido; experimentado. Yo pensaba que los seminaristas  tenían que ser muy jóvenes. Pero se ve que el nuestro ha recibido  la llamada cuando la ha recibido. Seguro que tiene mucha más sabiduría  que muchos terapeutas que no han salidos de sus facultades ni de sus despachos. Yo creo que ha sido mejor así. El seminarista demasiado joven no ha tenido tiempo de vivir,  ni de comparar ni de valorar. Entra en el sacerdocio sin apenas haber andado por el mundo y luego puede arrepentirse. En cambio Mario ha elegido su camino con gran seguridad. Se ve que camina por él con confianza. A él se le ocurrió lo de preparar un encuentro fortuito con tu padre para conocerse.
-Sí, ya me lo dijiste.
 -Es más, se compinchó con dos conocidos para sacar a tu padre de un apuro y el pobre quedó tan agradecido que de ahí nació su amistad.
-Y es raro que la mantenga.
-Supongo que porque cree que ha encontrado a un igual. Cree que Mario es un marginado como él. Ha estado muy bien que lo invitase a los viñedos para acompañarle a trabajar fingiendo un contrato temporal.
-¡Me extraña que le haya acompañado!
-Tu padre necesitaba el dinero. El caso es que los dos se han empleado. Parecía que no pero tu padre ha respondido muy bien. Y ha acabado tan rendido por las noches que no ha pensado en nada más. -Ramón rió al recordar algo:- Mario dice que decía: "tengo tanto sueño que no sé por dónde empezar a dormir".
Ambos rieron.
-El trabajar es todo- reconoció Verónica. -Y más si al aire libre. El trabajo hace al hombre y el ocio lo deshace. Sí, le estoy muy agradecida a Mario- dijo Verónica. - Lentamente se lo ha ido ganando. Esperemos que dure. Invítale un día. Quiero darle las gracias y saber cómo progresa mi padre. ¿Al final se lo llevará como auxiliar forestal?
-Creo que sí; ya sabes que las propiedades rurales del episcopado deben mantenerse y casi siempre buscan colaboradores. Mario se llevará a tu padre; claro, que el trabajo de tu padre será remunerado, para que parezca más oficial; ya sabes. Así, todo el día en el campo, al aire libre, fuera del ambiente nocivo en el que está, y haciendo ejercicio físico.... El traerlo aquí, más cerca de tí, tenerlo ocupado y mejorar sus condiciones de vida también ha contribuído mucho. ¡Es un demonio ese Mario! Ya lo conocerás. Ahora me ha hablado de las colonias del próximo año. Irá con los chicos de la parroquia y se llevará a tu padre. Lo tendrá ocupado y progresivamente le dará más tareas.
-A ver si se va a cansar...
-Si tiene alguien al lado incentivándole, no creo.
-Definitivamente he de conocerle.
-Ya lo harás aunque..... había pensado que lo hicieras cuando tu padre quisiera presentártelo.  Le extrañaría que lo conocieras sin que él te lo hubiese presentado.
-Claro.
-De todas formas, si llegas a conocerle antes, lo que podría ser probable ya que le veo con frecuencia, ante tu padre finge que no le conoces.
Ramón hizo una pausa tras la cuál preguntó:
-¿Qué dice tu padre? ¿viene o no viene esta noche?
-Dijo que no le esperásemos. Que la nuestra sería una celebración íntima.
-¿Íntima, y vendrán todos nuestros amigos y familiares?
-Mi padre es muy raro.
-Ya lo sé. Le he dicho varias veces que venga pero dice que no quiere molestar. Es bastante resevado. No quiero obligarle a que venga; ya vendrá cuando le parezca. Supongo que cree que el hotel le viene grande. Que él no está a la altura. Supongo que no se siente cómodo en un ambiente que no es el suyo. Al menos con Remedios se siente agusto. No puede decir que está desatendido; ella le prepara cada día la comida y se encarga de su ropa.
-¿Sabes lo que me ha dicho hoy Reme?
-No.
-Que ella no celebra nada con su marido; me ha venido a decir que son como dos extraños; que triste, ¿no? Pienso que un matrimonio tendría que consolidarse aún más con los años. Volverse más amigos,  más solidarios  el uno con el otro.....Admiro a estos matrimonios que llegan a la vejez queriéndose casi más que el primer día. Ya sabemos que el fuego de la pasión se va; pero en cambio queda algo más....más profundo y menos volátil. Quedan los cimientos alrededor de los cuales se sustenta la familia. A veces, cuando faltan estos cimientos  la familia se desmorona.
-Para tí es muy importante la familia...-percibió Ramón.
-Quizás porque no la he tenido nunca. Me ha faltado mi madre desde muy pequeña y mi padre es como si no lo hubiese tenido nunca.

Después de una pausa Verónica pensó en su padre y sonrió.

-Yo creo que en el fondo está celoso.
-¿Quién?¿Tu padre?
-Sí, mi padre.
-¿Y de quién?
-De tí.
-¡¿De mi?!
-Sí; no deja de repetir que tú me has dado lo que él no ha podido y cosas por el estilo.
-Pero ¿no está contento con tu nueva vida?
-¡Sí, claro! Pero habría querido dármela él. Piensa que durante muchos años sólo me ha tenido a mi; sin compartirme con nadie; los dos solos. El uno para el otro. Ahora tú te has interpuesto; me has apartado de su lado. Le has quitado lo único que le quedaba.
-No es cierto.
-Supongo que a  medida que se vaya rehabilitando lo irá viendo. Yo sigo visitándolo para que vea que estoy con él; que aún somos el uno para el otro.


***



Aquel atardecer, Verónica salió a la terraza de su estudio a contemplar el bello crepúsculo y a respirar el aire de la cálida noche. De la baranda colgaban macetas llenas de geranios y gitanillas de distintos colores; y de las paredes colgaban platos decorados, recogidos de las diferentes regiones de España que Ramón había visitado. Otros se los habían traído clientes que regresaban cada año.

Verónica guardó silencio y permaneció disfrutando de lo que sus sentidos percibían. Así permaneció, dejándose llevar. Se preguntaba qué ocurriría trás esas lucecitas que tintineaban y que delataban tantos hogares debajo. ¿Qué ocuparía las mentes de sus moradores cuyas caras no veía pero sí las luces que las iluminaban? Seguro que todos se hallarían reunidos alrededor de la mesa comentando la jornada transcurrida. Una jornada que no se repetiría.
¿De qué hablarían aquellos otros cuyas luces Verónica no alcanzaba a ver? Si podía ver la luz de las estrellas tan distantes de la Tierra, seguro que podría ver la luz de todas las casas del mundo si éste fuese plano y la noche fuera para todos la misma. Pensando en el mundo y en sus días y sus noches, una pregunta ensombrenció su bucólica contemplación, ¿dónde estaría Mauro? ¿Alguna de esas lucecitas en la lejanía lo estaría amparando? Cada amanecer él veía la misma luz que ella, respiraba bajo el mismo cielo, sentía el mismo frío o el mismo calor y la noche los sorprendía a ambos por igual. Seguro que sus ojos se encontraban en la luna sin saberlo cuando ambos hacia ella mirasen . Pero ninguno tenía conciencia del otro a pesar de que utilizaban tantos elementos en común y estos testimoniaban sus vidas.

Pero el destino siempre trabaja en silencio. El destino ejecuta su programa saltándose todas las normas de la lógica y pasando por alto todo lo razonable. Lo que el destino traza, verosímil o no, viable o no,  se lleva a cabo sin cuestión.  Ninguna ley de la lógica puede rebatirlo, reconducirlo o modificarlo. Con el destino no hay  reglas. Con el destino no cabe nada.

Verónica entró. Quería despojarse de sus incómodos pensamientos y aunque se encontraba agusto en aquella terracita, no quería hallarse más tiempo a solas con la luna ni a solas con la inmensidad de la noche. No sabía por qué pero su mente había saltado por la terraza para volar con Mauro, donde quiera que estuviera. Quería que su mente regresase, reclamarla, distraerla, retenerla.

Salió del estudio y bajó al apartamento a cambiarse de ropa para la cena. Al entrar llamó a Ramón. Esperaba encontrarlo en la habitación vistiéndose pero Ramón no le respondió.

Empezó a arreglarse cuando Ramón entró.
-¡Ese hombre!- masculló mal humorado. Verónica le miró extrañada.
-¿Has tenido algún problema?-le preguntó.
-Siempre viene tarde y además bebido- le explicó Ramón abriendo el lado que le correspondía del armario, para elegir su ropa.- No me gusta como toca y ya le he advertido que como vuelva a venir en esas condiciones que se busque otro trabajo.
-El otro día vino un músico a presentarse. Quizás podrías citarle para una entrevista.
-Concértala tu misma; mañana mismo, si es posible. Bueno, mañana no; que es fiesta. Pero pronto- le pidió sacando ropa y más ropa y sin decidirse por ninguna.
-¿Qué haces?
-No sé qué ponerme. A ver, dime que me pongo....


Se reunieron en la larga mesa preparada en el fondo del comedor del hotel. Desde allí se podía acceder fácilmente al jardín y quedaban preservados de los demás comensales. Esa mesa acogía a la hermana de Ramón y su familia, además de sus amigos. Julia vino acompañada de un joven estudiante de arte dramático a quien Ramón preguntó, cuando fueron presentados, si sabía música. Andrés, como así se llamaba el muchacho le contestó que estaba estudiando como parte de su formación y Ramón le preguntó entonces si tocaba el piano. Desafortunadamente, Andrés no tocaba aún el piano con la soltura precisa como para incorporarse a una orquesta.

Después del brindis, Ramón  y Verónica se besaron y todos aplaudieron. Julia hizo lo propio con Andrés para sorpresa de sus padres que se intercambiaron miradas de asombro por lo imprevisto.
-Míralos, que rápidos han ido- le comentó por lo bajo Ramón a Verónica.
-Espero que no sea un impulso más de Julia. Es muy caprichosa- dijo Verónica divertida.
-Sí, lo sé; él se ve buen chico- opinó. Luego se dirigió a su hermana -¿cuánto hace que se conocen?
-No lo sé; sólo sé que hace dos semanas que lo trae por casa y ya se están besando como si fueran ellos los que tienen algo que celebrar.
-Se ve buen muchacho.
-Eso sí. Le compadezco.


Las hogueras iluminaban la playa y alrededor de ellas danzaba la gente  cantando y haciendo sus conjuros y peticiones.
Ramón se llevó a Verónica a un lugar más apartado sin que sus amigos los echaron de menos absorvidos por la fiesta, la magia y los efluvios del alcohol.
El mar parecía encendido de pasión con el reflejo de las hogueras a lo largo de su orilla y a intervalos esta pasión parecía estallar con estrépito para propulsar miles de colores expandiéndose hasta caer luego en colorida cortina.
Ramón besó apasionadamente a Verónica al resguardo de una barquita ancorada en la arena.
-Feliz aniversario. ¿Eres feliz?
-Nunca me imaginé que puediera serlo tanto- contestó ella llena de satisfacción.
-Oye, ¿por qué no escarbas ahí?-le pidió inesperadamente Ramón.
-¿Cómo?
-Sí, que escarbes ahí.
-¡Me abruma tu  romanticismo!- se burló Verónica. - Primero me preguntas si soy feliz y luego me pides que escarbe en la arena, ¿por qué no me pides que te rasque la espalda? ¡No hay quien te entienda! Eso es que has escondido algo, ¿verdad?
-No, no. Es que esta mañana se me ha caído el mechero que me regalaste justo ahí,  y como no he podido encontrarlo he pensado que quizás tu tengas más suerte.  ¡Venga! Échame una mano.
-Pero si esta mañana has estado en el aeropuerto hasta la hora de comer.
-Pues se me debió caer ayer, ¡venga! échame una mano.

Verónica empezó a escarbar con algunas reservas y sin ningún resultado. Ramón también escarbó fingindo la búsqueda.
-Ah, pues no se me debía caer ahí. Alomejor, ahora que pienso, se me cayó en aquel otro sitio.
Verónica, juguetona, agarró un puñado de arena del lado contrario al que había escarbado y, a modo de castigo, se lo lanzó a su marido en el pecho. Este se protegió anteponiendo los brazos mientras su mujer, como una posesa, cogía más puñados. Verónica enseguida palpó algo y detuvo su juego. Sacó la cajita que acababa de encontrar que no era otra cosa que un estuche.
-Creo que he encontrado tu mechero- le dijo ésta entre divertida e irónica.
-¡Qué bien!- contestó él fingiendo alivio.
-!Has sido capaz de enterrar esto aquí!-le riñó Verónica,- ¿Y si alguien lo hubiese encontrado?
-Ah, pero si no es mi mechero- fingió desengañarse Ramón al ver que era otra cosa.- Entonces no lo quiero. Déjalo ahí, se le habrá caído a alguien; ya vendrá a recogerlo.
Verónica le dió un cariñoso coscorrón a su marido y este se lo devolvió cayendo ambos sobre la arena y riendo.
- ¡Anda, ábrelo!-le pidió Ramón.

Verónica abrió el estuche y se encontró con un collar de diseño moderno y a la vez sencillo, bastante discreto a su gusto, y muy elegante por ello.
Se besaron de nuevo.
-Póntelo esta noche- le pidió Ramón. Verónica se lo puso al cuello y Ramón le ayudó a abrochárselo con cierta dificultad por la oscuridad intermitente.
- No puedo pedirte que escarbes en ningún sitio. Yo no te he regalado nada- observó ella con cierta tristeza.
-Tú eres mi mayor regalo. Tú, tus manos, tu talento, tus cuadros, tus ganas de vivir, tu fuerza..... A veces tengo miedo...
-¿Miedo?
-Siempre he sido muy afortunado. Las cosas  me han ido muy bien; los negocios, la familia, los amigos; he conseguido una colección de cuadros importante, conozco a gente interesante, tengo amigos maravillosos; vivo en un lugar ideal.....siempre he conseguido mis sueños y casi sin proponérmelo- explicó como sintiéndose amenazado por una mano negra que reclamase una deuda.-Las cosas no pueden ser tan fáciles. Algo tiene que haber en contrapartida. Lo tuyo es distinto. Tú ya lo has pagado. Ahora te toca disfrutar......y a mí....quizás me toque sufrir.
-¡No digas tonterías! Yo no creo que la vida sea una cuestión de facturas. Tanto te llevas, tanto pagas. Yo creo más en el esfuerzo personal.
-Yo no es que me haya esforzado mucho en la vida.....todo me ha sido otorgado con relativa facilidad.
-¡Claro que te has esforzado! Tal vez pienses que lo que haces es sencillo; lo que para tí es un mínimo esfuerzo puede que para otra persona sea un gran esfuerzo. ¿Cuántos negocios fracasan por la mala gestión de quienes los regentan? Yo sé que cada día te esfuerzas y que no hay nadie tan trabajador como tú. Las cosas no es sólo cuestión de conseguirlas con mayor o menor esfuerzo sino que el verdadero mérito está en mantenerlas y conservarlas. Tú has mantenido lo que te dejó tu padre y has ido progresando. Si te fijas, hay mucha gente desgraciada, pero si vas a mirar más profundamente, la gran mayoría de ellos, dejando al margen los problemas de salud,  es desgraciada porque se lo buscan o porque, por alguna incapacidad personal, no saben salir del primer bache en el que caen. Por ejemplo, mi padre.
-Lo de tu padre es una emfermedad.
-Su enfermedad se coge en los bares y ahí se entra voluntariamente. El alcoholismo no es un virus que va volando y lo respiras. Puede que se convierta en una enfermedad con el tiempo; no digo que no; pero  nunca lo és inicialmente. Todos nacemos iguales. Sólo que unos se esfuerzan más y otros menos; unos son más propensos a padecer algo y otros menos.  Sería injusto que porque a tí te ha ido bien en la vida, gracias a tu esfuerzo diario, esta tuviera que pasarte factura. Nadie haría nada. Todos queremos que nos ocurran cosas buenas pero no es cuestión de esperarlas porque nos tocan, sino porque somos capaces de ir a por ellas y conservarlas.
Ramón la estrechó contra sí.
-Creo que me has convencido. ¡Eres prodigiosa! Contigo no tengo nada que temer.



***



El tren de Soller arrancó. Pertrechados con sus caballetes plegables viajaban Verónica y Benjamín en busca de rincones pintorescos que pintar. La Sierra de Tramuntana, hacia donde se dirigían, era un lugar muy rico en paisajes con una costa muy abrupta y acantilados que alcanzaban los 300 metros de caída casi vertical hacia el mar. La vertiente que daba al mar estaba surcada por caprichosos torrentes de montaña cuyos cauces producìan bellas cascadas de forma alternativa. El tren en el que viajaban se había conservado como a principios del siglo XX siendo el gran atractivo turístico de la isla. En su ruta hacia el norte, el tren atravesaba el llano para subir de forma tortuosa al valle de Sóller a través de la Sierra de Tramuntana. Trece túneles y el impresionante viaducto de Cinc Ponts, facilitaban el paso por la Sierra provisto de apeaderos  y miradores para proporcionar al viajero espléndidas vistas panorámicas.

Después de visitar Soller, Verónica llegó hasta la playa D'en Repic y de allí continuó su ascenso por las diferentes playas hasta el puerto de Soller. Imposible le fue plasmar en sus lienzos de apuntes en un sólo día, toda aquella belleza natural.
Era Benjamín quien la guiaba por la isla. Verónica no conocía gran cosa. Jamás había tenido oportunidad de hacer largas excursiones y desconocía muchos lugares de gran interés para un artísta. Ahora comprendía como Mallorca había dado tantos pintores si tan sólo el azul del cielo era  patrimonio exclusivo de la isla difícil de encontrar fuera del archipiélago.
Suponía que los diferentes microclimas  producían las variaciones tan contrastadas de color, vegetación, fauna y luz.

