lunes, 1 de junio de 2015

Relato: Una Noche Con Ellos ©


UNA NOCHE CON ELLOS ©


Una vez me ocurrió algo que a continuación voy a relatar. Aún, hoy, me pregunto si no sería un sueño. Si realmente fue un sueño, fue el sueño más extraño que jamás tuve....porque tuvo que ser un sueño....¿qué otra cosa podía haber sido?

De madrugada salí a cazar. Aún estaba oscuro. Habíamos salido siempre en grupo pero ese día lo hice yo solo. El trecho me pareció más largo, como la oscuridad que pareció cerrarse sobre mi. Noté a mi perro inquieto y cuando se inquietaba era porque ya había dado con un rastro. Tanto iba, derecho por lugares de mal paso, como retrocedía y rectificaba husmeando en el aire. Me hizo acelerar el paso pero al poco empezó a levantarse una espesa niebla que derrumbó mis esperanzas. A veces ocurría. A veces la niebla se concentraba en una zona muy concreta fuera de la cuál desaparecía. Anduve con mi escopeta al hombro y mi perro desapareciendo de mi vista a tramos. Aquella niebla parecía abarcar más de lo que me imaginaba y el caso....es que no amanecía. Consulté mi reloj y ya tenía que haber despuntado el día en cambio, donde yo me hallaba, era completamente de noche; como si la niebla hubiese atrapado parte de las tinieblas reteniéndolas. Para colmo, mi perro ya no volvió a aparecer. Aquella misma niebla se lo había tragado. Le llamé en vano; bien empezábamos. Desistí de mi idea de cazar; las condiciones no me gustaban y pensé que lo mejor sería regresar. Mi perro ya volvería solo.  No se perdía. Yo estaba acostumbrado a andar por el bosque; conocía la zona y siempre me había orientado bien, pero las condiciones parecía transformarlo todo tanto, que llegó un momento que no supe por dónde iba. Aquello ya me era completamente desconocido. Las características orográficas, las coníferas y el tipo de vegetación se habían transformado. El bosque se había vuelto más frondoso con una frondosidad claustrofóbica, opresiva. Ese no era el bosque por el que toda la vida había andado y ¿tanto me había alejado de mi zona? Tenía que haberme adentrado en otra región  y eso no podía haber ocurrido en un transcurso de tiempo tan corto. ¡Imposible! Alejarme tanto de mi entorno habitual me habría tomado mucho tiempo; en cambio seguía siendo denoche.
 Mi reloj ya marcaba las ocho de la mañana y creí, dadas las circunstancias, que algún tipo de fenómeno meteorológico se estaba dando. La niebla se intensificó y mi caminar se hizo torpe haciéndome palpar mi camino. De pronto mi linterna dejó de funcionar. Lo más sensato era sentarse a esperar. Aquello no podría prolongarse. En algún momento se disiparía la niebla dejando penetrar la suficiente luz del día como para dibujarme el camino. Pero aguardar se me hizo desesperante.  Empecé a sentir gélidas ráfagas de frío. Primero sutiles, casuales. Luego persistentes, intensificándose, acompañadas de un irritante ulular que me crispaba los nervios. El estar quieto me entumecía más así que me puse en pie para ir a no sé dónde. El gélido aire penetró por mi nariz invadiéndome con un frío atroz, y el ulular, más parecido al lamento de un moribundo, se metía en mi cerebro mortificándome. Caminé nervioso, casi asustado. El ulular se transformó en aullidos. Primero quejumbrosos y lánguideciendo a su paso como debilitándose en su trayectoria. Pero tras estos, como un preámbulo, aparecieron otros más intensos y amenazantes. Llegué a dudar de lo que oía; en la zona no había lobos. No obstante me puse en guardia; los oía cerca; creciendo a mi espalda, como dándome caza y fortaleciéndose con mi miedo. Creí oír ruidos,  fugaces crepitaciones, crujimientos de ramas bajo pesos determinados y rápidos. No me pareció el ruido del viento al romper las ramas ni el convulso batir de las hojas por sus golpes. Era un crepitar concreto; un chasquido corto y  seco; deteniéndose al instante, sin la estela del viento al pasar. Hasta me pareció oír  pezuñas arañar el suelo en su violento tránsito. Podía hasta advertir el cálido aliento saliendo en agitadas bocanadas para confundirse en la niebla. Esos movimientos furtivos se me hicieron más patentes deteniéndose siempre justo en el instante en que  mi angustiada mirada enfocaba en su dirección. Ese acoso silencioso, esperando el momento oportuno para lanzarse sobre mí, me desesperó. Empuñé mi escopeta dispararé erráticamente en todas direcciones para que, fuera lo que fuera lo que anduviese por allí, se fuera. Creí oír un quejido. Quizás fuese el viento, otra vez. Pero estaba tan sugestionado que miré a todas partes, girando sobre mí mismo  tanto avanzando como retrocediendo. En uno de mis disparos algo oscuro vino velozmente hacia mi. Ahora pienso que pudo ser una lechuza asustada. El caso es que perdí el equilibrio y rodé por una pendiente golpeándome sucesivamente.

Desperté en una cama que no era la mía. Sólo al cabo de unos segundos, en que mis pupilas empezaron a traerme información concreta, descubrí que aquello de lo que me informaba me era completamente desconocido. Por unos segundos me pregunté qué hacía allí. No podía recordar en donde me había quedado la última vez y ya que aquella no era mi habitación algo me había ocurrido. Quise incorporarme pero un agudo dolor en las costillas me hizo volver a mi posición inicial. Por lo tanto estaba herido. Debía tener alguna costilla rota y también me dolía mucho una pierna. Recordé entonces. Recordé mi caída. Pero ¿qué hacía allí? aquello no parecía un hospital. Me fijé mejor. Lo que alcanzaba a ver parecía troncos formando paredes con un piso de tablones lisos. Sin duda me hallaba en una cabaña. Podía ser un refugio de guardias rurales o forestales. Sentí alivio. Seguramente alguien, o los mismos forestales, me habían encontrado y me habían dispensado auxilios en sus propias dependencias. Vi de pronto que un rebeco me observaba desde el quicio de la puerta. Supuse que sería hembra por su escasa cornamenta. De haberla visto fuera de allí de seguro que no habría dudado en dispararle pero allí dentro se me antojó  una  mascota que había que respetar ¡lo que son las cosas!

-¡Al fin te has despertado!
Me pareció que me decía pero evidentemente eso no podía ser. Seguro que alguien aparecería seguidamente. El rebeco avanzó mirándome con curiosidad. Tras ella no apareció nadie más que una cabra montesa macho tirando de un carrito sobre el cuál iba un monito tití.
-¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Al fin abrimos los ojos!-. Exclamó el monito jovial.

¿En dónde había caído yo? ¿En una cabaña o en la caravana de unos circenses?

-¡Pero no hace falta que los abras tanto!- prosiguió el monito con chanza.- Cualquiera diría que un cazador como tú no está acostumbrado a ver animales!
La cabra montesa se detuvo justo al borde de mi cama dejando el carrito paralelo a la misma para que yo me sirviese de lo que sobre él transportaban, además del tití.

-Porque sabemos que eres cazador..-dijo el rebeco con cierta recriminación. -Encontramos una escopeta también....
-No, no...!- me defendí instintivamente pero luego pensé "¡qué caramba!" "¡¿Qué tengo yo que justificar ante estos animales?!". Estiré el cuello; tenía que haber alguien al otro lado de la puerta poniendo voz a unos animales que movían sus bocas mientras rumiaban.