Durante el verano, Verónica aprovechó los benevolentes días para salir y descubrir la isla acompañada siempre de su infatigable guía que por edad tenía más experiencia y le relataba vivencias y lugares que él frecuentó en su juventud. Verónica descubrió así que Benjamín fue contrabandista. Precisamente en las inaccesibles calas y acantilados de la costa oeste, durante la postguerra, se había dedicado al contrabando y al estraperlo. Durante las noches sin luna, él y varios compañeros, nadaban  mar adentro y buceaban para recoger los pesados fardos lanzados desde las barcas, y  llevarlos a la orilla. Desde allí los cargaban a la espalda y se encaramaban por abruptos caminos y puertos de montaña, hasta llevarlas a su destino. En cuanto al estraperlo, él y varios colegas se dedicaron a comprar alimentos en pueblos de interior para luego revenderlos con un sobreprecio en la ciudad. Durante sus excursiones le explicaba a Verónica sus peripecias en su época de "maleante" y como tuvo que burlar constantemente a la ley.

Era difícil acceder a según qué lugares sin un medio de transporte propio que les diese la autonomía suficiente y la comodidad de llevar todo lo que precisasen. Cuando Verónica pudo conseguir al fin  un vehículo propio, pudo dedicar más tiempo a sus incursiones pictóricas sin necesidad de hacer  rápidos apuntes de color que traspasar a lienzos posteriores.

Gracias a sus influencias, Ramón le había programado una exposición a su esposa y, aunque la fecha prevista era muy justa, Verónica no quería perder la oportunidad de hacer su entrada oficial en el mundo de la pintura. No obstante no estaba segura de conseguirlo.
Era ya de madrugada cuando decidió darle una tregua a su cansada vista y levantarla del lienzo. A través de los ventanales de su estudio contempló las estrellas. Estas parecieron invitarla a salir a la terraza a contemplar una ciudad que ya dormía . Diríase que las estrellas competían con las luces de la misma no sabiéndose donde empezaban unas y acababan las otras, tan lejos se extendían todas. La fresca brisa marina despejó el rostro de Verónica y refrescó sus ojos.

Ramón la asustó.

Habiéndose acercado con sigilo la abrazó por detrás inesperadamente.
-¡Tonto!-le recriminó esta volviéndose alegre.
-¿Aún trabajando?
-No sé si lo conseguiré.
-Me gusta la interpretación de ese paisaje- dijo refiriéndose al que Verónica tenía en el caballete.
-Me gusta localizar rincones curiosos y luego darles mi propia interpretación.  He pensado en paisajes urbanos pero no sólo en ellos sino en sus  detalles y en las composiciones caprichosas que estos a veces forman.
-¿Paisajes urbanos? ¿sus detalles? ¿Has estado saliendo todos estos días al campo para acabar haciendo paisajes urbanos?
-¡Tengo una marabunta de ideas en la cabeza!- dijo ella alegre.
 -El otro día me fijé que entre dos farolas en primer término, habían tres árboles más distantes con respecto a las mismas y entre sí. Pero observados desde el punto de vista desde el que yo me hallaba, daba la impresión de que estaban todos alineados en el mismo término, farolas y árboles;  y lo divertido es que, siendo de diferentes tamaños  parecían exactamente igual; quiero decir igual de altos, con las mismas dimensiones....Era una cuestión de perspectiva. El último árbol era el mayor de todos pero al quedar atrás se veía tan grande como el primero que era más pequeño pero se veía mayor. Los tres parecían igual siendo de diferentes tamaños. Se trata de encontrar siempre el angulo adecuado. Desde otro ángulo ya cambiaban. Me atrae la composición azarosa,  la armonia de cualquier cosa que ya existe y que ya esté colocada como esté. La luz también ayuda mucho. Hay momentos en el día que la luz aplana las cosas y todo parece enganchado; en otras horas, la luz les da profundidad y parece que las recorta del fondo. La luz no es cada día igual aunque cada día salga sol por el mismo sitio,  ni lo es la noche. La luz podría clasificarse en infinidad de matices aún estando a la misma hora y en las mismas condiciones.
-Caramba, si yo fuera pintor nunca se me habría ocurrido estas cosas tan raras....
.-Tal vez por eso no eres pintor.
-Yo no caigo en estas cosas al pasar por la calle...
-Tú las asimilas pero yo las descubro. Tú ves las cosas; yo las saco de donde están y las rehago; como si las recrease. ¿Sabes que mi vista es diferente a la tuya? Sin saberlo la he capacitado para captar más amplia gama de colores y saber la composición de los mismos nada más verlos. Es una simple habilidad que un artista adquiere con el ejercicio; como el músico con su oído o el deportista con su musculatura.....  Pienso que aún no he encontrado mi estilo ni mi tema y lo estoy buscando. Y....no sé si debería seguir adelante con la exposición.
-¿Por qué dices eso?
-Lo veo un poco precipitado; creo que aún no me he definido muy bien. No me siento suficientemente madura ni segura.
-Estás en constante evolución y es bueno que la gente conozca  la evolución de un pintor, su trayectoria desde sus primeros trabajos hasta los últimos. Ninguno de ellos empieza con un estilo definido. Durante su vida lo van consolidando. Creo que puedes ir adelante con la exposición; y en las siguientes que hagas se verá tu evolución. Además...- añadió algo más prosaico,- has de aprovechar la ocasión. Ya sabes que por cambios inesperados en las agendas de dos de los expositores programados, la sala quedará libre durante un intervalo que aunque corto, puedes aprovechar. Es un buen modo de lanzarte a través de una sala de prestigio. Y como tarjeta de presentación no hace falta que la obra sea muy extensa. Casi mejor con pocos cuadros y bien seleccionados. Que la gente se quede con la miel en la boca y con ganas de saber más de ti.
Ramón volvió a estrechar contra sí a Verónica la cuál se sintió reconfortada.
-No sé qué haría yo sin ti- le confesó ella.




***


La casa en la que vivía ahora Enrique no tenía nada que ver con la que había estado viviendo hasta entonces. Las cosas también habían cambiado para él. Enrique, poco a poco se fue encontrando bien en su casita de La Bonanova, muy cerca de donde vivía su hija. Al cambiarse de casa, parecía que se hubiese metido en un cuerpo nuevo; un cuerpo limpio y sano en forma de casa dispuesto a acoger un espíritu limpio y sano al que tendría que personificar Enrique. La casa parecía obligarle a adaptarse por ella; y más cuando Remedios se la atendía tan bien para hacérsela más grata. La mujer se la arreglaba dos veces por semana, y de paso a su casa, pasaba cada día a llevarle o a hacerle la comida. Por ella debía Enrique cambiar y también por el vecindario. Un vecindario de gente humilde pero emprendedora, trabajadora y luchadora; espíritus limpios y sanos acreedores de todos aquellos hogares tan limpios como ellos. Enrique no podía desentonar allí. Aquella le parecía una pista de baile que sí le permitía precalentamientos antes de entrar y donde le esperaban para continuar el baile juntos. Enrique no podía permitirse ningún traspiés cuando tan gentil oportunidad le  brindadan.
La casita le gustaba. Era pequeña, acogedora, bonita, rodeada de un jardincillo también pequeño, sencillo pero acogedor. Enrique empezó a cuidarse de las plantas  como miembros más de aquella casa como lo era Fredy y los pajarillos que venían a visitarles. Su hija lo visitaba también aunque siempre a escapadas; podría decirse que como los pajarillos. Aunque esta le invitaba a pasar los días festivos con ellos en el hotel, y, aunque Enrique ya toleraba a Ramón y a la nueva familia de su hija, era aún reacio a aceptar creyendo que el hotel era una pista de baile demasiado impresionante como para meterse en ella.

Próxima ya la inauguración de la exposición, Verónica visitó a su padre para participarle el evento.
-Tienes que venir, ¿no te sentirías orgulloso de asistir a la primera exposición de tu hija?-intentó animarle ella esa  tranquila tarde sentados bajo el emparrado del pequeño porche.
-Ya te he dicho que vendré, pero no a la inauguración. En la inauguración vendrá mucha gente y dices que también la prensa. A mi, todo eso, me marea. Vendré cualquier otro día; hacia el final, que está todo más tranquilo.
-Como quieras, papá. Pero yo me sentiría más orgullosa que estuvieses el día de la inauguración porque precisamente ese día me acompañará la gente más importante para mí. Aún así, esa gente no lo es tanto como tú. Tú eres mi padre y yo me sentiría muy orgullosa de poderte presentar a todo el mundo.
Enrique sonrió y puso su mano en la de su hija que descansaba sobre la mesita del patio.
-Estoy contento de oir eso. A veces he dudado de si me querías. Lo más natural es que no lo hicieras pues al fín y al cabo nunca me he preocupado mucho por tí.
-Papá, no digas eso- protestó Verónica; -creo que has hecho lo que has sabido dentro de tus...
-Si, sí; te he abandonado- la interrumpió él;- no has tenido los cuidados que una hija necesita; no he sido un buen padre; lo sé. Por eso, cuando aún así veo que no te he perdido, me siento el padre más afortunado del mundo.
-¿Entonces vendrás?
Enrique sonrió- ¿Me estás haciendo un chantaje moral?
-Ahora me toca a mi, ¿no?-bromeó su hija.
Enrique sonrió como cediendo.
-Bueno....no sé....¿tendré que vestir de alguna forma especial?
-No, pero creo que convendría comprarte alguna americana.
-Bien, pues tráeme la que te parezca.
-Saldremos juntos a buscarla. Ya es hora de que salgamos.
-Yo ya salgo.
-Sí, pero no juntos. Y dudo que tú solo salgas mucho.
-Sí salgo... con el colega ese con el que hago algún que otro trabajo.
-Ah, sí; ... No me  hablas mucho de él.
-Precisamente, cuando has llegado, acababa de irse. Ya sabes que como las amistades me duran poco.....pues  no suelo hablar mucho de ellas.
-Pero este parece que dura.....
-Es un buen tio. Se ve que pasó por lo suyo....
Verónica puso cara de sorprenderse por la noticia.
-....tuvo un pasado muy....ya sabes- continuó Enrique, - aunque nunca me ha querido hablar de él; claro que yo tampoco le he dado muchas explicaciones del mío. Me ha invitado a unas colonias para el año que viene....pero no sé...eso de los críos no me va...aunque me pagarán...
-¿Te refieres a colonias del cole?-fingió no tener noticia Verónica.
-Sí; iría como auxiliar de monitor y cobrando- explicó él.
-Ah, eso está muy bien. Creo que no te vendrá mal estar en contacto con los chicos. Se aprende mucho de ellos. Oye, tráete a ese amigo tuyo a la inauguración. Quiero conocerle. Si es amigo tuyo tiene que serlo mío y será una buena ocasión para hacerlo, ¿no crees?
-Ya se lo diré- dijo encogiéndose de hombros aunque sin confiar mucho.
Verónica sacó una invitación de su bolso que entregó a su padre.
-Mira, aquí tienes la invitación.
-¿Hay que entregarla a la entrada?
-No, hombre; es para que tengas constancia del evento además ahí está la dirección, el día y la hora. Y como tú eres muy despistado.....




***


La sala estaba abarrotada y Verónica jamás había experimentado un éxito de convocatoria igual. Era las 9:50 de aquel 15 de septiembre, día en que Verónica inauguraba su primera exposición con cierto temor y expectación. Enrique se encontraba entre los invitados, correctamente vestido y peinado, sorprendiendo a quienes lo habían conocido de otra forma.
-Oye, ¿quién es ese hombre tan atractivo? ¿No será el escultor Ramis?-le preguntó una invitada a su compañera con respecto a Enrique.
-¡No, hombre! Ramis está en Méjico exponiendo hasta el mes de diciembre-la puso al corriente la otra. Luego, en tono más confidencial, le participó- Me parece que ese es el padre de la artista.
-¡Ah! Ya me parecía a mí que se le daba un aire de artista- comentó la amiga.

La atención de Enrique se vió requerida por Ramón que amistosamente le tendía la mano. Enrique se la estrechó y así limaron asperezas.
-¡Enrique! me alegro mucho de que hayas venido-le recibió Ramón.- Has hecho muy feliz a tu hija. ¿Qué te parece la artista que tienes?
-Que tenemos- matizó complacido pudiendo ya compartir a su hija.- Nunca me he sentido más orgulloso. ¡Cuanta gente ha convocado! No sabía si entrar....
Ramón soltó una carcajada mientras le daba una palmada en la espalda.
-Mírala -le indicó Ramón a su suegro refiriéndose a su hija la cuál conversaba con el propietario de la galería, Estelrich, el marchante de arte Iríbar, y otra joven promesa llamada Marcel.
-Uno de ellos, el del traje claro, es Iríbar, un importantísimo marchante que trabaja con las salas más prestigiosas de Nueva York. Si le gusta Verónica se la llevará. Es un cazatalentos y el hecho de que esté aquí significa ya mucho.

Julia irrumpió entonces colgándose del cuello de Enrique, besándole y manifestándole lo guapo y atractivo que lo encontraba. Enrique, que apenas sí conocía a Julia, se quedó sorprendido por la familiaridad que ésta le mostraba; pero estaba visto que aquella era una noche de sorpresas, besos y apretones de mano por lo cuál  no le dio más importancia. Ramón, viéndolo en el aprieto y conociendo a su sobrina, se rió. Después de descolgarse de su cuello, Julia le preguntó si Verónica ya lo había visto, a lo que él contestó que de refilón pues la tenían secuestrada.

Genís de Pablos se acercó a Ramón y éste aprovechó para presentarle a Enrique.

En aquel preciso momento, después de una lluvia de flashes a cuadros e invitados, la prensa se dirigió a Verónica para hacerle algunas preguntas. Verónica le hizo una seña a su padre para que se reuniera con ella pero Enrique lo declinó. El periodista miró hacia la dirección en que se hallaban Enrique, Ramón, Genís de Pablos y Julia.
-Genís De Pablos, ¿verdad? Si mal no recuerdo,  Ud. ilustró su última publicación titulada...-observó el periodista.
-No, mi padre- le aclaró Verónica.
-¿Se dedica al arte, también?
-No, es mi padre- repitió Verónica.

El camarero se aproximó a Ramón y compañía para ofrecerles una copa de cava. Todos tomaron una menos Enrique. Ramón, conocedor de su problema, le pidió al camarero que trajera una bebida sin alcohol. Julia divisó a través de la cristalera a su novio desorientado en la calle, y salió a su encuentro.

Casi al momento llegó otra bandeja de canapés de la que también se sirvió Marcial Marcos, un prestigioso, respetado pero más que nada temido crítico de arte. Ramón le saludó efusivamente por lo que la presencia de ese hombre representaba allí y por la gran amistad que les unía.
-¡Que! Te has acercado aquí, ¿por mi o por los canapés?- bromeó Ramón.
-Debo confesar que por los canapés. A ti te tengo ya muy visto- le siguió la broma el otro.
-¡Qué malo eres! Si no fuera porque eres un buen crítico ¡no te aguantaría!
Marcos rió.
Genís de Pablos le estrechó la mano a Marcos y Ramón le presentó a Enrique a quien aún no conocía.
-¡Y ojito con lo que dices esta noche de mi mujer que aquí tengo a mi suegro!-le avisó Ramón. Marcos le estrechó la mano a Enrique divertido por las salidas de Ramón.
-Encantado y mi enhorabuena - le saludó de este modo.
-Gracias- le contestó Enrique.
-Enrique, éste es Marcial Marcos, uno....de tantos críticos de arte que pululan por ahí....-le presentó Ramón quitándole, intencionadamente, la importancia que el hombre tenía.
Marcos rió de nuevo divertido.
-No, en serio; es el más entendido y el más temido-. Luego, dirigiéndose a Marcos le dijo mientras le daba una palmada en la espalda- Te agradezco mucho que hayas venido- seguidamente le explicó a Enrique -¿Sabes que tenía que coger el avión de las nueve y ha aplazado el vuelo para poder asistir a la inauguración?
-Los canapés, Ramón; los canapés- se justificó el aludido quitándole importancia; -que en el avión ya no te sirven nada.
-Bromas aparte- continuó Ramón, - Marcos está muy solicitado y es invitado a todas las exposiciones del mundo que te puedas imaginar. Si quieres una buena crítica para tu hija, hazle la pelota a este hombre.
-No, la pelota no; que soy imparcial- se defendió entre risas el crítico.
-Sí, pero tú ponle unos buenos canapés....- insistió Ramón.

El camarero llegó con el refresco que había pedido para Enrique. Este le dió las gracias mientras Marcos continuó con la amena charla:

-Verónica es una gran promesa. Sólo esperad a que el mundo la descubra  y dentro de muy poco tiempo ya hablaremos- vaticinó el crítico.
-¡Qué halagador! Para mí ya es perfecta tal como és ahora- dijo Ramón.
-Sí, pero no puedes ocultarle al mundo algo que le pertenece- le dijo el crítico. - Siempre tuviste un olfato muy fino para detectar las joyas en bruto. Recuerdo cuando me presentaste a aquel muchachito con los tejanos rotos...
-Sí, Marcel; ahí lo tienes- indicó Ramón.
-Sí, ya le he saludado; está allí, con tu mujer y el neoyorquino- señaló mirando hacia el grupito. En aquel momento el periodista acabó con las preguntas a Verónica y pasó a Marcel.
-Le llamamos el neoyorquino porque pasa más tiempo en Nueva York que aquí; su nombre es Iríbar- Marcos se vió en el deber de poner en antecedentes a Enrique a quien tanta información le agobiaba y que estudiaba la forma de poderse escabullir sin ofender a nadie.
-Sí, Ramón ya me ha hablado de él- le comunicó Enrique.
-¿Cuales son sus proyectos para la nueva temporada con la casa Verzzitte?-le preguntó el periodista a Marcel.
-Lo siento; esta es la noche de Verónica; no la mía- repuso él.
-¿Cuál és su opinión sobre la obra que se inaugura esta noche?
-Eso es trabajo de Marcos y Sagalés- respondió Marcel indicando con un gesto al grupito donde se hallaba Marcos. El periodista miró de nuevo en esa dirección descubriendo entonces a Marcos- Yo sólo puedo decir que apuesto por Verónica- concluyó Marcel.