-¡Vaya, habla!- se burló el tití a mi negación. -Creíamos que con la caída se te había roto la boca pero algo te queda de ella.
-¿C...có...-balbuceé.
-Poco, pero algo...- se burló de nuevo el tití mientras yo finalizaba mi pregunta.
-¿Cómo es que habláis? ¿Qué broma es ésta?
-¿Broma, por qué?- se extrañó el tití.
-¡¿Quién hay?!- pregunté alzando la voz para dirijirme a quien quiera que se hallase oculto.
-Pues nosotros...- contestó el tití como harto evidente y mirando a su alrededor por si faltaba  o sobraba ese "alguien" que yo buscaba.
-Pero alguna persona...
-Sí; tú.
-¿No hay ninguna otra persona?
-Afortunadamente, no. Anda, bebe esto...
Me ofreció acercándome una taza y explicando -Lo hemos elaborado nosotros mismos; te hará mucho bien.
-¡No puede ser!
-Que sí-, insistió el tití, -que tiene propiedades terapéuticas.
-No puede ser que habléis. Debo estar soñando- insistí.
-Teníamos que haberlo dejado un poco más-. Le reprochó el rebeco al tití al notar mi reacción.
-¡Sí, un poco más en el fondo del barranco!¡Anda, anda! ¡No sé qué sería de él a estas horas!-le contestó el tití.
-Despacio...despacio..-me recomendó mientras yo bebía el brebaje con avidez por mi sed.
-¡Pobrecito! después de todo...es un ser vivo-, reconoció en tono lastimero mientras me observaba beber- ¿Qué diferencia hay entre él y nosotros?- se dirigió a sus compañeros-...vamos..yo no veo mucha...si me apuráis...pues sí; yo soy algo más bajito..
-Bastante más bajito-, puntualizó el rebeco.
-Bueno, bueno; pero camino sobre mis dos patas, como él; uso mis manos, como él; mi cerebro; vamos, que para algo soy el eslabón perdido entre los suyos y los míos.
-Tú no eres ningún eslabón de nada- le aclaró el rebeco -, Así que no te cuelgues medallas.
-¡Yo soy el puente! ¡Y él no sería nada sino hubiese pasado por sobre mío!
Yo oía sus razonamientos atónito.
-Dicen que el eslabón perdido fue producto de los extraterrestres: que cogieron a un mono como tú, lo cruzaron con ellos, quedó dotado de inteligencia y dejó de ser un mono para siempre-. Intervino la cabra montesa.
-¡Anda qué gracioso!¿Qué quieres decir con eso, que yo, como aún soy mono, necesito un extraterrestre para hacerme inteligente?
-Yo sólo digo lo que se dice por ahí-. Se defendió la cabra.
-¡Lo que se dice por ahí!- repitió el tití molesto.
-Pero, ¿no hay nadie como yo en la casa?- les interrumpí para insistir , -porque tenéis que pertenecer a alguien...
-¿Y para qué tenemos que pertenecer a alguien? ¿Tú perteneces a alguien?- me preguntó el tití.
-Bueno..todos pertenecemos a alguien...pero los animales aún más. Los que van sueltos acaban mal....
-Pues para que lo sepas, los animales nacemos libres; como todos los seres de la Tierra-. Reivindicó el simio.- Luego viene el hombre, ese que han espabilado los extraterrestres y que de bien poco le sirve, nos somete y nos esclaviza. Si miras a lo largo de la historia, el animal ha convivido estrechamente con el hombre tan sólo por el interés del segundo en servirse del primero para comérselo o para explotarlo hasta su muerte. Extraña ha sido la relación hombre-animal desinteresada.
-Se ha de reconocer también que gracias a la relación, sea cual sea, del hombre con el animal, el animal ha estado protegido y alimentado. Yo creo que ha sido una colaboración mutua. Yo quiero a mi perro. Sí, de acuerdo; mi perro me ayuda a cazar; trabaja para mí; pero también es mi amigo; uno más de la familia; y cuando sea viejo y no pueda cazar lo cuidaré y tendrá una vejez tranquila hasta que se muera.
El tití enmudeció por unos segundos. Luego dijo con cierto desdén -¡Una excepción!¡cuantos cazadores matan a sus perros cuando ya no pueden cazar!
-Así...que estáis aquí por vuestra cuenta y riesgo...-volví a lo que me intrigaba.
-Sí,- respondió el tití.
-¿Y la cabaña?
-La encontramos abandonada y la ocupamos- respondió.
-Sigue sorprendiéndome que habléis- insistí.
-Nosotros, los animales, tenemos una gran capacidad para comunicarnos. Todos los amos entienden a sus animales. ¿Tú entiendes a tu perro?
-Sí, pero...
-¿Necesita palabras para hacerse entender?
-no, pero...
-Tú entiendes absolutamente todo lo que te transmite tu perro y él entiende todo lo que le quieras comunicar. Un gesto tuyo, una mirada; tu perro sabe hasta lo que piensas.
-Si, si..ya...,pero esto no es normal...El golpe debe haber sido muy fuerte....
-Tómatelo con calma, chico-. Me aconsejó el tití. -Quizás te han ocurrido demasiadas cosas en un sólo día como para intentar comprenderlas. Descansa.
-Sí, -me dije relajándome de nuevo. -Creo que aún necesito descansar. Debo cerrar los ojos y dormir..dormir...Cuando despierte todo será normal...-me repetí débilmente mientras mis "salvadores" abandonaban silenciosamente la habitación para dejarme tranquilo. Entorné los ojos y creo que volví a dormirme.

Puede que transcurrieran unas horas; no sé. No pude tener referencia de ningún transcurso del tiempo a través de la luz  ya que por la ventana  seguía siendo de noche; una noche eterna en la que hasta estrellas conté. Una noche serena; sin niebla. Me sentía muy bien; había dormido placenteramente ¿habría estado durmiendo todo el día? ¿Tan rápidamente habrían cambiado mis bioritmos? ¡que me importaba! Ahora lo importante era reposar; tranquilizarme y recuperarme pero...si no había ninguna persona con esos animales parlantes, ¿quién se encargaría de dar parte sobre mi? Podría pasar mucho tiempo hasta poder salir de allí por mi propio pie y puede que volviera a desorientarme a la hora de regresar a casa. ¿Y si mis heridas empeoraban? si se infectaban y me daban fiebre..? Pero el monito ese parecía sabio. El brebaje que me dio me calmó el malestar de las  fracturas y contusiones y me hizo dormir profundamente. Pensé en esas cabras que había visto antes. Para ellas resultaría fácil trepar por las montañas hasta rincones inaccesibles para alcanzar hierbas medicinales; pero ¿y los conocimientos? ¿Y la preparación? ¿Por qué me habrían rescatado y conducido hasta aquí aún sabiendo que llevaba escopeta? Yo cazaba animales como ellos....Sólo de pensarlo me dolía la cabeza y quería apartarla de toda turbación. Quería alejar mi mente de aquel absurdo y aceptar todo cuanto viese y experimentase sin pretender buscarle una explicación. Algún día la hallaría. Hasta entonces no tendría por qué atormentarme, ¿para qué hacerlo dos veces? Alguna explicación tendría aquello que yo podría encontrar, y si no la hallaba es que me había muerto yendo a parar al Reino de los animales. Si eso era así, ¿podría yo hacer algo?; como seguramente no podría, más valdría dejar las cosas como estaban y sufrir lo menos posible.

Empecé a apercibirme de unos sonidos. Parecían cuchicheos y murmullos provenientes de la habitación inmediata a la que yo me encontraba.  De cuando en cuando, alguno subía de tono. Se oía un vocativo, una exclamación y luego....risas. Me dio la sensación de que al otro lado se divertían, como si jugasen a adivinanzas o algún pasatiempo ameno y estático. El caso es que ese suave murmullo, como el de zumbidos de moscas en los calurosos días de verano, y esas risas alternadas, me llenaban de sosiego revelándome que allí había paz y que ningún peligro podía turbarla. Oí golpear la puerta de la calle. Mi primera impresión refleja fue la de dibujar en mi mente a "alguien" al otro lado; como tan asimilado tenía; lo mismo que risas y voces humanas me parecían aquellas que me llegaban. "Alguien" se levantó a abrir la puerta y a continuación se oyó un intercambio de saludos. Me imaginé la "visita" entrando y aunque no distinguía muy bien lo que decían, se me antojaban cumplidos y comentarios. Pero ¿cómo podía darse tanto movimiento en un bosque que me había parecido tan solitario? ¿De dónde salían todos aquellos animales tan difíciles de congregar aún formando batidas? Pero allí estaban; en las narices de un cazador que no podía ni mover un pie. Animales que en otras circunstancias habría mirado con otros ojos. Pero ahora no podía verlos como simples piezas a tiro sino como algo más. Como mucho más. Mi vida estaba en sus "manos" y sus voluntades eran las de asistirme. ¿Con qué ojos podría mirarlos sino con los del agradecimiento? De este modo empezaría a considerarlos como mucho más que un simple y decorativo trofeo.

-¡Mira lo que llevaba!- me pareció distinguir claramente al haberse detenido las voces detrás de la puerta de mi habitación. Se oyó una exclamación  de sorpresa y luego risas.
-¡Quita, quita, que no veo!- oí una voz grave y a la vez quisquillosa, pedir divertido.
-¡Mira! ¡mira! Click.. click.. ja, ja!- insistía la primera con un coro de fondo.
-¡No me pongas la luz en los ojos, je, je! ¡Que diantre! ¡Vaya un invento!- de la risa le entró tos y yo me imaginé que el tití encendía y apagaba mi linterna, que ahora parecía funcionar, enfocándola lúdicamente a los ojos del recién llegado. Aquellos animalitos parecían divertirse mucho y pronto oí  pedir permiso para entrar en la habitación donde me hallaba.
-Adelante-. Respondí con expectación.

Se abrió la puerta y aparecieron más de los que anteriormente había visto. Estos eran la cabra montesa, el tití, un muflón, una ardilla, una liebre, y un jabalí!. A éste último correspondía la voz grave y a la vez quisquillosa, rebosante de simpáticos gallos. Se veía dicharachero aunque torpe en sus movimientos al tener que mover tantos kilos. Tosió de nuevo. No sé si para aclararse la garganta antes de hablar o por si arrastraba una tos crónica por los esfuerzos a los que sometiera a su garganta con sus estallidos de risa y sus vitales chillidos.

-Buenos días tenga Ud-. Me saludó. -Permítame que me presente yo y mi asistente..esto..¿dónde está?..
No se dio cuenta de que al dar un paso hacia atrás, en su continuo movimiento, su asistente, una ágil ardilla, se retiró velozmente para no ser pisada. Así es como el jabalí no la vio y ésta, para agilizarle la tarea de la búsqueda, le salió al encuentro sorprendiéndole.
-¡Ah! estás ahí. Bueno...-se dirigió de nuevo a mi, -pues como iba a decirle, soy el médico de estos lugares. Me llamo Gorak y ésta es mi asistente Misdi. Ella es como mis manos pues con mis pezuñas me resulta difícil el trabajo minucioso; en cambio, con mi fuerza y mis conocimientos, puedo hacer todo lo demás. Bueno..bueno..., ¡Vaya una pieza que os habéis encontrado, eh?!- se dirigió ahora a sus compañeros al observarme más de cerca. A continuación volvió a dirigirse a mí. -¿Cómo ha venido a parar aquí?

-M.. me..perdí- dije no saliendo nunca de mi asombro por todo cuanto veía. -La..niebla....los lobos...
-Ah, sí; los lobos. Pero Ud. no debe temer. Los lobos de por aquí son muy buenos chicos.
-Yo nunca lo he creído así-. Repliqué.
-Ayudadme a quitarle la ropa. Vamos a ver como están esas heridas-. Pidió a su asistente y al tití. Gorak, a su vez, con el hocico me retiró la manta y luego puso sus dos patas delanteras sobre el borde de la cama para elevarse y contemplar.
-Lo que pasa es que han de comer. Cazan para comer. ¿A Ud, eso le suena de algo? - Noté cierta ironía en su tono. No contesté. Continuó con la conversación. - Nosotros seguimos una ética de conducta o eso que dicen ustedes....un..un...-
-Un potroloco-, le ayudó torpemente la liebre.
-¡Un protocolo!- recordó entonces Gorak,- hay manadas que se agrupan y hacen al margen del "Consejo". A veces no respetan las zonas de caza y hemos sufrido bajas en nuestro propio colectivo. Claro que si huelen la pólvora se inquietan mucho  porque, aunque no lo crea, nosotros olemos la pólvora a distancia; la pólvora con su inseparable hombre detrás. Y le digo una cosa: si Ud. se introduce en el bosque con intenciones aviesas no pretenderá que los animales procedamos de distinto modo.
-Eh..no..yo no iba a cazar-. mentí torpemente sintiéndome comprometido con todos aquellos animales que apuntában sus miradas en mi persona. Supongo que el doctor Gorak no me creería pero me dio el beneficio de la duda.
-¿Y la escopeta?-aún así dejó caer. -..para protegerse, verdad?
-Eh.. a...
-Bueno, el hecho es que no se cobró ninguna pieza-. Salió en mi defensa el rebeco.
-Quizás no le dio tiempo- me pareció oír mascullar a Gorak mientras aproximaba su hocico a mi cuerpo y hundía su reluciente pezuña en mis costillas y abdomen.
-¿Duele? -preguntó maliciosamente. Mis quejas se lo confirmaron.
-Deje el teatro, no hay nada roto; si acaso algún esguince. Fijaos..-se dirigió al resto sin mirarlos -Les quitas la ropa ¿y qué queda?... tan pelados...
-¡Por eso no se cazan entre ellos! ..sin pelaje....- comentó el muflón en tono de chanza.
-Claro que se cazan entre ellos, si te contara!
Gorak empezó a sonreírse mientras palpaba. Graciosa cosa debía suponerle yo.

-Bueno, a ver...ahora las piernas. Esto me huele mal....No; no me refiero a Ud., sino a la extraña hinchazón en su tobillo. Seguro que es otro esguince. Oprimió y mi queja se lo acabó de confirmar. -Vosotros sois de mantequilla-. Se tomó la libertad de burlarse- Es una expresión vuestra, ¿verdad? A mi me gusta mucho la mantequilla. Nuestras amigas las cabras nos dan una muy buena. ¿Qué le gusta a Ud.? -parecía querer distraerme para que no me concentrase en el dolor.
-Las liebres rustidas- solté sin pensar.
-¡¿Las qué?!-preguntó alarmada la liebre por lo que creyó entender.
-¡No le hagáis caso!- corrió en mi auxilio el rebeco. -El golpe, el golpe...
-¿Ha dicho las liebres?- insistió la aludida.
- Habrá dicho algo que se le parece, no ves que comen tantas cosas....!-. se le ocurrió al tití.
-¡Pues yo lo he oído bien claro!- dijo la ofendida liebre.
-¡El coñac hace estragos!- intervino Gorak. -seguro que le dísteis para mitigar el dolor. Por eso nosotros no lo probamos.
-Además tiene un sabor horroroso. Parece que te quema la garganta tal cual va pasando-. Dijo la ardilla como si hubiese querido conocer alguna vez, con pésimos resultados, aquello tan popular entre la especie humana.
-Pero va muy bien para las heridas-. Valoró Gorak.
-Y para los heridos-. Apuntó Misdi. -A veces algunos se ponen muy pesados...
-A veces lo utilizamos, sí. Por eso lo tenemos; no se vaya a pensar que....¡Bien!..-resolvió Gorak, -vamos a ponerle cataplasmas para desinflamarle las contusiones. Le desinfectaremos los  rasguños y le vendaremos el tobillo que, con el reposo y los antiinflamatorios, se curará. Eso quiere decir que deberá permanecer en nuestra compañía durante algunos días.
-Nosotros lo cuidaremos bien. Casi nunca tenemos huéspedes de este calibre-. Dijo la cabra montesa.

La ardilla y el monito, junto con el rebeco, prepararon rápidamente las cataplasmas de linaza cuyas semillas de lino ya tenían machacadas en un moretero. El rebeco trajo fango en su boca que se mezcló a continuación con hierbas que ya guardaban macerándose. Me pringaron el cuerpo de barro que cubrieron luego con grandes hojas, desconocidas para mí. Con hebras y tallos sujetaron las hojas a mi cuerpo a modo de vendas y así, en poco tiempo, el trabajo concluyó. Gorak procedió a cubrirme de nuevo con la manta.
-¿Y mi ropa?- pregunté.
-¿Para qué quiere la ropa? ¡que manía con la ropa! Antes, todos los humanos érais peludos como nosotros. Para qué perder el pelo para luego cubrirse otra vez?
-Por los  extraterrestres!- recalcó la cabra montesa.
-Qué extraterrestres?- no sabía de qué iba Gorak.
-Anda, calla, calla..!-le pidió el tití a la cabra montesa.
-Que sí, que fueron ellos!- insistió la cabra.
El doctor prosiguió con su tarea mientras el tití y la cabra se engrescaron en una absurda discusión.
-...pero por la tontería esa de colocaros prendas en el cuerpo fuisteis perdiendo el pelo y así os va: pelados como cebollas y cogiendo resfriados a pesar de lo que os tapáis. Y cuando más os tapáis más os resfriáis. Nosotros, en cambio, no nos resfriamos porque nos regimos por la naturaleza; no por las modas. Y la naturaleza nos dice que con el mismo traje que nacemos debemos morir. No se puede negar que somos prácticos.
-A estas alturas no puedo hacer como vosotros-. Repliqué.
-Conocí a un individuo que siempre se resfriaba- me refirió el jabalí. -..uno como Ud., claro. Un viejo montañés, con una tos muy rebelde, que tosía y tosía; y tanto tosió que, compadecido, le di unas palmaditas en la espalda. Ya jamás tosió.
-Esto no es del todo así- le desmintió la ardillita. -explique, explique como fue..
-No hace falta dar detalles- pareció molestarse Gorak .-Dejó de toser que era el propósito.

Le miré perplejo.

De pronto todos rompieron a reír. Ellos sí sabían lo que había ocurrido. Gorak pareció incomodado.
-Y qué hay hoy para comer?- preguntó el doctor  pareciendo más una reivindicación que  un cambio de tema. -Porque me quedo, no?
-Benito nos reserva una sorpresa-. Dijo el muflón.
-Ah, si! Benito tiene grandes ideas. Tan grandes como él.- Valoró Gorak. -Esto de curar ¡da un apetito! y supongo que el enfermar también debe darlo. ¿Tiene Ud. hambre?- me preguntó.
-Creo que sí.
-Pues no se preocupe porque nuestro Benito "que no" es un prodigio.
-A mi me huele a pastel de bayas, requesón, huevos y miel-. se aventuró a adivinar el rebeco con su femenina voz.
-Yo diría confitura de manzanas y fresas con ponche de grosellas y miel-. Dijo Misdi.
-¿Por qué no llamamos a Benito y que nos lo desvele? -propuso el jabalí con su boca hecha agua. -Benitooooo! -le entró tos con el grito.