Verónica inició su aproximación hacia su padre viéndose constantemente detenida por personas que, saliéndole al paso, la felicitaban o le hacían preguntas.
Finalmente se reunió con él y le besó. El periodista también llegó hasta Marcos el cuál, apartándose de sus amigos, hizo un avance de la crítica que saldría al día siguiente en la prensa. Genís fue requerido por un conocido y Ramón por unas señoras que lo confundían con el galerista; ocasión que aprovechó Verónica para hablar con su padre más tranquilamente. Conduciéndolo a un rincón menos congestionado y abasteciéndose de algún que otro canapé para ambos, le preguntó:
-¿Qué tal estás, papá? ¿agobiado?
Enrique sonrió algo comprometido.-Un poco... con tanta gente.
Verónica entonces buscó a su alrededor.-¿Y tu amigo?-preguntó, - ¿No ha venido?
-No; le surgió algo- contestó su padre.
-¡Pues que lástima! Me habría gustado conocerle- se lamentó Verónica- habría sido una buena ocasión.
-Ya lo harás-le quitó importancia su padre.
-Hemos programado una cena; pero no en el hotel; nos invita Iríbar. ¿Quieres venir?- le propuso Verónica.
-No. Estoy cansado. No estoy acostumbrado a esto. Si no te sabe mal, me iré pronto. Tengo a Fredy solo.....-se disculpó Enrique.
-Como quieras.
-No me cansaré de repetirte lo orgulloso que me siento de tí y cuanto me alegro de que hayas podido conseguir todo esto que debo agradecer a Ramón. Me cae bien. No sé como fui tan burro de....
-Bueno, eso ya pasó.
-Siempre supe que valías mucho pero yo jamás habría podido....
-No te preocupes. El caso es que ahora lo estamos disfrutando los dos. Tú estás guapísimo; irreconocible; al fín está saliendo el hombre que hay dentro de tí y yo me siento muy feliz.

Enrique apretujó a su hija a modo de despedida.
-Bueno, pues me voy. Veo que Ramón está ahora ocupado. Ya me despedirás de todos.
En aquel momento Ramón se vió libre del asedio de las señoras aunque enseguida fue solicitado por otros conocidos.
-Te acompaño afuera- le propuso Verónica a su padre.
-¡No, mujer! No puedes dejar a tus invitados.
-¿Quién me puede impedir que acompañe a mi padre a la puerta?
Verónica aprovechó la presencia de Jaime para agarrarle de un brazo y pedirle:
-Jaime, cuando puedas dile a Ramón que he salido un momento  a despedir a mi padre que se va.
-¡Muy bien!-contestó éste tan jovial como de costumbre estrechando la mano del hombre que se iba.
-¡Hasta pronto!-le despidió.
-Adios y encantado- se despidió Enrique.

Verónica quiso acompañar a su padre algo más allá de la puerta y al final acabaron caminando un tramo mientras charlaban y reían. A Enrique le entró algo raro; algo que le atacó en forma de risa; quizás por la tensión contenida allá adentro ante gente tan alejada de él hablando casi en otro idioma.

-¡Tan sólo si toda esa gente tan encopetada hubiese sabido que hace pocos días el padre de la gran artista mendigaba por las calles!¡La vida es una pura ironía! ¡Cuando se lo cuente a Fredy! ¡Tenía miedo de que alguno de ellos me reconociera! -no podía reprimir decir mientras reía con incipientes lágrimas en los ojos.
Su hija también reía. No se burlaba de aquellos congregados en la galería de arte. Se reía de la vida.
-¡Pero papá, con lo guapo que estabas quién te iba a reconocer!¡Eres otro hombre!
-Me sentía raro viéndome de igual a igual con esa gente que va a los restaurantes, a donde me ponía a pedir; a los teatros, al casino, a las salas de fiesta,  a las terrazas de caferías de postín.... ¡La vida es bien, bien, una farsa! ¡Quien se la tome en serio....! ¡Casi que era yo el protagonista por ser tu padre! Lo siento hija pero yo me reía por dentro por un lado y por el otro lloraba de alegría por tí.
-Pero te lo has pasado bien ¿no?
-¡Sí!
Verónica se puso más seria entonces -Tú has sido mi mayor triunfo, papá.



***



CAPITULO X



Julia, ante el tocador de la habitación de Verónica, le ayudaba a ésta a abrocharse el collar que Ramón le regalara por su aniversario de boda. Ambas se habían vestido para la cena de Noche Vieja que tendría lugar en el restaurante del hotel. Ambas, ceñidas ya en sus vestidos de noche, se daban los últimos toques de maquillaje y peinado antes de bajar.

-Como no nos demos prisa nos van a dar las uvas. Le he dicho a Andrés que esperase en el salón y el pobre se debe estar impacientando- dijo Julia con apremio.
Dándose por acabada, Verónica se puso en pie. Ambas caminaron entonces a paso ligero hacia la puerta.
-No sé porqué Ramón tarda tanto- se quejaba Verónica. - Ha dicho que iba a la cocina a supervisar los últimos detalles y mira que hora es. De hecho se ha pasado el día en la cocina: que si eligiendo menús, que si descartándolos; que si problemas con las bodegas que nos sirven, que si malentendidos con los vinosy cavas; que si los repartidores no llegaban;  que si personal  faltando a última hora, enfin....Te juro que el próximo año lo celebramos en otro sitio.
Julia se echó a reír.
-Tendré que ir a rescatarlo de entre las cacerolas y las sartenes. El smoking se le ahumará. Le he dicho: no bajes arreglado, vístete después. Es capaz de presentarse con lamparones de aceite en la ropa. Pero ya sabes lo cabezón que és. Y como ya se conoce la historia de cada año....si no baja arreglado ya no le da tiempo a vestirse después- continuó con sus protestas Verónica.
Al llegar al Hall, ambas amigas se separaron.

Verónica caminó por el pasillo que conducía a la cocina cuando al llegar a la altura del almacén contíguo, dos pinches salían acelerados para dirigirse a la cocina con un carrito repleto de provisiones. Verónica se apartó un poco para dejarles paso.
-Buenas noches Sra.Verónica -le saludó uno de los muchachos.
-Buenas noches. ¿El Sr.Ramón aún está ahí?-preguntó Verónica.
-Sí, señora -respondió el otro muchacho.

En el preciso instante que iban a empujar las puertas batientes de la cocina para entrar, alguien que salía les golpeó con la misma. Aunque el carrito no se tumbó, el golpe sí hizo que algunas cosas saltaran. Entre ellas paquetes de harina y pasta alimenticia de la cuál una gran porción de macarrones saltó hasta alcanzar los pies de Verónica quien se comprimió contra la pared horrorizada.
Los chicos se disculparon y corrieron a recoger aquello mientras se intercalaban culpas. Pero Verónica ya no oía nada. Estaba fuera de sí, muy lejos de allí con la vista clavada en los macarrones que saltaron y rodaron hasta sus pies.
Una mano firme la agarró de un brazo.

-Verónica, estás pálida- la sobresaltó Ramón, - ¿qué te ha pasado? ¿te han molestado estos chicos?
-No... no...-contestó Verónica aún aturdida.
-¿Te has mareado?
-Si...puede que fuera eso...ya se me pasa....
-No será una buena noticia...-preguntó Ramón albergando esperanzas.
-No...no...el cansancio....
-Si, hay que reconocer que has tenido un año muy ajetreado. Tendríamos que tomarnos unas vacaciones.


Julia les hizo señas cuando entraron en el comedor. Un comedor repleto de gente en donde se respiraba ya la fiesta. La orquesta sonaba aunque no lo hacía el piano. La pareja se reunió con sus amigos en el lugar donde siempre solían hacerlo. Por tratarse de la fiesta de Noche Vieja, la familia de Ramón no se hallaba allí aquella noche. Sólo se reunían en Noche Buena y Navidad y siempre en casa de Conchita. Esa noche la dejaban para los jóvenes y los amigos. Era una noche para no dormirla, para que te sorprendiera el nuevo día bailando.

-¡Hola pareja, pensábamos que ya no veníais!-les recibió Jaime cuando se aproximaron a la mesa donde ya se hallaban todos sentados.
-Casi, casi- le contestó Verónica sentándose.
-¡Hola a todos! -les saludó Ramón. -¡Hola Andrés! Veo que aún sigues con ella- se permitió bromear refiriéndose a su sobrina. Después, dirigiéndose al resto,  preguntó si ya habían pedido.
-No, os esperábamos- contestó Cati.

De pronto, Ramón se puso en pie y pidió a sus amigos que lo disculpasen.
-¡Pero Ramón- protestó Jaime, -si acabas de llegar y ya nos dejas!
-¡Mira! ¡ hoy me tiene......!-también se quejó Verónica refiriéndose a su marido.-Y aún dudo que empecemos a cenar.


Ramón se dirigió hacia la orquesta. Subió al escenario por un lado y discretamente habló con Juan Carlos. Después salió del comedor para volver a aparecer con Roberto, el pianista, aunque ambos por separado. Roberto se puso al piano y Ramón regresó con sus amigos.
Mientras esto ocurría, Verónica le explicaba a Genoveva, y por extensión a todos, lo que estaba sucediendo.

-Creo que falta un músico. Debe tratarse de Roberto, el pianista. Hoy hemos tenido el día. A primera hora de la mañana la gobernanta ha tenido problemas con dos camareras de habitaciones que decían que se despedían. El chef nos ha llamado diciendo que tenía fiebre. Ramón se ha vuelto loco. Menos mal que Ramiro nos ha resuelto la papeleta; luego un pinche se ha quemado la mano. Ramón ha tenido que llevarlo a urgencias; después uno de los camareros ha tenido un percance con el coche y no podía venir esta noche. Hemos tenido un problema con una de las bodegas que nos sirven el cava; el repartidor se ha equivocado y no llegaba nunca y cuando llegó el pedido no correspondía al que habíamos hecho; en fin. Ahora nos falta un músico y esperemos que no se incendie el hotel.
-¡No, mujer!-la tranquilizó Julia -¿Tienes fuego?
-Pero ¿es que ahora fumas?-se sorprendió Verónica.
 Victor le ofreció lumbre.
Ramón se sentó a la mesa.
-¿Estás seguro de que ya podemos pedir?-le preguntó Jaime irónico a lo que Ramón hizo una seña al camarero para que se acercara. Mientras éste venía, Jaime se autofelicitó por haber ganado esta vez con los galgos. Felicitación que Ramón no podía compartir ya que precisamente ese día apostó por otro.
-¡Pero si es que tenías que haberme hecho caso!-le reprochaba Jaime. -... es pura cuestión matemática. A la que llevan unas carreras haciendo el vago, ¡zas! luego aprietan en una y la ganan. Son como las máquinas tragaperras y los que las vigilan hasta que saben cuando están calientes y  apunto de dar el premio.
-No compares a un animal con una máquina tragaperra! -le rebatió Ramón.
El camarero se aceró con las cartas que repartió.
-No sé para que quiero carta si ya sé lo que hay- dijo Ramón.-Cariño, esta noche tengo una sorpresa para tí- le dijo a continuacuón a su mujer.
-¿Ah si?
-Quería habértelo dicho antes pero con tanto jaleo...¡estarás muy contenta, por fín le conocerás!
-¿A quién?
-¡Ya está haciendo de las suyas!-repitió Ramón molesto.
-¿Cómo?-no comprendió Verónica.
-¡Ese Roberto, de las narices! ¿has visto como está mareando a la orquesta? Se está saliendo del repertorio de esta noche y los músicos no hacen más que seguirle para salvar la pieza.
-¡Lo que faltaba!
Ramón volvió a abandonar a sus amigos y Verónica no quiso mirar. Al poco rato la orquesta tocaba una samba con perfecta sincronía. Sonaba el piano.
-Pero ¿qué pasa?-preguntó Julia.
-Creo que tenemos un problema con el pianista -le explicó Verónica a Julia- ¿Recuerdas que una vez Ramón le preguntó a Andrés si tocaba el piano?-
-¡Ah, ya!
-¿Qué vino pedimos? -preguntó Victor.
- Aquí tenemos la carta de vinos y cavas- dijo Genoveva pasándosela a Victor.
-No conozco ninguno de los vinos que hay aquí, ¿y si le consultamos al jefe de vinos?
-¿Aún no habéis resuelto el problema desde entonces?-le preguntó Julia a Verónica a tenor de Roberto.
-¡Siempre dejamos las cosas para última hora!-decía Verónica aburrida. - Sí; nos pusimos en contacto con un candidato que nos había dejado su curriculum pero ya estaba empleado. Antonio, el bajista, nos habló de un conocido que toca el piano. Le llamamos pero no apareció. Nos pusimos en contacto con otro que no lo hacía mal pero no pudimos llegar a un acuerdo con los días ni los horarios; era profesor de música y tenía que compaginárselo con sus clases. Es un poco difícil esto de los músicos.
-Están llegando músicos muy buenos de los países del Este-intervino Andrés;- quizás no os sería difícil contactar con alguno de ellos. Incluso podéis contactar desde su país de origen y contratarlos.

La samba acabó prácticamente solapada por el piano que esta vez sonó solo.
El piano ya no era el mismo que siempre habían sentido. Los primeros compases del Claro de Luna de Beethoven, traspasaron el corazón de Verónica que ya no pudo oir lo que Andrés continuaba explicando. Verónica quedó transportada por esa música que la llevó muy lejos, al pasado; hacia algo doloroso que ella se resistió a recordar. Verónica intentó atisbar hacia el escenario y ver quién tocaba pero por la posición del piano con respecto a la orquesta y a ella,  no pudo distinguir quién lo hacía. La interpretación fue abreviada y seguidamente sonó primer movimiento del nocturno nº 9 de chopin para luego cambiar a compases más rítmicos y alegres.
Ramón regresó a la mesa pletórico. Con una sonrisa de oreja a oreja. Todos lo vieron menos Verónica que pareció traspasarle con la mirada y ver a través de él.

-¡Ramón, no te nos vuelvas a escapar y ayúdanos a elegir entre estos vinos!-le pidió Jaime.
-¡Una mina! ¡Este chico es una mina!-dijo Ramón, más bien para sí, sentándose feliz.
-¿Quién? ¿Yo?- preguntó Jaime.
-No. ¡Mario!  El que toca ahora- le corrigió Ramón.

Las pupilas de Verónica se dilataron al oir que era Mario quien tocaba.
-¿Mario?-preguntó Jaime.
-¿Quién es Mario?-preguntó Victor.
-¡Una mina!-dijo Ramón.
-Eso ya lo has dicho, pero ¿quién és esa mina?-le recordó Jaime.
-Esta noche me ha sorprendido de verdad. Resulta que el tío sabe tocar el piano y me ha resuelto la papeleta. Mira que bien se ha sincronizado con la orquesta.
-¿Con qué orquesta si está tocando solo?-ironizó Jaime.
-Pero sé que se sincroniza muy bien con la orquesta; lo sé
-Ah, si tú lo sabes....
 Ramón se dirigió a su esposa la cuál parecía ausente y le participó: -Esta es la sorpresa que te tenía reservada; Mario; aunque la sorpresa me la he llevado yo.
-Mario debe ser el que toca- dedujo Jaime.
-Toca muy bien, ¿será extranjero?-se interesó Andrés- los rusos son grandes artistas; ya se sabe; con tanta disciplina.....
-¿No has oído que se llama Mario?-le recordó Julia -.¿Cómo ha de ser ruso?.
-¡Pues no hay pocos rusos  que se llamen Mario!-replicó éste.
-¿Ah si? pues dime alguno.....-le retó su novia.
-¡Ahora no se me ocurre ningún Mario conocido pero los debe haber!
-¡Qué tonto que eres!¡No sé ni por qué salgo contigo!
-Qué, ¿pedimos ya? ¿Ya os habéis decidido?- preguntó Ramón a sus amigos.
-Ayúdame con los vinos. No conozco ninguno- le pidió ayuda Victor.
-Es que son de una bodega de producción artesanal y limitada. Por eso no los conoces con ningún nombre comercial ni entran en el mercado a través de una red de distribución convencional; pero te puedo aconsejar, si quieres. Aunque yo ya había elegido para esta noche- le informó Ramón.
-Ah, bueno; nos fiamos de tí- convino Victor.
Ramón hizo señas de nuevo al camarero quien volvió.
-¿Os habéis decidido con la cena?-  preguntó a sus amigos.
-No del todo- repuso Cati.
-Pues no decidáis más. Tomaremos el menú de fin de año que he elegido para nosotros- dijo Ramón.
-Pues en eso también nos fiamos de ti- repitió Victor.
-Es lo que yo decía; el menú de fin de año- dijo Jaime.
-Le he dicho que se acerque- dijo Ramón a todos.
-Sí, ya viene el camarero-comentó Genoveva creyendo que a él se refería.
-No, me refiero a Mario- aclaró Ramón.- Cenará con nosotros. Después volverá a tocar. Ya lo tengo todo organizado.
Ramón dio las instrucciones al camarero quien retiró las cartas y se fue.
-Aún no sé quién és Mario, aparte de que es una mina- dijo Victor.
-Es un gran amigo. Le he invitado esta noche pues quiero que Verónica le conozca.  De hecho hace días que voy pidiéndole que venga pero nunca ha encontrado la ocasión. Es el seminarista en prácticas en nuestra parroquia- explicó Ramón.
-¡Aleluya! ¡ya sabemos quién és Mario!- dijo Victor con alivio.
-No lo tenéis visto, ¿verdad? ¡Ya se ve que no vais a misa!-alegremente les echó en cara Ramón a sus amigos.
-Pertenecemos a otras parroquias- se justificó Jaime.
-Si, si....¿a que no sabéis como se llaman  vuestras propias parroquias?-les retó Ramón sin hallar contestación.
-Yo sí le conozco- dijo Julia refiriéndose a Mario.
-¿Seminarista?-se interesó Victor.
-Sí, durante la semana está en el seminario. Los fines de semana hace las prácticas en nuestra parroquia. Junto con el rector se encarga de las actividades de la misma y está ayudando a una persona que Verónica y yo queremos mucho. Ya venía siendo hora de que no fuera todo trabajo y pudiéramos hablar relajadamente con Mario. ¡Vaya con Mario! Figuráos que llegué a pensar que esta noche tampoco vendría......-explicó Ramón.
-Bueno; alguna cosa ha de salir bien esta noche, ¿no?-convino Jaime.