Benito entró. Casi no pasaba por la puerta al erguirse ese fenomenal oso pardo. Palidecí y me contraje en mi cama. Al ver mi reacción todos rieron de nuevo. Benito también. -Dinos, Benito, ¿qué hay hoy para comer?- le preguntó el doctor.
-Requesón con miel; mucha miel de romero, tomillo y espliego. Pastel de dulcísimas ciruelas, frutos secos: bellotas y castañas asadas; nueces y avellanas tostadas; y para beber, además de agua, jarabe de grosellas y cerezas. Y de postre !trufas confitadas!
-¡Hhmm..!-se relamió el jabalí.
-¿Qué le parece a nuestro huésped?- preguntó Benito.
-Muy..bien..-respondí menos asustado.
-No sé si habrá notado que éste es Benito "que no"-. Me presentó Gorak.
-¿"Que no"?- pregunté.
-Sí, es su especie de eso...eso que vosotros también tenéis y que lleváis detrás..-me dijo Gorak chasqueando sus pezuñas para que le saliera la palabra que buscaba.
-...detras del nombre..-le ayudó Misdi. -El apellido!
-!Eso!- dijo Gorak -..O..eso otro que también soléis tener...-añadió Gorak chasqueando de nuevo "sus dedos".
-..alias...o mote-dijo Misdi.
-Extraño alias...-comenté.
-Es que siempre lo niega todo, de ahí el alias- explicó el tití después de su breve disputa con la cabra.
-Tendrás que disculparnos pero no podremos comer contigo por razones obvias- dijo el muflón.
-Le traeré una bandeja al señor-. Dijo Benito con la humildad propia de los más fuertes.
-No os preocupéis. Sois muy amables conmigo. No merezco tantas atenciones por vuestra parte-. Les dije mientras salían.
-¡Tonterías! debemos tratar al prójimo como nos gustaría que nos tratasen. Esta es la regla de oro- dijo el tití reuniéndose con Benito y alejándose.
Dejaron la puerta entreabierta y desde mi cama podía oír sus conversaciones e incluso ver parte del comedor donde iba a sentarse el singular cortejo a almorzar. Benito, mientras preparaba sus cosas ayudado por Misdi, el tití y la liebre, canturreaba. Una lechuza entró por la ventana del comedor. Distinguí su aleteo aunque ella no supo aún de mí.
-¡Que oportuna, Margarita!- le saludó la cabra montesa mientras con su boca estiraba una punta del mantel por un lado de la mesa y el muflón  por el otro para dejarlo bien liso en su superficie.
-¡Ay, chico! vengo cansadísima! He estado volando toda la mañana para ver en donde estaban mejor los madroños pero un asco,oye. En la altiplanicie está todo picoteado por esos mequetrefes de pájaros ¡así se los coman los gatos! que los pobres...porque aquí hay de todo menos gatos...
-Linces...
-¡Uy, linces! ¡esos son unos señoritos! ¡así les va! y los gatos se han pasado al enemigo para no dar golpe. Nada más que atiborrándose de pienso y caricias; piensan que con ronronear y restregar el lomo por las piernas de sus amos, ya está todo hecho. Así que no sé que le voy a llevar a la Reina para la Gala.
Dicho esto, la lechuza resopló posándose sobre el respaldo de una silla. -Oye, ¿no tendrá algo por ahí Benito que pueda presentar para la Gala?
-No sé; pregúntale-. Contestó el muflón.
-¡Uy, que lujos! este mantel no es el de cada día- advirtió la lechuza.
-Es que hoy tenemos al doctor aquí- le explicó la cabra montesa.
-¡El doctor! -se sorprendió la lechuza- ¿Es que hay algún enfermo?- se alarmó seguidamente.
-sí.
-¿Pues quién?-quiso saber
Lo que a continuación oí fue un cuchicheo. Seguro que hablaban de mí.
-¡No!- exclamó la lechuza casi cayendo del respaldo de la silla al saber quien era el enfermo. -¿Y os lo vais a quedar?!
-No lo sabemos..
-Mira que meter a una persona en casa!... ¡a lo que estamos llegando!
-Suponemos que estará unos días...una semana, puede..
-Yo ya sé lo que pasará : lo acogeréis por unos días...os encariñaréis.. os dará pena..y luego no podréis echarlo. !Os lo quedaréis! !como  si lo viera! Y si os lo quedáis le tendréis que poner un nombre...
-Ya debe tener uno....
-¿Y cómo se llama, a ver?
Yo, divertido, me atreví a facilitarle mi nombre desde mi habitación.
-¡Me llamo Eduardo!
-¡Uy!- se asustó la lechuza al saberse sorprendida. El muflón se echó a reír.
-¡Me estaba espiando!- cuchicheó agraviada -¿Ves como no hay que fiarse de.....y menos de......-lo que a continuación dijo la suspicaz ave no lo entendí porque para tal efecto bajó la voz.
Por el sonido, deduje que de la cocina salían el resto de animales con más viandas que colocar en la mesa.
-¿Sabéis lo que tenéis ahí metido?- oí a la lechuza advertir a los que venían de la cocina mientras revoloteaba nerviosa.
-¡Qué?!- reaccionó Gorak fingiendo alarma-¡¿Un saco de bombas?!
-¡Peor! ¡peor!
-¡Anda, entra y salúdale, que es muy majete! no todos los hombres son iguales...- la animó Gorak. -Además no se puede mover; está herido. Le puedes pegar si quieres que no podrá defenderse.
-Mira que gracioso!- replicó el ave nada convencida de la docilidad del hombre. -¡Como metéis estas cosas en casa! Yo le digo a mis niños que no me traigan bichos, pero vosotros sois peores que los niños!
Salió dejando detrás una estela de risas.
La puerta de mi habitación se acabó de abrir para dar paso a Benito portando una bandeja. El rebeco también se acercó lo mismo que el tití viajando al hombro del oso.
-Esperamos que te guste-. Dijo el monito.
-Ya verás como con estos alimentos enseguida te sentirás más fuerte-. Me animó el oso descendiendo, ceremonioso, la bandeja hasta mi regazo. El tití saltó de su hombro para quedar sobe la cama, al lado de la cabecera como un espectador que se prepara a ver algo prodigioso. El oso, con sus grandes manazas, me acabó de recostar acomodándome la almohada a la espalda. Ansioso, creo que hasta conteniendo la respiración, observó mi reacción ante su comida. No lo advertí; empecé a comer y como encontré todo tan delicioso continué sin reparar en más. Hacía muchas horas que nada llegaba a mi estómago y con dedicación consumí aquellas delicias de manos de un oso. En alguna ocasión levantaría mi cabeza de la bandeja y es entonces cuando me daría cuenta de que todos me observaban, Unos, a mi lado; otros, frente a mi, en el quicio de la puerta. Todos en silencio. En mi entusiasmo no me había percatado de que el bullicio había ido disminuyendo hasta cesar.
-¡Qué aproveche!- me dijo Gorak zumbón.-Gracias-. Le contesté sintiéndome arropado por sus complacientes miradas. Dicho esto me dejaron solo para dirigirse al comedor.
Allí reanudaron sus dinámicas conversaciones combinándolas, no sin dificultad, con la masticación y algún que otro atragantamiento.

Después de comer me sentí tan satisfecho que deposité la bandejita sobre la mesita a mi lado y cerré los ojos. Así estuve un rato pensando. Pensé en aquellos animales de la noche eterna, congregados en aquel rústico comedor cuya rojiza luz de la lumbre todo teñía. Pensé en todos mis años de desconocimiento; de espaldas a la naturaleza a pesar de mi contacto tan estrecho con ella. Aunque creyera conocerla por ser cazador, ahora veía que no la había conocido del todo. Ni siquiera la había respetado. A veces me había saltado las vedas. Recordé con malestar y vergüenza como una vez cacé un rebeco. Uno igual al que ahora me acogía. Al destriparlo vi que tenía una criatura en sus entrañas. Una que jamás llegó a ver la luz. Que atormentado me sentía ahora. Cada vez que este rebeco hembra se me acercaba, cada vez que me hablaba y me miraba, veía los ojos de aquella agonizante. A mí todo esto me había importado poco. Los animales para eso están. Tenían que morir igual y poco importaba cómo y cuando. Pero ahora veía el poco derecho que tenía a decidirlo y mermar la libertad de un ser, hijo de la naturaleza, nacido libre. A veces infravaloramos a estos seres que creemos inferiores porque en la vida no pueden hacer nada más que comer y dormir. ¿No como y duermo yo cada día hasta el fin de mis días? Ahora veía que todos somos piezas necesarias para el mecanismo del planeta; sea cual sea nuestra naturaleza, nuestro cometido en ella; sin alterar las piezas se mantiene el equilibrio; tal como la naturaleza lo estableció y como Dios lo dispuso. El hombre no tiene una "misión" más importante en la Tierra que los demás. La "misión" está compartida. Todos ocupamos nuestro sitio y ninguno deberíamos salirnos del nuestro. Ahora me sentía muy cerca de esos animales que tanto había acosado. ¡Como cambian las cosas! Cuanto cambian cuando le tocan a uno. Y aquellos que en el comedor comentaban con ardor las cotidianidades de sus vidas, monótonas y vacías para el profano, me la transmitían con tanta propiedad! Hasta mí llegaba su alegría, esa que me curaba más aprisa; contentos por intercambiarse sus impresiones, su calor; por estar juntos otro día más.