La música cambió. Mario consultó algo con los músicos, estos asintieron y poco después orquesta y piano tocaron "Let it Snow".

-¡Qué bien toca el piano, el condenado!-valoró Ramón siguiendo la música con la cabeza. - Creo que le propondré que trabaje aquí.
-Creo que en los seminarios tienen horarios estrictos- objetó Victor.
-¿Y eso qué quiere decir?-preguntó Ramón suspicáz.
-Pues que tendrá horarios estrictos. Que si vive en la residencia del seminario, como les ocurre a la mayoría de los seminaristas, tendrá un horario; como en el ejército, vamos. Si vive fuera del seminario tendrá más libertad de movimientos.
-No sé dónde vive; ya le preguntaré. Sí que estás puesto en esto. Tú, que no vas a misa....

Llegó otro camarero y empezó a servir. Ramón se dirigió de nuevo hacia el escenario lo suficientemente cerca como para que Mario le viera. Le hizo señas, para que les acompañara a cenar, pero éste, con otro gesto, le indicó que más tarde. Que empezasen sin él.

Transcurrida una hora muchos clientes bailaban ya. Mario parecía haber quedado absorvido por la música. Cuanto más tocaba más animado estaba y más le retaba la orquesta a seguir esta o aquella conocida melodía. Mario parecía conocerlas todas y había llegado a sincornizar tan bien con el resto de músicos que hasta se intercambiaban miradas cómplices para cualquier cambio, entrada, estribillo o mivimiento.

Ramón hizo una seña a un camarero al que le pidió algo. Este se alejó a llevar el recado y poco después  Mario bajó del escenario. La orquesta, finalizada la pieza que tocaban, hizo una pausa. Todos abandonaron el escenario para tomar algo y relajarse.

Ramón le salió al encuentro avasallándolo de elogios y palmadas en la espalda. En la mesa nadie advirtió su llegada. Todos reían por la historia que acababa de explicar el detective del hotel que acababa de incorporarse.
Ramón carraspeó sin resultado hasta que cogió una copa y la golpeó con una cucharilla.
Todos volvieron la vista alegrándose de conocer al fín a Mario. Todos menos Verónica que cuando lo vio creyó morir. Pues aquel al que todos llamaban Mario no era otro que Mauro.
Mauro no la vio al principio y se mantuvo sonriente mientras Ramón hacía las presentaciones. Luego, cuando reconoció entre aquellas caras la de Verónica, su sonrisa se fue helando en su rostro a medida que la reconocía. Todos estrecharon la mano de Mauro; todos incluyendo Verónica.
Al sentir Verónica el contacto de su mano, notó como toda su sangre se agolpaba en la misma. Le pareció haber quedado conectada a él y sintió como si un fluido extraño los traspasase a ambos. Mauro apretó su mano como si quisiera apoderarse de ella y no dejarla marchar jamás. A través de sus miradas también corrió ese fluido que pareció atravesarlos y amarrarlos y que sumió sus cuerpos en un temblor incontrolable. Verónica temió que alguien advirtiera sus sienes latir con fuerza  o que notasen el quiebro en su voz al saludar a Mauro. Pero esa magia tan sútil nadie pareció advertirla; Los demás hablaron atropelladamente de mil cosas que ya no podían captar la atención ni de Mauro ni de Verónica.
-....¿verdad, Mario?...-alcanzó a entender Mauro de lo último que Ramón le decía.
-Pero ¿por qué me llamas siempre Mario?- preguntó éste -Te he dicho mil veces que me llamo Mauro.
-¿No te llamas Mario?- se extrañó Jaime.
-Me llamo Mauro.
-¡Anda que tú también!- le reprochó Jaime a Ramón.- ¿Y por qué le llamas Mario, Ramón?
-¡Y yo qué sé! porque es más fácil; siempre he oído Marios pero nunca Mauros......
-Porque Mauro es un nombre italiano- salió en su defensa Genoveva.
-¡Ruso!- saltó Andrés.
-¡Y dale con los rusos!- se quejó Julia.
-Es portugués- dijo Victor.
-¿Mauro no es Mauricio?- quiso saber Genoveva.
-¡Bueno, lo que sea! es un nombre menos común que Mario- se justificó Ramón.-Nos podías haber acompañado a cenar- luego le reciminó al aludido. -Como nos lo hemos comido todo, ahora no sé si quedará algo para tí.
-No te preocupes; beberé algo- dijo Mauro.
-¡Claro que hay comida para tí! ¡Era una broma! Pero ¿qué haces ahí  Mario..digo, Mauro?-preguntó Ramón con respecto al lugar donde lo había sentado.
-Me has puesto aquí- le aclaró Mauro.
-Pues ponte al lado de mi mujer que tenéis muchas cosas de que hablar.
-¡Anda!- dijo Jaime con doble sentido.
-Anda, Julia, cédele el sitio a...Mauro- le pidió su tío.
-¿Y me tengo que separar de Andrés?-protestó Julia.
-Pues corréos todos un sitio y así las parejas continuaréis juntas- resolvió Ramón.

Todos le obedecieron divertidos y así quedó Mauro al lado de Verónica.

Dos camareros se acercaron con los cafés, las copas, los cigarrillos y los puros, además de los turrones y más cava. Ramón les pidió que sirvieran algo a Mauro pero éste no vio apropiado comer mientras los otros ya tomaban café y prefirió acompañarlos.
Ramón levantó su copa para proponer un brindis:
-Brindemos por todos nosotros. Porque cada año nos podamos reunir tan contentos, tan prósperos, tan guapos y más jóvenes, si cabe.
-Tan jóvenes no creo- corrigió Jaime.

Todos chocaron sus copas y bebieron para continuar hablando después. Mauro y Verónica no hablaron. Apenas pudieron tomar nada más. Julia acaparó la atención de Mauro consultándole cosas cotidianas que habían quedado pendientes en la parroquia y en algunas de las cuales participara Julia. Verónica se admiraba de que Julia le conociera y hablase con él con tanta familiaridad.
-Lo que sí sigue en pie es el papel para la función benéfica- continuaba Julia. - Me hace mucha ilusión y pensaba que quizás Andrés podría intervenir; ya sabes que estudia arte dramático.
-Sí, habíamos pensado en él. Creo que le irá perfecto el papel del paciente de Don Leandro.
-Sí, ¿verdad? ¿ y tú cuál haces?
-Yo hago el del infortunado. Se me dan muy bien esos papeles.
-Entonces ya está casi todo el reparto.
-Miguel se nos está rajando y Javier lo tiene mal con las oposiciones. Aún no lo tenemos todo cerrado.
-Es que lo de Javier....No sé si contártelo; bueno; en fin; es un problema personal. Nada grave, claro. Y mira que ese chico vale.....,llevo toda mi vida con ellos, Hemos crecido juntos.¡ Si te explicase lo de Cardona! Mira, resulta que.....
Al ver Ramón que Julia se agenciaba a Mauro casi en exclusiva, intervino para poner un poco de orden. -Venga, ¿por qué no dejáis a esta pesada y empezáis con lo vuestro?-dijo dirigiéndose a Mauro y a Verónica.
-¡Pero tío Ramón!-protestó Julia lanzándole el corcho de la botella a la cabeza.
-¿Lo nuestro?- preguntó Verónica con cierto aturdimiento.
-Sí, lo vuestro; eso que tenéis en común y para lo que estáis aquí.
-¿Es que estos dos tienen algo?- preguntó Julia despistada.
-Algo y muy gordo -aseguró Ramón.
Julia los miró dubitativa. Ramón observó a Mauro y Verónica quienes miraban aturdidos.
-Bueno; no tan gordo - aclaró Ramón; - más bien delgado y se llama Enrique.
-¡Ah,Claro!-cayó en la cuenta Julia.

Eran las 11:40 cuando varios camareros empezaron a repartir las bolsitas con las uvas de la suerte. Andrés empezó a advertir que las campanadas estaban próximas.
-Que van a tocar los cuartos.
-¡Los cuartos! ¡Los cuartos!-repitió Julia alborotada.
-¡Que tarde es ya!-comentó Ramón.
-¡Claro, hemos empezado a cenar tan tarde!-le reprochó Jaime.

Una gran pantalla retransmitiría las campanadas desde la catedral de Palma. Al sonar los cuartos, todos los comensales y personal de aquel comedor, se preparó para despedir el año viejo y recibir el nuevo.
Sonaron las campanadas y todos brindaron . La gente se besó, vitoreó, aplaudió, cantó, y bailó; y una lluvia de confeti y de globos multicolores bautizados con el nuevo año, volaron por el recinto y Mauro y Verónica, para sus adentros, pensaron que sin haberlo programado ni buscado, recibían el nuevo año juntos.

La orquesta retomó las sambas y los ritmos caribeños. Una vorágine de bailarines saltó a la pista. La mesa donde se hallaba Ramón, pronto se vació incluyendole a él.
Verónica y Mauro se quedaron solos. Ocasión que les permitiría hablar de lo suyo, pensó Ramón. Pero ambos parecían dos extraños, mirando a los que bailaban, siguiendo el compás de la música con la mano o con los pies. Los compases cambiaron y sonó "La chica de Ipanema".

-¿Bailamos?- oyó Verónica y un sobresalto sacudió su ser. Verónica no sabía si había entendido bien y no reaccionó a responder con prontitud. Miró a los ojos de aquel hombre como si por ellos pudiera confirmar aquello que acababa de oir. Aquello que le había sonado a bailar con èl. Mauro no esperó respuesta y apagando su cigarrillo apenas empezado, tomó nervioso la mano de aquella mujer que lo siguió no muy segura de sus piernas.

Después de tanto tiempo Verónica volvió a sentir el roce de su cuerpo. Tuvieron que acercar sus caras para hablar y Verónica fue consciente de que ninguna de sus emociones  había mermado con el paso del tiempo. Estaban bien vivas resucitando a aquella llamada que las revolucionaba con un intenso palpitar y que nadie más que Mauro podía provocar. ¿Había tenido todo aquello dentro de ella todo ese tiempo? ¿Tanto le había quedado? ¿Qué poder era aquel que podía hacerlo resurgir de golpe con un simple roce sin el cuál podía permanecer toda la vida adormecido?
Mauro decía ser un perdedor. Para ella lo había sido todo; el camino, la esperanza, el sentido de la vida. No puedes decir que es perdedor el sol que ilumina tu vida ni puedes decirlo del aire que necesitas a cada instante para vivir. Sólo por eso Mauro ya no era un perdedor. Alguien lo necesitaba y Mauro estaba lleno de todo eso para ella.

-......Con que....casada con Ramón......y propietaria de este hotel......- empezó él. -Una vez brindamos por el éxito que te esperaba en la vida.....enseguida vi que habías nacido con una especie de pasaporte que te abriría las puertas a todo. Es un buen hombre; me alegro por tí - acertó a decir Mauro, con cierta tristeza aunque fingiera alegrarse.

Verónica fue a decir algo pero se contuvo.
Al cabo de una breve pausa, Mauro prosiguió.
-Regresé a buscarte -Mauro hizo otra pausa. Como si le costase articular las palabras.-Casi te encontré muerta. Te saqué y pedí auxilio.
Verónica cerró los ojos. No se atrevió a abrirlos para ocultar así la emoción que la embargó.
-¡Fuiste tú! Yo....- dijo con voz ahogada, -..pensé que tenía que haber sido yo misma quien saliera a pedir ayuda al encontrarme mal, aunque no podía recordar nada. Pensé que tenía que haber sido yo ya que nadie conocía la entrada que nosotros usábamos. Ni siquiera mi padre.
-Fui yo. Sí, volví a por tí, a pesar de no querer echar tu vida a perder. Volví para estar a tu lado, sin pensar en el mañana, viviendo cada  instante sin mirar más allá. E hice muy bien en volver. Es de lo único que no me arrepiento en mi vida. De no haberlo hecho ahora no estaríamos aquí bailando. Recuperé tu vida y me fui para que no me hicieran preguntas. Mi vida estaba muy comprometida entonces.
Verónica volvió a cerrar los ojos sintiendo dolor con cada palabra que Mauro mencionaba.
-¿Por qué has tenido que volver?- le preguntó ésta.
-Yo no he vuelto. Me han traído. Ya ves...-ironizó, -una fuerza superior a nosotros nos ha querido reunir.
-¡Reunir! ¿Ahora, para qué?
-Me han llevado hasta tí con una venda en los ojos. Pero no he venido a interferir en tu vida, jamás te haría daño. Estoy contento de que te hayas tropezado con Ramón. Es la mejor persona que podías encontrar.
-¿Por qué quieres ser sacerdote? ¿por qué te han destinado precisamente a nuestra parroquia?
-Quiero ser sacerdote para dedicar mi vida a los demás. He cometido muchos errores que quiero reparar. Cuando me ordenen quiero ser capellán de una penitenciería. Quiero intentar recuperar a gente que aún está a tiempo. Si supieras cuantas vidas se malogran por no tener una mano tendida a tiempo.
-Hablas como si tuvieras remordimientos.
-Los tengo.
-Esa es una decisión muy importante.
-También la fue regresar a buscarte.
-Pero ahora ya nada sirve de nada. Yo estoy felizmente casada. Tú vas a ser sacerdote. Parece que el destino se ha burlado de nosotros reuniéndonos cuando menos debíamos encontrarnos.
-Quizás aún hayan cosas que tengamos que acabar.

Verónica se asustó. Mauro continuó sin captar el escalofrío que recorrió el cuerpo de la chica.

-Tu padre, por ejemplo. Al destinarme a vuestra parroquia, conocí a Ramón y  pude conocer el problema de tu padre.
-¡Mi padre! -suspiró Verónica con ironía. -Incluso creo que el destino se ha servido de él para acercarnos.
-Nos habría acercado de muchas otras formas de haberlo querido.
-Pero mi padre era la más infalible.
-Se ha querido asegurar que volviéramos a vernos.

Guardaron silencio unos instantes. Unos instantes que parecieron una eternidad. Se creyeron solos en el mundo a pesar de estar rodeados de gente. Les pareció que aquella música sonaba sólo para ellos en aquel mundo particular y pronto todo a su alrededor se desvaneció para dejarlos completamente solos. Solos, como lo habían estado en aquel mundo particular que les proporcionó el caserón. Hasta la música pareció irse lejos y el suelo que pisaban desvanecerse lentamente hasta dejarlos suspendidos en medio de sus emociones y sentimientos. Jamás confesarían que habían deseado que el tiempo se parase en aquel instante para perpetuar el momento. El momento que siempre era corto pero intenso. El momento que les robaban de las manos como les robaba el tiempo cada minuto de sus vidas.

Como un tornado pasó Ramón por su lado arrancándolos de su ensimismamiento para devolverlos a la pista de baile donde habían quedado sus cuerpos. Del brazo de la señora con la que bailaba, saludó a la pareja eufórico. Ambos le devolvieron el saludo algo desorientados.

-Voy a seguir adelante con tu padre. Y más ahora que sé que es el tuyo-le prometió Mauro.
-¡He deseado tanto conocer al Mario del que Ramón me hablaba y agradecerle lo que hacía por él! ¡Incluso Julia te conocía! Cuantas veces le he pedido a mi padre que te trajera, que quedásemos; pero nunca podía ser. Ramón sí coincidió contigo. Lo gracioso es que antes íbamos a misa los dos, casi cada domingo. Luego, con lo de mi exposición y mis excursiones para buscar paisajes y localizaciones, dejé de ir  y fui algún que otro jueves. Por eso jamás coincidí contigo. En cambio tengo miedo de este reencuentro. Hubiese deseado.....no haberte visto más.
-¿Por qué has de temer? ¿No estás felizmente casada? Mírame como a un amigo. Alguien que te quiere mucho y que siempre tendrás cuando necesites.
-No he dejado de pensar en tí todo este tiempo. Y para no hacerlo Incluso dejé de hacer retratos para que al esbozarlos no resurgiera el tuyo como siempre me había pasado antes de conocerte.
-Ah, sí; el retrato. Aún conservo el que me hiciste.
-Estabas ya en mí antes de que salieras fuera para encontrarme.
-Siempre estaremos el uno en el otro. Siempre estarás dentro de mí arropada con un amor fraternal. Te quiero demasiado como para arruinar tu vida. Me mantendré al margen pero estaré ahí cuando me necesites.