Creo que me dormí y al cabo de un tiempo unas risas me despertaron. Era bonito despertar así. Continuaban en el comedor aunque yo tenía la percepción del transcurso de las horas. Algo les entretenía en la sobremesa. Se me antojó que jugaban, quizás a cartas... Sentí cubiletes agitarse; quizás jugaban a los dados. El sonido de los dados rodar sobre la mesa me lo confirmó. Sus voces, tan ágiles como el juego, enunciaba cada número que salía comentando lo oportuno o  inoportuno de la cifra.
-¡Un seis! un..dos..tres..cuatro..cinco..seis y vuelvo a tirar-. Oí la alegre voz de la cabra montesa.
Deduje que era al parchís a lo que se jugaba.
-A los tres seises te mueres!- le recordó con cierto deseo oculto el tití.
-Eso es lo que querrías, ¿eh?
-¡Otro seis!- se oyó en coro. Gorak reía.
-Pues mira..un, dos, tres, cuatro, cinco, seis ¡y te maté! y si me sale otro seis y me voy a casa, al menos te llevé a ti por delante! Ahora vuelvo a tirar por el seis y además cuento hasta veinte por matarte.
-¡Otro seis!¡otro seis!- se oyó ansioso al tití para que la cabra perdiera.
-¡Un cuatro!¡un cuatro! y  mato al doctor.
-¡Estás muy matón tú esta tarde!- se quejó el doctor.
-¡A mi no! ¡a mi no!- rogó el doctor apenas inteligible por la risa. Y luego...¡un uno!...La cabra montesa no moría ni mataba aunque tampoco avanzaba. A continuación le tocó el turno al tití.
-¡Un cinco!-se alegró. -Saco otra vez la ficha que me has matado y como hago barrera con la que tengo fuera, por aquí no habrá quien pase.
-Tendrás mala suerte. Te saldrá un seis y tendrás que abrir-. Le aseguró la cabra montesa.
-¡Va, Benito!- le indicó el muflón al distraído oso.
-Es que no encuentro mi ficha; hace un momento estaba aquí-. Comentó extrañado.
-¡Claro, se te pierden dentro de la pezuña!- le aclaró el tití. -Mírate entre los dedos.
-Que no, que no...que me la han quitado.
-¡Trae acá esa pezuña!- le ordenó el monito empezando a inspeccionándole entre los plantares.
-¡Mira! ¿y esto qué es?- le mostró el monito sacándole la ficha.
-Alguien me la habrá metido!
-¡Anda ya!
-Si tienes problemas, nosotros podemos moverte las fichas- se ofreció la liebre solícita.
-No, que a él ya le va bien perder el tacto para así, con el cuento, desplazar la ficha más de la cuenta-. dijo el tití suspicáz.
-¡Que no!¡que no!- se defendió Benito mientras Gorak reía.
-¡Un tramposo es lo que eres! Nunca las desplazas hacia atrás-. Insistió el simio.
-Ahora te toca a ti, Misdi- le indicó el muflón. -¡Ojo! que esta es muy ágil y conoce los juegos de manos!- advirtió a continuación.
Oí como la ardillita, entre risas y consejos, lanzaba el dado.
-¡Pero qué haces! Estás moviendo la mía- le advirtió la cabra.
-¡Seguro que es una maniobra!- adivinó el mono. -Mientras movía la tuya nos ha distraído para hacer otra cosa.
-Disculpadme, como antes he llevado las fichas verdes...-se excusó la ardilla.
-Pero no muevas esta que ya la tienes segura, mueve aquella que te la pueden matar- le aconsejó el doctor.
-¡Calla!- le pidió ella.
-¡Otra maniobra, seguro!- saltó el tití.
-¡Caballeros, así no se puede jugar!- se quejó Misdi.
-¿Qué hacéis?- pregunté desde mi cama con curiosidad y ganas de participar. Se hizo el silencio.
-Jugamos al parchís- me contestó el tití.
-Yo también sé jugar.
-Pues bueno.


Continuaron con sus partidas; con gritos de euforia al llegar a la meta; por otros de impotencia al perder y tener que empezar de nuevo; por accesos de risa por lo cómico de las situaciones.
-¿Y mi ficha, que estaba a punto de subir a la meta, dónde está?- preguntó de repente el doctor.
-¿Quieres decir que tenías una ficha tan adelantada?- preguntó el oso intentando despistar.
-¡No es que lo quiera decir! ¡Lo sé! estaba al pie de la meta y ¡ha volado!- insistió enérgicamente Gorak.
El tití empezó a reír. -Busca en la pezuña de Benito- dijo. -Hace un momento la ha pasado por delante de tu ficha para mover la suya. Te la ha barrido.
-¡Que no, que no!- negó Benito al cuál se le encontró la ficha del doctor bajo la minuciosa inspección de la ardilla. Todos tuvieron que reír. ante la evidencia. Yo, desde mi cama también reí. Ahora entendía por qué le llamaban Benito "que no". Así transcurrió la tarde. A uno le rebotaba el dado en el tablero y se le caía al suelo. No lo encontraban. Usaba el dado del vecino y decía que le daba mala suerte. El doctor no ganaba para risas y el tití dejó de manifiesto lo malicioso y redomado que era en sus observaciones.

La noche, si así podía llamarse, transcurrió tranquila. Los visitantes Gorak y su asistente se fueron, quedando "nosotros" en apacible sueño alterado, a intervalos, por los ruidosos ronquidos de Benito. ¿En dónde dormirían aquellos que se habían ido? pensé. ¿Dónde habitarían y cómo serían sus casas? ¿A quién había pertenecido esta cabaña que ahora ocupábamos? Me imaginaba la casa de cada uno, con su familia esperándole; con un mantel desplegándose sobre la mesa, explicando cada uno el acontecimiento que suponía el hallazgo de un hombre.



El tarareo de una cancioncilla me despertó ¿por la mañana? Miré por la ventana y la eterna noche continuaba. El ambiente me trajo olor a cremosa leche calentándose. Sentía hambre y sentía ganas de saltar de la cama para acercarme a aquel comedor tan lleno de calor. Curiosamente ya no sentía dolor en mi cuerpo. Me sentía bien, salvo el tobillo que, aunque menos inflamado, aún me causaba molestia.

-Se te ha vuelto a salir la leche- oí a la liebre reprochar a Benito.
-Que no, que no-.  replicó éste.
-¿Ah, no? ¿Y qué es esto que hay fuera del cazo?

Me hubiese gustado ver esa escena. Me removí en mi cama para captar algo más allá del comedor inmediato pero nada pude ver. Quería levantarme pero no me atreví a apoyar el pie en el suelo. No debía ser tan impaciente.
-¡Ehy, buenos días!- les grité.
-¡Vaya! nuestro enfermito se ha despertado-. Me respondieron con alegría. Pronto aparecieron en mi campo de visión, acercándose alegres hacia mí.
-¿Qué tal te encuentras?- me preguntó la liebre.
-Mucho mejor, pero no creo que pueda levantarme aún.
-No tengas prisa. De todos modos luego se pasará por aquí el doctor.

La idea de volver a ver a ese singular jabalí me agradaba y su sola presencia me devolvía media vida. Creo que sus propiedades curativas no se basaban en sus métodos exclusivamente sino en sí mismo; como remedio viviente. No había acabado de pensar en él cuando a través de la ventana oí su risa, tan característica, aproximándose. Venía por el camino riendo. Luego me llegaron fragmentos cortados de una conversación que mantenía con alguien; quizás Misdi, y un tercero que luego supe que era una lagartija con la que se cruzó.