***





CAPITULO XI

Por primera vez, desde que se casara, Verónica no pudo dormir bien aquella  noche. Lo hizo inquieta y tuvo otro de sus extraños sueños que la hizo despertar sobresaltada.

En su sueño, Verónica viajaba en el tren que la sonducía a Soller. Se hallaba sentada al final del vagón y a través de las ventanillas no se veía nada. Era denoche. En el tren viajaban escolares que iban de excursión. Estos cantaban y se movían excitados. Verónica empezó a hacer esbozos en su libreta intentando plasmar la alegría de los niños y sus gestos espontáneos. Mientras dibujaba no reparó en que las canciones se iban apagando. Se hizo el silencio. Se mantuvo el silencio. Ni el traqueteo del tren se oyó; tan sólo el rascar de la mina del lápiz deslizándose febril sobre papel. El sonido de la mina parecía hacerse más audible y persistente; hostil. De pronto cesó también. Verónica detuvo su mano y levantó la vista para recoger nuevas imágenes. Pero sus modelos habían cambiado. Los escolares se habían transformado en adultos esposados y con uniformes penitenciarios.  Entonces se dio cuenta que aquel era un tren de convictos. Miró a su alrededor perpleja y se dio cuenta que en uno de los asientos viajaba Mauro. También iba esposado y además con los ojos vendados. Dudó qué hacer. Luego se dirigió a él para quitarle la venda. La desató pero debajo apareció otra. Intentó desatarla pero no pudo. Los segundos se le hicieron angustiosamente eternos.  El tren se detuvo de pronto. Pero ya no era un tren, era un autocar. Recogían a un nuevo pasajero en medio de la nada. Verónica comprobó absorta que se trataba de su padre. Enrique subió muy pausado, con los pies descalzos y los pantalones arremangados hasta la rodilla. Sus pies estaban sucios; al principio pareció sangre pero no, era el jugo de uva negra que había pisado. Venía de trabajar. Llevaba un capazo con uva que dejó en un asiento mecánicamente para ayudar a Verónica a quitarle la venda a Mauro. Verónica se apartó para dejarle hacer. Con suma facilidad se la quitó. Bajo esta ya no apareció ninguna otra y los ojos de Mauro quedaron libres. Este los abrió. Al recuperar la visión, en lugar de alegrarse se asustó. Pareció no poder sosportar lo que veía. Con sus ojos fijos en Verónica, le invadió el pánico. Horrorizado se levantó. Había perdido sus esposas y vestía con la vieja cazadora con la que Verónica lo viera en un sueño anterior. La puerta del autobús era ahora de hojas batientes; como las de la cocina del hotel.  Mauro las empujó para bajar. Pero en vez de descender del autobús quedó en la cocina del hotel  y ella corrió tras él. Al hacerlo chocó contra algo; una gran campana. Su badajo no era otra cosa que una saca de pasta alimenticia que al golpear el interior de la campana  rebentó desparramándose el contenido. Los macarrones, al llegar al suelo, se convirtieron en gusanos gruesos y blancos. Verónica empezó a gritar horrorizada.

Ramón tuvo que tranquilizarla.

***





Al descender las escaleras para cenar con su marido y sus amigos, como solía hacer los viernes, la música del piano la detenía. En medio de la escalera dudaba e incluso retrocedìa como si los acordes la empujasen hacia atrás. Luego, después de debatirse, decidía bajar y al llegar a la altura de la recepción dejaba un mensaje al recepcionista:
-Miguel, ¿podrá avisar  Ramón que me quedo en casa, que no me encuentro muy bien?

Mauro había entrado al servicio de Ramón a partir de los viernes por la noche y durante el fin de semana. Verónica comprendía que no podía rehuir constantemente las cenas con los amigos y sabía que inevitablemente Mauro y ella tendrían que encontrarse. Enrique era el nexo de unión. Durante las cenas, Mauro trabajaba y no se reunía con Ramón más que esporádicamente en los descansos y a veces ni eso; permaneciendo con el resto de los músicos como si también evitase el encuentro con Verónica. Así transcurrieron unas semanas en que apenas si se vieron sin mediar más que escuetas palabras entre ellos cuando ocurría.
La pintura mantuvo su mente despejada y en ella concentró sus energías. Pero no era fácil apartar al fantasma cuando este era de carne y hueso, pisando el mismo suelo que Verónica y respirando del mismo aire. Para algo se había personificado;  para algo se había revestido de materia aquel que no se conformó con permanecer silencioso en el interior de la joven. Enrique tenía que ser el nexo de unión; el pobre Enrique, de quien se servía el destino; aquel que no creyéndoselo, sí era útil; útil para los designios que a su espalda se urdían; útil como un comodín que el fado sacase a conveniencia.

Verónica se aprendió los horarios de Mauro para no coincidir y así poder sorteárle. Pudo andar por ahí con más desahogo y visitar a su padre. Quizas si no lo viese se hiciese la ilusión de que jamás había estado por ahí y de que todo había sido un sueño; como solía ser cuando aún no lo conocía.

-¡Hola, Fredy! ¿qué tal ?-saludó Verónica al can cuando este vino a recibirla.
Verónica había venido a visitarles. Quizás muy en el fondo, sin que ni ella misma lo supiera, ansiara saber de Mauro pero sin verle; ansiara tener alguna noticia a través de su padre, amparada en la seguridad que le daba el distanciamiento.
-Le he llevado a cortarse las uñas- explicó Enrique, con respecto a Fredy, mientras tendía la ropa en la parte de atrás del jardincillo.
-Ah, qué bien. ¡Hola, papá!-le saludó besándole en la mejilla.
-Hola, hija.También lo he desparasitado y vacunado.
-¡Vaya, nos vamos civilizando!
-Por el reconocimiento me han dicho que puede tener unos siete años. Aún podemos tener Fredy para rato. Según parece tiene una pata rota que se le soldó sola; se le formó un callo, igual que una costilla. ¡Por lo que habrá tenido que pasar este animal!
-Pues ahora que lo dices.... - dijo Verónica palpando los huesos,- sí que le noto irregularidades en los huesos. Sí, mira aquí hay como un bulto....y aquí otro.....¡pobre Fredy! Según se ve, esta mañana la has ocupado muy bien ¿Y has hecho tú la colada?
-Sí; ¿por qué no? No he querido esperar hasta el viernes que viene Remedios.
-¿ Y cómo está  tan arrugada?
-Es que la lavé ayer y me dió pereza tenderla.
-Pues Remedios se va a enfadar tendrá mucho que planchar....
En aquel momento Mauro salió al jardín.
-..Ya lo he arreglado- dijo pensando que  encontraría sólo a Enrique.- Era un mal contacto que.....
Mauro se detuvo al ver a Verónica. Se quedó lívido. Enrique, orgulloso de su hija corrió a presentársela oficialmente.
-¡Ah,! Mauro, esta es mi hija, Verónica; la pintora. ¿Recuerdas que te hablé de una exposición?, pues era la suya. Aunque creo que ya os conocéis. Como ahora trabajas en el hotel...
-Sí..nos conocemos..-confirmó tímidamente Mauro.
-Pero vamos adentro que aquí empieza a refrescar. Os prepararé algo caliente- convino Enrique.
-Bueno, yo ya me iba....-se excusó Mauro.
-¿Te ibas ya? ¿Ahora que ha llegado mi hija?
-Tendréis cosas de qué hablar...
-Bueno, pero al menos tómate un café...ya que tengo cafetera nueva y puedo invitar...

Los tres entraron y se acomodaron en el pequeño comedor donde una mesa camilla hacía las veces de mesa de comedor. En una mecedora se sentó Verónica y frente a ella, en un sillón, Mauro.
-Mauro y yo hemos hecho planes-explicó  Enrique mientras se dirigía a la cocina contígua a preparar el café.
-¡Si supieras que cosas he tenido que hacer te reirías! ¿Sabes que he estado encuadernando revistas de la iglesia? ¿Y sabes por qué? porque resulta que Mauro es seminarista. Hace poco que lo supe. ¡Quien me diría a mí que tendría tratos con la iglesia!  Es una larga historia la suya; ya la irás conociendo. Ya te dije que se parecía mucho a mi con la diferencia de que a mi la iglesia aún no me ha atrapado- soltó una carcajada. -Es una caja de sorpresas- continnuó refiriéndose al aludido. -Además, toca el piano y muy bien, según me han dicho; yo nunca le he oído. Tú, seguro.
-Pues tendrás que venir alguna noche a oírme- le animó Mauro.
Al poco, sin más sonido que el de cacharros de cocina y armarios abrirse y cerrarse, Enrique volvió al comedor portando una bandeja y los cafés.

 -Sí, tendré que venir alguna noche- dijo depositando la bandeja sobre la mesa camilla y tomando asiento. - Al final me convertiré en todo un dandy alternando en vuestro hotel. Puede que hasta vaya a misa....-seguidamente soltó una carcajada. Mauro también rió.
-Consumieron sus cafés en silencio. Un silencio que se  fue haciendo demasiado patente.
-¡Bueno! ¿Qué os pasa?- les preguntó Enrique. Ambos, Mauro y Verónica se miraron sin comprender muy bien esa inquisición.
-¿No decís nada? ¿tendré que ser yo quien  hable todo el tiempo?
-No nos has sacado galletas...-bromeó Mauro.
-¡Es verdad! -cayó en la cuenta Enrique levantándose. Mauro le detuvo por un brazo.
-¡Que no, hombre! que no te levantes!
-¿Y tú, quuieres algo?- le preguntó a su hija. Esta denegó con la cabeza. Enrique se sentó mirándolos algo mosqueado. Los encontraba raros.
Enrique continuó explicándole a su hija los planes que tenía con Mauro aunque no la encontró muy entusiasta. Al fin Mauro se fue.
Verónica se despedió también de su padre.
-No te ha gustado, ¿verdad?-le preguntó a su hija.
-Sí, el café te ha salido muy bien.
-Me refiero a Mauro. Apenas os habéis hablado. Parece como si ninguno de los dos os cayérais bien. Tanto como querías conocerle .....
-No es eso...quizás me he sentido algo cohibida....- respondió Verónica encogiéndose de hombros.-Adios, papá. Te esperamos el domingo para comer.
-¿Por qué no el sábado por la noche, así oigo a Mauro?
Verónica dudó un poco. Luego dijo: -Pues bueno.....

***



Llovía pero no le importó. Cogió su coche para irse lejos. Recordó que también llovía cuando se refugió en la cafetería donde conoció a Julia por primera vez. Ahora también se refugiaba pero no de la lluvia sino del recuerdo de Mauro y quizás, poniendo kilómetros, éste quedase más escondido.
La visita de la mañana, a casa de su padre, no la ayudó mucho. Ahora tenía metido a Mauro en su piel, corriendo por sus venas, inundándola toda y llegando a todas partes. Estaba en su cerebro, en sus ojos, y cuando miraba cualquier cosa, lo veía a él. Intentó pintar aquella tarde pero no pudo, y pensó en salir de allí, en correr, correr, correr.....

Cuando quiso darse cuenta estaba frente a la casa donde había vivido con su padre. Esto era todo lo lejos que podía ir. Se preguntó por qué había vuelto atrás, por qué había llegado hasta allí; ¿qué tenía ella pendiente con el pasado? ¿por qué regresar al origen? Observó la casa que nadie habitaba y que se veía  sombría como el despojo de un cadáver. Viéndola se preguntaba cómo había podido vivir allí. Se daba cuenta, comparándola con lo que ahora poseía, de lo mucho que había progresado; ¡que digo, progresado! ¡triunfado! Eso era. Había venido allí a comparar y ver lo lejos que había llegado; realmente sí había corrido aunque la separasen pocos kilómetros del punto de partida y de donde se hallaba ahora.  ¿Qué tenía que ensombrecer su dicha? Estando en aquel lodazal, observando aquella descarnada casa en aquel deprimido escenario, le parecía estar en lo alto de un promontorio teniendo una vasta y perfecta visión de todo. Ahora veía claro. Veía que no podía despreciar su triunfo y echarlo a rodar porque una sombra del pasado se hubiese interpuesto eclipsando su camino.

Avanzó hasta el viejo caserón. No pudo irse sin pasar por delante de él y detenida lo observó sintiendo algo en la boca del estómago; como un cosquilleo punzante. Dudó en si entrar y allí destruir el fantasma de Mauro.
Pero no pudo entrar. Sus piernas  no se movieron. Sus ojos la avisaron de algo. Creyó distinguir un cartel. Sus piernas se acercaron para leerlo mejor. La casa se vendía y con ella sus recuerdos y fantasmas. Pero muy dentro de Verónica, le dolía. Muy dentro de ella le dolía que se la arrebatasen.

-Los cuadros- musitó.

Se fue. Finalmente no entró a encararse ni mucho menos a destruir el fantasma de Mauro en la casa.



En su cama dió vueltas. No podía conciliar el sueño. Tumbada boca arriba, mantenía los ojos bien abiertos clavados en el techo, como si por él viera desfilar sus propios pensamientos. Pensó que su situación era absurda e insostenible y para acabar con ella, en primer lugar tendría que estar en paz con su conciencia. Pensó en qué pasaría si se lo explicase a su padre; si le explicase que conoció a Mauro antes que él; antes que a Ramón; que le amó y que lo malo es que incomprensiblemente aún le amaba; que quiso morir por él; que intentó suicidarse creyendo que no le vería más y que precisamente él la salvó. Pero luego Verónica se puso en el lugar de su padre y se imaginó que éste, decepcionado se serviría una copa mientras derrotado dijese: "y yo que pensaba que por primera vez en mi vida tenía un amigo de verdad...."

Verónica pensó que no tenía derecho a hacer sufrir más a su padre. Con Mauro estaba muy bien; este le estaba ayudando mucho; su padre había ido depositando lentamente su confianza en él y el hecho de conocer la verdad le dolería y le hundiría. Aunque Verónica quisiera descargar su conciencia, su padre jamás debería conocer la verdad.

Pensó en Julia. Tenía mucha confianza en ella y a ella podría explicarle la verdad. Julia podría aconsejarla y Verónica se imaginó entonces como Julia se entristecería mucho por su tío a quien adoraba. No tenía derecho a hacerle sufrir.
Pensó en Ramón, ¿y si se lo explicase a él? ¿podía pedirle tanto? ¿Y si las cosas cambiasen a raiz de su confesión?
Se volvió en la cama y quedó de cara a Ramón, quien dormía. Lo observó dormir tan plácidamente que era un crimen turbar su paz. Imposible; Ramón no debía saberlo.
Luego Julia volvió otra vez a su mente como si ésta, conocedora del problema, hubiese saltado del rincón de su  imaginación para plantárse ante sus ojos y decirle:
"Habla con Mauro. Dile que se vaya. Que le ponga una excusa a Ramón y que no vuelva más por el hotel. Que no vuelva más a la parroquia. Que pida un traslado. Mauro lo entenderá. Es comprensible y lógico. Él desaparecerá de tu vida y todo volverá a ser como antes."

Verónica sonrió. Sin saberlo, Julia le había sido de gran ayuda.

***



Eran ya las ocho de la tarde y a esa hora empezaban a llegar los músicos. Antes de empezar a tocar se tomaban algo en el bar del hotel. Verónica se acercó a la barra del bar. Confiaba que encontraría a Mauro pero los miembros de la orquesta fueron llegando y Mauro no apareció. Verónica se sentó al lado de Juan Carlos, el más veterano del grupo. Nunca había tenido confianza con los músicos fuera de saludos e instrucciones. No obstante alternó con ellos, como de forma casual y se interesó por sus asuntos profesionales, ya que salía el tema. Pronto les llegó la hora de ponerse a trabajar y se disponían a hacerlo cuando Verónica le preguntó a Juan Carlos veladamente por Mauro. Este le informó que Mauro era algo imprevisible a veces.


No le sirvió de gran ayuda a Verónica el haber esperado en el bar hasta agotar el tiempo de los músicos, previo a su trabajo. Algo defraudada, se dirigió al comedor donde ya la esperaba Ramón y su padre que entre otras razones, había venido aquel sábado a oir tocar precisamente a Mauro.

Ramón levantó con fingida solemnidad su copa de agua con gas, por deferencia a Enrique, y brindó por la compañía del mismo aquella noche.
Todos levantaron sus copas y brindaron cuando de pronto se incorporó el piano a la orquesta que ya había empezado a sonar.
-¡Hombre!- dijo Enrique llevándose una grata sorpresa. Se giró en su asiento pero no distinguió bien a su amigo.-¡Míralo, al fín sabré como toca!
-Toca muy bien. Muy bien ¡si lo hubiese conocido antes!-dijo Ramón.
-Pero no lo veo bien desde aquí.
-¿Y para qué quieres verle?-le preguntó Ramón.
-Sí, es verdad; mientras le oiga....-convino Enrique.
-Luego le avisaré de que estás aquí para que se reúna con nosotros; se alegrará mucho de verte- dijo Ramón.

Mauro y Enrique charlaron muy animados haciendo mil planes y hablando de mil cosas que les pasaba por la cabeza. Verónica los miraba pensando en como Mauro había transformado a su padre y dudando si se atrevería a pedirle que saliera de sus vidas para siempre. Necesitaba encontrarse a solas con él para hablarle claramente pero de momeno no parecía propiciarse la ocasión.

***



Transcurrida una semana, Verónica veía concluir la ceremonia religiosa  a la que había asistido, sin haber visto a Mauro. Durante el oficio no lo vio en sus habituales prácticas, cosa que le extrañó y pensó que quizás estuviese ocupado en otros asuntos.
Una vez que los feligreses abandonaron la iglesia,Verónica se acercó a la sacristía y golpeó la puerta que ya estaba entreabierta.