-¡Toma, que porrazo!- Exclamó Gorak que parecía haberse golpeado accidentalmente. -¡Corre, coge esa que se va rodando!- le indicó a continuación a su asistente. -¡Por allí, por allí!
¿Se le habría caído algo con el golpe? me pregunté.
-Pues no está mal esto. Tengo que aprovecharlo-. Pareció valorar Gorak. Y luego...otro golpe sordo y seco.¿Se habría golpeado otra vez?
-¡Pero serás burro, Gorak!- oí que le reprochaba la ardilla.
-¡Aprovecha, aprovecha!-le animaba el galeno.
-¡Luego dirás que te duele la cabeza!- insistió la ardilla.
-¡Esta tan gorda¡ !que no se escape! Aquella, aquella! Por allí! -le indicaba el jabalí con bastante excitación. A continuación....otro golpe sordo.
-¡Cuantas!- exclamó Gorak. -A tu espalda, detrás de ti, ahí; ¡ojo con la lagartija! A tu lado, justo en tu cola!
-¡Que no puedo con todas las bellotas, doctor!- se quejó su asistente. -¡Y deja ya de dar cabezazos al roble que ya tenemos bastantes!
-Pues para Benito no hay ni para empezar-. Comentó quien debía ser la lagartija.- ¿Sabéis qué? voy a mi casa a por una bolsa y os la dejaré aquí para que podáis meter las bellotas-. Se ofreció.
-Eres muy amable-. Respondió Gorak quien reemprendió la marcha, canturreando,  junto a Misdi.
-¡Uy, si está la puerta cerrada!- se sorprendió al hallar la puerta de la cabaña cerrada. -¿Para qué la habrán cerrado si nunca lo hacen?
-Será para que no se les escape el hombre-. Conjeturó Misdi.
-No! con el esguince en el tobillo no creo que pueda ponerse en pie aún!
El jabalí golpeó la puerta con la pezuña.
-¿Quién es?- preguntó Benito. Gorak debió quedarse algo parado y le contestó burlón alterando su voz.
-Soy la mamá que viene del mercado. Ábreme la puerta, hijito.
Benito tardó en reaccionar. No debía estar esperando a ninguna mamá que viniera de ningún mercado, sino al doctor.
-Enséñame la patita-. Dijo al fin.
-¡Si será...!-se sorprendió Gorak. -¡Que me abras, que soy yo!- insistió ya con su voz. -Además, por dónde iba a pasar la patita si no hay ningún agujero en la puerta?
- A ver, que miro -. dijo Benito abriendo la puerta para mirar al otro lado.
-¿Qué miras?-se sorprendió Misdi. -No hace falta abrir una puerta para ver si hay un agujero. El agujero la atraviesa.
Benito se rascó la cabeza.
-Ya que has abierto, entramos-. Dijo Gorak. -¡Buenos días, buenos días!-  repartió saludos a medida que avanzaba. Sin más preámbulos entró en mi habitación.
-¿Cómo está nuestro enfermito?- preguntó pletórico.
-Buenos días doctor Gorak-. Le saludé con la misma alegría.
-Hermosa mañana-. Comentó mientras se aproximaba al costado de mi cama.
-Si Ud. lo dice...
-¿No la encuentra hermosa?
-Simplemente no la encuentro. Por la ventana sólo veo oscuridad sea cual sea la hora.
-¡Oscuridad, dice!- pareció burlarse. -¡Que poca sensibilidad tienen sus ojos!
-Hombre, una cosa es que se me escapen matices. Otra cosa es que confunda el día con la noche....Acérquese a la ventana y dígame si no parece que continúe siendo de noche.
El resto de los moradores fueron entrando a la habitación. Gorak se acercó a la ventana y miró. Incluso la abrió y asomó la cabeza.
-¡Que va a ser de noche! -. Contestó resuelto, cerrando la ventana y acercándose a mí -¡Qué diferentes son sus ojos de los nuestros! Ande, ande, a ver esos golpes y sobre todo ese tobillo.
No insistí y  me dejé reconocer gustoso.
-Hhmm....-fue haciendo gestos favorables a todo cuanto veía aún sin haber retirado los singulares vendajes. Movió suavemente mi tobillo. No me quejé.
-Yo diría que ya está soldado. Esta tarde ya podrá levantarse.
-¿Tan pronto?- me asombré -Estas cosas suelen tardar más..
-Donde vive, sí: ¡con tanta contaminación! Aquí todo va a otro ritmo. Ya habrá notado algunas diferencias...
-Sí.
El tití y la ardilla habían subido a mi cabecera; la liebre, a mis pies; y todo el resto se congregó alrededor de mi cama, algunos observando y otros ayudando a retirar las cataplasmas. Acabada la tarea y los reconocimientos, se pasó al desayuno. Pero esta vez, en lugar de dejarme solo en el cuarto, me acompañaron. El muflón arrastró un carrito mesilla, con el desayuno de todos, al interior de la habitación.
-Esto sí que es un desayuno reconstituyente-. Comenté al saborear la cremosa leche.
-Sí, acostumbrados como estáis a  tomar alimentos adulterados, esto le sabrá a gloria-. Comentó Gorak.
En mi cara se dibujó un signo de interrogación. Nunca había profundizado en eso.
-¡Qué! a que hace mucho que no bebe una leche así?- me preguntó Gorak.
-Pues...si...
-Porque vosotros, con tal de que os lo den todo hecho, sois capaces de renunciar a lo auténtico y beber esa leche aguada a la que le extraen toda la substancia para luego añadirle otras tantas cosas...
-Vitaminas e historias de esas...-le ayudó Misdi.
-!Vitaminas!- repitió con desdén -Pues entonces para qué le sacan propiedades a la leche si luego se las han de volver a añadir?
-¿Será para que vean que hacen algo?- preguntó Benito.
- ¡Qué trabajos, Dios mío!¿no se trabaja más cuando menos se quiere trabajar?
-¿Y qué me dices de las nueces? ¿qué nueces son más sabrosas?-dijo el muflón.
-No las más gordas y de color uniforme, sino las pequeñas y oscuras. Como las fresas y muchos otros frutos que mantienen su sabor más concentrado.
-Vosotros coméis la apariencia; nosotros la autenticidad- afirmó Gorak.
-De hecho no sabéis ya lo que son los sabores. Lo sé porque a veces curioseo los desperdicios que sacan las personas por las noches-. Explicó la cabra montesa.
-Los productos más sabrosos son los que únicamente siguen su curso; como todo. Pero para ello hace falta paciencia y sentarse a esperar y me parece que eso de la paciencia no va mucho con vosotros-. Dijo el muflón.
-No sé- contesté, -nunca me he planteado todo esto pero ahora que lo decís creo que hay muchas cosas que a partir de ahora voy a considerar.
-Yo fui una vez a visitar a unos parientes míos, los cerdos-. Empezó a explicar el doctor. -Estaban en una granja y me hizo mucha gracia porque alardeaban de estar mejor que yo y les dije: ¿mejor de qué? ¿porque habéis crecido en dos días y os infláis a comer creéis que estáis mejor? Todo lo que coméis está adulterado; ha sido procesado. Y dentro de toda esa manipulación está  la química que os suministran para alterar cualquier proceso natural. Incluso vuestra reproducción es manipulada; vuestra muerte. Nada es natural. Y en cuanto a la higiene no hablemos. Creo que el ganadero invierte mucho más dinero en estos procesos, siempre contra natura, que si os dejasen pastorear a vuestro aire. Os daría el sol, haríais más ejercicio, os airearíais; no estaríais hacinados conviviendo con vuestras heces, por lo que seríais menos propensos a las enfermedades. No gastaría tanto en piensos, hormonas, vacunas. Aún así mi primo alardeaba de tener seis meses y de estar tan grande como- que tengo algo más de seis meses- yo y yo le dije: compara tu carne con la mía. En cada una de mis fibras hay un pedazo de sol, de aire, de roca, de campo; hay historia, fundamento y solera...
-¡Olé!- pareció burlarse la ardilla.
-..sin contar... con ese "final" que les espera...porque uno tiene que morirse, claro; pero mejor cuando le llega la hora. Mi primo no se lo creía. Envidia, me decía que tenía. ¡Pobrecito! Así que aquí estamos...creceremos más despacio pero somos más auténticos-. Concluyó Gorak.
- ¿Y tú? ¿cómo te criaste?- me preguntó la liebre.
-Pues....normal...como todos los niños...
-¿Naciste a tu tiempo?...¿no provocaron tu nacimiento para poder salir los médicos ántes....?-Quiso saber el doctor.
-Pues...
-¿Ni te hicieron crecer antes de tiempo, robándote la infancia manipulando tus hábitos y deseos con un constante bombardeo de ofertas de  cosas que no necesitas para que quieras ser el hombre que tampoco necesitas ser?-insistió de carrerilla.
-Eh...
-Sé que la vida de las personas es una trampa. Hay unos hombres que tienden trampas a otros y los que caen van tan agusto a tirarse de cabeza!
-Yo no creo que nadie se tire de cabeza por las trampas que otros les tienden...-repliqué.

-!Claro que sí! si supieran que son trampas no se tirarían. Pero para eso eson las trampas: para engañar! y  creyendo que están ante una ganga de la que van a sacar un beneficio rápido y sin esfuerzo, se lanzan. Desde pequeños les han bombardeado con ofertas de cosas que no necesitan pero que ellos creen indispensables para ser felices. Les han creado unas necesidades que no son tales. Necesitan poseer, y que la posesión sea inmediata; sin esfuerzo; porque en eso les han enseñado que se basa la felicidad: en obtener resultados rápidos y rápidos.  "Sólo se esfuerzan los tontos" les dicen. Aprenda inglés sin esfuerzo! Adelgace sin esfuerzo!  y como ya han procurado que no tengan criterio,  porque han crecido muy solos y muy deprisa, son fácilmente manipulables. Dígame: es Ud. feliz?
-Creo que sí...
-La gente está frustrada  gran parte de su vida porque, a pesar de todos sus pocos esfuerzos, no pueden ser esos héroes fictícios que les han prometido que llegarían a ser si seguían éste  o aquel dogma. Nunca se consigue  ¿Por qué se ha de desear ser alguien que no han nacido para ser? Por qué no se puede ser como se ha nacido, o ser como uno se siente más cómodo? Por lo visto todos han de ser otra cosa...  delgados, guapos y jóvenes ¡ah, y sin esfuerzo!, y sino, para eso están las clínicas en las que te quitan esto y te ponen aquello; claro que las clínicas hay que pagarlas pero para eso están los bancos, tan solícitos, siempre a nuestro lado; tan cerca de uno para asistirle con esos créditos tan maravillosos. Os han creado la necesidad de poseer y vais cayendo en las trampas de los créditos, la ususra, las deudas,  la esclavitud y la frustración. Cómprese un coche mejor que el de su vecino y será libre! y sin darse cuenta uno va cayendo en la trampa hipotecando su libertad.
Se hizo el silencio. Yo estaba atónito.

-¿Llevó Ud. pantalones cortos?- me preguntó el jabalí.
-¿Cómo?- no entendí.
-Que si de niño llevó pantalones cortos. Lo que toca.
-Sí,  con calcetines largos y una gorra.
-Ahora se ven niños de muy corta edad vestidos como adultos; sí, hacen mucha gracia con sus gafas de sol de diseño, su pelo engominado y sus chaquetas de cuero. Atrás quedaron las canciones de cuna que tarareaba la abuela,  ¿abuela? ¿qué es eso?! ¿eso que hay en unos sitios llamados geriátricos?. Atrás quedaron los tirantes, las trenzas, las coletas...La inocencia del niño no es más que un lastre y hay que librarlos de ella; desencantarlos de ese mundo mágico de la infancia para fijarlos en una realidad al fin y al cabo fictícia. La realidad y la vida no es esa que les presentan y para la cuál les preparan.  Ni el dinero y el poder lo que lo puede todo. El poder está en los hombres; no en las cosas. ¡Pero cierra la boca, que te entrarán moscas!-. Me dijo Gorak al verme absorto y quizás perdido en su ardorosa perorata.

-¡Caray! ¿No ha pensado dedicarse a la política? -dije al fin.
-Para qué! Qué trabajo! Tú crees que a alguien le gustaría ser el presidente de la escalera? A la gente no le gustan las responsabilidades! a no ser...ya me entiendes...
-Pues no..
-Es muy raro que alguien acepte responsabliidades por vocación o altruismo. Si alguien las acepta es porque sabe que va a sacar un beneficio. Está bien que uno se beneficie y a la par  beneficie a la comunidad para la que se ha puesto al servicio. Pero normalmente es al contrario. Uno tiende la trampa de que quiere ponerse al servicio de una comunidad para ayudar y gestionar mejor los recursos, pero realmente piensa beneficiarse de la comunidad y que sea ésta la que esté a su servicio.
-¡Pues para estar Ud. en el bosque, tan asilvestrado, tiene una imágen muy clara del hombre y de la sociedad!

-¿Qué imagen tenéis vosotros de los animales? Nosotros somos seres únicos, irrepetibles, como vosotros; con nuestra propia identidad, personalidad, nuestras necesidades, nuestros derechos a continuar nuestra vida sin intentar ser algo que nunca podremos ser, ni alcanzar metas que nos harán esclavos. El animal es más listo. Cada uno está en su sitio y nadie se mete en el del otro. Cada uno sigue su camino y ninguno pretende más de lo que necesita; y el animal que no lo hace es porque el hombre lo ha alterado. Muchas enfermedades mentales y físicas se erradicarían siguiendo esta simple filosofía que nos enseña nuestra maestra la naturaleza.
-Veo que está muy bien informado. Incluso más que yo, que he vivido toda mi vida en sociedad, metido en un sistema establecido, y sin apercibirme de gran cosa.
-Viendo las cosas desde fuera se ven mejor- aseguró Gorak.
-Y sabe más el diablo por viejo que por diablo- añadió Misdi.
-Vosotros no os podéis dar cuenta de mucho. Os lavan constantemente el cerebro ¿cómo podéis detectarlo si apenas tenéis referencias?..- nos compadeció Gorak. -..Aunque alguno de vosotros ya empieza a verlas....
-Pues...creo que analizaré la situación...-dije.
-¡Ay! el hombre que lo ha conquistado todo para alcanzar su libertad y no ha hecho más que esclavizarse!- suspiró Gorak. -Antes el hombre era esclavo de un faraón, de un señor feudal y se decía ¡pobrecito! ¡qué injusticia! Si los hombres fueran libres cuanto avanzarían!. ¿Y qué han hecho los hombres al fin libres? ¡esclavizarse aún más! No tienen un señor feudal pero tienen un banco, una televisión...  Y ¿qué me dices de la tecnología? ¡La tecnología, amigo mío! ¡el avance! Ahora el hombre, que ya es libre y tiene tantas herramientas de que disponer, es más imbécil y más esclavo que nunca. Ves a jóvenes enganchados a todo: estupefacientes, desórdenes de conducta y alimentación, transtornos psicológicos, teléfonos móviles, consolas, internet, utilizando la tecnología punta para....¡jugar! ¡el gran avance de la humanidad!, no para progresar, aprender, corregir sus desórdenes y problemas, investigar...sino para colgar memeces, para chafardear, para insultarse, para mostrar el disparate más disparatado, para relacionarse sin relacionarse, para tener muchos amigos sin llegar a conocerse jamás; ocultos tras una pantalla haciendo ver que son aquellos que no son.

-Pero no me negará que el avance tecnológico ha sido muy beneficioso y más en el campo de la ciencia y la medicina- repliqué.
-!La medicina!.. para quién? Yo creo que ahora hay más gente que se muere de hambre y enfermedades que antes. Unos retienen las patentes, que podrían salvar esas vidas, porque  no les es rentable. Esa parte de la población a la que irían destinadas !no tiene poder adquisitivo, amigo mío!; y esas medicinas milagrosas, que pueden salvar al mundo, no sirven para nada. Otros crean nuevas enfermedades en laboratorios, para que los futuros afectados no tengan más remedio que disponer de sus medicinas.  Sí, algunos se han hecho muy ricos con todos estos avances. Por qué ocurre esto así? Por qué se permite? porque hay leyes hechas a medida. Por qué nadie dice nada? porque todos están muy entretenidos viendo la tele. Porque da pereza levantarse del sofá. Porque otros están atrapados en largas jornadas de trabajo y no pueden disponer de tiempo ni para protestar. El problema no está en el progreso sino en el hombre. El hombre no ha progresado.  Créame, el fin del mundo tan vaticinado, no viene personificado negros hábitos y esgrimiendo  guadañas. El destructor viene con una cara  saludable, amable,  tendiendo una mano para cubrir esas necesidades que nos ha creado y ocultando la otra. Los cuatro ginetes de la Apocalipsis se llaman: CODICIA, AVARICIA, COBARDIA, PEREZA. Eso sí, sin celulitis y con unas dentaduras formidables.
-¡Cuanto sabes, doctor!- se admiró la liebre.
-¿No dices nada?- me preguntó el tití.
-Que he de decir, si  el doctor ya lo ha dicho todo?- contesté divertido.
-Hombre, pues yo quería aprovechar la ocasión de que Ud. estaba aquí para discutir "con el otro bando"- confesó Gorak. - Siempre va bien tener otras opiniones y hasta siento curiosidad por saber qué es lo que Ud. puede argumentar en defensa del hombre y del sistema creado por el mismo.
-Pienso que no le falta razón aunque quizás, eso del laboratio lanzando enfermedades.... me parece muy malvado...
-No, no creo que sea una mente malvada la que maquine  todo esto sino una mente codiciosa, que es peor. La codicia, la  ambición voráz, puede llevar a la humanidad a cometer los mayores crímenes que se pudiesen cometer sólo con la maldad....
-La verdad es que con todo esto me pierdo...
-Claro, a Ud. hay que reconducirlo, llevarlo de la mano, como a casi todo el mundo. Unos llevan y otros son llevados. Nadie quiere molestarse en detenerse a pensar qué ocurre y qué es de su vida.
-A veces es complicado cuando uno no puede pensar más que en trabajar y descansar el poco tiempo que le queda libre.
-¡La esclavitud!
-A veces sí lo piensan, si las circunstancias les obliga- razonó el tití.
-Pero luego vienen esos espabilados, los manipuladores que utilizan a la gente disconforme y con inquietudes, generalmente jóvenes desencantados, para meterlos en una causa particular y no siempre justa- dijo Gorak.
-¿A qué se refiere ahora?- pregunté.
-A esos falsos mesías que se sirven de los disconformes para formar su ejército personal.
-Cómo una secta o algo así..?
-Hay muchos ejemplos en la vida si se pone un poco de atención. Cuantas causas han sido contestadas y defendidas por esas masas manipuladas que inconscientemente han contribuido a la consecución de los fines de aquellos que los han manipulado.

-!Caramba! me está empezando a dar miedo volver a mi casa- bromeé.
-¡Quédate con nosotros!- me pidió el rebeco ilusionado.
-¡Calla! tendríamos que buscarle una novia!- desechó la idea el doctor. -Y pronto tendríamos una colonia de personas correteando por aquí.
No tuve más remedio que echarme a reír.
-Y ahora que pienso, -dije en contrapartida- ¿no está Ud. casado y con una camada de inquietos jabatos?
-¡¿Yo?!- preguntó, golpeándose con su pezuña en el pecho como si se le acusase de un terrible crimen. Todos rieron.
-Es un misógino hasta la médula-. Me advirtió Misdi.
-¡No!- respondí fingiendo decepción. -¡Ud. también, como tantos hombres!
-Yo creo que simplemente ninguna fémina se ha interesado por él-. Aclaró el tití. Volví a reír. de nuevo.-Es un poco difícil de llevar.
-¡Ya lo creo!- admití.
-¡Y no veas como ronca!- añadió Misdi.
-¡Ay, que sofoco!- repetía el jabalí por la sola idea de verse casado. -Traedme una copita de esas que guardáis bajo llave.
-¡Doctor, como los hombres!- me burlé.
-Precisamente de una botella que se dejó un hombre, de esos, que pasó por aquí.
Benito fue a por ella.
-¡Doctor!-le recriminó alegremente la ardilla.
-Solo una copa, que la cabeza me da vueltas.
-Eso, de los testarazos que le ha dado al roble.
-Calla, calla...
-Lo sé todo acerca del roble, doctor- le desvelé mientras él reía.
-Pero si no ha podido ver nada ¡no puede moverse!
-Sí, pero mis oídos están perfectamente. Ya le oía una hora lejos.
-Nuestro doctor es de lo más discreto-. Volvió a burlarse la graciosa ardilla.
Entró Benito con una extraña bandeja.
-No creas que es alcohol puro-. Me avisó la liebre. -Es jarabe de cerezas con una chispita de alcohol. Muy reconfortante. Puedes probar tú también, si quieres.
Benito depositó la bandeja en la mesita de noche. Descubrí que ésta no era otra cosa que el tablero del parchís.
-¿Y la otra bandeja?- preguntó la cabra montesa.
-¡Como aún no la has fregado!- le reprochó el oso.
-Ah! ¿la tengo que fregar yo? ¿No pusimos turnos?
-Mira, después de la copa echaremos una partidita-. Dijo el doctor al verla.
-Pensaba que ibas a decir que fregaríamos-. Dijo el oso.
-¿Y las demás visitas? ¿cuándo las vamos a hacer?- le recordó la diligente Misdi al saber de las intenciones del doctor.
-¡Nunca he jugado con un hombre! ¡cuando lo cuente! Una partidita y ya está-. Insistió Gorak.