-¿Se puede?- preguntó tímidamente.
-Sí, adelante- le contestó el mosén que se estaba quitando la casulla.
Verónica entró tímidamente.
-Ud. dirá- la invitó el sacerdote. Luego, al reconocerla, cambió su tono por otro más familiar:
-¡Ah, Verónica! me alegro mucho de verte. Normalmente te veo los jueves pero me alegro de hallarte hoy también aquí. No te pregunto por tu marido porque sé que está muy bien ¿Qué te trae por aquí? ¿Sabes que asistí a tu exposición?
El rector se acercó a ella para estrecharle la mano mientras continuaba hablando:
-Quedé muy impresionado por tu obra; muy impresionado. Genís de Pablos me comentó que querías especializarte en restauración. Sería interesante porque quizás podríamos contar contigo para  que nos echaras una mano. Ya sabes que el presupuesto que nos destina la diócesis es muy bajo y nos valemos casi exclusivamente de la ayuda de los feligreses y nuestros colaboradores.
-Me encantaría poder contribuir al mantenimiento de las obras de la iglesia. Cuente conmigo en este sentido aunque aún debo completar mi formación- le contestó Verónica.
-Gracias, gracias. Pero pasa, pasa, aquí hablaremos mejor-la invitó  a entrar en el despacho contíguo a la sacristía.
-Bueno, lo que me trae aquí no es muy importante ni ha de tomarle mucho tiempo- le explicó ella.
-Tengo tan pocas ocasiones de verte que cuando lo hago me alegra mucho poder conversar contigo- contestó él.
Verónica sonrió aunque algo comprometida y avergonzada por tener que preguntar por Mauro. El rector la invitó a sentarse y ella tomó asiento.
-Bueno....- le hizo un gesto invitándola a hablar.
-Verá, no sé si sabrá que el seminarista en prácticas, Mauro, está muy vinculado a nuestra familia.
-Si, lo sé; hija mía. Sé la gran labor que está haciendo con tu padre. Algo inimaginable. Ha empezado su labor pastoral con gran éxito. Si todos sus trabajos han de ser así, le vaticino un gran éxito en su carrera. Mauro ha sido un gran acierto. Nuestro Señor ya sabe a quién llama.
 -Pues....el caso es que pensé que podría encontrarle  aquí y conversar con él.
-¡Ay, hija mía! Está en Lourdes, asistiendo y ayudando a los enfermos en su peregrinaje. Es parte de su formación y no lo tendremos de vuelta hasta la semana que viene. Supongo que tu padre seguirá bien.
-¡Oh, sí! Sólo...sólo quería hablar con él en privado con respecto a los progresos de mi padre.
-Pues ya le diré que que has venido.
-No; mejor no le diga nada; podría preocuparse. Ya le veremos a la vuelta.
-¿No os comunicó nada?
-Bueno; habitualmente no hablo con él; más bien es mi padre o Ramón. Por eso hoy quería hacerlo yo misma; comprenderá....
-Claro, claro...
-No tengo muchas ocasiones de conversar con él. Seguramente les habrá avisado. Bueno; pues ya no le entretengo más.
-Me alegro mucho de esta corta visita. Ven siempre que quieras. Y me alegro que tu padre siga bien. A ver cuando le vemos por aquí.


-¿Y Mauro?- le preguntó esa noche Verónica a Ramón, haciéndose la  tonta. -Hace días que no oigo el piano. ¿Ya lo has despedido?
-No mujer; Mauro está en Lourdes; con los tullidos y los enfermos. Te lo dije, ¿no?
Verónica denegó con la cabeza.


***




Verónica metió tres portalienzos cilíndricos en su mochila y se dirigió hacia el caserón al rescate de los cuadros de Rafael Armengol.
Con la ayuda de unas tijeras de poda, que tomó de la caseta del jardinero del hotel, cortó parte de la zarza a través de la cuál accedía a la casa. Transcurrido tanto tiempo sin que nadie la tocara, esta había crecido mucho siendo prácticamente imposible pasar sin la ayuda de las tijeras. El boquete tampoco era tan holgado como antes. Con la lluvia y el viento se había obstruído y tuvo que valerse de un guijarro para agrandarlo un poco más.

Estaba atardeciendo y la casa le pareció más triste y silenciosa que otras veces. Pensó que se apresuraría a recuperar esos cuadros sin entreterse en recuerdos. Quizás, si fuese muy rápida, ni la casa se diese cuenta de su presencia y continuase tan dormida como parecía.

Iluminándose con una vela, sujeta al suelo con su propia cera, Verónica desclavó los lienzos de sus bastidores  con la prisa que el trabajo le permitía. Reunió los lienzos en grupos de tres que luego enrolló, colocando papel de seda entre lienzo y lienzo, y metiéndolos luego en sus portarollos.

Una vez concluído el trabajo se dispuso a bajar. Había anochecido y empezó a llover intensamente. El tramo de escalera por el que bajaba, se iluminó súbitamente seguido de un gran estruendo. El sobresalto la hizo soltar la vela que rodó por las escaleras aunque no se apagó. Verónica la recogió y bajó más aprisa. Jamás le había inquietado aquella casa más parecida a un mausoleo, pero esa noche sí; quizás porque tenía la sensación de que robaba; de que la casa se había abierto a ella concediéndole todo con la condición de que ella lo disfrutase allí dentro, sólo allí; con ella.
Pasó de largo el comedor donde en su día cenara con Mauro y no pudo seguir más; como si éste la llamase, como si la casa se hubiese despertado y hubiese tomado conciencia de su presencia. Pareció suplicarle que no se fuera aún; que la había añorado mucho; que ahora que la tenían, no la dejarían marchar; que cerrarían sus puertas y ventanas para impedirlo.
Verónica retrocedió y asomó su cabeza por el comedor que a pesar de estar tan oscuro y silencioso, tanto parecía decirle. Entró lentamente quedando éste iluminado a tramos por la vela. Observó la mesa aún vestida, tal como la dejaran en su día, sin más comensales que las arañas desplegando sus telas sobre sus dominios. Las flores secas y caídas en el florero parecían soldados que habían sucumbido sobre las murallas que en su día defendieron con lozanía. Los vasos, con las marcas aún de sus labios y los candelabros ahogados por la cera que las velas derramaron, parecían sumidos en el sueño de la muerte esperando que aquellos que una vez se sirvieron de ellos regresaran a despertarlos. Los cubiertos....los platos.....las sillas....todo aún esperando.....

Verónica sintió tanta desolación que pensó en irse corriendo cuando oyó algo. Uno de sus fantasmas le traía la música que una vez sonase en el piano como si las notas que entonces se emitieron hubiesen quedado atrapadas entre aquellas paredes y chocasen una y otra vez reproduciéndose sin extinguirse jamás. Verónica se sobrecogió. Con una mezcla de temor y valor se dirigió al salón. No era algo vaporoso e incorpóreo lo que sonaba; era algo tangible; audible y hasta palpable. No podía estar tan trastornada como para creer oir algo que no existía. Esa música tenía cuerpo y se hacía camino a través del ruido de la lluvia y el viento golpeando. Un débil parpadeo luminoso la guió hasta el piano. Los acordes quedaron abortados interrumpidos bruscamente. Alguien se levantó y se puso en guardia. Era Mauro que había estado tocando y al detectar a alguien se asustó. Verónica también se asustó al ver una forma levantarse súbitamente. Su vela cayó al suelo dibujando un irregular haz. Verónica y Mauro se reconocieron aún dudando de si estaban ante un espectro.
-¡Mauro!- exclamó ella con un hilo de voz.
Al reconocerla, Mauro se relajó.
-¿Qué...qué haces aquí?-le preguntó ella.
Mauro avanzó lentamente hacia Verónica quien, con cierto temor, retrocedió unos pasos. Mauro lo advirtió y se detuvo.
-He venido aquí alguna que otra vez. Aquí me siento bien.
Verónica no dijo nada. Él tampoco. Se observaron callados durante unos segundos. Se oyó el ruido de la lluvia de fondo.
-¿Y tú?-preguntó él.
-He venido a por los cuadros. Venden la casa.
-El destino nos vuelve a reunir donde menos deberíamos encontrarnos- dijo él con ironía.
Mauro avanzó dos pasos y se detuvo. Verónica intentó reprimir un temblor que se apoderó de ella.
-No tenías que haber vuelto aquí. Esto forma parte de un pasado que debemos desterrar de nuestra mente- le reprochó ella.
-Tú tampoco deberías estar aquí.
-Ya te he dicho que vine a por los cuadros.
Verónica hizo una pausa tras la cuál prosiguió.
 -No sabía que frecuentaras esta casa. Por la zarza no has podido pasar. Nadie la ha tocado durante tiempo- dedujo ella.
-He trepado por el muro. Se me da bien asaltar casas.
-Te he estado buscando- le confesó ella.
-Ya me has encontrado.
-Te he buscado donde pensaba que podía encontrarte. Jamás creí que fuera a encontrarte aquí.
-Lo de ahí afuera no existe. Yo sólo existo aquí; donde me diste vida. Por eso la casa te ha dicho que vinieras.
-No, en serio. Quería hablar contigo y decirte que lo mejor es que no nos veamos más.
-¿Realmente deseas no verme más?
-Te seré sincera. Ese no es mi deseo real. Pero debe ser así por el bien de los dos.
Mauro se quedó pensativo hasta que finalmente dijo:
-Estoy de acuerdo. Sería difícil verte y pretender que no siento nada por tí más que una amistad. Puedo vivir reprimiendo mis sentimientos constantemente pero lo más sensato es evitar aquello que los mantiene vivos.
-En teoría te vas a consagrar a un amor que te llene más y al cuál dediques tu vida. Un amor por encima de todos nosotros.
-Sí. Estoy apunto. Pero quizás porque soy un pobre mortal no puedo entender ese amor que adivino pero que no tengo capacidad de mesurar en toda su inmensidad. Aunque intento ser fuerte y me aferro a algo tan poderoso como la Fe y la vida en Dios, conozco mis limitaciones y he de lidiar con mi día a día terrenal.
-Con un poco de esfuerzo podremos conseguirlo.
-Este será un buen lugar para despedirnos.
Verónica se acercó a él con más confianza.
-Sí.
-Le pondré una excusa a tu marido, pediré el traslado a otra parroquia. Puede que me vaya a la península. ¿Habrá suficiente tierra y mar para poner por medio?-preguntó Mauro con cierto sarcasmo. - Jamás podré desterrarte de mi mente. Te harás famosa y oiré hablar de tí.
Verónica sonrió. Mauro prosiguió:
-....Abriré la prensa y ahí estarás tú. Pondré la radio y anunciarán una de tus exposiciones. Puede que hasta pasando por la calle me tope con alguna galería donde estén tus cuadros.
-Adios, Mauro.
Mauro estrechó su mano pero como amigo que también se sintió,  seguidamente la abrazó fraternalmente.
-Adios, Verónica- le dijo tiernamente.
Sin que se diesen cuenta, el abrazo se fue intensificando. Algo apenas imperceptible se apoderó de los dos haciéndoles sentir las punzadas del peligro inminente y el temor de encontrarse a solas, el uno con el otro, en un escenario donde todo ocurrió.  No quiso ella que él notase como intentaba ahogar el germen del deseo ni quiso él que ella lo notase aunque su pulso lo delatase a gritos. Una voz interna les gritaba que corriesen; que estaban en peligro de amarse apasionadamente; en peligro de caer en aquello que quisieron desterrar de sus mentes y de sus vidas. Pero sus piernas no se movieron.
Mauro permaneció abrazado a ella sin voluntad; incapaz de apartarse. Ambos sintieron el desafío. Un desafío que corrió por sus estómagos, por sus venas, por sus espinas dorsales transtornando sus palpitaciones. Parecían morir lentamente abrasado uno por el fuego del otro; sintiendo como ese fuego prendía en ellos y los envolvía. Sólo así, parecían estar verdaderamente vivos volviendo a sucumbir cuando se separaban para vivir una vida a medias.
La mitad de sus vidas se iba con cada uno; la mitad del alma; y la agonía se apoderaba de ellos.
Sólo al salir de aquella casa, y al salir del radio de acción de la misma, se dieron cuenta de lo que habían hecho.


***


Mauro deambuló en la habitación de su pensión pensando que había vuelto a caer en las trampas que siempre le había tendido la vida y que tan resueltamente había pensado burlar. ¡Combatir! A la primera de cambio la vida se había burlado de él. Firmes determinaciones eran las suyas que habiendo abrazado el camino del sacerdocio, apenas iniciado el mismo ya caía en  las trampas que le tendía el destino para hacerle desistir siempre de cualquier empresa.

Se sentó una y otra vez en una silla. Se llevó las manos a la cabeza. Caminó como animal enjaulado y ninguna conclusión clara sacó. Estaba en una buena trampa. Incluso mejores que las anteriores. Una trampa difícil de superar dejándole sólo dos caminos: dejarse llevar por ella y caer de una vez por todas o enfrentarse aunque fuera en contra de su propia naturaleza. Pensó en no volver por el hotel. Dejar la pensión y residir en el seminario. Incluso dejar a Enrique y pedir las prácticas en otra parroquia. Tendría que sacrificar a Enrique para salvarse él, ¿era eso justo? un buen luchador por una causa no sacrificaría a los demás para salvarse a sí mismo; al contrario, se sacrificaría él para salvar a los otros como hizo el propio hijo de Dios; ese cuyos pasos ahora intentaba seguír.

El alba empezó a deshacer las penumbras de su habitación pero no las de su atormentado espíritu. El nuevo día lo sorprendió como también sorprendió a Verónica quien anduvo inquieta y desvelada en aquella noche de zozobras.

Muchas posibilidades barajaron sus mentes durante los siguientes meses que se fueron encontrando furtivamente, incapaces de tomar ninguna determinación. Posibilidades muy complicadas para ambos. Unirse para siempre y dejarlo todo. Ella, dejar su estatus social, todo aquello por lo que había luchado.....Èl, no seguir adelante con el nuevo camino que había emprendido; quizás quedarse a medias en él, siendo tan sólo diácono que le permitiese ejercer algunas funciones pastorales y a la vez formar una familia.........Pero hubo algo mucho más poderoso que le impidió a Mauro, muy a su pesar, continuar con Verónica.


***



CAPITULO XII

Fue durante las colonias programadas por la parroquia.  Enrique decidió incorporarse al programa y acompañar a Mauro tal como habían quedado. Le apeteció pasar una semana en plena naturaleza junto a su amigo y encargarse de tareas no muy tediosas y remuneradas. Enrique prácticamente no bebía y ello se traducía en más entusiasmo a la hora de emprender tareas.
Pero justo antes de que finalizasen las colonias, las cosas se precipitaron y los sueños de Verónica empezaron a tener sentido.

Enrique apenas bebió durante esos días, tan sólo ocasionalmente al bajar al pueblo a por provisiones, cuando al final de la calurosa jornada, una cerveza bien fría apetecía. Con Mauro, la compartía en la terraza de un bar de la plaza mayor. Eran esos los momentos que tenían para relajarse del ajetreo del día.  En la plaza del pueblo hablaban de sus cosas, los vecinos se detenían a charlar con ellos aún sin conocerles; preguntaban sobre el campamento e incluso les indicaban rincones que podían visitar e itinerarios que los organizadores no tenían marcados en su programa de actividades. Los más mayores hablaban sobre lo acontecido durante muchos años y les proponían que les trajeran a los muchachos para explicarles historias y leyendas. Como no había tiempo material para organizar las nuevas propuestas que iban sugiriendo los lugareños, Mauro tomaba nota para consultarlas con sus superiores e incluirlas en futuros programas.
Enrique nunca había tenido una relación tan abierta y espontánea con la gente y se sorprendía de ver que la comunicación no era tan difícil ni que la gente le rehuía como había siempre pensado; o al menos no en los pueblos. E incluso con los muchachos, que le agobiaban bastante al principio, llegó a relacionarse descubriendo la personalidad de cada uno y aprendiendo de sus planteamientos y razonamientos. Quizás para eso servían las colonias y las convivencias; para abrirse, relacionarse, conocerse mejor y ayudarse. El compañerismo y la solidaridad empezaba a ser moneda de cambio,  y uno se volvía autosuficiente aprovechando los recursos que se le presentában, compartiendo los mismos y disfrutando de cada momento. Los chicos con complejos, vicios y manías adquiridas en casa, las dejaban atras ya que allí nadie se las iban a contemplar; y a veces quedaban tan olvidadas que no reparaban más en ellas. También aparcó Enrique sus pensamientos negativos para hacer sitio a  los nuevos a los que se tenía que dedicar. Pero parecía que estos pensamientos no se resignaban tan fácilmente a apartarse para dejar sitio a los nuevos. Quizás, como los sueños que habían estado hostigando a Verónica, sus pensamientos también tenían algo que decirle antes de abandonarle definitivamente.
Y los pensamientos negativos, jamás muy lejos de él,  regresaban a Enrique cuando éste bajaba la guardia.Y así ocurrió cuando se encontró en una situación de peligro.

Aunque en definitiva no ocurrió nada grave, si se vivieron momentos de tensión cuando un grupo de chicos tuvo la desacertada idea de hacer una excursión por su cuenta. Cuando al atardecer avisaron a la guardia civil de la desaparición de los muchachos, estos estaban ya ocupados coordinándose con protección civil y bomberos ya que un incendio se había declarado en las proximidades. Todo el mundo se movilizó. Enrique se asustó, se bloqueó y desapareció.

Estando todos a salvo, en la casa de colonias después de controlado el fuego y localizados los chicos, ahora se echaba de menos a Enrique. Nadie sabía lo que le había podido ocurrir. Nadie recordaba a qué patrulla se había incorporado en su movilización; ni a qué punto fue destinado durante la evacuación de la casa, nadie recordaba haberlo visto...quizás hubiese salido por su cuenta....Iban a informar de nuevo a la guardia civil cuando Mauro les pidió que esperasen; que él creía saber dónde podía estar.

Pasaba ya de la media noche cuando Mauro llegó a la Plaza Mayor del pueblo donde sabía que lo encontraría.
La Plaza Mayor estaba concurrida de jóvenes. Allí se citaban como punto de partida para salir a los pueblos próximos donde se celebraban fiestas. Hasta allí iban llegando con sus coches y la música a toda pastilla; deteniéndose en la plaza para tomar algo en el bar antes de concretar sus planes y continuar la marcha.
Mauro se plantó ante Enrique, en una mesita escondida  al fondo del local. Apurando una copa de coñac se hallaba. Enrique notó su presencia y alzó la vista  como quien no quiere verlo. Mauro se sentó.
-Enrique, ¿qué te ha pasado? ¿por qué te has ido sin más? Estábamos preocupados. Todo ha salido bien.
-Me he acobardado y....-pero no finalizó la frase.
-Todos hemos pasado miedo. No has sido el único.
-No me gusta... no me gusta..- repitió sacudiendo la cabeza con amargura. -No quiero pasar por esto; no quiero. Me asusta la vida...
-A todos nos asusta. ¿Crees que a mí no me da miedo vivir? Pero hay que luchar por vivir.
-Esta hoche has luchado- agachó la cabeza como si pudiera esconderla dentro de la copa de coñac. -Me averguenzo de mí. Si de mí hubiese dependido..estaríais todos muertos.
- No debes sentirte responsable de nada. Cada uno reacciona de una manera.
-Ya lo sé; pero he sentido miedo y he pensado en correr en lugar de ayudar. Vosotros enseguida os habéis movilizado; yo no sabía qué hacer. Me he asustado, no me veía con fuerzas para nada. Me he sentido torpe, impotente; inútil. No soy más que un cobarde y ahora no me veo con fuerzas para volver.
-Te estás pidiendo demasiado. Estás saliendo de un problema que ha durado muchos años durante los cuales has estado apartado del mundo. No te quieras involucrar de golpe; date tiempo. Además, esos chicos no saben si te asustaste; si ayudaste o no; si te cagaste en los pantalones o no; no saben nada ni creo que les importe.
-Pero mi dignidad.... No puedo mirar a esos chicos a la cara y pensar que lo único que he hecho es entorpecer. Me siento deudor. Ya sé que ellos no lo saben pero cuando me miren me sentiré deudor; me parecerá que me reclaman algo. Yo tenía que velar por ellos.
-¡Venga, Enrique! no estaban a tu cargo. Hoy, que afortunadamente no ha habido ninguna tragedia, no la busques tú y no me hagas perder más tiempo. Colabora y regresa conmigo. Todos podremos dormir tranquilos.
Pero Enrique, en sus tribulaciones, se había metido en un círculo vicioso del que no podía salir.
-No puedo mirar a esos chicos como no puedo ir a su tumba....
-¿Qué tumba? -preguntó Mauro sabiendo que algo no iba bien; que la sensación de peligro  había activado algo en la patología de Enrique.
Enrique agachó de nuevo la cabeza.-No, nada....vete...

Mauro no supo muy bien como reaccionar. Luego se puso más firme:

-No me voy a ir sin tí, Enrique. A ti te pasa algo más y esta noche ha de salir y no a base de coñacs sino que a base de afrontarlo.
-A mi no me pasa nada.
-¡Uy! cuando uno dice que no le pasa nada es que algo le pasa ...Si tú eres de los que abandonan, yo no; y no quiero abandonarte; quiero estar a tu lado en estos momentos. Para eso somos amigos. No he venido aquí a repocharte nada ni a sacar conclusiones de tus actos. He notado que te infravaloras y no sé muy bien por qué. Este sentimiento de inferioridad e incluso de culpa, te ha llevado a autodestruirte, por eso me gustaría conocer el orígen.

Enrique guardó silencio.

-Supongo que jamás nadie te ha hablado con tanta sinceridad por lo me gustaría que compartieras esta misma sinceridad. Ya verás como te sentirás mejor cuando me hayas explicado eso que llevas dentro y que te atormenta.
Ante el silencio de Enrique, Mauro continuó:
-A veces tampoco se sabe el origen de nuestros problemas pero es bueno hablar y empezar por donde sea. Yo creo que el simple hecho de empezar a hablar ya nos conduce por el camino adecuado.
-Como un psicoanalista...-se burló Enrique.
El propietario del bar entró y se aproximó a ellos. Antes de que llegase a la mesa, Mauro le indicó que tomaría lo mismo que Enrique.
-Ya te he dicho antes que soy un cobarde hasta para hablar- reconoció Enrique.
-No hablando no haces más que proteger tu problema.
-Lo que yo llevo no se puede sacar.
-Todo se puede sacar.
-Sería como sacarme el alma.
Hubo una pausa. El camarero trajo el coñac de Mauro.
-Si no he sido capaz de volver a su tumba, ¿cómo voy a ser capaz de enfrentarme ya a nada?-continuó Enrique casi en un murmullo.
-¿De qué tumba hablas?-quiso saber Mauro pero Enrique no contestó sino que escondió la cara entre sus manos y se puso a llorar. Mauro le dio una palmada en la espalda en señal de apoyo.
-Ánimo, hombre, no te vengas abajo ahora que ya casi habías llegado al final.
-¿Que no debo culparme?...Si yo hubiese estado allí...¡nunca me lo perdonaré!- se reprochó entre sollozos.
-No pienses más en esos chicos.
-Si me hubiese quedado con ella...

Mauro se mantuvo expectante creyendo entrever.

-No puedes culparte por lo que le ocurrió a tu mujer -dijo Mauro determinante. -No podemos estar las venticuatro horas en guardia pegados a nuestros seres queridos para protegerles. No debes atormentarte por ello. Simplemente ocurrió y los accidentes son impredicibles.
-Si yo hubiese estado allí no habría habido ningún accidente.
-A veces es difícil evitarlos. De haber estado con ella en el coche quizás habrías corrido igual suerte y dime, ¿qué habría sido de tu hija?
-No, no fue con el coche...fue...en casa.

Mauro se quedó parado. Siempre había entendido, como Verónica, como todo el mundo, que la mujer de Enrique había muerto en un accidente de coche.
Enrique, reviviendo la historia, con la mirada crispada como si la viera pasar ante sus ojos, se fue abriendo.
-Si yo hubiese estado allí no habría ocurrido.
-Incluso así no podías prever que ocurriría. Hay mucha gente que sufre accidentes domésticos. No debes culparte por no haber estado allí. Tendrías, seguro, un motivo no estar.
-¡Un motivo!
Inesperadamente Enrique se puso a reír desconcertando a Mauro.
-¡Claro que lo tenía! ¡Ese sí que era un motivo importante!
Enrique paró de reír en seco. Bebió. Miró fijamente al mármol de la mesa como si se hallara ante la pantalla de un cine que proyectase su pasado. Frunció lentamente el ceño mientras aparecían esas imágenes que narrava.
-Lo habría matado- musitó.
-¿Cómo?
-Lo habría matado- repitió Enrique con voz más alta y ocultándose el rostro con las manos.

Mauro no salía de su asombro. Pensó incluso en un crimen pasional y guardó silencio por unos segundos. Aquello que oía parecía ser más grave de lo que él se había figurado. El respeto o quizás el temor a descubrir algo horrible le hizo no indagar más pero Enrique ya estaba en el disparadero y en su trayectoria fue narrando seguida e ininterrumpidamente:
-Todo fue muy rápido. Había estado en casa todo el día. Era un sábado. No salimos por la niña. Me aburría ¡figúrate! estaba con los seres que más quería en el mundo y me aburría. Verónica era pequeñita; no llegaba a dos años. Pero yo me aburría. Cuando uno lo tiene todo.....Era ya la tarde y pensé en salir a por tabaco ¡ya ves! cambié la vida de mi mujer por un paquete de tabaco! ¡Este fue el gran motivo que me hizo salir! Pero las cosas son así, lo más grave ocurre en décimas de segundo; por tonterías que no son imprescindibles pero que buscamos para escaparnos momentáneamente de todo lo bueno que la vida nos da. ¡Somos unos desagradecidos! La gente se estrella en sus coches  por cambiar la emisora de radio, los niños se ahogan en las bañeras porque los padres atendieron una llamada telefónica.... Yo perdí a mi mujer y casi a mi hija porque la casa se me caía encima. Cuando salí ni siquiera les di un beso porque sabía que volvería enseguida y al pisar la calle el aire fresco pareció revificarme ¡revificarme! La vida me ha castigado. Por eso no quiero vivirla. No debo.
Mauro escuchó absorto sin atreverse a preguntar a quién habría matado de haber estado Enrique en casa. Sólo se le ocurrió decir:
-Debes por tu hija.
-¡Mi hija!-repitió Enrique con un hondo suspiro.
-No vayas a descuidar a tu hija por un fantasma. No distraigas ahora tu atención. Sí, la vida está llena de trampas y estamos tan agobiados que muchas veces ponemos nuestros ojos en ellas y las aceptamos. Has estado prestando atención a la trampa del alcohol, que no sirve absolutamente para nada; es prescindible en tu vida; y le has quitado atención a tu hija. Dices que no debes vivir, pues no vivas. No vivas para tí; vive para ella. Salva su vida aunque la tuya no tenga salvación.
Enrique no supo si reír o llorar.
-Ahora su vida ya está salvada.
-Si algo te ocurriera le harías mucho daño- le avisó Mauro.
Enrique sonrió como un imbécil.
-Yo, que no quiero tratos con la vida aún tengo que estarle agradecido por haberle dado a mi hija lo que yo no he podido. Es como si hubiese pasado de mí; como si se hubiese deshecho de un intermediario....Enrique bebió otro sorbo y luego siguió con su mortificación. -¿Por qué salí aquella tarde?-volvió a reprocharse.
- Habría pasado igual si te hubieses quedado.
-No, no la habrían asesinado. Porque yo lo habría matado- dijo enérgicamente.

Mauro enmudeció. No tuvo argumentos. Sólo abrió los ojos como si por ellos oyera el atroz hecho que Enrique acababa de mencionar.

-...Cuando ese me vio salir debió pensar que la casa se quedaba vacía y entró. Debió entrar a robar cuando se vio sorprendido por mi mujer. Forcejearon y él la apuñaló. Mi hija estaba allí pero a ella no le hizo nada. A lo mejor no la vio o tuvo tanta prisa en huir que no se entretuvo con ella. De todas formas Verónica era muy pequeña como para que su testimonio valiese en una declaración. Estuve diez minutos fuera y al volver....¡Dios mío, cómo pudo pasar todo aquello! al volver lo había perdido todo! Busqué a mi hija, estaba pálida y muda. No pudo llorar, sólo mirar a su madre tirada en el suelo en un charco de sangre...
Mauro permaneció silencioso y demudado ante aquel relato tan atroz.
-Victoria!, la llamé; Victoria, una y otra vez; pero ya no me contestó. Aun estaba caliente y su calor se fue escapando de su cuerpo sin que yo pudiera contenerlo dentro con mis manos. La abracé con fuerza para que no se enfriara. Apreté sus heridas para que no se desangrara. ¡Si hubiese podido agarrar su vida y meterla dentro! ¡Pero quien tiene poder sobre la vida! Somos tan miserables que sólo tenemos poder  para arrebabarla. Estaba muerta, ya estaba muerta; su boca entreabierta, como si aun fuese a decir algo; quise hacerme la ilusion de que por ella saldría alguna palabra; de que abriría los ojos pero no; estaba muerta y yo...yo con mi paquete de tabaco en el bolsillo. Me arrestaron hasta que no se aclaró el caso. Aunque estuve preventivo me tragué dos años en la cárcel. Verónica estuvo con su abuela yvolvió a mi cuando la abuela murió..

La sangre de Mauro pareció abandonar su cuerpo.

Era ya la madrugada cuando ambos hombres caminaban silenciosos por la pista forestal de camino al campamento.




***



En la hemeroteca, donde ansió llegar Mauro al regresar de las colonias, investigó el suceso remontándose a los periódicos de la época. Mauro leyó la noticia con el mismo horror conque escuchó el relato de su amigo.



***





Verónica no lo vio más. Había prácticamente desaparecido y lo que más le dolía es que su padre preguntara por él extrañándose de no tener noticias. Temía que su padre entrase en una depresión y al verse descontrolado retrocediera todo lo avanzado. Enrique nunca le habló a su hija de la conversación mantenida  en el campamento aunque ella insistiera si durante ese período ocurrió algún incidente entre ambos que los distanciara.
Durante las calurosas noches de verano Verónica no pudo conciliar el sueño intentando adivinar la causa de la inexplicable desaparición de Mauro. Imaginaba que quizás, durante los días transcurridos en el campamento y alejado de ella, este hubiese recapacitado acerca de la relación entre ambos y hubiese decidido desaparecer. No obstante, jamás lo habría hecho sin decir palabra. No le parecía que ese fuese su proceder.

En el interior de la sacristía de la iglesia, Verónica inquieta, conversó de nuevo con el rector. Ni siquiera quiso sentarse. Demasiada prisa tenía en saber algo como para acomodarse. En su breve entrevista supo que Mauro estaba en un retiro espiritual y poco más. Durante la ceremonia religiosa de aquel domingo, Verónica no lo vio. En su lugar había otro seminarista.
Verónica ya no sabía qué hacer. Había ido a la pensión donde sabía que se alojaba Mauro, sin éxito. Incluso volvió al caserón donde no lo halló y donde quizás no lo hallaría jamás. Recorrió todas las iglesias que alcanzó a visitar pero siempre habían otros. Se acercó al seminario a saber de él pero cayó en la cuenta de que en verano permanecía cerrado. Y pensó que quizás se hubiese ido a la península. Transcurrió el tiempo y no supo más de él. Tampoco indagó más. Quizás fuese mejor así y dedicó más horas a su familia.





***




Ramón no entendía qué le podía haber pasado a Verónica. Ya no era la misma, había cambiado. Su cambio tenía  que ver con Mauro, intuía él. La desaparición del mismo parecía haber obrado una extraña transformación en ella que la notaba inquieta, indagante, ausente; asustándose cuando él la sorprendía. Un síntoma notable de ello es que ya no pintaba y aunque pasaba tiempo en su estudio Ramón adivinaba que se escondía. Ramón quería convencerse de que todo el transtorno que sufría Verónica era únicamente por su padre y el hecho de que ésta pasase más tiempo con el mismo venía a reforzar su  teoría. Verónica pudo controlar a su padre y hasta pudo llevarlo a un sitio al que siempre se reisistió a ir. Después de más de veinte años, Verónica logró que su padre la acompañara al cementerio.

 Enrique entró con la cabeza agachada, casi no queriendo pisar fuerte para que nadie se enterase. Se sentía avergonzado y deudor e imaginaba que su difunta esposa lo estaría esperando con una gran lista de reproches ¡después de tantos años!.  Verónica tenía que volverse y detenerse. Su padre no seguía su paso y se rezagaba. En la sepultura se acabó el camino de Enrique. Este no pudo avanzar más y no tuvo más remedio que mirar lo que al frente se le alzaba.

La tumba se veía bonita; el sol la acariciaba; se oían los gorjeos de los pájaros y unas hermosas flores sobre la lápida atraían a variopintos y zumbones insectos. Todo era vida alrededor de aquel camposanto. Yendo allí Enrique había dado un gran paso también; un paso que lo había hecho ser ese  hombre que él había mutilado.

-¿Tú has puesto esas flores?- le preguntó Verónica a su padre al reparar en las mismas.
-Verónica, hoy es la primera vez que vengo en más de veinte años. ¿No son tuyas o de Ramón?
-Ramón no viene por aquí y menos solo.
-Pues alguien más ha venido.




***


CAPITULO XIII

Las hojas empezaron a caer de los árboles y la ciudad empezó a verse tan desolada como lo estuviese el espíritu de Verónica, apagado y silencioso; cubierto como con un manto gris. Sus pinceles la echaban de menos y descuidados esperaban  que algún día la mano divina los moviese diestramente para dotar de vida los desnudos lienzos. Pero Verónica no tenía vida con qué dotar cuando tanta le faltaba a ella y desconsolada miraba a través de la ventana la bahía sumida en un sopor plomizo.
Aunque el arte intentaba atraer su atención, Verónica no lo atendía para acogerlo en sus brazos y asomarlo al mundo; y descuidado y abandonado, erraba en busca de alguien que lo captase en forma de inspiración.
Verónica intentó pintar algo aquella noche. Empezó a trabajar en un nuevo lienzo sin una idea determinada esperando que surgiera algo; lo que quiera que llevase dentro y empezó a esbozar un ángel.

Al día siguiente regresó al cementerio pero esta vez con una cámara fotográfica en lugar de un ramo de flores. Las que estaban sobre la lápida de su madre se habían marchitado y Verónica las tiró. Era media tarde y aún tenía luz suficiente para fotografiar. Esperaría hasta captar el crepúsculo entre los ángeles de piedra. Le gustaba capturar a esos altivos seres, a veces amenazantes, protegiendo a los que a sus pies descansaban ¿o quizás aprisionándolos en sus tumbas para que ninguno de ellos saliera hasta el día del Juicio Final? Los veía estoicos a través del tiempo, inspirando admiración y transmitiendo fuerza; con sus troncos erguidos y sus miradas desafiantes; algunos con espadas flameantes y poderosas alas extendidas. Y le parecía que eran tan temibles como pudiera serlo el propio diablo. De hecho el diablo había sido también un ángel. Se imaginaba que por muy astuto, retorcido y malvado que fuese, habían estos otros que, si habiendo sido representados por la burda mano del hombre imponían tanto, como serían si acaso alguien alcanzase a concebir su dimensión real. Escudriñó las esculturas de los ángeles que le parecieron perfectas. Sus pies, sus manos, cada plumón de las alas...parecía que hasta cada poro....ahora ya no se hacían estos trabajos.