Jugamos. Yo, el doctor, el tití y el oso. ¡Mira que llegaban a ser tramposos! Nunca me divertí tanto. Y fue más de una partida.
-¡Es la última vez que juego con vosotros!-les dije divertido y que poco sabía que era verdad.
-Bueno! ahora vamos a dejar descansar un rato a nuestro amigo convaleciente-. Convino Gorak, no muy entusiasmado en proseguir por darse el caso de que perdía.

Comentando aún las recientes jugadas, todos, lentamente, me fueron abandonando. Sólo alguien retrocedió. Ya en el umbral de la puerta, el rebeco se acercó con la intención de decirme algo... pero se reprimió. Aunque lo más expresivo estuvo en sus ojos, por los cuales todo lo dijo. En aquel momento no supe interpretarlo y que ahora sé.
-Vamos....debemos irnos...-,le llamó el tití con un tono de voz diferente al de costumbre. -Sabes que debemos hacerlo-. Añadió.
El rebeco se reunió con ellos. Me tumbé, conservando aún el buen sabor de boca que esas criaturas me habían dejado. Tan sólo....esa forma en que el rebeco me miró.... Intenté descansar un rato. Aunque parezca mentira, la cama cansa mucho y cualquier pequeña actividad, estando convaleciente, agota. Sus dicharacheras voces aún me llegaban perdiéndose gradualmente a medida que iba cayendo en un apacible duermevela. No creo que llegase a dormirme profundamente pero sí estuve largo rato en una apacible relajación.

Al rato noté una presión en mi brazo y abrí los ojos. Lo que vi me sobresaltó ¡qué ironías! sobresaltarme por ver a ¡un hombre!
-¡Quién es Ud.!¡Qué hace aquí!- me revolví defensivamente.
-Calma...calma..- me pidió el extraño sujetándome suavemente por los hombros. -Menos mal que está bien. Suerte que ha sabido encontrar este refugio. Le hemos estado buscando durante estos días.

Al fijarme mejor vi que aquel hombre era un guarda forestal. -Se ha salvado del terrible temporal de frío y viento que hemos sufrido. El vendaval huracanado ha arrancado pinos, ha habido desprendimientos de tierra y rocas. Algunas carreteras han quedado bloqueadas. Temíamos que le hubiese ocurrido algún accidente.

Yo miré a mi alrededor. Lo primero que note....es que había más luz. Miré por la ventana y ¡era de día! Rápidamente eché una ojeada por la habitación y parte de lo que alcancé a ver del comedor. Todo se veía ligeramente distinto. La chimenea ya no provocaba danzarinas luces tiñéndolo todo con sus cálidos tonos. Esta apagada y parecía la oscura sombra de algo que remotamente relumbró. Advertí telarañas y polvo y todo permanecía sombrío. No sabía lo que podía haber ocurrido pero todo aquello se había transformado como...como si hubiese sido un sueño; como si ahora me encontrara con la realidad. Esa que todo desencanta.
-¿No ha visto a esos animales?- le pregunté al forestal.
-¿Qué animales? ¿han entrado animales?
-Sí, hace un momento estaban aquí dentro, ¿no los ha visto?
-No.
-Gracias a ellos estoy aquí.
-Puede ser. Algunos cazadores, siguiendo a sus presas, han encontrado este refugio. Y suerte ha tenido de él. ¿Qué le ocurrió?
-No sé...salí a cazar y me sorprendió una espesa niebla. Me desorienté y debí caer...
-¿Tiene alguna herida?
-Sí, un esguince en el tobillo y muchos golpes pero gracias a los cuidados de...-me detuve.
-¿De quién? ¿ha pasado alguien por aquí? no tenemos noticia....
-No..no, nada.
-De todas formas, no sé como pudo llegar hasta aquí una vez que cayó y con el esguince. ¿Ya lo conocía?
Denegué con la cabeza.
-El acceso a este refugio es difícil. Hay otros refugios más accesibles pero éste...no sé como pudo encontrarlo. Habrá que avisar a la brigada de rescate.
-No hace falta, estoy bien.
-¿No dice que está herido?
-Lo estaba, sí; pero...me he repuesto- Respondí tan sorprendido como él.
-¿Está seguro?
Empecé a moverme sin sentir dolor. Lentamente, como un autómata, abandoné la cama y me metí en el comedor seguido de aquel hombre. Sí, afuera era de día como si la noche eterna se hubiese metido dentro. Mientras la noche estuvo afuera, al otro lado de la ventana, estuve a salvo pero, ¿qué sería de mí ahora? ¿y dónde estaban esos animales dotados de extraña vida que escasos momentos antes me habían atosigado con sus voces y enredos? Aún reverberaban en mi cabeza las risas del vital Gorak, siempre lagrimeante, y aún, en mi cabeza, la voz bonachona y lasa del bueno y tramposo de Benito. Cuando mi vista se acostumbró a la penumbra del comedor descubrí a mis amigos allí. Realmente, como yo decía, estaban en el comedor, alrededor de la mesa, tal como hicieran antes de que cerrase los ojos. Benito, Gorak, la cabra montesa, el rebeco, el muflón ¡decorando las paredes como trofeos!

Cuando vi aquello creí morirme y sentí tal sacudida en mi ser que creí que alguien me partía en dos de un mazazo ¡eran ellos! ¡pero en que estado! El guardabosques vio como observaba atónito aquellos trofeos. Sabiendo que yo era cazador y acostumbrado a aquello, debió extrañarse. Pero no podía apartar mis ojos de aquella atrocidad y vi más. Vi al tití disecado, a la liebre, a la ardilla, aún así cerca de su doctor, el cuál ahora, pareció dejar escapar por sus ojos de cristal una lágrima pero no de risa. Me acerqué. Aquello no podía ser y quería estar seguro. Me acerqué y vi de nuevo al rebeco; esa que consciente quiso despedirse de mi. Pero sus ojos ya no eran aquellos. Otros de frío cristal los había substituido. Jamás asomarían por ellos su dulzura; esa que se había ido con el espíritu.

Recordé entonces aquellos que yo había matado y aquel que, como al rebeco acaso le ocurriera, llevaba una nueva vida en su vientre. Me sentí sucio, mezquino, abominable y la visión se me fue dificultando a causa de las lágrimas. Con mano trémula acaricié lo que una vez fue la cabeza de un ser puro y gentil. Eso es lo último que pude hacer por ella. Pasé rápida mi vista por todos. ¡Que horrendas se veían sus cabezas en la pared! después de haberlos visto tan llenos de vida...El tití, la ardilla, la liebre, no parecían más que grotescos despojos; cadáveres en conserva para una posteridad oscura. Recordaba las graciosas manitas de la ardilla y el monito. ¿Por qué les quitarían su gracia? Al disecarlos quisieron perpetuarla pero sólo perpetuaron una cáscara; lo de dentro, la esencia, el duende, la chispa...¿no se pararon a pensar que esas cosas que los hace tan únicos no está en las manos, en el pelaje, en la cornamenta sino en la vida que los hace?

-Vámonos,- oí al forestal, con lo que le ha ocurrido debe estar usted conmocionado- fue la explicación que le encontraba a mi estupor.
 Suavemente oprimió mi hombro para indicarme que me moviera. Antes de salir, mi vista captó algo ¡el parchís! Me acerqué a él. Estaba lleno de polvo, ¿cómo podía ser si aún tenía que estar caliente por tantas patas y pezuñas paseándose por él?
Volví a echar una ojeada a todo aquello. El forestal esperaba.
-¿De quién era esto?- le pregunté.
-De una viejo cazador. Los trofeos son suyos y ahí los dejamos. Dicen que se volvió loco, que hablaba con los animales; que se sentaba a la mesa a comer con ellos- dijo señalando los trofeos, -que después de pasarse toda la vida matándolos se hizo un gran protector de los animales y es lo que yo digo: la gente se cansa de todo.

pero yo sabía que no se había cansado. Que no fue el tedio y la rutina lo que le hizo cambiar y muy dentro de mi sentí satisfacción. Desde entonces replanteé mi vida la cuál cambió rotundamente.



FIN


Alicia Boardman

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