Verónica se fijó en los pajarillos bebiendo de pequeños charcos. También les encontraba grandeza dentro de su menudencia; también tenían el poder que los hombres siempre habían buscado en su afán de poseerlo todo. Quizás algún día el hombre también llegase a volar de forma individual y a voluntad sintiéndose más próximo al Cielo y acostumbrándose a ver las cosas de otra manera.
Las flores de los parterres y el verde intenso de los cipreses, contrastaba con la palidez del mármol.....En un parterre, Verónica vio flores muy bonitas. Miró a su alrededor y arrancó algunas para llevárlas a su madre. Eran pocas y pequeñas pero también eran pequeños los pajarillos, los insectos y  las abejas sin las cuales no se polinizaría la vegetación del planeta y la vida se extinguiría.
El rostro de Verónica se fue transformando cuando, a medida que se fue acercándo a la tumba de su madre, descubrió que había un nuevo ramo de flores frescas.  Abrió bien los ojos y miró a su alrededor. Quien quiera que fuera el depositario de aquellas flores, tenía que estar cerca y Verónica empezó a buscar con ansia. Pronto localizó a un hombre que se alejaba a paso tranquilo con un chubasquero y la capucha puesta.Verónica corrió tras él y cuando ya estuvo cerca, el desconocido la advirtió y se volvió. Verónica detuvo su carrera.
-¡Mauro!- exclamó ahogadamente.
Pero Mauro se quedó sobrecogido. Ambos permanecieron detenidos uno ante el otro, con una tumba por medio, sin reaccionar. Mauro dudó y finalmente la ignoró dándole la espalda. Verónica corrió tras él y lo detuvo por un brazo.
-¡Mauro! ¡Tú has estado poniéndole flores a mi madre! ¿por qué?
Pero Mauro se liberó del asedio con una sacudida de brazo y no respondió prosiguiendo su marcha.
Verónica aturdida dudó pero ¡que caramba! tenía todo el derecho del mundo a que ese hombre, que aparecía como un fantasma en el lugar más insospechado, le diera una explicación. Corrió tras él de nuevo. Él corrió también. Al final ambos acabaron en una carrera saltando por encima de tumbas, arbustos,  parterres, hasta que Mauro saltó los setos del jardín de un mausoleo y penetró en él. El lugar al que irrumpió, era una vivienda suntuosa que se había erigido sobre un panteón con el propósito de ser habitada  por los cuidadores del mismo; fuesen funcionarios o no. Pero nadie la habitaba. Anexo a él había una capilla con un campanario. La vivienda permanecía cerrada pero la capilla abierta y Verónica continuó por allí. La práctica desnudéz de las paredes delató enseguida el reververar de los pasos de Mauro. Estos se perdían en lo alto de la escalera y Verónica subió los escalones con avidéz encontrándose en el primer rellano con un Mauro que la esperaba. Desafiante la miró mientras recobraba el aliento.
-¡Mauro!-exclamó ella con voz desfallecida, más por el asombro que por el cansancio.
Mauro no contestó.
-!Aléjate de mí! ¡Te dije que te alejaras, que te olvidaras de mi!-le gritó finalmente.
-¡Eres tú quien se ha acercado! ¿Qué derecho tienes a visitar la tumba de mi madre y por qué? ¿Por qué has desaparecido de nuestras vidas y en cambio has aparecido aquí, ¡como un fantasma!, donde jamás nadie se hubiese imaginado encontrarte, a dejarle flores a mi madre?. ¿Y mi padre? Mi padre sigue vivo, ¿por qué no has ido a verle a él? ¡Él sí te necesita!
Mauro le dio la espalda sin argumentos y Verónica lo detuvo de nuevo.
-Tengo seres queridos aquí también- argumentó él sacudiendo bruscamente su brazo. Pero Verónica, sin creérselo, lo volvió hacia sí de nuevo y le exigió la verdad con una energía inusitada en ella.
-¡Esta noche tienes que darme una explicación, tienes que decirme qué és lo que te ha hecho cambiar  de repente! ¡Por qué has desaparecido! ¡Por qué has aparecido! ¡Qué te hemos hecho!¡Tengo que saberlo! ¡Tengo que saberlo!
Mauro se soltó de su asedio y continuó en su atropellado ascenso.
-¡No puedo decírtelo!¡sólo sé que no debemos vernos más!¡Vete, por favor!-le gritó.
-No hasta que no me digas lo que realmente pasa! Me estuviste persiguiendo durante años a través de mis dibujos. Aparecías en todos los que empezaba a dibujar. Te apoderabas de mi mano porque querías hablarme a través de ella;  apareciste en mis sueños; pero no tenías bastante hasta que apareciste en mi vida real, donde yo podía verte y tocarte. Ahora no puedes desvanecerte sin una razón. Entraste en mi vida para algo. ¿De qué estás huyendo?¿Por qué me temes si yo no soy más que una parte de tí mismo? Tu vida no tiene sentido sin la mía ni la mía sin la tuya. ¡Aún estamos a tiempo!¿Para qué cerrar los ojos a la evidencia? Todos estos días me he dado cuenta de que tú eres mi realidad y de que sin tí nada es verdad!.
-¡Soy todo una mentira!- dijo volviéndose en seco y agarrando a Verónica por las muñecas hasta lastimarla.- ¡...si supieras quien soy...!
-¡Pues dímelo! ¡Dímelo!- le gritó ésta.
Pero él la soltó violentamente y se alejó.
Verónica consiguió retenerlo de nuevo.
-¡Suéltame!-le amenazó. -¡Por favor, desaparece de mi vida! ¡Olvídate de mi! ¡Piensa que jamás he existido! ¡Que todo fue un sueño, como los que tenías antes de conocerme!-le pidió.
-¡Como puedes decirme eso! ¡casi perdí mi vida por tí! ¡Y volvería a perderla si fuera preciso!

Mauro se tapó los oídos sin querer oir más  gritando fuera de sí que no lo atormentara. Verónica lo agarró de la ropa para detenerlo pero él continuó su febril ascenso arrastrándola por los peldaños hasta que no pudo continuar más. Había llegado al campanario. Allí forcejearon convirtiéndose el  forcejeo en una lucha más violenta donde Verónica lloró y gritó y Mauro la maldijo hasta que algo cruzó su mente. Lanzarla al vacío y acabar con ella para siempre. Con violencia la arrastró hasta el alféizar  sin oir sus súplicas. Cuando la tuvo medio asomando al vacío en un tenso pulso, Verónica tuvo aún tiempo a decir, entre lágrimas:
-¡Te quiero! ¡Te quiero!¡Siempre voy a quererte! ¡Siempre!

Como traspasado por un rayo, en el último instante, Mauro se detuvo. Algo muy dentro de él resquebrajó ese bloque de hielo que lo hacía tan insensible. Abrazándola contra su pecho, la devolvió a la vida y al amor que tan intensamente sentía por ella.
-¡Yo también te quiero! ¡Yo también te quiero pero no es posible nuestro amor! ¡No es posible que tengamos una vida en común! ¡No puede ser posible absolutamente nada entre nosostros porque fui yo! ¡yo! ¡Fui yo quien asesinó a tu madre! ¡Yo! ¡Y yo he estado a punto de hacerlo ahora contigo!-le confesó entre lágrimas.

Verónica enmudeció. Se apartó lentamente de él para mirarle a la cara.
-¿Qué?-preguntó tragándose sus lágrimas súbitamente.
Mauro continuó lleno de remordimiento y dolor.
-¡Yo asesiné a tu madre! ¡Yo fui! !Por eso aparecía mi rostro en tus dibujos, porque tú me viste hacerlo y mi cara quedó grabada en tu mente para siempre!

-Pero ¿qué dices?- preguntó ella estupefacta.- Yo no te vi matar a mi madre. ¡Es absurdo! ¡Imposible! ¡Te has vuelto loco y deliras!

-No sé como no me he vuelto loco ya. Conocerte a ti;  llegar a amar a la hija de la mujer a quien quité la vida. Hija que quedó huérfana y cuyo padre quedó tan afectado que fue un desgraciado toda su vida. ¡Que ironías de la vida! que luego fuera yo quien tuviera que venir a recomponerlo; a reconstruir a un hombre destruido; a sacarlo del alcoholismo; a intentar rehacer a un hombre que yo mismo había deshecho. ¡Cuanto daño te he hecho, Verónica!¡Dios existe! ¡Este ha sido su castigo! ¡Que yo volviera a ver mi obra!
-Estás confundido-dijo ella no dando crédito a lo que oía y apartándose ligeramente, albergando la posibilidad de que se hubiese transtornado. -Estás afectado y deliras. Mi madre murió en un accidente de coche. ¡Todo el mundo lo sabe! Todo eso que dices no tiene ningún sentido.
-¡Te han dicho una mentira para que no sufrieras más! ¡Pregúntale a tu padre! Durante las colonias me lo explicó y a medida que lo fue relatando fui reconociendo cada detalle hasta verme a mi mismo muchos años atras. Todo lo que explicaba coincidía.  Su nombre: Enrique Guerrero. Tu nombre..ya decía yo que tu segundo apellido me sonaba cuando tu padre me enseñó el libro...De Armas.....¿dónde lo había oído?....La fecha, como ocurrió, el lugar.....el nombre de tu madre: ¡Victoria de Armas!

Mauro relató la historia reviviendo de nuevo y desenterrando ese doloroso pasaje de su vida.

Mauro se vió a sí mismo muchos años atrás cuando apenas tenía 20 años, vestido con una cazadora negra de cuero muy gastado y unos vaqueros raídos. Había delinquido anteriormente pero no estaba fichado. Iba sacando algún dinerillo y no le iba mal. Había estado acechando las casitas que pretendía asaltar y al anochecer vio salir a un hombre de una de ellas. Al verlo cerrar con llave pensó que no quedaba nadie dentro. No vio ninguna luz. Entró por la puerta del jardín al que accedió fácilmente. Con sigilo subió a las habitaciones, abrió cajones, encontró dinero y pocas joyas. No era gran cosa pero suficiente para él. Bajaba cuando se vio sorprendido por una mujer. Ella corrió al teléfono pero él la alcanzó. Forcejearon y ella corrió a refugiarse en la cocina. Intentó cerrarse por dentro pero él se lo impidió. La mujer corrió al supletorio de la cocina pero él  la golpeó. Ella se resistió y empezó a gritar; a pedir auxilio para que algún vecino la oyera; él intentó amordazarla y ella le mordió. Se le escapaba entonces y él perdió la cabeza. Instintivamente cogió un cuchillo y se lo clavó una sola vez; no para matarla; para asustarla para acallarla. Pero es tan sutil la distancia entre el acallar y el matar.... Ella se detuvo con la boca y los ojos abiertos como grandes puertas por las que se le salía la vida. Intentó sujetarse para no caer pero torpemente golpeó una alacena de la que cayeron varias cosas; entre ellas un envase de cristal que contenía macarrones. El envase se rompió,  y el contenido se desparramó. Mauro se fijó que los macarrones fueron a parar a los pies de una trona y levantando la vista vio que en esa trona había una niñita. La mujer fue cayendo lentamente al lado de la trona. Mauro se acercó a la niña cuchillo en alto. Quizás si la niña hubiese llorado le habría resultado más fácil dentro de su enajenación pero la niña permanecía muda; por su boca abierta no salía ningún sonido. Por unos instantes ambos se miraron intensamente; los ojos clavados el uno en el otro. Mauro pensó que la niña no era un peligro y parecía tan calmada....dio media vuelta y se fue rápidamente.

Verónica escuchó petrificada como si cada palabra que Mauro pronunciara fuera un agijón que le inyectase veneno paralizante.

-....pero tú te apoderaste de mi rostro -continuó Mauro. -Yo te di la espalda pero las cosas no se desvanecen al darles la espalda. Las cosas continúan. Nuestros actos y sus consecuencias continúan ¡Pero qué me importaba a mi la vida de esa niña! Nunca me pillaron y me sentí aliviado ¡menudo alivio! Cuando tu padre me hablaba de su apatía, de su desesperación, de la calle sin salida en la que estaba, de su vida sin rumbo, a la deriva, ¡yo ya conocía todo eso! Y también conocía que sí había una salida; que si había otra oportunidad, que siempre se nos presenta pero que hay que saber verla; que hay que querer aferrarse a ella. Dejé mi vieja cazadora atras; la tiré para no verla más. Después de conocerte a ti ingresé en el seminario y cursé estudios. Encontré a una verdadera familia y tuve verdaderos deseos de ayudar a todo aquel que precisara mi ayuda .Pero aún habiendo encontrado el camino, el calor de la fe, de la familia de la iglesia y del amor a la humanidad, había algo que me atormentaba y me hacía prisionero. Había algo que me martirizaba y que  intentaba amordazar y ahondar bien dentro de mi. Algo que luchaba por salir y liberarse y que entonces necesitó de ti. En tus sueños encontrabas al propietario de aquel rostro que rondaba por tu mente desde que tuviste uso de razón y que intentabas acabar de dibujar. ¡Como hizo el destino que nuestras vidas se entrelazasen!!Que gran lección me dio Dios! Tenia un trabajo que acabar y el Señor me lo recordaba. Yo sabía que Dios siempre perdona y más si el arrepentimiento es sincero, pero Dios, además, me pedía responsabilidades. Que sabias llegan a ser las Leyes Divinas que hacen que nuestras propias acciones vuelvan a nosotros mismos y que ni el más mínimo detalle escape. !Que iluso creyendo despistar a Dios! creyendo que lo que dejaba atrás, atrás quedaba, sin pensar que en el Universo nada permanece quieto; que todas nuestras acciones vuelven y como la sombra al cuerpo, lo que nos pertenece nos persigue pues forma parte de nosotros. Sólo entonces me di cuenta de lo peligroso que es cualquier acto. No es el acto en si sino lo que desencadena. ¡Cuantas vidas echadas a perder por acciones irreflexivas, impulsivas! La mía lo fue.
Hizo una pausa como si necesitase recuperar el ritmo de su respiración. Luego dijo más pausadamente:
-Nadie conoce mi terrible pasado. Nadie salvo el rector donde estoy en prácticas. A él, bajo secreto de confesión, relaté mi atroz historia. Y precisamente él me aconsejó que si realmente había encontrado el camino y quería consagrarme a Dios y a los hombres, para devolver bien por mal, siguiera adelante.

Largo especio permanecieron así. Ella en pie ante él. Y él mirándola aún, explicándole más cosas a través de su febril mirada, cosas para las que aún no se conocían  palabras.
Mauro hizo otra pausa. Tenía la garganta seca.
-Verónica, yo también te quiero, ¡claro que te quiero! Te quiero tanto que mi amor me lastima, me duele y me martiriza, porque se sustenta en sangre.  Sangre que es la tuya, también.
-No puede ser.....no puede ser.....-apenas pudo articular Verónica.




***



Transcurridos cinco años Mauro estaba dando unas charlas a los jóvenes reclusos en la penitenciería. El rector de la parroquia donde hizo sus prácticas, que a veces le acompañaba, le observaba complacido.


***

En el jardín de su casa Enrique regaba las plantas. En una esquina del jardín su nieta, de tres años, regaba las petunias y los pensamientos con una regadera de juguete. Al pie de las flores había una  rústica inscripción que ponía: "Fredy".
-Abuelo, y si riego estas flores, ¿se mojará Fredy?-preguntó la pequeña Victoria, como así se llamaba la niña.
-No -contestó su abuelo.
-¿Por que está muy muerto?- preguntó ella.
-Sí.
-¿Por qué se murió?-quiso saber.
Enrique dejó su regadera, se acercó a la niña y poniéndose de cuclillas para quedar a su altura, le dijo:
-Porque era ya muy viejecito.
-¿Tenía más de tres años?
-Sí, muchos más, hija. Cuando me lo encontré ya tenía sus años. Estaba perdido, ¿sabes?
-¿Y lloraba?
-Sí.
-¿Él te dijo que se llamaba Fredy?
-No. Se  lo puse yo.
-¿Por qué?
-Porque  parecía que bailaba claqué como Fred Astaire.
-Alomejor se había perdido de un circo.
-¡Quien sabe de donde vendría el pobre animal!

Victoria dejó de regar y empezó a tararear una popular canción infantíl: "estando el señor don gato, sentadito en su tejado marramamiau...."
Enrique se puso en pie y suspiró diciendo para sí:

-No sé qué dirán tus padres cuando vuelvan de su viaje y sepan que hemos recogido a Silvestre.

El aludido era un gato blanco y negro que en aquel preciso instante se estiraba las uñas en el cojín de una silleta de esparto, bajo el emparrado.

Victoria dejó la regadera en el suelo y le cogió la mano a su abuelo.

-¿Cuando volverá mamà?-preguntó.
-Cuando acabe su exposición- respondió éste.
-¿Y me podré llevar a Silvestre a casa?
-Eso ya no lo sé.

Ambos, abuelo y nieta, caminaron hacia el emparrado.
-Bueno, pienso que ahora ya es la hora de merendar- dijo Enrique a Victoria mientras empezó a canturrear:
"....Estando el Sr. D. gato, sentadito en su tejado marramamiau...miau....miau....sentadito en su tejado......."




FIN

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